ROCKINGHAM: el hermano bastardo del Firefest (I)

En cualquier función en que las personas exigimos un grado de confianza absoluto, ya sea médico, asesor fiscal, profesor o peluquero, tendemos a recelar sobre un sustituto provisional. Los mecanismos de defensa son inherentes a la condición humana. Y tener que detallar de nuevo tus problemas o cualquier cambio de método genera un trastorno que deriva, en muchos de los casos, en rotundo rechazo. Es posible que el interino muestre incluso más capacidad resolutiva, pero cualquier determinación será mirada con lupa de forma obsesiva. Sin embargo, aquel que siempre había encontrado respuestas a tus preguntas, soluciones a tus preocupaciones, o cura a tu enfermedad goza hasta del beneficio de la duda. Se ha ganado un respeto y unos galones de exclusividad personal, y una mancha puntual no supondría un borrón. Incoherente, pero humano.

Frente al germinar del Rockingham, un nuevo evento con apellido elegido para la ocasión y que parece surgir de la nada sobre las cenizas del Firefest, es posible que un público exigente barrunte distintos perros con mismo collar. Asumir una pérdida y resucitar con distinto doctor provocaba la suspicacia de los afines al galeno original. Y tal condición establecía que, quien más y quien menos, esperaría a mejor ocasión para comprobar con referencias sus propuestas curativas.

Quien ha sido paradigma a imitar, hasta convertirse en referencia europea, se sostenía sobre unos sólidos cimientos que arropaban sin fisuras sus insurrectos paladines, ávidos de unos escasos alimentos melódicos que allí se ofrecían no sólo en abundancia, sino con un envoltorio organizativo inimitable, con unos carteles de renombre de auténtica exclusividad, y con el plus absoluto de una sala que, a la vez que certificaba un sonido celestial, era perfecta en comodidades. Por el contrario, el parodiador se tenía que labrar su reputación, hacer labores de prestidigitador y no tener manchas que emborronaran el resultado final. Tendría que someterse a la dictadura de las comparaciones y su demostración no pasaba sólo por vencer, sino por convencer. Es el precio que hay que pagar por una supuesta apropiación; por ese sustituto provisional que no inspira confianza y que, aunque tenga todos los ases en la manga y gane la partida, para algunos no será suficiente y llegará a tildarse de tramposo.

La eclosión de la nueva cita sorprendió a propios y extraños. Y, curiosamente, conociendo que la ciudad y la joya de la corona del sonido estaban en nómina, no causó esa euforia desmedida que hubiera sido lógica tras la pérdida irreparable del festival del fuego. Las dudas organizativas previas, dada la falta de decisión que se había puesto de manifiesto en la presentación de un cartel que tampoco generó ningún entusiasmo, nunca ayudaron a difundir fiabilidad. Y resultó ser un caldo de cultivo propicio para que, por distintos medios, se divulgara una campaña de desprestigio con la consiguiente división de bandos: quienes juraban amor eterno al pasado, negaban el presente y se enrocaban en justificaciones rocambolescas para eludir su presencia; y los que, aferrándose a un clavo ardiendo, anhelaban un futuro y esperaban a examinar el proceso total para juzgar con elementos reales. El cáncer se extendió y se desataron todo tipo de especulaciones sin ningún fundamento y escaso conocimiento.

Los rumores de que fueran negociantes italianos quienes cometieran el sacrilegio de emplazar esta primera piedra se convirtieron casi en palabra de ley; como si la legitimidad de rentabilizar no pudiera traspasar fronteras y, en honor al recién fallecido, los derechos adquiridos fueran hipotecados de por vida. Incluso se afirmaba que en años posteriores los antiguos organizadores, como si fuera un ajuste de cuentas, iban a contraprogramar este nuevo evento llevándolo a otra ubicación. Era la historia de siempre; divulgación gratuita con tintes difamatorios para generar esa corriente de opinión interesada que gestara vencedores y vencidos. En definitiva, una sobresaliente buena nueva se convertía en una confrontación de choque de trenes por tener la maliciosa intención de recorrer una misma vía.

