PHIL LYNOTT: tras sus huellas (II)

*Puedes leer la primera parte de este artículo aquí.

White Horse: una habitación con vistas

El anexo improvisado, que se había añadido a mi viaje de culto, generaba un foco de emociones con la capacidad de dejar mis uñas totalmente carcomidas. Me sentía un privilegiado al que el dios del azar había visitado, y mi ateísmo se había convertido en philomeneísmo apostólico e irlandés. El nuevo conductor de autobús fue de nuevo asediado a preguntas sobre la siguiente parada. Y, de nuevo, la sorpresa, por las indicaciones con pelos y señales que recibí, fue mayúscula. La casa estaba alejada y en un maremágnum de urbanizaciones, por lo que, a pesar de las indicaciones, la dificultad de encontrarla me llevó a preguntar al primer ser humano que apareció. Un conductor de una empresa de transportes fue el re-conductor definitivo. Su forma de asentir y dar explicaciones hacía que la madre de nuestro icono pareciera reconocida del uno al otro confín. En escasas dos jornadas, de cuatro personas preguntadas, las cuatro conocían a Phil Lynott como si fueran presidentes de su club de fans.

La situación de aquella mansión blanca era excepcional. De frente, toda la bahía dublinesa emergía dibujada dentro de un marco incomparable. Esa tensión emocional, que sólo sientes en contadas ocasiones de la vida, hacía acto de presencia. Si me hubieran pinchado, no habría brotado ni una gota de sangre. La simple acción de entrar por su puerta me producía un nudo en la garganta. Y entonces sí, fue el primer momento en que mi incredulidad se transformó en el ungido de una secta. Aquello era real. El interior de su residencia era más humilde de lo que su exterior representaba, pero mostraba una presencia tan recargada, que no cabía nada más: cuadros, adornos, tapices, libros…además, todo parecía tan desordenado que parecía un auténtico caos. Pero lo que verdaderamente me importaba era esa habitación museo, donde fanatizaba que algunos de los tesoros mejor guardados de nuestro ídolo iban a ser descubiertos.

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Mi primer golpe de vista recorría con ansiedad y auténtico frenesí todo lo que allí se nos ofrecía. Mi afán, por empaparme de todas aquellas reliquias, empujaba a mi mirada a no posarse sobre nada en particular y todo en general, sin prácticamente degustar. Pero se produjo mi primera decepción. El tamaño de la habitación era tan pequeño que me resultó indigna. Claro que con qué derecho podía yo juzgar. Al visualizar con más detenimiento me fui dando cuenta que todo aquello eran regalos de sus miles de fans, y lo que realmente tenía cierto valor sentimental, porque había sido de su posesión, era una especie de jukebox redonda muy antigua, algunos discos de oro y platino que marcaban las cifras de ventas, y su colección de vinilos.

Sus palabras me tranquilizaron al decirme que lo más representativo de su legado, como bajos, chamarras de giras, sus propias notas académicas y otros artilugios, había sido donado al museo del rock and roll irlandés y a los estudios Temple Lane Recording Studios (lugar de grabación de Black Rose), y que en días posteriores tuve ocasión de disfrutar. Las palabras del guía corroboraron su afirmación. Tanto Philomena como Graham (un amigo de la familia que parece cuidar de ella, pero al que presenta en sociedad como su sobrino) protagonizaban una muy calculada hospitalidad. Hacen de anfitriones de forma que salta a la vista: su exposición mantiene una configuración repetida en cantidad de ocasiones.

Primeramente requirió mi atención con un relato sobre la jukebox, en el que especificaba que las canciones que allí aparecían, de la banda de su hijo, estaban escritas por su propio puño y letra. Resaltaba que ella escuchaba todos los días algunas de sus canciones, y fue la primera vez que me di cuenta de que sus lágrimas recorrían sus mejillas. Acto seguido, propuso que nos tomáramos una fotografía junto a figura de cartón de su hijo en tamaño natural, para lo que me entregó un sombrero de vaquero, generando así la atmósfera de su “Cowboy song”. Al vernos juntos, puso cara de sorpresa, alzó su mano sobre mi cabeza, como si me estuviera midiendo, y, con una leve exclamación, comentó que tenía la misma altura que su hijo.

