Conciertos en EspañaRock (I): agendas llenas, salas vacías

Que la escena rock de nuestro país es rica en su variedad pero raquítica en sus expectativas de éxito es un dato más que una apreciación subjetiva. Cada vez que una banda de masas pasa por la península, las entradas aguantan poco tiempo, y miles de personas se lanzan a vivir esa única experiencia en su vida. En lo que respecta al resto de conciertos, los de salas pequeñas o de aforo medio, los de bandas que tuvieron algún éxito o los que podrían haber tenido varios de haber existido en el momento y lugar adecuados, la historia es muy distinta. Poco a poco, se está pasando de tener expectativas sobre la banda y su show (¿sonarán bien? ¿tocarán tal o cual tema?) a plantear incógnitas que no siempre tienen buena respuesta: ¿habrá llenazo? ¿acabarán los promotores perdiendo dinero? ¿se cancelará por no vender tickets?). Aunque a veces sea como dar cabezazos contra un muro de hormigón, la pasión de algunos por seguir intentando dar espacio a bandas emergentes (estatales o no) y consagradas en la segunda división hace que nos planteemos, cada vez que ocurre, qué está fallando para que nuestra música encuentre tan pobre respuesta. Lo que viene a continuación es sólo una primera aproximación tentativa para abrir debates y establecer diálogos, más que para cerrar el tema y seguir observando cómo la escena decae.

Los rockeros estacionales maquillan los números

En los últimos años se ha extendido, con cierta razón, la acusación abierta a esas masas de gente que abarrotan los macroconciertos pero que no se gastan cinco o quince euros en un concierto de parecida calidad pero mucho menos prestigio. Que AC/DC llenen estadios a precios prohibitivos y que Little Caesar tengan problemas para llenar su agenda es sólo una de las cientos de comparaciones que pueden hacerse. El mal sabor de boca que dejan estas situaciones es comprensible, pero el golpe se amortiguaría si asumimos que, simplemente, buena parte de esas miles de personas no son rockeras. Al menos, no del mismo tipo que quienes ven varios conciertos al mes. El evento social en el que se han convertido los conciertos de estadio hace que el rock, aunque éste esté presente, sea secundario, y más que luchar contra esta realidad, conviene asumirla para no crear expectativas inciertas. A estas alturas, los espectáculos de The Rolling Stones tienen más que ver con una final futbolística que con un concierto de rock, y no son un buen ejemplo en el que testar la salud de la escena rock. Somos mucha menos gente de la que parece.

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Para que un concierto como el de AC/DC o Bruce Springsteen pueda entenderse como un evento social hace falta algo más que una buena banda. Las máquinas de dinero en las que se han convertido los grandes nombres tiene detrás un entramado publicitario que va mucho más allá de RockFM. A diferencia de la mayoría de conciertos, que son anunciados en tiendas y revistas especializadas y en pósters pegados en la calle, los dinosaurios del rock cuentan con un presupuesto (¿adivinan de dónde sale ese dinero?) que les permite una presencia constante en todos lados, desde la TV hasta los diarios generalistas. Frente a las campañas de publicidad que puede costar por encima de quinientos euros por día y medio, los promotores más modestos no pueden sino ceñirse a lo underground. Por otro lado, no es sólo una cuestión de dinero: cuando éste escasea, se hace necesario crear nuevas estrategias publicitarias que escapen un poco de los patrones ya conocidos. En entornos en los que el boca-oreja tiene un peso más grande que el talonario, algunos (no muchos) promotores han aguzado el ingenio a través de promociones de dos por uno, sorpresas, descuentos y un uso de las redes sociales que va más allá de la mera publicidad. Un camino en el que aún quedan muchas oportunidades que explorar y en el que algunos promotores han empezado a quedarse atrás.

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“Yo voy”, la campaña promocional del Rock in Rio Madrid, con RATM como reclamo

A veces, simplemente, los conciertos no son interesantes

Si bien es cierto que la variedad de la escena rock es tan amplia que puede llegar a abrumar, ello no significa que todo merezca nuestra atención. Que una figura como Chris Holmes haya tenido que cancelar su gira por España no se puede deber solo a la desidia de quien no apoya el rock, o del rockero figurante que no sabe lo que se pierde. El negocio del rock se está beneficiando del fenómeno revival tanto como cualquier otro género musical y cualquier nicho comercial, y lo que hace unos pocos años se vendía a precio razonable se está yendo, poco a poco, de las manos para alcanzar números inasumibles. Puede que algunos cientos de personas piquen el anzuelo cuando WASP tocan ochenta minutos por treinta o cuarenta euros, pero no ocurrirá lo mismo, claro, cuando el cartel lo conforma un guitarrista con escasísimo material propio y cuyo mayor mérito es haber formado parte de una banda que sigue girando habitualmente sin él. Si muchos conciertos se solapan y la gente se ve obligada a administrar su presupuesto a lo largo del mes, hay conciertos que, sencillamente, no son la prioridad de casi nadie. Los promotores, muchas veces fans ellos mismos, tienen un olfato para las bandas que no siempre es certero. 