En mi memoria todavía permanecen frescos los recuerdos cuando al retratar el reportaje del año anterior, de encabezamiento “Firefest: El último Mohicano”, en su parte final, evocaba mi tristeza al despedirme para siempre de aquella ciudad que con tanta intensidad me había hecho respirar grandes momentos. Y de nuevo se hizo efectivo ese slogan de “nunca digas nunca jamás”, sin valor gramatical en esa suma de dos negaciones, pero lo suficientemente práctico en contenido como para demostrar que la historia puede volver a repetirse. El recorrido autómata por las calles de la ciudad, que incluso sentías que un instante antes acababas de dejar, de nuevo me trasladaba rumbo a un nuevo enriquecimiento personal y con nuevas experiencias. Aunque, en tu retorno a la rutina, luego hagas balance y tengas la sensación de que todos los años se repiten.

Romeo's Daughter

ARRANQUE


El emplazamiento litúrgico, de topónimo Rock City, se levantaba majestuoso delante de mi mirada de agradecimiento. Su presencia transmite todos los valores que exige el rockero medio: comodidad, consumiciones asumibles, una panorámica excelsa desde cualquier ubicación, el cénit de los sonidos y esa mística indefinible que sólo consigue el peso de la historia (trasladado al argot futbolístico “quien no juega en ese césped es porque no sabe”). A pesar de repetir cada año, traspasar el umbral de su embocadura me sigue generando esa ansiedad infantil que termina convirtiéndose en el mismo estrépito que causa la apertura de puertas de un gran almacén en el primer día de rebajas. Pero, una vez en su interior, al experimentar que lo vital también se ha convertido en rutinario, queda diluido como un efecto gaseosa.

Como animal de costumbres, el proceso se iniciaba con una rápida visión al compartimento del merchandising, donde pude comprobar cómo el surtido no sólo era escaso sino que prácticamente vivía en la indigencia. La premura del horario, en una primera jornada que la logística suele presentar dificultades, indicaba una escasez de público que hacía presagiar un prematuro fracaso de asistencia. Y, en un primer vistazo, parecía corroborarse con la primera de las bandas que tuve ocasión de escuchar; y eso teniendo en cuenta que Leight Matty tiene una considerable base de seguidores en las Islas. Apesadumbraba contemplar el recinto con una tercera parte de su aforo. Pero como iremos comprobando más adelante, sólo fue un espejismo. Avanzando la tarde, y coincidiendo con las actuaciones estelares, el establecimiento fue cogiendo un colorido más acorde con la dimensión del evento.

Antes de entrar en materia sobre las sentencias que dictaron los escenarios, entiendo necesario matizar que, sin lugar a dudas, la valoración de unas actuaciones mantiene esa constante de rendirnos a nuestras propias inclinaciones. Por lo que la subjetividad, aunque fuera rodeada de independencia y criterios basados en la experiencia, no es sólo el camino más recto hacia el dictamen final, sino que es el único medio. Partiendo de esta premisa, cualquier enjuiciamiento que se haga en esta crónica o de cualquier otra que aborde en el futuro, jamás ambicionarán inculcar a los lectores dogmas de fe, ni expresar verdades absolutas. Simplemente tendrán el objetivo de transmitir vehemencia y orientación (en esta bestia que me tiene sometido llamada Rock, mi pasión es la única verdad).

En su primera jornada, casi todos estos eventos parecen regirse por una ley no escrita que dicta que los técnicos, durante las primeras actuaciones, aplican el imperativo de experimentar con alguna de las innovaciones al espectáculo, e ir cogiendo el pulso a la mecánica ideal del sonido. Rémora que tuvieron que soportar los encargados de certificar el aperitivo: los finlandeses Santa Cruz y los británicos Serpentine. Los horarios vespertinos protagonizaron mi ausencia. Y departiendo con algunos de los escasos compatriotas, que sí pudieron hacer acto de presencia, apostillaron que el pésimo sonido lastró unas intervenciones que, seguramente, con otras prestaciones hubieran sido disfrutables.

Mi debut tenía como objetivo repetir de nuevo aquel paseo por las nubes con el que Leight Matty y sus Romeo’s Daughter nos obsequiaron, tan sólo seis años antes, en ese mismo escenario. Pero las musas del arte nos dieron la espalda y esta vez el paseo fue sobre un camino de cenizas. Las ascuas traspasaban nuestro calzado y al contacto con el calor parecía que íbamos pegando saltos hasta llegar a una zona segura: convertida en la barra del bar, el exterior del local o el departamento del mercadillo. Todo era más asequible que soportar las distorsiones de un sonido cuyo volumen se asemejaba a un eco lejano. Ante tal escarnio, pronto se agotaron mis ilusiones y los oídos clausuraron su actividad.

