PHIL LYNOTT: tras sus huellas (I)

Nuestro tránsito por la vida facilita vivencias emocionales relacionadas con nuestros sentimientos y pasiones que acaban formando parte de nosotros, y que suelen dejar rastro en la personalidad. Algún sabio las denominó “experiencia vital”. Y cuesta imaginar que sus manifestaciones se produzcan en un lugar distinto a nuestras almas. Y como cada persona tiene distinta capacidad vivencial (a algunos todo les impresiona y a otros nada les afecta) me produce cierto recelo reproducir mis propias emociones en una experiencia muy especial, sabiendo que es muy posible que nadie vaya a saber comprenderlas. Cuando desnudas tu alma quitas los grilletes del cuerpo que encadenan la esencia y la dejas surcar por los placeres que la vida te obsequia. Es darle luz al color, es hacer más hermosa la belleza, pero también se expone al viento del desierto, a las acciones implacables que insensibilizan las ilusiones diarias.

Resulta pintoresco percibir cómo desarrollamos cualquier preparativo para un viaje vacacional en función de nuestras pasiones. Parece una afirmación de Perogrullo, pero no tanto cuando nuestras aficiones se multiplican, y debes de compartirlas en tiempo y forma con cierta cordura. En mi caso particular no hay vez que no relacione una ciudad, o tal pueblo, con alguno de mis músicos de referencia, algún establecimiento de relevancia de vinilos; o añadir, previo análisis de fechas coincidentes, cualquier cita musical.

En esta ocasión mi anhelo sólo tenía un nombre, Phil Lynott. Uno de esos ídolos de pubertad que llenan de fantasías tu fase de crecimiento. Cuando desarrollas la suficiente capacidad para dictaminar que aquello que vivías eran las aspiraciones de tus héroes (soñar con ser ellos y lo que representaban, más que el vitalismo de tus propias ambiciones), parece quedarse en la nada. Y no parece lógico que algo tan excepcional, en el momento de su representación, se quede como un simple paso más por nuestra trayectoria por la vida (aunque evidentemente su legado musical permanezca muy vivo en nosotros y no falten momentos para recordarlo).

Por ello, aunque su recuerdo quede provisionalmente apartado, por encaminarse por nuevos ciclos y por nuestra rutina diaria, quedará ese rastro de agradecimiento por complementarnos con su música; y por convertir en fascinantes todas aquellas experiencias esenciales que, con el paso de los años, recuerdas con nostalgia. Un día cualquiera surge la idea de que tu deuda debe de ser saldada. Como ser irracional generas en tu mente el credo de que el pago en efectivo se efectúa en la ventanilla con sección “tras sus huellas”, y rotulas en el calendario el día y el rumbo.

Dublín: la única razón

Dublín era el destino. Y quién sabe si la casualidad me había ido poniendo marcas en el camino, para ir encauzándome en una dirección u otra. Después de lo vivido se genera una extraña sensación de algo que te empuja: una sucesión de acontecimientos que no pareces dirigir y de la que no parece haber escapatoria.

La obsesión que algunos mantenemos como pecado parece borrar del mapa la belleza de una urbe con la cultura y tradición de la capital de Irlanda. Desde el mismo momento en que aterrizas en su empedrado, tus pasos se encaminan firmes a los lugares de tu peregrinaje y no satisfaces tus otros sentidos. Cualquier movimiento invita a soñar únicamente con tu reto. Incluso mentalmente, sustituyes el deleite que genera disfrutar del movimiento de sus gentes y el atractivo de sus calles y monumentos con el infructuoso pensamiento de si él estuvo allí. Inclusive, estando lejos de los primeros lugares sagrados, aceleras como un autómata tu paso sin observar lo que tienes alrededor, como si todo fuera paja, y lo único que te enriqueciera fuera ese grano de simbolismo que es sólo tuyo.

