LA CHINGA – Freewheelin: bienvenidos a 1973

La Chinga CoverPropongo una ficción. Olvida la pantalla desde la que estás leyendo este texto. ¿Hueles las hojas de la revista? Estamos en 1973. El MK II de Deep Purple se está yendo a pique y el groove característico del MK III empieza a asomar. Uriah Heep ha publicado The Magician’s Birthday y tiene Sweet Freedom a medio hacer. MC5 son ya historia. Mountain lo intentan otra vez, aunque el éxito de Climbing! no volverán a conseguirlo. Black Sabbath continúa su particular camino con Sabbath Bloody Sabbath, y Led Zeppelin sigue agrandando su leyenda, esta vez con Houses of the Holy. Parece que todo lo que suena desde los amplificadores está destinado a ser un clásico.

También hay un montón de bandas cojonudas que no conseguirán pasar de década, aunque eso no se sabe todavía. La trascendencia de una música en pleno apogeo, como el rock, apunta hacia la eternidad…pero no será así. La Chinga publica su segundo disco, Freewheelin’, tras casi tres años. En los setenta se olvidan de tu banda si no sacas un disco cada diez meses pero, cuando en las radios estrenan “Gone Gypsy”, los teléfonos de los programas musicales empiezan a arder. ¿Quiénes son? La Chinga. Son canadienses y nadie sabe mucho de ellos. Se habla de que es el nuevo proyecto de Ian Gillan, que Santana ha metido algunos solos, que Jimmy Page les ha producido el disco. Todo falso, pero los bulos corren más rápido que los desmentidos.

Los que han conseguido el LP lo manosean y reparan en cada uno de los detalles impresos en el cartón. En estos tiempos se exprime todo al máximo. Una tirada de apenas 500 vinilos de 180 gramos al precio de lo que ahora serían unos 25’99 dólares. Vuelan enseguida. Miran las fotos: Carl Spackler, bajo y voces. Ben Yardley, guitarra y voces. Jason Solyom, batería. Cada quién tiene su favorito. Son los nuevos Cream. Pero sólo porque son un trío: en lo que respecta a su sonido son completamente distintos.

En realidad suenan a todas esas bandas del momento, igual de irreverente, divertida y falta de pretensiones. Con un toque muy personal, sí, como hechizante. Pero en 1973 ya está todo inventado, se dice. La cuestión no es reinventar la rueda, sino ajustarla hasta que gire sin fricción. Y la de La Chinga rueda con fluidez. La gente enloquece con su single “White witchy black magic”, y no pocos prueban a reproducirlo al revés, esperando algún conjuro. En vano. La magia negra de La Chinga está en los temas directos, vertiginosos, en riffs que podrían convertirse en el próximo “Whole lotta love”. Cuando las canciones de Freewheelin’ suenan en la radio, los fans más jóvenes suben el volumen y hacen air guitar. Suenan muchas: la más calmada “Faded angel”, “K.I.W”, que significa “Keep It Wizard” y eso la hace aún más misteriosa; o “Mother of all snakeheads”, que tiene ese rollo vudú que mosquea tanto a los padres. Suenan prácticamente todas menos una, “The dawn of man”, porque son más de diez minutos de rock pesado y no hay ni un sólo DJ dispuesto a pinchar semejante tema.

Por algún giro argumental caprichoso, como si se hubiesen muerto ahogados en su propio vómito o en un accidente de tráfico, La Chinga desaparece de los escenarios, y no se vuelve a saber más de ellos. La historia del rock está llena de casos de esos. Pasan a ser una de esas bandas de culto que los rockeros blanden en las conversaciones como medida de su conocimiento. Si buscáis Freewheelin’ en eBay, hay un tío que lo vende por 140 dólares. Si La Chinga hubiera surgido ahora, en pleno 2016, estarían abocados a la indiferencia. Llegarían a telonear a alguna banda más grande, y quizá se les haría un hueco en alguna web. Pero estas cosas son así. Ya está todo inventado. Ya no hay bandas como las de antes.


Lo mejor: el viaje en el tiempo que te regala Freewheelin’, y la colección de temas a la que no le falta ni le sobra nada.
Lo peor: el choque de realidad de encontrarnos en 2016.


La Chinga actuará durante el mes de marzo en estas fechas:

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Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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