Salió fortalecida la vista, cuyos ojos pudieron comprobar cómo, a juzgar por la cantidad de kilos perdidos desde nuestro último encuentro, la dieta de nuestra diva era una garantía y para su edad lucía una espléndida estética. Y no desdeño su trabajo vocal, que seguro volvía a perfilar diseños fonéticos inalcanzables pero, al ser inaudibles, quedaba esa sensación de trabajo baldío. Al desperdicio habría que sumar el encomiable esfuerzo que representaba el resto de la formación. Pero su sacrificio resultaba tan estéril como presenciar por primera vez una película de cine mudo: la instrumentación de un tema concreto quedaba sometida a deducirla por el contexto o a interpretar el ímpetu de sus movimientos. Y, en definitiva, un Everest en ilusiones acabó por convertirse en la fosa abisal Challenger.

Nuestras frustraciones, ante la escasez de público asistente y una sonoridad de chiringuito playero, se disiparon de raíz con la salida a escena del americano Robert Tepper que, acompañado de su invencible armada española, congregó a una asistencia acorde con el acontecimiento y un sonido en consonancia con la leyenda de la sala.

Esta institución del rock para adultos, que en su haber tiene una de las melodías más reconocidas por su emergencia en la banda sonora de Rocky IV, y que algunos proclaman como el ejemplo más representativo de los valores de este género, demostró una pasión irrefrenable como jamás había percibido en mi amplia trayectoria por esos escenarios de Dios. Su figura elegante, de rostro afable entre bastidores, se transformaba en el escenario en una vulgar indumentaria empapada por el sudor y una cara desencajada capaz de perforar nuestra médula con su lírica. En la escritura del ADN de su propiedad parece constar como cláusulas, y en letra mayúscula, una simpatía con exclusiva para el mundo entero y una facilidad innata para contagiar exaltaciones emocionales. Después de recrearme con un grandioso espectáculo y con su infecciosa fogosidad, doy fe. Y, como notario del rock, fehacientemente, firmo y rubrico.

Su gran obra, como transmisor de delirios sonoros, no hubiera quedado tan sublime sin los matices que la completaban: los brillantes coros de Índigo Balboa y Gabrielle de Val, así como lo incisivos que estuvieron Alfonso Samos y Paco Padilla en su cometido instrumental, fueron piezas fundamentales en esa perfecta recreación de una cena musical donde cerrabas los ojos y sentías cómo el Dios musical Orfeo, la había bendecido. Dos últimos apuntes, con sentidos contrapuestos, protagonizaron su soberbio show. Para un seguidor inconfesable de Pat Benatar, escuchar “Le bel age”, en una versión perfectamente adaptada a la original, puede ser un manjar de Dioses que condicione muy positivamente la nota media. Pero quedó compensado negativamente cuando, sumergidos en la catarsis y llegado el culmen del fin de fiesta, por un fallo técnico en las teclas pre-grabadas se nos hurtó, de manera sibilina, llegar al éxtasis musical con la madre de todas las canciones: “No easy way out”.

Tom Keifer

Un sonido que con Mister Tepper nos había devuelto a la solvencia exigida, por lo tanto a la normalidad, volvió a truncarse con la salida a escena de la siempre rompedora apuesta de los suecos Eclipse. Y esta vez con alevosía y heroicidad. Había que ser un héroe para aguantar con estoicidad aquel ruido infernal. ¿Qué estaba pasando con los técnicos, que simplemente con no tocar y figurar la sonoridad se hubiera convertido por inercia en la perfección y, sin embargo, se habían empeñado en enviarnos a todos a los avernos de la estridencia? Pregunta sin respuesta. Aunque uno, que ha sido cocinero antes que fraile, intuía que la rutilante estrella, que cerraba la primera jornada, había marcado el territorio negociado en su contrato y la resonancia de su actuación había de estar acorde a sus méritos. O eso, o los propios organizadores tenían establecida una hoja de ruta en la que, según galones, unos eran marcados en rojo y otros en verde. Si incrustas un hermoso cuadro entre diez mediocres será más fácil descubrir sus valores que si lo rodeas de otros con virtudes semejantes. En definitiva, bogar con el espectador por el rio de la mediocridad, para acto seguido darle lo excelso, el agua de la emoción que desborde y lo ahogue de complacencia. Sea como fuere, cualquier hipótesis sería divagar.

