FRONTIERS RECORDS: el monopolio salvador

En sus diversas etapas el rock ha experimentado terremotos evolutivos, forzados por sus altibajos mercantiles. A principios de la década de los 90’s surgió con fuerza el grunge; un cambio cultural bautizado en algunos barrios de la ciudad de Seattle, que basaba sus principios en la sencillez, el desprecio al éxito, en grabaciones en estudios casi amateur, en el rechazo a los productos de élite de las discográficas y tratando su música con reivindicaciones culturales o sociales. Aparentemente, se trataba de lo opuesto a la popularidad que obtuvo el hard rock en los 80’s; la corriente de colorido fiestero denominado hair metal, con todo ese aborigen de bandas de pelos cardados, alimentadas por un gran sistema de mercadotecnia, donde se presumía de laca, lujos, fiestas y sexo, y banalizado por todo ese artificio ostentoso que la MTV se encargó de proyectar hasta la saciedad.

No procede hablar de un movimiento como el grunge que, de su espíritu inicial a su desarrollo, terminó por ser un nuevo producto de masas (facturado en cadena y bien empaquetado para su consumo, donde la codicia desmedida encontró un nuevo nicho de rentabilidad), porque la idea es sólo situarlo en un proceso en el cual se conserva su herida en la historia del rock. Fue una doctrina que generó un desprecio absoluto hacia el resto de estilos, y su acaparamiento de la escena los arrastró a ser vestigios del pasado e incluso, en muchos de los casos, a quedar reducidos a cenizas. La industria, en términos generales, estaba dolida, pues no hubo un reparto equitativo del negocio. Se había producido un traspaso casi íntegro de rendimiento a un gran sello discográfico como Geffen Records (creó DGC solamente para producir toda la corriente alternativa), que abarcó casi en su totalidad los derechos de las grandes bandas. La auténtica lección es que fue un severo correctivo para las grandes discográficas que habían hecho de la sobreproducción un exceso de saturación.

La etapa triunfante del sonido Seattle fue efímera. Pero en esa escasa decena de años la subsistencia de estilos como el hard rock, el melodic rock, el glam o el AOR quedó sometida a una dura travesía por el desierto. Felizmente, emergieron pequeños sellos discográficos que apostaron por ellos sin fisuras; dando refugio y haciendo de puente de la frustrante escasez por la que transitaban miles de seguidores. Sellos independientes como MTM, Escape Music, Now & Then o SPV, además de establecerse en los momentos hegemónicos del grunge, fueron los primeros en Europa en seguir produciendo AOR/rock melódico, recogiendo el testigo que las grandes discográficas habían rechazado por considerarlos estilos pasados de moda y económicamente inviables.

Años más tarde, coincidiendo con la caída libre del imperio establecido, germinaría el protagonista de este artículo: Frontiers Records. Eran tiempos convulsos: se había pasado de una oferta musical excesiva a convivir con escasos lanzamientos. Esto generó en el consumidor un sentido de la solidaridad, cuyo valor se ponía de manifiesto cada vez que se editaba un nuevo disco. Su compra parecía obligatoria y era celebrada en las catacumbas como un acontecimiento excepcional. El logro del nuevo fetiche tenía dos destinos: la satisfacción de los oídos y el agradecimiento hacia quien arriesgaba por el lanzamiento del producto “prohibido” (la cultura de comprar música original estaba todavía vigente, y el hábito, en la medida de las posibilidades de cada uno, iba a facilitar el espíritu de respaldo).

Estos pequeños sellos mantenían características antagónicas con respecto a los grandes imperios discográficos. Si bien éstos eran grandes conocedores de su mercado, la búsqueda del talento era prioritaria para aquéllos: una vez descubierto, éste tenía libertad absoluta para desarrollar sus inquietudes y dirigir su carrera sin vender el alma al diablo. El hecho de convertirse en música inaccesible para las masas también obtuvo una respuesta positiva de los músicos; antaño los contratos obligaban a la inmediatez de publicaciones para justificar las posteriores giras, lo que redundaba en su dudosa calidad. En cambio, en la década de los 90 se componía sin prisas, de forma natural y con el objetivo de publicar el mejor trabajo posible: la escasez de demanda obligaba a intensificar la calidad de la oferta.