Una invitación a una taza de café y, mientras lo ponía al fuego, propició unos momentos a solas en los que aprovechar para impregnarme de todo aquello con mi propia suficiencia. No necesitaba explicaciones: quería vivir aquel momento en mi intimidad. Las baldas abarrotadas de sus vinilos fueron mi primera parada, y, sin dudarlo, la parte más emotiva y especial que sentí. Esa sensación de conocer los gustos musicales de mi ídolo me atrapaba sin remisión. Pude comprobar cómo sus preferencias giraban en torno a músicos americanos que abrazaban estilos como el folk, blues, country o jazz, que seguro fueron raíz de sus influencias. Aunque un estilo brillaba cuantitativamente con más luz: el soul de los 60’s. Artistas como Ginger Baker, batería de Cream, que destacaba por ritmos de influencias africanas; James Taylor, Paul Simon, o la vocalista soul Phoebe Snow marcaban una discografía que, visualizada en toda su extensión, producía una vibración en mi cuerpo de complacencia.

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Sus discos no me producían el simple interés de conocer su deleite. El paso del tiempo había hecho mella en ellos y dejaba entrever unas carpetas desgastadas que parecían no haber sido cuidadas con el esmero de un melómano. Su atracción me llevaba inerte al deseo de acariciar su contorno. Mis dedos entraban en una catarsis sensitiva por el mero hecho de sentir un fetiche que sus manos habían tocado. Ese fue el momento mágico. Quise sacar de su carpeta un disco cualquiera y, dada la densidad con la que estaban apretados, parecía misión imposible. Dado su escaso espacio, aparentaban estar metidos con calzador.

Mis ojos quisieron entonces recrearse con las docenas de reliquias regaladas a Philomena por sus fans. Pero, después de volver a contagiarme con su letra en aquellas tarjetas de la Jukebox y observar las copias vendidas de algunos de sus discos más importantes, era el momento de mantener una charla con la anfitriona. Y, al salir de aquella habitación, siendo consciente de que jamás volverías, una última mirada la recorrió íntegramente para mantener en la memoria todo su esplendor. Pero sólo se quedó inmóvil en un único lugar: su discografía.

Philomena: el arte de la seducción

Alrededor del humo que surgía de unas tazas de café sobrevino una animada conversación en la que, por mi desconocimiento del inglés, a penas pude ser testigo de excepción. Aunque las preguntas, que habían sido seleccionadas con especial mimo, y las respuestas de nuestra anfitriona, alternaban mi castellano con el inglés de la intérprete de lujo que me acompañaba. No parecía el mejor contexto, pero tenía su encanto, hasta el punto de ser quizá lo más representativo y vital que me sucedió en todo el periplo tras sus huellas.

Era impactante ver cómo una mujer con esa elegancia, y con sus ochenta y seis años, marcaba los ritmos emocionales de una conversación que siempre llevó a su terreno, con una inteligencia devastadora impropia de su edad, pero a la vez con la experiencia de quien tiene un decálogo ya desgastado por el uso. Su gesticulación delataba encantos y fobias, aunque supiera guardar perfectamente las formas y hubiera que hacer labores de psicólogo para profundizar en unas palabras que siempre tenían un fin. Pero, si metía el dedo en la llaga, sus aspavientos descubrían más verdades que su verbo.

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Su comienzo nostálgico nos adentró en un pasado de la Inglaterra de finales de los años 40. Vino de Irlanda a Manchester a trabajar de enfermera. En una noche de discoteca, que disfrutó bailando con un hombre negro que acababa de conocer (y que tildó de “error”), tuvo como consecuencia el nacimiento de Philip. Lo completó horrorizada contando cómo en esa época los prejuicios raciales eran el pan suyo de cada día. Relató una anécdota en un autobús, donde el revisor ayudaba a subir los carros de las mujeres que llevaban bebes pero que, al ser su hijo negro, la relegaban a la parte trasera y le negaban su ayuda. Al no poder vivir en ese contexto, a los cuatro años lo envío a Irlanda con su abuela, y se inventaron una historia de adopción para que no fueran mirados con desprecio.