Pero llueve sobre mojado, y menos explicable parece cuando, en posteriores jornadas las prestaciones eran las reglamentarias. ¿Realmente es necesario aplicar técnicas de venta comercial cuando el producto está garantizado y el consumidor es fiel? Sin haber hecho todavía una mínima referencia a la actuación de los suecos, entiendo necesario cuestionar este tipo de deficiencias que, en la mayoría de este tipo de eventos, parecen planeadas de antemano. Aunque quizás hayamos obviado alguna variable y simplemente se deba a que la tradición obligue a que la primera jornada sea de transición, y los especialistas se dediquen a experimentar para que los días estrella la virtud sea la norma. Teoría que tampoco parece convincente puesto que quienes manejan los destinos del 95% de las actuaciones son los expertos habituales de la sala. En varias ocasiones mis retinas y oídos han sido testigo de actuaciones de las huestes de Erik Martensson. Y juzgar una actuación cuando el sonido rompe todos los esquemas de lo establecido no sólo no sería honesto, sino que su valor sería insignificante.

Sí que quiero puntualizar que esa intensidad obsesiva, con la que tratan en vivo su herencia musical, agota por demolición. No existen cambios de ritmos. Todo desemboca en un histerismo de tal linealidad que terminas por tener la sensación de que durante su límite de tiempo has escuchado la misma letanía. Quizás debido a que, desde sus inicios, su líder ha dotado a su música de unos elementos que, aun siendo efectivos y con personalidad, de repetirlos hasta la saciedad ha terminado por desgastarlos. Con estos chicos me sucede lo mismo que en esa relación sentimental en que una de las partes da el carpetazo provisional, ofreciendo a la otra su amistad con la única intención de amortiguar el daño y sabiendo que es la antesala de un distanciamiento definitivo. De una irresistible atracción inicial, en su proceso de crecimiento me fueron erosionando por el exceso de publicaciones de misma índole, hasta que en la actualidad les he presentado formalmente mi solicitud de divorcio. En compensación a los servicios prestados les he seguido viendo en directo, pero mi promesa de amistad ha cumplido su cupo.

Y, si la tónica general de la tarde nos había presentado una inédita escasez de asistencia, el apoteósico y multicolor arranque en escena de la rutilante estrella americana Tom Keifer nos indicaba que, en su primera jornada, el cartel no había sido quizás lo suficientemente atractivo, porque una abarrotada sala ardía de júbilo ante la presencia del alma de Cinderella. Un alborozo plenamente justificado puesto que, desde la caída del telón hasta su brillante despedida, nos agasajó con un atractivo espectáculo made in Yanquilandia. Ese plus que muchos idealizan como grandeza, cuando el colorido, la juerga y los fuegos de artificio obtienen tanta presencia como la música en sí misma.

Por primera vez pudimos comprobar una de las innovaciones del certamen que se seguirían poniendo en práctica en jornadas sucesivas, y que en algunas de sus propuestas dieron tanta vivacidad a la función de los grandes: dos rubias imponentes que con escasez de ropa bailaban tentadoramente, evocando la estrecha vinculación entre el sexo y el rock and roll, y los tanques de humo propulsado en ambos lados del escenario que, sumado a esa lluvia total de confeti, conferían a las actuaciones un fin de fiesta con tintes circenses. Los vapores y los papeles multicolor tenían el sentido de completar la vibrante atmósfera musical, y su eficacia visual fue manifiesta. Sin embargo, sobre la lujuria de la carne, alguien nos tendría que explicar cuál era la pretensión: generaba overbooking en el escenario, el estilo de baile pegaba lo mismo que ver cantar a Isabel Pantoja con unos pantalones de leopardo y, lo más importante, seguir introduciendo elementos visuales sexistas en el siglo XXI para desviar la atención hace un flaco favor a la esencia de la música y a la inteligencia de las personas.