El hándicap estaba en los escasos recursos económicos, lo que hacía que sus promociones fueran de menor entidad y la calidad de las producciones fuera mediocre (al final de la época dorada, la mayoría de sus grandes bandas se habían separado y algunas otras quisieron adaptarse a los nuevos tiempos, por lo que el mercado se vio básicamente reducido a los grupos de nuevo cuño). Se abastecían de jóvenes formaciones que habían llegado al mercado en el año equivocado (Ten, Fair Warning, Harem Scarem, Heartland…), y de otras tantas que empezarían a abrirse camino (Frontline, Amaze Me…). Músicos con personalidad que nos dieron grandes momentos en una época oscura. En definitiva, el trabajo duro y la pasión eran las señas de identidad de unos sellos independientes que, aunque evidentemente también tenían fines empresariales para la propia subsistencia, se esforzaban en las formas hacia los músicos. Se trataba de una forma idealista de labrarse un prestigio y entendían tener más posibilidades de prosperar en un negocio muy competitivo.

Toto, una de las leyendas fichada por Frontiers
Toto, una de las leyendas fichada por Frontiers

Frontiers Records

Afincada en Nápoles y fundada en el año 1998 por Serafino Perugino (sus comienzos como distribuidor de rock melódico en Italia datan de 1996), la discográfica italiana Frontiers Records tuvo unos inicios similares y con los mismos principios que habían marcado las pautas de sus competidores. Con pasión, mucho esfuerzo y no pocos sueños, se fue forjando un nombre entre los seguidores del rock melódico. A principios del siglo XXI, y coincidiendo con los aires de cambio, aumentarían las posibilidades del retorno de reputados nombres. La discográfica dio entonces un salto de calidad, apostando por contratar a algunas de aquellas bandas que la corriente alternativa había dejado en los sumideros del olvido. Winger, House of Lords, Thunder, Toto o Journey fueron nombres ilustres que pasaron a formar parte de su catálogo. Los incondicionales del género, que veían la luz al final de túnel, felices por lanzamientos de sus ídolos de antaño, alimentarían un sentir general de resurgimiento que desgraciadamente fue sólo un espejismo. Estilos que durante su etapa más gloriosa masificaban las listas de éxitos, una vez desbancados y pasado su efecto popular, no dejaron en su regreso las mismas secuelas. Las modas musicales, desgraciadamente, causan efectos devastadores: dejan muchos muertos y pocos prisioneros. Al convivir en un nicho de mercado tan limitado la compañía italiana apostó por atraerlo a través de un riguroso modelo empresarial, mientras la mayoría de los sellos seguían sobreviviendo con fórmulas que favorecían lo estético por encima de lo económico.

En términos generales, una de las características innatas de una pequeña marca discográfica es el alto riesgo de descalabro financiero. Anteponer los criterios artísticos sobre los mercantiles es el camino más rápido para morir en el intento. Por el contrario, elaborar planes estratégicos para la obtención de resultados a medio y largo plazo, con el fin de mermar a la competencia y mantener el mercado condensado, es el abc del crecimiento empresarial. Así, todos aquellos sellos que se convirtieron en lugares de experimentación, buscando nuevos valores y rechazando la comercialidad como fin único, se habían convertido en sinónimo de autenticidad; pero también en perfectos cabezas de turco para ser tragados por un sello más grande. En un mercado reducido como éste, en la medida en que una compañía sea capaz de hacerse con su totalidad, terminará por ser manejable a capricho y podrán imponerse las directrices de negocio.

En los primeros años del nuevo milenio, el antaño venerado sello MTM music cerró definitivamente sus puertas. Otro, como Atenzia Records, aguantó su devenir escasos dos años. Now & Then dio un cambio radical y giró sus productos al power-pop y punk-rock. Otros, como Escape Music, Aor Heaven o Kivel Records, sobreviven con algunas bandas de escaso prestigio, siendo a la fecha publicaciones residuales que ni siquiera planifican fechas de edición. No parece existir una conexión directa entre la caída e inoperancia de estos sellos y la explosión de Frontiers Records. Sin embargo, a la hora de trazar su trayectoria, se hace necesario situar en el tiempo estos acontecimientos. Obviamente no es cometido de este texto el juzgar las ambiciones o fórmulas empresariales que produzcan la rentabilidad del sello, y sí el motivar ciertas reflexiones sobre ese clamor popular de agradecimiento que les mantiene como estandarte salvador. Conocer las líneas de actuación, aun cuando éstas no sean premeditadas, puede ayudarnos a ver las consecuencias indirectas que éstas han tenido sobre el resto de competencia, y a confirmar que no es oro todo lo que reluce. Un análisis exhaustivo sobre las pautas de comportamiento que se han puesto de manifiesto en el sello italiano, nos trasladará a varios puntos muy significativos.