Su rostro cambió de cariz, adornándolo de ternura, con un comentario que no parecía hilar con los recuerdos de sus comienzos: “él me compró esta casa”. Parecía una descarga de conciencia como madre frustrada por un abandono tan prematuro. La charla derivó entonces a terrenos más emocionales. Su devaneo con las drogas nos llevó de inmediato a la madre protectora. Sin saber muy bien por qué, entraba en escena su mujer Caroline, quien también tuvo una juventud al amparo de las drogas. Fue como si el subconsciente le pidiera buscar un culpable pero, curiosamente, al hablar de ella, la redimía. Phil la conoció en una fiesta, aunque quiso destacar que él ya estaba metido en ese mundo. Pero hubo un comentario que rompía todo lo establecido al definirla: “era como un hielo”. No quería decir que ella le arrastrara a su final, pero en su fuero interno lo pensaba. Su mirada de enojo y el giro negativo de su rostro de lado a lado la delataban. Quizás porque era la coartada para lavar en parte su honor y aliviar su propia responsabilidad como madre.

Existe una leyenda que cuenta que todos los días del año va a ver la tumba de su hijo y que, al marcharse, siempre la da una patada. Curiosamente, en mi presencia no ocurrió. Al preguntarle por ello, su sensibilidad pareció venirse abajo y, con lágrimas en los ojos, afirmó que, a la vez que daba el puntapié, le pedía explicaciones por haberle abandonado de aquella forma. Justificó su olvido del día anterior por la preocupación que tenía por un familiar que acababa de fallecer.

Cuando las preguntas giraron hacia aspectos musicales de su hijo, rápidamente desviaba la atención porque se notaba un desconocimiento absoluto por su carrera. Se cruzaba de brazos de forma defensiva y mostraba una mueca de indiferencia. Al menos conocí un detalle llamativo al preguntarle si conocía alguna musa inspiradora, alguna anécdota peculiar que hubiera desembocado en la composición de alguno de sus temas. Ahí entró en escena su “sobrino”, Graham, y entre los dos comentaron que, en un viaje a Ibiza en el que estuvieron juntos, a él le llamó la atención una jabonera que tenía dibujado unos motivos toreros. Aquel objeto fue fuente de inspiración para “Randolph’s tango“. Al advertir el cariz que tomaban las preguntas, y seguramente para no dar sensación de ignorancia, cerró ese capítulo con un “viajé con él a una gira por Estados Unidos”.

Tenía especial preocupación por saber su opinión sobre sus compañeros de banda. Y, ahí, frunció el ceño y abundantes señales de desprecio significaron su rostro. Cabizbaja, buscó con la mirada a su sobrino, reclamándole auxilio. Graham volvió a intervenir, comentando que se habían aprovechado de su carrera y sólo hacían lo que Phil les había enseñado. Sykes parecía persona non grata a los ojos de Philomena, porque ni siquiera hicieron falta sus palabras. Al escuchar su nombre, una mueca entre arcada y repugnancia perpetuó el momento. Gorham y Downey eran menospreciados de una forma rotunda al recordar que ni siquiera habían ido a visitarle al hospital. Y, efusivamente, remarcó que “jamás han venido a presentar sus respetos a su tumba”. En su afán por rizar el rizo, denunció a Gorham con un gesto muy significativo, a la par que lo recordaba con repulsa y le llamaba hipócrita por aquel discurso que dio en la inauguración de la estatua de Lynott en Dublín. Metió una de sus manos a un bolsillo de su chaqueta, a la vez que con la otra juntaba sus dedos índice y anular, con esa expresión que todos conocemos referente al dinero. Afirmó que “sólo busca meterse dinero al bolsillo”.