Mi reconocimiento al acompañamiento instrumental de nuestro héroe, no sólo por una ejecución muy por encima de su banda de siempre, sino por una excepcional imagen que, acompañado del personalísimo estilo como frontman de Tom, ocupaban el escenario con inmensa clase. Los técnicos parecían haber leído la letra pequeña del contrato y por fin nos regalaron ese sonido inigualable que nos abre de par en par las puertas del cielo sonoro. Había una tremenda expectación para comprobar no sólo su estado vocal fingido, sino cómo sonaría en vivo su voz natural. Y hay que reconocerle el mérito de tener la sabiduría de acomodar los temas del setlist, basados en sus dos terceras partes en la formación de toda su vida, a una configuración capaz de dominar los tiempos sin sufrir.

Como ese montañero que, en su recorrido más suave, inicia una ascensión con escaso ritmo para que se le vaya oxigenando su musculatura, en el intermedio hace una escasa parada para hidratar y darle unos frutos secos al esfuerzo y, en su parte final y más dura, cuando el cuerpo está en plenitud, termina aumentando el ritmo hasta su definitiva coronación. Nuestro ídolo supo regular esfuerzos, permitiéndole ir de menos a más, con un planning perfectamente elaborado en el que su composición fue la siguiente: distribuyó perfectamente los temas más exigentes de Cenicienta, entre los menos y los de su carrera en solitario, combinando ambas voces. Hizo una parada de avituallamiento a mitad del bolo con un emotivo show acústico, posibilitándole el reposo de sus cuerdas vocales. Y supo encaminarnos con solvencia a un delirio de intensidad, con esa explosión final entre las brillantes versiones “It’s only rock and roll” de The Rolling Stones y “With a Little help from my friends” de The Beatles; y esa puntilla definitiva con “Gypsy Road”, que fue el colofón perfecto para una actuación inolvidable y la clausura del cabeza de cartel más sugerente y rotundo de las tres jornadas.

Electric Boys

 

EL GRAN DÍA

 

Afrontar la segunda de las jornadas tiene el sabor de las grandes citas. Incluso en la actividad personal previa se respira de una forma distinta. El atuendo de guerra, símbolo de nuestro amor sectario, es incluso elegido con especial mimo. Hay quien sueña con fallecer de placer con sueños de ídolos de antaño y la intranquilidad se convierte en su acérrimo enemigo. El sábado es la corona del rey. El día grande donde a bombo y plantillo se anuncian los más ilustres del cartel. Aunque, en aras de la verdad, se aglutinan las formaciones que en épocas pretéritas (siendo verdaderas reliquias para los devoradores de “otra menos”) tuvieron en su mayoría escaso glamour y mínima resonancia. Hoy viven en el extrarradio de la escena musical de la urbe, e incluso algunas de ellas en auténticos poblados de chabolismo. Luego, una cosa será esa vitola de baúl de los recuerdos y otra muy distinta demostrar que quien tuvo retuvo. Los horarios madrugadores fueron designados a las formaciones más imberbes y con escaso bagaje. La formación sueca de AOR Care of Night sería la encargada de protagonizar el momento post desayuno, a la vez que tendría la oportunidad de su vida para adquirir un mínimo rodaje y demostrar sus ambiciones.

Muchas voces autorizadas del estilo han proclamado que su disco debut firma un catálogo de temas de un nivel por encima de la media. A mi juicio, este género actualmente vive instalado en los efectos secundarios que producen las recetas de bandas genéricas que ya se ha encargado de imponer las altas instancias. Exactamente igual que las medicinas. Fármacos más baratos que valen lo mismo para un roto que un descosido, y que dilatan en el tiempo el proceso de curación. En la composición química formulada por estos chicos, elementos como el HEATcerol y la WOAcina se disuelven en un abanico de reacciones adversas. Para algunos, una pócima con efectos salvadores. Para otros, un nuevo intento de ofrecer más sobredosis hasta el suspiro final. Al menos, la realidad de su actuación me generó una amplia sonrisa de complicidad. La inexperiencia era la tónica dominante. Por momentos su ofrenda se asemejaba a un playback que unos chavales mostraban como actividad en la fiesta de su instituto; escaso ensayo y mirándose entre ellos para ir señalando el cometido de cada uno.