Las salas

La falta de salas debidamente acondicionadas para conciertos de rock es un factor que, por sí mismo, puede no tener tanta importancia. Si la banda tiene público, cualquier sala venderá sus entradas. Sin embargo, cada vez más (¡afortunadamente!) el nivel de exigencia de los espectadores se está alzando hasta el punto de que no cualquier cosa es aceptable. En contraste con países del entorno en los que las salas de conciertos se convierten a veces en discotecas (y no al revés), la escasez de lugares plenamente adaptados a las necesidades de un concierto es clamorosa en el nuestro. Desde un sonido deficiente hasta aglomeraciones muy por encima del aforo, pasando por restricciones horarias o un diseño de la sala con puntos sin visibilidad, los atropellos cotidianos a los que el público tiene que someterse hacen que no poca gente se piense seriamente acudir o no a los conciertos. A veces es fácil cargar las tintas sobre el público borrego, pero la connivencia con que las salas de concierto han ido degradándose es responsabilidad compartida.

Las bandas tributo

En la estrecha pugna por la atención  asistentes en potencia, las bandas tributo se han construido un nicho lucrativo y ciertamente menos trabajoso que el de la competencia de bandas emergentes. Si éstas necesitan tiempo y recursos para darse a conocer, para que su nombre y sus canciones empiecen a sonar a la gente, y para crearse una imagen e identidad reconocibles, las bandas que basan su negocio en el legado dejado por otras bandas tiene ese camino allanado. Una vez más, no hay necesidad de buscar culpables, pero sí de señalar tendencias que están, poco a poco, ahogando las posibilidades de bandas con personalidad propia. Así, por ejemplo, torbellinos como Jolly Joker o The Electric Alley buscan un público que no tiene tiempo para descubrir nueva música, pero sí para los enésimos tributos de Guns N’ Roses o AC/DC (nos ahorraremos nombres), cuyo mérito se mide por su capacidad para imitar a otros músicos, muchas veces todavía en activo. La emergencia de bandas tributo, noches tributo y discos tributo ha llegado a tal punto que resulta más rentable aprenderse repertorios ajenos que crear los propios, enfocando su producto a esos rockeros estacionales que llenan estadios. Todavía leemos con incredulidad las ideas de Paul Stanley sobre crear una franquicia autorizada de imitadores de Kiss, pero el desproporcionado éxito de las bandas tributo indica que el futuro del rock tiene todavía un ojo puesto en el pasado.

*Éste es el primero de dos artículos sobre el tema. Puedes leer la segunda parte aquí.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Radiografías.

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8 comentarios en “Conciertos en EspañaRock (I): agendas llenas, salas vacías

  1. Muy buen articulo, esperare a la segunda parte para dar mi opinion sobre como lo veo yo, pero de momento me ha gustado tus apreciaciones.

  2. Buen artículo. Bastante certero por ahora. Espero que en la segunda parte comentes el precio global de un conciertito de segunda división (incluyendo precio de la copas y demás).

  3. Un artículo genial. Has dado en el clavo con un problema endemico en la cultura del pais. Somos unos racanos. Yo como músico he asistido a multiples conciertos de colegas, amigos o bandas visitantes en pubs y salas de conciertos, pero al igual que otra gente que conozco, somos la excepción. ¿Quien compra CD’s de las bandas locales? Solo esa gente que es la excepción. Llevo viviendo varios años en los Paises Bajos y aquí es diferente. Las programaciones de salas contienen bandas locales y de segunda fila que se compensan con la recaudación de las bandas mas grandes.
    Me gustaría empezar una sala en Castellón con actividades de danza, música, cine y teatro en unos antiguos cines de bario ahora abandonados. Ofrecer una programación interesante para todos los gustos, pero me asusta embarcarme en algo que me acabe llevando a la quiebra. También hay que tener en cuenta que invertir en bandas extranjeras para que toquen con bandas locales se ve como una perdida de dinero. Pero por mi experiencia, enriquece muchisimo la programación y alenta a los amantes de dicho genero a ir al concierto. No hay que subestimar nunca la curiosidad del oyente.

  4. Gracias por los todos comentarios. La segunda parte estará, seguramente, la semana próxima. La idea del artículo es crear algo de debate alrededor de estos y otros factores, algunos con más peso que otros. Además, faltarán ideas que comentarios como los que habéis hecho algunos pueden aportar.
    Iván, sobre el precio del alcohol en las salas, creo que es espinoso, porque no es cosa exclusiva de conciertos (en cualquier sala nocturna te clavan por una birra, aunque se aprovechan durante eventos), no es culpa de las bandas y, sobre todo, los asistentes no están obligados a consumir. Personalmente, por norma general no consumo nada cuando voy a conciertos. Diré, de forma anecdótica, que en los recintos suecos las consumiciones tienen el mismo precio que en cualquier otro establecimiento a cualquier hora del día. Tanto en salas como en festivales como el Sweden Rock. Caro, sí, pero sin inflar precios más allá de los establecidos en el comercio general.
    Pau, gracias por compartir tu experiencia en Holanda. Efectivamente, las comparaciones entre países son odiosas. He escrito de refilón sobre este en varios artículos, y es que los teloneros para bandas en Suecia suelen ser bandas suecas -muchas veces de cierto renombre-, y buena parte del cartel del Sweden Rock suele estar formado por bandas escandinavas. Además, promocionan su cantera de distintas formas, y no es raro encontrar en sus escenarios bandas que, años más tarde, acaban siendo famosas internacionalmente.

    Un saludo y gracias de nuevo por los comentarios.

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