Lynott 4Por eso, cuando llegas al primer destino, Ha’ Penny Bridge (lugar de grabación de su famoso vídeo para “Old town”), tus ojos abrazan cualquier elemento que enriquece tus sentidos. Incluso respiras más intensamente para impregnarte de su esencia. Molesta hasta el movimiento de la gente, que te impiden disfrutarlo en plenitud. Se convierte en ese momento mágico que sólo tiene como premio el instante en el que sucede. Lo inmortalizarás en esa fotografía que probablemente nunca verás, pero que allí tiene su alcance. El vitalismo siempre nos hace profundizar en emociones. Y sorprende que, en sucesivos días, repitamos ese mismo itinerario y ya no tendrá el mismo significado. Se pierde el inicial valor emocional y quedará relegado a un plano de indiferencia porque sólo vives lo que tu icono vivió. Se convierte en algo rutinario porque probablemente no es fruto de tus propias experiencias.

Cruzando el puente más famoso del rio Liffey, hacia el barrio más colorista y cultural de la metrópoli, Temple Bar, mis pisadas se encaminaron a un túnel que tiene funciones de paso. Y en su entrada pude observar la placa conmemorativa que esta ciudad otorga a todas sus principales estrellas musicales en cualquiera de sus estilos. Figuras como Rory Gallagher, Sidney O’Connor, U2 o The Corrs, parecen gozar, por distintas calles, de un especial reconocimiento como premio a un importante valor cultural como es la música. En la suya, se apreciaban las siguientes palabras: Phil Lynott, made one of his most famous videos “old town”, on the Ha’ Penny Bridge.

En pos de una de las etapas reina de mi obstinado recorrido, la transitada calle Harry, donde se aposenta la célebre estatua de nuestro ídolo bautizada en el año 2005, no podías dejar de sentir que la música es el ritual de presentación de una ciudad que alberga no pocos eventos. Eventos acompañados de docenas de melómanos aficionados, de todos los estilos, en aras de unas monedas para subsistir, o simplemente del deseo de manifestar todo ese talento que creen esconder y que en la mayoría de los casos sólo se ve recompensado por unos tímidos aplausos. Sus habilidades, al menos, dan un colorido escénico y representan todos esos valores de autenticidad; viven con la música pero sin vivir de ella.

Cuando, por primera vez, visualizas ese monumento al respeto por su figura, su atracción te produce un enorme deseo de tocarlo. En una primera toma de contacto su bronce de color negro seduce por su sobriedad. Y la frialdad que desprende su tacto no choca con el deseo de acariciar con tus dedos los rizos de su pelo, o posar tu palma de la mano sobre la suya. Pero, a medida que te vas recreando, observas que ese bajo frontal sobre el que apoya la mano, de alguna forma rompe con su seriedad. Las púas de diferentes colores pegadas a sus cuerdas, le dan un justo colorido. No es una obra de arte sino un tributo a nuestro héroe, por lo que su valor emocional multiplica por infinito su valor estético. El simple hecho de estar allí parecía culminar con todo un sueño y el deber cumplido.

Lynott 9No era consciente de lo que me quedaba por vivir, así que ese único momento lo viví de una forma muy especial, si bien tampoco produjo en mí ningún efecto secundario irreparable. Cuando te has cansado de memorizar cada detalle y de rezar el padre nuestro de tus emociones, se impone una sesión fotográfica que termina por parecer eterna. Apremia querer inmortalizar el “yo estuve allí” de forma infalible. En tiempos pretéritos, cuando no existía la fotografía digital y todo se trasladaba al papel, cuando llegabas a tu lugar de partida no eran pocas las decepciones. Aquello que creías guardado como un tesoro, al abrirlo, se había velado, estaba borroso, o se había perdido por mil situaciones esperpénticas. Y te entraba el terrible deseo de mandar a galeras al creador de la canon o quedarte sin cenar durante una semana. La era digital nos ha permitido garantizar el momento, a la vez que una pérdida de tiempo irrecuperable. Una gran mayoría lo hemos convertido en una hoguera de vanidades y, si no quedas con la sonrisa adecuada, vuelves a repetir y repetir hasta rayar el síndrome de la tontería supina. En los siguientes días, por unos motivos o por otros, parecía inevitable transitar por aquella calle. Pero, pasado el delirio inicial, la piedra ceremonial simplemente pasaba a formar parte del paisaje. Ni siquiera la prestabas atención.