Pero ese detalle no debe manchar su hoja de servicios. El primer beso de adolescente tiene muchas connotaciones emocionales, pero su ejecución dista muy lejos de su definición. Valoro su propuesta con nota muy alta porque su ejecución instrumental, ayudada por un sonido celestial, consiguió plasmar con sorprendente suficiencia lo mostrado en el estudio. Su vocalista, Carl Schonberg, con una imagen calcada a cualquier empleado de ventanilla de banca, conseguía atrapar al respetable, aunque más por su persistente esfuerzo y entusiasmo que por la calidad de su voz y la actitud apta para seducir a las masas. Pero mi estimación positiva está basada en su credibilidad. Y ésta, sorprendentemente, fue de absoluta honestidad. Todo lo desarrollado en el escenario era verdad. Y eso me parece una razón suficiente no sólo para felicitarles, sino para animarles a seguir en esa línea. No pueden decir lo mismo quienes prestan sus elementos químicos.

Previo a la sabrosa comida que nos ofrecía la carta, durante la espera, engañamos al estómago con otra tapa de albóndigas suecas: la curiosidad por conocer qué podría ofrecernos la banda de Mickael Erlandsson, Last Autumn’s Dream, era mayúscula. No destacan por su presencia en ningún circuito y la ocasión la pintaban calva. Quienes, durante más de una década, todos los años, vuelven a casa por Navidad con disco bajo el brazo, eran una de esas golosinas capaces de movilizar hasta el infinito a cualquiera de sus entusiastas. Mi curiosidad se centraba más en la parte vocal, que en la solvencia general de una banda cuya música me cautiva lo mismo que la soporífera progresión aritmética de las melodías del Bolero de Ravel. Pero si, de entrada, sus armonías de rock melódico destilaban tedio, mal asunto para disfrutar de su bolo y formar una valoración convincente. Y su arranque hacía presagiar una de esas sorpresas que suceden de Pascuas a Ramos, hasta el punto en que pareció poseído por el espíritu de un guepardo cuando acelera a velocidades endiabladas en busca de una presa.

Pero, al igual que le sucede al animal más rápido del planeta, nuestros divos hicieron demasiado ruido para tan pocas nueces. Midieron mal los tiempos y fueron perdiendo fuelle hasta llegar a una situación singular. Normalmente son los artistas los que arrancan el júbilo de la masa. Pero aquí parecía suceder al revés: se animaban en función de su respuesta. Parecía como esas estatuas vivientes callejeras que se mueven al son del dinero que les echan. De estar totalmente apagados, se volvían a encender en función de la mendicidad de unos tímidos aplausos. Y así se pasó una mediocre actuación preguntándome si primero fue el huevo o la gallina. Mi motivación principal estaba puesta en un vocalista que, en su carrera en solitario, me gana por un color de voz que traspasa mis sentidos. Pero estuvo a la altura del resto de sus compañeros. Empezó como un Sputnik y terminó encima de un triciclo. Su voz fue decayendo hasta sentir que, si forzaba, se podía romper en cualquier momento. Mi análisis parece ciertamente ambiguo, pero es que la banda no dio más de sí. Este tipo de proyectos tienen sus grandes inconvenientes. Nadie solicita sus servicios. Y, cuando sucede, parecen como un mal estudiante que deja su esfuerzo para el último día antes del examen. Su escaso ensayo sólo les valió para aprenderse de memoria la puesta en escena inicial.

Nos sentamos finalmente a la mesa para degustar esa carta tan deliciosa que, en su primer plato, el servicio de la organización nos tenía reservado: los suecos Electric Boys. Iba a ser la cuarta ocasión de disfrutarles, y esa pérdida de expectativas siempre genera algo de escepticismo. Bien es cierto que, en las veces previas, mi deleite había sido al aire libre y quería comprobar su rendimiento en una sala. Voy a empezar por el final y decir que a estos chicos les da lo mismo tocar al aire libre, en una sala, en un sótano o en un acantilado. Llevan el estigma de la autenticidad en la aureola de sus cabezas. Y siguiendo cada uno de sus pasos y sus sonidos, sólo queda disfrutarles embelesado para darte cuenta de que estás ante una banda que son bestias del directo. Su hard rock con influencias Aerosmith y tintes funk, no generan el suficiente entusiasmo en los amantes de los sonidos más melódicos que en este evento eran mayoría. Salirse de los sonidos estándar está penado con ser ignorado. Y, para más inri, siendo suecos mantienen un espíritu y una imagen típicamente británica. Craso error dar la espalda a quien es capaz de hacerte sentir que el rock sigue siendo un lugar donde queda esperanza.

