BRUCE SPRINGSTEEN en Donostia: para todos los públicos

Tanto tiempo lamentando que el rock es ahora una cosa underground, que a nadie interesa, para acabar coreando “Born in the USA” con miles de personas en un estadio de fútbol. Los contrastes entre la sala vacía y el estadio abarrotado son tan acentuados que se hace imposible ignorarlos. Querríamos poder disfrutar de un concierto de Bruce Springsteen en una sala para dos o tres mil personas, un pabellón de tamaño medio a lo sumo. Pero elegir contexto es un lujo que no podemos permitirnos.

Para quienes tenemos más interés en la música que todo lo que la rodea, los conciertos de Springsteen pueden ser un paseo descalzo por un camino de brasas. Comprar entradas sin ser estafado en el intento. Las filas kilométricas horas antes del concierto, y los fanáticos que han montado su propio sistema de hacer cola para su beneficio personal. La sensación de aglomeración, más parecido a un castigo que a una celebración. El porcentaje de rockeros casuales por metro cuadrado, que quedan muy bien en foto aérea pero que pueden arruinarte un tema lento con sus voceos. Los selfies. Los comentarios en la oficina al día siguiente. Las noticias en radio, tv y periódicos, más cerca de un infocomercial que de una verdadera pieza informativa. Los clichés. “El boss”.

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Carteles, fotos y un Springsteen entreteniendo a todos los públicos

El fenómeno de masas en el que se ha convertido Springsteen a lo largo de los años se ha acentuado en el último par de lustros, y eso se nota también sobre el escenario. Cada vez más, la E Street Band se parece a una orquesta de entertainers y menos a una banda de rock. Cada gesto y movimiento va calculado al milímetro. Damos por hecho, antes de que el concierto comience, que sacarán a una niña a cantar el estribillo de “Waitin’ on a sunny day”, a una mujer a bailar el “Dancing in the dark”, y que la festiva versión de “Twist and shout” incluirá un guiño al público latino cantando “La bamba” entremedias. Sabemos que, si estás lo suficientemente cerca y tienes un cartel pidiendo alguna canción, es posible que Bruce lo coja y decida, al momento, que ésa será la siguiente en el repertorio. Así nos encontramos con primeras filas llenas de carteles, banderas de países, niños que se han aprendido un estribillo y mujeres pidiendo salir al escenario a bailar. No hay minutos de fama suficientes en un concierto para quien busca sus quince minutos de protagonismo.

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Bruce Springsteen es ahora una institución, y las consecuencias son pequeños baches que tenemos que aceptar para poder mirar un poco más allá. Y más allá, donde lo que importa es la música, Springsteen sigue siendo imbatible. Fue un setlist plagado (infestado) de éxitos que funcionan muy bien en estadios, pero también con algunas joyas menos conocidas que dieron muchos de los grandes momentos de la noche: escuchar “Point blank” o “Fire” y pensar que estás ante un momento irrepetible; que ocho minutos de la lenta “Drive all night” consigan mantenerte en vilo. El tercer bis, con las luces encendidas y acompañado de guitarra acústica para tocar “This hard land” resonando en las gradas. Incluso los momentos esperables sonaron novedosos, porque lo ya conocido no es exactamente igual a las anteriores veces, está siempre actualizado y siempre suena mejor de lo que lo recordabas. 

Si el formato de grandes recintos hizo que algunos temas lentos quedaran fuera de repertorio, se compensó con momentos realmente heavyes, especialmente los de “Murder incorporated” y “Because the night”, de baterías machacona y guitarras afiladas (tres, la mayoría de las veces) con solos entre el virtuosismo y el noise. Sí, hay que dar lo que las masas piden, y por eso seguirán sonando “Hungry heart” y “Badlands” noche tras noche, pero casi cuatro horas de concierto dan para satisfacer a fans más exquisitos, rockeros con ganas de caña, señoras que compraron un greatest hits, padres que escuchaban Born in the USA durante la mili, y más o menos cualquiera con tolerancia a la música popular. 

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A partir de las tres horas de concierto, las piernas dejan de doler. Intentas corear pero a lo mejor te has dejado la garganta en las anteriores quince canciones. Haces el amago de decir que tantas horas son demasiadas, pero no hay forma de engañarse: una vez llegado el momento, querrías volver a empezar. Llegaste pensando que sería mi último concierto de Springsteen, y saliste pensando en el siguiente. No merece la pena negar que aquí hay mucho de circo, de parque de atracciones y de experiencias vitales que te venden los folletos comerciales, con su calendario de diversión asegurada. Pero las lágrimas que se ven en muchos ojos a la hora de cantar “Thunder road” indican que estás en el lugar y momento adecuados, que detrás de la tramoya las historias necesitan seguir siendo contadas, y que necesitamos seguir escuchándolas.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Encuentros.

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2 comentarios en “BRUCE SPRINGSTEEN en Donostia: para todos los públicos

  1. Muy acertada tu crónica. Creo que si hubiera sido mi primer concierto de Springsteen (llevo 6), habría pensado que es el mejor de mi vida y que es una experiencia que cambia cómo se entiende la música popular y la forma en que debe entregarse al público. No hay, ni ha habido, un artista que lleve la música a la gente en un concierto de la forma que lo lleva este hombre. Es simplemente magistral.

    Como no fue mi primer concierto de Springsteen, ya no tengo referencia de qué es un concierto normal y poder compararlo; tuve la sensación que ya había visto este mismo concierto. Temas particulares aparte, la intensidad desde el minuto 1 hasta el final es sorprendente, y además más intenso esta vez que nunca, al menos como yo lo recuerdo.

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