Entre el arte y la mercancía

Una de las características más destacadas en Frontiers es, prácticamente desde sus inicios, marcar unos objetivos mensuales de producción: cuatro trabajos. Lo que hace un total de cuarenta y ocho discos al año. Obviamente, esto nos obliga a reparar en algunas cosas. En primer lugar, sus ambiciones empresariales de rentabilidad irán en consonancia con sus retos. Los bajos costes de la mayoría de sus discos polarizan el mercado, disminuyendo la competitividad de otros sellos, y la poca competencia se ve obligada a seguir esa dinámica temporal, hasta terminar por no llegar al mercado. Lo más importante es que esa fijación por una cifra mensual afecta directamente sobre la calidad del producto que, en la mayoría de los casos, se desvirtúa y se robotiza. Ese principio comercial supone, al final, llegar al objetivo de cualquier forma. ¿Por qué no once discos, o setenta y siete? La falta de una respuesta consistente deja ver que los trabajos no surgen, ni se han descubierto nuevos talentos de forma natural, sino que se fuerzan. Es evidente que se presupone que el pedigrí implica un coste superior, o un periodo más largo de creación que el sello no está dispuesto a asumir. Quizá porque, en su evolución, el mercado no se amplía generacionalmente, y subsistir depende de mantener el poco que hay.

Para hacerse deseables, las empresas de éxito mantienen como gancho ciertas señas de identidad, un concepto distinguido por el que sean reconocibles. Es el llamado valor de marca. Esto significa que ésta tiene un valor por sí misma, más allá del producto o servicio en cuestión. Los consumidores compran algo que les produce sensaciones placenteras, que representa una imagen o un ideal en su mente, excediendo las características específicas de la mercancía. El sello italiano ha conseguido capitalizar un sonido que les hace reconocibles. Un sonido que parece ser frío y del todo artificial, diseñado por equipos digitales e ingenieros que parecieran ser trabajadores en nómina. Unida a esto va su cultura clónica, donde la repetición de determinadas fórmulas parece la única planificación de estrategia de venta. Si alguien parece romper en el mercado con un sonido que engancha, se buscan enseguida artistas para que le den continuidad. Esta fórmula produce un desgaste a medio plazo, pero la cadena nunca deja de producir, y siempre hay algunas nuevas sensaciones que lo sustituyen. Se trata de generar en el consumidor un condicionamiento en su gusto, pero esto propaga un daño irreparable a las verdaderas creaciones y, en definitiva, a la propia innovación. Así, no parece descabellado afirmar que Frontiers es la marca por encima del artista.

scott soto frontiers
Jeff Scott Soto

Crecimiento mecanizado

En el año 2010 el sello concretó una alianza con Emi Music para distribuir su material en EE.UU y Canadá. Esto les hizo alcanzar un status de discográfica con capacidad de contratación de grandes formaciones. Para entonces, sin embargo, las nuevas tecnologías ya habían irrumpido con fuerza en el sistema, y el auge de las descargas digitales provocó que esas bandas consagradas, que firmaron años atrás con el sello, tuvieran escaso interés por seguir creando nuevo material. De esta forma, el grueso de su producción de los últimos tiempos ha recaído sobre músicos de sesión, multiinstrumentistas y músicos consagrados con tendencia al desdoblamiento.

El conocimiento de su mercado propicia unas reglas de juego en el que las directrices van encaminadas a diseñar los discos en función de una fórmula que presumiblemente no falla. Es por ello que los músicos, incluso de bandas de cierto prestigio, graban los trabajos de acuerdo con unas peticiones formuladas por el propio sello. Las carreras están así condicionadas, y una marca salvadora, que se respeta por regalar conciencias, acaba haciendo exactamente lo mismo que antaño hacía la industria, si bien adoptada a los tiempos y con márgenes exiguos. No podemos dudar de la devoción de sus dirigentes por los géneros musicales que han mantenido con vida, ni de la amistad y cercanía hacia los músicos, pero eso no oculta que sean ante todo hombres de negocios. Cuando priman los números, no existe debate. Pero sí existe desde una perspectiva creativa. En estas circunstancias, los artistas quedan supeditados a fabricar canciones más que a componerlas, viéndose anulado en muchos de los casos su verdadero talento, y deteriorada la calidad de las composiciones. Éstas parecen salir de un molde, de un mecanismo de producción, más que de la pura inspiración. Obviamente, las responsabilidades quedan repartidas entre la imposición del sello y la aceptación del músico, que acepta con más o menos resistencia con el fin de mantenerse en el negocio. Manifestaciones de músicos de prestigio como Wayne Nelson, de Little River Band, y Jeff Scott Soto, corroboran estas prácticas, asumidas con estoico conformismo. Son muy significativas, a la vez que reveladoras, algunas de sus declaraciones aparecidas en la revista This is Rock. Así lo decía Wayne Nelson:

“Cuando frontiers contactó con nosotros para hacer un nuevo álbum con canciones nuevas, el presidente del sello, Serafino Perugino, estableció unas directrices para el estilo musical que perseguía…quería AOR con el sonido clásico de LRB. Pero yo necesitaba saber qué sonido…teníamos que definir el estilo, y porque me parecía muy importante tener al sello involucrado emocional y artísticamente en el proyecto. Sugerí a Serafino que eligiésemos juntos las canciones, para que pudiéramos concentrarnos en su visión. Así que escuche aportaciones de compositores externos, y cuando algo me gustaba se la enseñaba para su aprobación y rechazo.This is Rock nº 111

Las palabras de Jeff Scott Soto también apuntan en la misma dirección:

“Un disco como Beautiful mess es doloroso de tratar. Ese disco era muy importante para mí, era algo que llevaba con ganas de emprender desde hacía muchísimo tiempo, pero desafortunadamente, mis fans, así como algunos de mis seguidores más fanáticos, no compartieron esa visión conmigo. Incluso cuando pienso que lo único que hice fue ampliar horizontes y abrir toda una nueva gama de caminos con ese disco, ellos lloraron diciendo que había perdido mi garra. Así que Damage control está aquí para demostrar mi garra. Con Frontiers, siendo el tipo de discográfica que es, lo que representa…creo que esto hizo que la gente se mantuviese alejada del álbum, aunque avisé de que la dirección del disco no iba a ser la del resto de publicaciones del sello. Incluso los responsables, no creo que ni ellos mismos supieran qué hacer con el álbum. De algún modo esperé que ampliaran sus horizontes también, y que no comercializaran el disco orientándolo a un nicho de compradores de AOR, pero desafortunadamente, eso es exactamente lo que hicieron. Esperaba que pudieran abandonar los cauces típicos, que los chicos de la discográfica madurarían y aprenderían cómo sacarlo adelante. Tristemente no ocurrió, ni lo uno, ni lo otro. No supieron sacarle partido, ellos conocen su parcela del mercado, y yo estaba intentando abrirme a algo distinto. Frontiers me ha empujado a regresar a los cauces del rock. Fue una situación del tipo ‘te lo dije’.” – This is Rock nº 93

Marcar unas directrices para conseguir un éxito comercial desvirtúa el propio sentido de la creación compositiva y el intento de madurar como músico. Ese reto que todo creador debería tener. La disyuntiva entre venderse para comer y el encuentro con el cénit compositivo para un enriquecimiento moral es el verdadero caballo de batalla. El sello sólo pone las armas y las condiciones, y el músico elige día, hora y lugar. Es la diferencia entre fabricar o vivir bajo las reglas del talento propio. En los tiempos que corren, una elección complicada.

Fronteras hacia el futuro

Ante los cambios en materia tecnológica de los últimos años, sobre todo con la entrada de internet en la forma de comercializar la música, las discográficas han sabido aprovecharse del contacto directo con su público, y servirse de las formas publicitarias de webs, radios y demás publicidad gratuita. La retroalimentación que surge del abastecimiento de promos a cambio de críticas favorables está sosteniendo el sistema de una forma artificial. La pasión por mantener vivo el estilo nos hace caer en la sobrevaloración de prácticamente todo lo que se publica. No por casualidad ocurre a menudo que, cuando Frontiers publica un nuevo proyecto, se hace más hincapié en el sello que en el artista. Cosa que no sucede con el resto de las compañías. El deseo de que triunfe puede deberse al convencimiento de que sea ésa la única forma de mantenerse. Pero es precisamente eso lo que nos indica que el mercado se ha reducido a ellos: no es que los demás sellos no publiquen (aunque bien es cierto que sólo de manera residual), es que ellos monopolizan el interés de los medios y, por ende, lo que llega a los seguidores. Algo que de por sí marca un terreno pantanoso y francamente negativo para los intereses que creemos defender.