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Su postura corporal se movía con inquietud. Y sus manos parecían un manojo de nervios. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, ya acalorada, y con ganas de contar cosas, decía que había coincidido hacía unos días con Darren Wharton. “Se ha puesto gordo y calvo”, fueron sus palabras. O se equivocó de personaje, o quiso transmitir, como una mentira piadosa, que con algunos todavía mantenía muy buena relación. Es posible que fuera así, porque la siguiente afirmación sí parecía tener visos de realidad. Su cuerpo se acomodó en el respaldo del sofá y su cara se entristeció de forma sincera, al contar que habían llamado a Robby Robertson porque les habían avisado de que su estado de salud estaba en fase terminal. Explicaba que el alcohol le estaba matando, y parecía tener un destino finiquitado porque, al parecer, no le apetecía nada seguir en este mundo. Según sus palabras, “quiere matarse”.

Como hábil psicóloga intuyó que, por mi inglés medinés, me enteraba escasamente del coloquio. Y, como el tiempo de cortesía le parecía más que suficiente, y quería evitar mi insistencia en preguntas que no deseaba responder, hizo algo que me pareció sorprendente: se levantó del sofá, buscó una especie de pequeño baúl debajo de una mesa camilla, y lo puso a mis pies. “Para que te entretengas”, dijo. Al abrirlo, ante mis ojos aparecieron docenas de fotografías de Phil en blanco y negro que formaban parte de su infancia y juventud. Algunas las había visto en muchas de las biografías que hay publicadas. Pero, en el caso de otras, me pareció un privilegio tener la posibilidad de disfrutarlas.

A pesar de desaparecer de la charla, mis escasos conocimientos del idioma no impedían que estuviera pendiente y entendiera algunas de sus palabras. Había cogido la batuta y con experta sabiduría nos fue llevando a su huerto comercial. El guion, en su punto uno, establecía crear necesidad y sensibilizar a la víctima con bellas palabras y múltiples agradecimientos por haber tenido el privilegio de conocernos. Se sentó de forma distendida, extendida hacia adelante, y de forma magistral introdujo el tema con palabras de gratitud a los miles de fans de su hijo, por lo bien que se portaban con ella. Llegó a afirmar que, de toda esta historia, era lo único que merecía la pena.

Se mostraba tan agradecida por esa gente que hace miles de kilómetros para mostrarle su cariño, que siente la obligación de invitarles a su casa y que conozcan parte de su vida. Razón que le llevó a publicar su libro My boy. Casualidad que en ese momento descubriera una foto de Jon Bon Jovi junto a ella, el día de su presentación. Se la mostré, y sus labios esbozaron una sonrisa de entusiasmo hasta contar ilusionada su anécdota. Jon le había dicho que, después de leer el libro, agradecía no tener una madre como ella. También, casualmente, tenía cerca varias copias y, en señal de gratitud, por toda la experiencia facilitada, se lo iba a comprar. El manual, en su punto segundo, marcaba que al convencido había que ser más agresivo para seguir convenciéndole.

Y, sin perder un solo segundo, pasó al libro dos titulado Philip Lynott: still in love with you. Explicó “convincentemente” cómo, a la editorial, que había publicado con su permiso este nuevo libro, les había dado un toque de atención por su tamaño gigante, puesto que su coste era de trescientos euros. Y resaltaba que les había sugerido hacerlo de un tamaño más manejable, y con un coste más asequible para todos sus fans. En una maniobra calculada apareció el libro ante mi vista, pero curiosamente desconocía su precio. Si tenía interés, no había problema. Manejaba su rictus de la cara con unos gestos de familiaridad que seducían. Con una mueca de resignación me ofreció su propio ejemplar. ¡Era el colmo de la efectividad comercial!

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Sus formas ingenuas, por contagiosas, me parecieron tan entrañables, que simplemente terminé por comprarlo como recompensa a sus “astutas” puestas en escena, y porque la sensibilidad y el agradecimiento hicieron mella. Su fiel compañero siguió con el rocambolesco paripé, buscó el precio por internet, y la venta se hizo efectiva. Cosa distinta era tener esa sensación de decaimiento, por una parte, porque la causalidad no parecía casual y perdía ese valor de exclusividad; y, por otra, apreciar que su invitación estaba perfectamente milimetrada hacia un fin. Y eso le quitaba casi todo el porcentaje de la magia.