Pero esa capacidad innata que atesoran, solamente al alcance de los elegidos, salió a relucir desde el segundo uno. Y el auditorio, que inicialmente mostraba una cara desangelada, no sólo quedó abarrotado sino que, a medida que fue aumentando en unidades, quedó convertido en un pozo sin fondo de emociones. Mención especial para su líder Conny Bloom, cuyos movimientos y actitud, mezcla de talento e improvisación, arrastran a tus ojos a un deseo continuo de seguirle. Es un auténtico seductor del rock. Hace bueno el dicho “vale más una imagen que mil palabras”. Y, al final, su magnánima voz queda incluso en un segundo plano, tan sólo por el deseo de empaparte de su estilo. Te arrastra a ignorarla como si dieras por sentado que es brillante y hubiera otros matices más trascendentales a seguir. Pocos frontman son capaces de conseguir ese galardón. Su presencia da elegancia a un resto de formación que suena tan compacta que no podía darse crédito. Su personalidad sobre el escenario queda magnificada por la mística que dan las tablas. Una muestra anecdótica que era una constante: parecía que, por la parte trasera del escenario, estaban a lo suyo. De forma inminente llegaban voz y coros. Y como si pensaran que tenían todo el tiempo del mundo, ¡seguían ajenos! Pero siempre llegaban al momento preciso. Ese es el principal magnetismo de los chicos eléctricos; esa despreocupación del que se sabe infalible.

Jim Peterik

Y, por fin, mi plato favorito, destinado para mi gloria personal, se alzaba majestuoso para ser devorado. Aderezado sobre un escenario cuyas prestaciones sonoras nos iban a deparar la perfección más absoluta de todo el festival. Mi Dios del rock para adultos, Jim Peterik, que, con pelo granate y esa camisa rosa enfundada sobre chaleco y pantalón negro de plástico, presentaba un look tan hortera como un títere de feria, rompía el telón de apertura con el brillante tema de .38 Special “Rockin into the night“. Reconozco que poder escuchar tres temas de una de mis bandas de cabecera, con la casi seguridad de que jamás podré verles en directo, hace que me ardan los dedos y quiera ensalzar más excelencias de lo que debiera.

Pero no soy hombre que con detalles emocionales pierda la perspectiva, y me dedicaré a subrayar varias virtudes y sus muchos defectos. Mirar al escenario y ver al lado de mi héroe a los mercenarios italianos, suponía mi rechazo inicial por lo que representaban; no me extrañaría que cualquier día les viéramos tocando para Sergio Dalma. Pero, una vez expulsado el prejuicio y entender que, en sus manos, esos míticos temas también tenían vida propia, me centré en disfrutar de su esencia. La ausencia de Tobby Hitchcock nos dejaba un panorama desolador. Y más cuando la presencia vocal de nuestro ídolo se quedaba tan irrisoria, con tal carencia de transmisión de valores, que enseguida te venía a la mente la voz intratable del alma de su música, el gran Jimi Jamison.

Era inevitable escuchar los acordes de “Man against the world” y recordar esa clase de la que impregnaba el escenario. Su voz recogía las vibraciones de su alma y las deslizaba por el aire con tal emotividad que la única respuesta era un silencio de admiración. Pero esa labor le había sido designada a un Alessandro del Vecchio que bastante tuvo con hacer de prestidigitador. Y, si no quieres taza, ¡toma taza y media! Se iniciaba la melodía de “Sound of home” de Pride of Lions, y el italiano tuvo que tirar hasta de tráquea para ayudar a tirar del carro en su dueto con el compositor de compositores.

Era como darle a un novato a conducir un Ferrari de trescientos caballos cuando siempre había conducido un Fiat de cincuenta y cinco. Quiso llegar a registros altos y estaban fuera de su jurisdicción.Pero había que tener bemoles para arriesgarse a hacer el ridículo, y consiguió hacer el tema creíble. No me comprometo a comprarle un disco de sus cientos de proyectos de bolsillo, pero sí prometo no tirar a la basura ninguno de los que ya tengo. En definitiva, un recital con sensaciones enfrentadas. Por un lado, el sentimiento de magia al estar frente a una leyenda que ha puesto colorido musical a momentos trascendentales de la historia de mi vida. Por el otro, la extraña sensación de presenciar la excelente materia prima en forma de canciones ganadoras pero que adolecían de esa alma para la que fueron inspiradas.