Por otra parte, el sello publicó meses atrás un comunicado diciendo que se había decidido cortar el envío de música para los innumerables webs, radios y blogs a las que llegaban sus promos. Su radio de acción es tan limitado que, al hacer llegar sus productos a todos aquellos compradores en potencia, reducían más su mercado. Además, en algunos casos, eran conocedores de que los adelantos se proporcionaban a un entorno que seguía restando unidades para la compra. Una reacción lógica dados los números actuales. Una marca consolidada entiende que esa publicidad es innecesaria, en favor de un presunto plus de necesarios ingresos.

La tendencia de convertir el arte en amuleto hace que éste acabe por transformarse en souvenir para su venta. Sin entrar a juzgar las intenciones de un sello como Frontiers, en apariencia guiado por el noble reto de mantener con vida el rock melódico con toda su pasión, las leyes del mercado marcan unas pautas y sus acciones demuestran que van en consonancia con ellas. Así, la creación de discos para su consumo cotidiano hace que la creatividad se pervierta en beneficio de la eficiencia y la rentabilidad. Mi celo por la preservación de estos estilos me recuerda que, aun siendo tiempos distintos y a nivel underground, el sello está cayendo en los mismos errores que daban comienzo a esta exposición: sobreproducción de productos de usar y tirar que acaban por saturar. Y, esta vez, repetir la historia nos puede condenar definitivamente. No podemos dejar de agradecer la contribución de Frontiers en las últimas dos décadas, pero tampoco podemos quedar cegados por ese agradecimiento. Una droga dura en sensaciones extrasensoriales, como lo fue el AOR o el rock melódico, me generó secuelas adictivas. Y, durante algunos años, el sello italiano me recetó una metadona musical crónica que jamás causó las mismas sensaciones, pero que me ha mantenido con vida.

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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6 comentarios en “FRONTIERS RECORDS: el monopolio salvador

  1. Felicidades por el artículo, Jesús. Creo que llevas tiempo dándole vueltas al asunto. Comparto muchos de tus planteamientos y me preocupa especialmente ese conflicto entre creatividad y complacencia con unos parámetros de negocio.

    1. Gracias Joserra! Me alegra especialmente que hagas hincapié en tu preocupación porque es, exactamente, la razón principal por la que surge este artículo. Frontiers, aunque parezca el eje central, sólo es la coartada. Obviamente, su trayectoria, y la complacencia y sobrevaloración de sus seguidores, junto a un favorable entorno mediático, marcan esa tendencia favorable para la exposición.

    1. Gracias Pilar! Sólo es una visión del negocio en general y algunas actitudes del sello en particular que, a mi juicio, debían de ser expuestas. Luego que cada uno saque sus conclusiones, acepte lo que considere y siga con su camino. Entiendo que sobrevivir con respiración asistida nos pueda generar realzar el sistema con excesivo entusiasmo. Pero si damos un cheque sin fondos a quien valoramos como salvador, nos podemos encontrar, a corto plazo, con que sus acciones de búsqueda de rentabilidad generen consecuencias irreversibles. No digo que vaya a suceder, sino que seamos cautos.

  2. muchas veces he leído en diferentes foros lo que comentas en el artículo y yo estoy bastante ok contigo. Nunca he sido un fan ciego del AOR más allá de los clásicos y la mayoría de los discos que me he encontrado de ese sello suenan en general a pobres rencarnaciones de la música de Journey, Survivor o Toto. De todas formas da la impresión de que hay un público que se da por satisfecho y eructa después de escuchar cada nuevo disco de la factoría italiana, y de que así seguirá siendo.
    Saludos

    1. Precisamente es algo que está latente y en los foros especializados, de Aor/rock melódico, genera cierta polémica porque existen razones objetivas para el debate. Y, eso, partiendo de algo subjetivo como son los gustos musicales Pero hay ciertas actitudes, no diría yo de la discográfica en particular, sino en el mercado en general pero que Frontiers lo eleva a la rotundidad comercial, que no escapan a casi nadie y están generando consecuencias. Y tienes razón en cuanto a la satisfacción de su público. Pero también es cierto que va perdiendo unidades por el camino y son muy escasos los nuevos clientes. De ahí que, en los últimos tiempos , estén ampliando su catalogo de metal.

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