La guía sentenciaba con rotundidad, en su tercer punto, que no hay dos sin tres. La presa estaba arrinconada y la cazadora me tenía en el punto de mira. Con una facilidad pasmosa me introdujo en la historia asiática de la réplica de bronce de la estatua de Phil en Dublín. También casualmente, sólo tenía aquella que adornaba su cómoda. Y no le importaba, por la módica cantidad de ciento cincuenta euros, hacer el sacrificio de perderla. Esta vez el disparo le salió por la culata. Esbocé una socarrona sonrisa de “no te cansas, eres insaciable”, mi negativa le hizo recular, y se dio por satisfecha con lo cazado. Sólo quedaba por firmar unas dedicatorias, cosa que hizo con especial devoción. Mientras, Graham me enseñaba la parte trasera del jardín donde había un zorro de piedra y emulaba la portada de Johnny the Fox. Finalmente, su amabilidad y elegancia británica invitaron a montar en su Jaguar, y la historia se acabó en un hasta siempre en la parada de bus más cercana.

Recompensa a la fidelidad

En el regreso a la capital, elaborando un balance de mis vivencias, la reflexión en caliente derivaba en esa fluctuación que existe entre el cielo y el infierno. Tan sólo unas horas antes, el viaje por la estratosfera espiritual era la casilla de salida y, horas después, parecía encontrarme en la meta con el núcleo de la tierra de la decepción. Pero, a medida que el cerebro empezaba a enfriarse, la realidad me indicaba que simplemente me había quedado incrustado en ese purgatorio que calienta pero no quema. La magia llamaba a mi puerta cuando, al disfrutar de sus recuerdos físicos, sentías su compañía. Entrabas en una catarsis emocional cuando, al acariciar cualquier fetiche, sentías que te impregnabas de la huella de sus dedos. Esa perspectiva le otorgaba el significado máximo. Pero ésta quedaba momentáneamente anulada desde la visión, es posible que sesgada y mal interpretada, de quien sintió que mercadeaban con sus sentimientos.

Las donaciones de Philomena del material más significativo de su hijo a los estudios de grabación y museo irlandés no parecían cuadrar con su aparente intencionalidad para con los fans. Por eso, cuando mi periplo irlandés se dio por concluido, y la mente discurría por los cauces normales, sentía que no había sido justo con quien me había dado la oportunidad de introducirme en el corazón de Philip. Al fin y al cabo, nuestra propia realidad nos encamina a pruebas diarias y retos para probarnos como personas. Y como la parte emocional de mi cerebro, ante la expectativa de un suceso inesperado y sorprendente, quedó seguramente extasiada por una experiencia irrepetible antes de ser vivida, en el momento en la que ésta se produjo, no tuvo la capacidad para adaptarse a la realidad y aplicar una justa regla de equidad. Una nueva lección para seguir creciendo.

A veces, ese intento de justicia choca contra las reflexiones contradictorias de la parte realista del cerebro. Quisiera tirar una moneda al aire y que el resultado garantizara un veredicto; la cara de la casualidad y la cruz de la manipulación. Dudas razonables al no poder olvidar que, de haber llegado al cementerio quince minutos más tarde (o si me hubiera ido diez minutos antes) no hubiera habido magia ni decepción. Ni siquiera este artículo hubiera salido a la luz. Y, en parte, redimiría la teoría de un escenario premeditado. Pero, ¿y si el silencio de los funcionarios del cementerio, no sólo hubiera sido roto por su clamor al anunciar su presencia sino, además, por un previo aviso telefónico?

Los acontecimientos diarios parecían dirigidos por un oculto invitado que había pintado flechas en el suelo para que no me desviara ni un ápice del glorioso destino. ¿Cómo se explica si no que apareciera un puesto de venta de abalorios rockeros el mismo día destinado a la visita del cementerio? Cuando por la misma zona, en posteriores paseos, nunca volvió a aparecer. ¿Todos los conductores en nómina de la empresa de autobuses eran seguidores, o tenían conocimientos, de Thin Lizzy? La casualidad hizo que me tocaran los idóneos y, además, en el horario correcto. Y, perdido por una urbanización, en la que no había ni una sola persona a la que preguntar, aparece un transportista que prácticamente me lleva al destino. ¿Cuantas probabilidades existen para darse todas esas situaciones? Y, evidentemente, ¿por qué yo? Me resisto a creer que sea el único privilegiado. Es razonable pensar que quien afronta un viaje con las mismas motivaciones alcance objetivos similares.