Después de atiborrarnos con unos manjares de auténtico lujo, llegaron los postres. Y fueron los americanos Dan Reed Network los encargados de endulzarnos la existencia, de una forma, que nos produjo un empacho de emociones inolvidables de por vida. Su estilo funk rock no era para todas las digestiones. Pero, paradójicamente, durante la previa de su salida a escena se presentía esa atmósfera de máxima expectación que sólo la producen las grandes estrellas. En estudio nunca fueron santo de mi devoción, y menos en la época del cénit de su carrera. Esos sonidos me generaban cierta indolencia. Pero el hecho de haber admirado hace unos años un concierto en solitario de su estrella Dan Reed, cuya actuación me introdujo en plenitud en su firmamento de paz y amor, me hacía concebir esperanzas de que pudiéramos estar ante algo grande. Y no sólo estuvimos ante algo grande, sino que fueron capaces de elevarnos por encima del cielo, rebasando esa frontera que existe entre lo magnánimo y lo inalcanzable. Aunque existía una sustancial diferencia entre aquel mensaje de armonía y unión, que años antes su líder espiritual tatuó en mi corazón, y este otro, convertido en estado de guerra con destino a la victoria.

Su show me recordaba a aquellas batallas navales donde las galeras romanas navegaban hacia al enemigo y lo hacían por ritmos señalados a golpe de martillo. Cuando la nave enemiga estaba cerca, su comandante ordenaba aumentar el ritmo, los golpes de martillo cogían gran velocidad y los esclavos remeros bogaban con tal fuerza que muchos iban cayendo agotados hasta morir. De igual forma, desde la casilla de salida, los americanos marcaron un ritmo endiablado de sonidos animados, que nunca bajaron de revoluciones, hasta que abrazados, se despidieron del auditorio más emocionado de todo el festival. La base rítmica, comandada por su genial y dinámico bajista negro Melvin Brannon, marcaba ese ritmo infernal que nos fue agotando lentamente hasta caer completamente rendido a sus pies. La guitarra del más feo de los mortales (pero a la vez más simpático del planeta), Brion James, sonaba como un taladro percutor que dañaba los oídos de placer. Y esa capacidad innata de sabiduría para arrastrar a las masas a la globalidad de un éxtasis, era sinónimo de Dan Reed.

Un vividor del rock, como este que escribe, durante decenas de experiencias en conciertos, ha vivido orgasmos de todas las intensidades. Unos cortos pero intensos. Otros largos pero uniformes en escaso placer…Los he disfrutado contundentes, mágicos, con clase y elegancia, de espectacularidad visual, de una divina calidad instrumental…pero jamás los viví con una intensidad musical tan constante. Su música no es mi caballo de batalla, pero con él he llegado no sólo a la victoria, sino a ganar la guerra. Ave Dan Red Network, los que van a morir te saludan.

Dan Reed Network

Llegaba la hora del café, que a juzgar por su prestigio y cierre de cartel parecía de Colombia pero, ateniéndonos a lo escasamente vivido, nos quedaremos con que los granos eran suizos. Gotthard eran los encargados de cerrar una jornada cargada de fuertes emociones. Pero después de lo vivido tan sólo unos instantes antes, la mente te guiaba a un único pensamiento: todo el pescado estaba vendido. En mi curriculum vitae rock los suizos aparecen como la segunda o tercera banda más vista. Y a eso hay que añadir que, desde la muerte de Steve Lee, con mucho criterio y coherencia por parte de su colíder, Leo Leoni, la formación ha trasladado su carrera a un sonido más potente, más metálico y más directo. Lee era la melodía y Leoni el riff. Por lo que, faltando el cincuenta por ciento de la inspiración, lo ideal era encaminarse por derroteros más afines al otro cincuenta. Respetable, y una decisión más que acertada. Otra cosa es que a nivel personal esa apuesta no me seduzca y no me apetezca pasar el rato viendo un espectáculo que no me genera ninguna satisfacción. Como cierre diré que el sonido era altísimo. Y que, unido a la potencia de su música, sólo suscitaba necesidad de alejarme. Su fascinación de antaño se ha convertido en otra banda más. Que quizás sea lo peor que se pueda decir de cualquier artista. Por lo que decidí poner fin a una jornada que quedará grabada en mi memoria con letras acuñadas de nostalgia y excitación máxima.

Fotos: Joaquim Valls

*Puedes leer la segunda parte de este artículo aquí.

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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