BARONESS en Malmö: hasta la extenuación

*El concierto de Baroness en Malmö contó Bombus como teloneros de lujo. Por tratarse de dos bandas de peso dentro de la escena metal actual, la crónica de lo acontecido está en dos partes. La primera, dedicada a Bombus, puedes leerla aquí.

Si Bombus es todavía una banda a la espera de ser descubierta en algunos países como el nuestro, hace tiempo que Baroness pasaron el punto de no retorno. De hecho, podría decirse que Baroness son una banda de culto y de moda a la vez. Sin romper listas ni agotar en arenas, la banda ha volado por debajo del radar durante años pero, al mismo tiempo, se ha ganado una base de fans potente y siempre creciente, que “captan” de lo que va esta música lúgubre y luminosa al mismo tiempo.

Para cuando los teloneros terminaron, la sala estaba prácticamente llena de esos fans. Las luces moradas sobre el precioso telón de fondo auguraban la intensidad de lo que estaba por venir. Baroness salieron con ganas y rabia, ejecutando “March to the sea” como quien no tiene más que diez minutos para demostrar su repertorio. Hace tiempo que la banda dejó algunas de sus peores temporadas atrás, y la máquina, renovada, está ahora perfectamente engrasada, soltando todo cuanto tienen durante el tiempo que se les permita. Habrá quien diga que aquello de la energía y el calor del público es una tontería, pero podría jurar que había una verdadera retroalimentación entre los que estaban arriba y los que estaban abajo: lo que salía de los bafles volvía a ellos en forma de un público que pedía más y más.

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Musicalmente, el cuarteto tiene poco que pueda ser criticado. El nuevo bajista, Nick Jost, es una maquina de precisión que aguanta maratonianas líneas de bajo cabalgante mientras solea en las cuerdas más agudas. El batería, Sebastian Thompson, aporta contundencia y precisión, y no hace falta más para que lo que ocurre delante de él cobre sentido. Las guitarras de los dos miembros originales son las que captan casi todo el protagonismo: bien como rítmicas, bien como melódicas líneas que se entrelazan una y otra vez, la compenetración de John Blaizley y su compañero Peter Adams es seña irrevocable del concepto que sustenta Baroness. Baizley, eufórico, se movía de un lado a otro nervioso como un animal asustado, absorto en su música al mismo tiempo que buscaba el contacto con el público. Después de cada pausa, suspiraba, apretaba el puño, y decía “yeah!”, como si cada canción fuese una carrera de obstáculos que fuesen a hacerle caer en cualquier momento.

Las excelencias de una sala de conciertos como la Kulturbolaget han quedado ya varias veces señaladas y, sin embargo, el sonido no llegó a ser el más claro en las primeras filas: aunque las guitarras se escuchaban nítidas y potentes, las voces no conseguían salir de un segundo plano, suficientemente claras pero nubladas por el resto de instrumentos. El perímetro cercano a la mesa de mezclas permitía, eso sí, un balance más equilibrado pero, paradójicamente, la experiencia no era mejor, sino todo lo contrario: además de perder el calor de una actuación apasionada, la nitidez de la voz evidenciaba el estado vocal de Baizley, que a veces no llegaba y otras terminaba en gallo. Nada fuera de lo común para quien pone su cuerpo, su garganta y sus sentimientos sobre el escenario cada noche.

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Conceptualmente, los conciertos de Baroness son algo así como una “obra total”, casi operística. Intercalando los temas más salvajes con las piezas más delicadas, como si contase una fábula con sus pasajes bien definidos, los temas se suceden a la par que el colorido del escenario muta: de morado a amarillo, de amarillo a azul, de azul a verde, de verde a rojo. Los colores que han dado nombre a su discografía sirven sobre las tablas para llevarnos de unas tramas a otras, dando fluidez a un concierto que, sin embargo, no consigue aguantar los mismos niveles de intensidad durante la hora y veinte de espectáculo. El show de Baroness es una representación dramática que busca el clímax catártico, en la que los sentimientos están a flor de piel cuando empieza, y se mantienen así, invariables, hasta que éstos se agotan y los oídos dejan de transportar placer hasta nuestro cerebro.

Y así sucedió a la altura de los bises. Baroness son buenos, o muy buenos, pero parte de su genialidad esconde también el germen de su posible perdición. Teniendo un sonido prácticamente patentado e inconfundible, las canciones son todas ellas tan similares que el riesgo de llegar a saturarse es alto. Especialmente en directo. Las melodías cambian, los riffs son distintos e incluso las atmósferas se disciernen unas de otras; pero guardan todas ellos tal intensidad, tal carga emocional y tal pesadez instrumental que es difícil experimentar sensaciones variadas. El vello no se eriza dos veces seguidas con el mismo sentimiento.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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