Pop y rock, prejuicios y fronteras

Para quien clasifica los géneros musicales con el celo de un burócrata con necesidad de colocar todo en su compartimento, aquí el rock, allá el rap, ahí el pop, el jazz en ese otro fichero, puede que el último disco publicado por Ryan Adams supusiera un pequeño quebradero de cabeza. Esa pieza de rock intimista llamada 1989 y publicada en 2015 no había salido de la nada. Se trataba, en realidad, de una revisión del homónimo multigrammy de Taylor Swift.

Como una foto y su negativo, las canciones de 1989 interpretadas con guitarras, tonos menores e instrumentación austera son como la noche del día soleado al que nos remite la polaroid de Swift. Se trata de versiones tan dispares que, sin reparar en la letra, podríamos decir que pertenecen a universos completamente distintos. Sin embargo, de alguna manera, siguen siendo la misma canción.

Más allá de nuestra afinidad por el sonido personal que Adams se ha forjado (y que puso su anterior trabajo en boca de mucha gente), es innegable que la labor de adaptación de unos temas hechos para sonar pop ha dado algunos buenos frutos. Aunque la mayoría habrá preferido no acercarse al producto original, este experimento ha servido para poner sobre la mesa un debate acerca de las fronteras delimitadas que se han trazado alrededor de dos de los géneros musicales más relevantes de la segunda mitad del siglo XX. ¿Qué hace que una canción sea rock y no pop?

En un vistazo rápido a lo que se comenta en la inmensidad de la red, los atributos de uno y otro género parecen, sobre el papel, bien delimitados. El rock tendría, según esta lectura, atributos como la predominancia de guitarras, un vínculo directo con el blues, y una relación circunstancial con el éxito. El pop, por el contrario, estaría condicionado por la búsqueda de ese éxito y, por tanto, la autenticidad se vería comprometida por la necesidad de conectar con cuanta más gente mejor, agregando estilos y sonidos según convenga en cada momento.

Los criterios manejados para decir dónde termina el pop y dónde empieza el rock son como un cajón de sastre en el que un oyente perezoso puede meter la mano y sacar el argumento que mejor se adapte a la ocasión. Uno de los más recurrentes es el de la instrumentación. Aunque se trate de un esquema sobresimplificado, las primeras décadas de lo que llamamos rock estuvieron marcadas por la predominancia de guitarras y, en los casos en los que al combo tradicional (bajo-batería-voz-guitarra) se le añadía algún instrumento fuera de lo común, éste acababa formando no tanto la identidad de un estilo como la de una banda en particular: la flauta de Jethro Tull, el violín de Kansas, los teclados de Deep Purple, etc.

Sin embargo, las decenas de ramificaciones y la mezcolanza imparable de los últimos lustros han hecho que el sonido distorsionado de las guitarras nos dé ya pocas pistas de lo que estamos escuchando. Ahí están la mayoría de cantantes pop, que llevan entre sus músicos a guitarristas que imprimen cierto sonido potente a sus temas; a la vez que no podemos olvidar bandas como The Dresden Dolls (piano y batería) y, sobre todo, Apocalyptica, a los que se ha etiquetado absurdamente como “cello rock”, un supuesto subgénero que vendría sólo dado por los instrumentos utilizados. Ahí tenemos, por último, a una banda como Depeche Mode, cuyas composiciones han venido a considerarse “electrónica” por la predominancia de teclados en lugar de guitarras. ¿Se puede ser más rock?

En lo que respecta al estilo practicado, las líneas divisorias son de todo menos claras. Por mucho que las raíces del rock estén allá donde empezó el blues, la transgresión estilística ha hecho que, en muchísimas ocasiones, éstas se abandonen para explorar otros terrenos. Señal de eso son todo un abanico de subgéneros (folk-, country-, jazz-, heavy-, hard-, sleazy-, indie-, psychedelic-, instrumental-, progressive-rock y otros muchos más) que dan apariencia de cohesión y coherencia a una música que, en realidad, no necesita fronteras. En el caso del pop (y la socorrida etiqueta de pop-rock), el mestizaje de géneros ha dado a una producción tan vasta que ni siquiera un monográfico nos bastaría.

Llama la atención, sin embargo, la reticencia a aceptar las incursiones de ciertas bandas en los terrenos más comerciales y más pop del mercado. ¿Cómo considerar, sin contradicciones, que bandas como Scorpions, Whitesnake o Journey han formado parte de ese género tan denostado? Hoy usamos categorías como rock suave, AOR, rock melódico o power ballads. Pareciera que el quién es tan importante como el qué y el cómo, y que no pueden concebirse las numerosas concesiones que se le hacen a la música comercial (o mainstream) desde la música de las guitarras eléctricas y las baterías salvajes.

¿Qué pasa, sin embargo, cuando una banda de rock respetadísima como Talisman versionan “Frozen”, convirtiéndola en canción rock? Si la composición es la misma, y lo que cambia es poco más que el papel de las guitarras, ¿se puede decir que estamos ante una canción de rock? ¿Era “Frozen” una canción rock desde el principio, envuelta en arreglos pop? ¿Están haciendo pop las decenas de bandas que homenajean a Abba desde el rock y desde el metal? ¿Qué hace que el “Mannequin show” de Heat sea rock y el equivalente para masas de Britney Spears sea pop?

Malas respuestas para malas preguntas. Lo que un día fue música de outsiders se ha ido abriendo progresivamente a las masas, mientras que la etiqueta “pop” ha ido mutando y adaptándose a cada época, asumiendo rasgos de tantos géneros como fueran necesarios en la búsqueda del hit. Así, los signos característicos de uno y otro género, entendidos durante décadas como compartimentos estancos, han ido entrelazándose hasta convertirse, en mucho casos, en una cosa y su igual. De alguna forma, esto es lo que el youtuber noruego Leo Moracchioli ha demostrado a través de sus versiones metalizadas de superéxitos pop, como “Hello” de Adele, o la fantástica “Chandelier” de Sia.

Tanto si el pop se apropió de los sonidos del rock como si fue al contrario, lo cierto es que las fronteras se han difuminado de tal forma que la etiqueta dice todo lo que el oído no quiere deducir por sí mismo. ¿Banda con muchas guitarras? Rock. ¿Banda con cinco grammys? Pop. ¿Underground? Rock. ¿En los 40 Principales? Pop. La realidad es algo más compleja y, cuando decimos dividir la música entre “aquella que nos gusta y aquella no nos gusta”, tan solo estamos ignorando el proceso mental por el que, al quitar paja, nos deshacemos de parte del grano. Las zonas grises en las que se mueven todos estos ejemplos (y miles más) acaban solventándose por medio de prejuicios, que nos hacen ganar mucho tiempo pero que nos impiden, en muchos casos, disfrutar de música que merece la pena de ser escuchada. A veces, detrás del ruido del superestrellato y las portadas de la Rolling Stone, es posible encontrar buena música. Haced la prueba. El 1989 de Taylor Swift puede ser un buen comienzo.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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2 comentarios en “Pop y rock, prejuicios y fronteras

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