 

St. Fintan’s: la tumba de la humildad

El momento estrella tenía como meta el cementerio de St Fintan’s. El lugar de su descanso eterno. Un auténtico fetiche de adoración suprema donde mostrar mi amor perpetuo. La tumba donde el eco de mis palabras de agradecimiento pudiera quizá ser escuchado. El emplazamiento está ubicado en unas hermosas colinas con vistas al mar. A unos veinticinco kilómetros de la capital, aunque existen varias líneas de bus que hacen posible su visita. Durante la espera al transporte me entretuve en un pequeño puesto y, al ver que vendía hebillas de cintos con motivos rock, le pregunté a su vendedor si tenía de Thin Lizzy. A su respuesta negativa le continuó una animada conversación de fan. Según sus palabras, le había visto actuar en varias ocasiones y hasta coincidir en determinados locales de la ciudad. Incluso se atrevió a afirmar con rotundidad que el hecho de haberse educado sin sus padres, al amparo de su abuela, le había generado una falta de confianza, una serie de complejos e inseguridades, que habían sido determinantes para engancharse a las drogas.

Una vez en el autobús, tocaba dirigirse a su conductor para que tuviera la amabilidad de indicar la parada exacta del cementerio. Y su pregunta, al ver mi camiseta de los Lizzy, fue que si el destino era la tumba de Phil. A la afirmación, sorprendentemente, llegó como respuesta ¡el canturreo del estribillo de “Rosalie”! En escasos minutos, la casualidad había hecho acto de presencia y las coincidencias con personas afines y conocedoras de nuestro ídolo me dejaban absorto en la incredulidad. Al llegar a la parada, el servicio fue completo. El hombre se bajó a indicar la ubicación exacta de la tumba. La perplejidad me hizo reflexionar si no sería el propio Phil el que iba poniendo señales por el camino.Lynott 5

A pesar de ser una necrópolis muy amplia y tener como estilo las tumbas con losetas a ras de hierba, cuya linealidad dificultaba su búsqueda, era muy fácil de distinguir. No sólo por las indicaciones del cortés conductor, sino porque era la única lápida que mantiene a su alrededor vistosos ramos de flores y los recuerdos de sus fans. A pesar de destacar sobre el resto, chocaba que un personaje de esta entidad no tuviera un panteón o una sepultura más acorde con sus méritos. Esa humildad de la que siempre hizo gala se la llevó a su propia tumba. Estos lugares son sinónimo de silencio, éste sólo roto por unos funcionarios que acondicionaban otras lápidas. Al encontrarme frente a él afloraron las emociones, todos los recuerdos y la culminación de un viaje enfocado a ese momento. Al pronto, tus ojos se deslizaban por la grabación de la losa, leyendo: “Philip Parris Lynott 1949-1986”. Y se detenían en los múltiples recuerdos que han dejado sus seguidores. Púas, gafas, dados, perros de cerámica, crucifijos, fotos, collares, muñequeras, y hasta un violín, adornaban desparramados el lugar de culto.

Una vez saciado con la vista, surgen más recuerdos. Se agolpaban en mi cabeza las secuencias de la primera vez que escuché a los Lizzy. Tenía trece años. El hermano de mi primer amor tenía puesto en su casa un vinilo de ellos en un antiguo tocadiscos. La canción que sonaba era “Are you ready” de Live and dangerous. Aquel sonido me embriagó de tal forma que mi reacción fue dirigirme hacia la carpeta vacía que reposaba junto al girar del aparato. Y recuerdo mirar fascinado aquella portada de un arrodillado Phil. Desperté de mi letargo pensativo y llegó el momento de saldar mi deuda. Mantuvimos una charla animada, cuyas palabras no tuvieron trascendencia ni merecen ser destacadas. La conversación queda entre nosotros.

Lynott 2Cuando mi devoción ya parecía satisfecha, mi obligación había cumplido con su cometido y daba por cerrada mi estancia, unos funcionarios cercanos rompieron el silencio del lúgubre lugar, y avisaban de un acontecimiento inesperado. “¡Mrs. Lynott!”, exclamaban. Giré la cabeza y pude comprobar cómo, con paso lento, se aproximaba una elegante mujer, que resaltaba por un vestuario semejante al que había visto en la realeza británica. No le faltaba ni la pamela. Una vez en la tumba, se dedicaba a colocar con mimo aquellos presentes que no le encajaran por desorden, y quitar todos aquellos pétalos marchitos que afearan la belleza de los ramos. Incrédulo, seguí con la mirada todas sus acciones y, de repente, se presentó: “soy Philomena, la madre de Philip”.