Desconozco las razones que marcan las pautas de este tipo de sucesos. Se van desarrollando de una forma inevitable, como si, hicieses lo que hicieses, estuviera predestinado. ¿Son designios del azar? ¿Es la casualidad? ¿Se produce por un instinto y por la propia voluntad? ¿Somos dueños de nuestro propio timón? Una caravana de preguntas para las que quizás las respuestas sean irrelevantes, o simplemente no sea conveniente encontrarlas. Por lo que, con toda mi irracionalidad, prefiero creer que todos estos sucesos ilógicos, con todo ese halo de misterio, han sido un premio a mi fidelidad.

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
Jesús Mujico on Facebook
Entrada publicada en Inclinaciones.

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6 comentarios en “PHIL LYNOTT: tras sus huellas (II)

  1. Gracias por compartir tu experiencia en la casa de Philomena. Envidia sana (bueno mejor dicho, envidia cochina es lo que tengo 🙂 por haber visto ese cuarto-museo, su jukebox, sus discos, charlar con Philomena …
    Tenia entendido que Phyllis era una persona entrañable, siempre atenta y dispuesta para con los fans de su hijo 🙂
    Entiendo que el libro “Philip Lynott: Still In Love With You” que te vendió es la edicion limitada de coleccionista de 320 paginas que viene firmada por ella misma.
    Una aclaración: hasta donde yo sé, el album ‘Black Rose’ se grabó en Paris y en Londres.
    Salu2 y gracias de nuevo por el artículo, Jesús. Suertudo!
    Gorka.

    1. Gracias Gorka. Lo de la aclaración sobre lo de Black Rose, no voy a poner en duda tu comentario, pero en esos estudios existe un aparato gigante, que desconozco su nombre, y me explicaron que ahí es dónde quedaban registradas las grabaciones originales de los discos. La máquina tenía una placa en la que estaban reflejados los discos más importantes que se habían grabado en esos estudios. Por supuesto aparecía Black Rose. Y en el estudio de grabación había una guitarra de Gary Moore y un bajo de Lynott con los que, según el guía del estudio, se grabó el álbum. Incluso lo corroboran fotografías de ellos, en ese mismo estudio, hechas durante el proceso de su grabación. Quizás su elaboración haya pasado por algunas fases y se hayan hecho en otras ciudades, pero yo confirmo lo que vi con mis ojos, y lo que me dijeron.

      1. Pues tienes razón, Jesús. Incluso dicen en este video que en los estudios Apollo donde esta la exhibición sobre Thin Lizzy en el museo del rock and roll, fue donde Philip Lynott grabo sus últimas canciones.
        https://www.youtube.com/watch?v=psZuUGZSTQU
        ¿Es la mesa de mezclas que aparece en el video a lo que te referias?
        Yo sigo pensando que allí nunca grabaron Thin Lizzy o Philip Lynott pero no voy a saber mas que los propios irlandeses, jeje por lo que seguro que estoy equivocado.
        Salu2.
        Gorka.

        1. Gorka, no sé si tienes facebook. Si lo tienes, mañana, en el muro de Palabra de rock, vamos a poner unas fotos de la máquina que te digo. Allí verás qué discos importantes se grabaron. El vídeo que has puesto, efectivamente, es de los estudios que hablo. Incluso puedes ver la guitarra de Gary y el bajo de Phil. También las notas académicas de Phil, que yo también fotografié, pero que no las hemos puesto en el artículo. Por cierto, ese armatoste es muy moderno para que a finales de los 70’s nuestros chicos grabaran en él. Si ves las fotos verás que la máquina está más adecuada a la época. Gracias por la rectificación y por dejar aclarado el tema. Un saludo!

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