Después de las preguntas de rigor mi sorpresa no tuvo límites, cuando hizo el comentario de que vivía muy cerca de allí, y quedaba invitado a ver el museo que tenía en su casa a la que llamó White Horse. Se disculpó ante la imposibilidad de ser esa tarde porque tenía un familiar muy enfermo e iba a visitarle. E imaginé que el sueño no iba a ser real, y que sólo era una forma de cumplir con alguien que se ha tomado la molestia de hacer miles de kilómetros por presentar respetos a su hijo. Pero cuál fue mi sorpresa cuando, sin tapujos, pidió un bolígrafo y un papel para anotar su número de teléfono, y me emplazó a llamarla a última hora de la tarde. Mi escepticismo siguió alimentando la sospecha de que aquello era matemáticamente improbable y que el número no sería real. Una nueva desconfianza sin base, porque aquella misma tarde quise comprobar si la exclusiva era un bulo y, después de varios intentos fallidos con las cabinas locales, con la consiguiente desesperación porque el sueño se esfumaba, una recepcionista de un hotel marcó el famoso número y, al otro lado, efectivamente, apareció quien nunca había obtenido mi credibilidad.

*Puedes leer la segunda parte de este artículo aquí.

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Entrada publicada en Inclinaciones.

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6 comentarios en “PHIL LYNOTT: tras sus huellas (I)

  1. Gracias por compartir tu viaje a Dublin tras la huella de Philip: el puente del medio penique, la visita a su estatua de bronce y su tumba.
    Toda una suerte encontarte con su madre en el cementerio.
    ¿Cuando fue el viaje? ¿Ahora en 2016?.
    Espero poder algun día hacer ese mismo viaje y rendirle homenaje aunque algunas veces me viene a la cabeza esa canción de uno de sus trabajos en solitario:
    “You see as silly as it seems
    I’m so tired of living out somebody else’s dream”
    Salu2.
    Gorka.

    1. Gracias a ti, Gorka, por tomarte la molestia de leerlo. El viaje lo hice en septiembre del año pasado. Fue apasionante en muchos sentidos, pero te recuerdo que todavía queda la segunda parte que, presumiblemente, se publicará este jueves. Te adelanto que es mucho más potente y más interesante. Seguramente habrá muchas cosas que te sorprendan, por lo que te sugiero que, siendo fan de Lynott, no te la pierdas.

      Un saludo

  2. Amigo, estoy preparando este mismo viaje que hiciste tú, exactamente para lo mismo, dar gracias a este tipo que se metió en mi corazón hace más de 25 años,… y buscando pistas, te he encontrado.

    Muchas gracias por las aclaraciones y detalles, porque en gran medida me van a ayudar a repetir tu experiencia, aunque sea solo para andar por las calles que Phil recorrió y encontrarme con su tumba.

    Si me encontrase con Mss, ya sería épico y sólo con saludarla me daría por agradecido.

    Un abrazo y gracias por este gran documento.

    1. …al final no apareció Philomena, pero la experiencia de visitarle, y la caminata desde la estación de Sutton hasta St. Fintan’s, de las mejores cosas que he hecho en mi vida por las emociones que iba experimentando por el camino. Y desde ese momento, parece que es un viejo amigo, al que por cierto, no recé porque ya no soy creyente, pero reproché y regañé como eso mismo, amigo, por haber gestionado muy mal el final de su vida ( me cago en los muertos de Jimmy Vain y alguno que otro más!…).
      y ya como colofón al viaje, y como aporte a este post, como sé que todos los que entramos aquí tenemos la misma herida en el corazón por culpa de este tipo, no dejéis de visitar el Bruxelles, y sobre todo, el garito que hay escaleras abajo… Philomena’s.
      Seguro que os acordáis de este consejo de buen amigo.

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