Conciertos en EspañaRock (II): más causas y algunas soluciones

*Este texto sobre los conciertos de rock en España está dividido en dos publicaciones. La primera parte la puedes leer aquí. Gracias a las personas que, en privado o en comentarios en redes y en la web, han contribuido a enriquecer este artículo.

La culpa no siempre es de la gente

Quizá no hace falta buscar culpables, pero criticar a quien habla mucho y acaba por no pisar una sala de conciertos se ha convertido en lugar común, siempre a mano cuando un concierto pincha. Es un enfoque que, aunque a veces pueda tener algo de cierto, lleva a regodearse en una frustración que arregla entre poco y nada. Parece una obviedad, pero no está de más subrayar que las preferencias, prioridades y circunstancias de cada persona hacen que el entusiasmo de unos no pueda ser seguido por una mayoría. Quien no tiene más pasión que la música puede que no entienda a esa gente que busca en los macroconciertos un evento social en el que sacarse la foto. En cambio, para la mayoría de la sociedad, lo incomprensible es gastarse salarios en conciertos, merchandising y discos. Al fin y al cabo, ir a conciertos no tiene nada de heroico, ni se es un traidor por dejar de ir: en este momento, es un artículo de lujo que muchísima gente no quiere permitirse.

Las radios y otros medios de comunicación

Si nos coge de buen humor, podemos hacer alguna broma sobre el disco rallado que pinchan cada día en RockFM, Rock&Gol o, más en general, KissFM. Las críticas, eso sí, están plenamente justificadas. Aunque ahora no parezca más que una herramienta de entretenimiento, la atención enorme que se ha dado a los medios de comunicación desde principios del siglo XX no es en absoluto desproporcionada: son creadores de opinión, de interés, y de realidad; y, como tales, el servicio que hacen a la sociedad es muchísimo mayor que el de un electrodoméstico. Se puede alegar, cínicamente, que estas emisoras no dan sino lo que la gente quiere, pero eso no es más que una forma pobre de seguir perpetuando el sistema. Pinchar “Highway to hell” una vez más no hará que AC/DC vendan más entradas, sin embargo, intercalar novedades de The Temperance Movement, Güru, La Chinga o ‘77 entre superéxitos de ayer y de anteayer no sólo ayudaría a dar variedad a programas completamente anquilosados, sino que sería una oportunidad perfecta para dar visibilidad a bandas que pueden tomar el relevo, pero a las que no se les deja hacerlo. Los gustos e intereses se construyen, se educan, y se pueden moldear siempre y cuando haya la suficiente variedad de la que elegir. Afortunadamente, quedan todavía iniciativas más o menos modestas que hacen ese trabajo “por el puto rock and roll”: programas como el de Rock Angels, Galaxia del Rock o Queens of Steel son necesarios, aunque no suficientes. Los medios con algo de influencia tienen que contribuir; y afirmar que esto es un negocio y que las nuevas bandas no dan dinero no es una justificación: es sólo un clavo más en nuestro propio ataúd.

Por supuesto, éste es un fenómeno que se extiende a otros medios de comunicación, desde webs especializadas hasta revistas de tirada estatal con años de experiencia. Como Pau Navarra afirmaba recientemente en una entrevista, la inclusión de bandas en estos medios no funciona en función al talento o a la persistencia de la banda en cuestión, sino en función del dinero invertido en ello. Así, los medios ya no cumplen la función de descubrir bandas, separar grano de paja (que la hay, por supuesto), o de informar sobre lo que tiene interés: los descubrimientos se hacen a golpe de talonario, la paja es todo aquello que no aporta beneficios, y el interés es el interés particular de las personas detrás del medio. Décadas atrás, se le llamaba payola. Ahora se llama  “colaboración mutua”. 

La portada de Berri Txarrak condensa el fenómeno Payola en una sola imagen.
La portada de Berri Txarrak condensa el fenómeno Payola en una sola imagen.

Contraprogramaciones y conciertos solapados

Quizá éste no sea un fenómeno tan extendido como otros de los factores señalados, pero merece la pena pararse a contemplar el absurdo que se da, especialmente en las capitales, cuando dos (o más) bandas tienen parada en la misma ciudad y en la misma noche. Si el público es de por sí escaso, la imposibilidad de desdoblarse hace que algunas noches acaben en fracaso absoluto. El respeto hacia los eventos programados por “la competencia” brilla por su ausencia: la animadversión y/o desconfianza entre distintos promotores cercena las posibilidades de aunar fuerzas y crear carteles compartidos en los que los gastos se reduzcan y los beneficios se repartan. Ninguna alianza entre promotores hará que el rock vuelva a estar en lo más alto, pero la falta de entendimiento mutuo agrava un asunto de por sí delicado y que, con un poco de imaginación, podría tornarse beneficioso.

Las políticas públicas

Cuando se habla de políticas públicas, la atención se dirige automáticamente a ese lamentable 21% del IVA, sin igual en países europeos. La influencia de las políticas públicas es, sin embargo, muchísimo mayor. El fenómeno “Queremos entrar”, por ejemplo, a puesto el dedo en una de las muchas llagas: si la gente joven no puede asistir a conciertos de rock, ¿cómo van a desarrollar su interés? La paupérrima educación musical que se recibe en las escuelas tampoco es casual. Rara vez se pasa de la flauta dulce, y los instrumentos que escuchamos a volumen brutal siguen ampliamente estigmatizados. Las salas de ensayo escasean en la mayoría de municipios y, donde las hay, los precios no están al alcance de cualquiera. A diferencia de otros países como Irlanda, Reino Unido o Suecia, en España sigue viéndose la música en la calle como mendicidad, tener una banda como un pasatiempo del que cansarse cuando sientas la cabeza, y la cultura como una mercancía con la que entretenerse y nada más. Las restrictivas leyes de ruidos para locales, los absurdos tests de aptitud para tocar en la calle o las recientes inspecciones de trabajo son algunos ejemplos más del ahogo progresivo al que las políticas públicas (léase “ciertos partidos políticos”) están abocando la música en directo.

Uno de los carteles de la campaña "Queremos Entrar"
Uno de los carteles de la campaña “Queremos Entrar”.

La cantera

En numerosos medios y artículos se ha venido señalando, muy acertadamente, que la escena de rock española tiene a estas alturas poco que envidiar a la de otros países del entorno (asumiendo que sigue siendo injusto compararse con el Reino Unido o con Suecia). Sin tener que irnos a los ejemplos más sobresalientes, como el de Angelus Apatrida, eso que viene llamándose “cantera” está repleta de piedras preciosas, pulidas o por pulir, que formarán los carteles potentes del mañana: The Val, Showbiz o Strangers en el rock melódico; Lizzies, Leather Heart o los Black Moon de Paco Ventura en el hard rock; Eldorado, The Soul Jacket o Imperial Jade en el rock clásico; e incluso consagrados como Obsidian Kingdom y Toundra en los sonidos más salvajes y envolventes. Hay material de sobra. Sin embargo, la apuesta que se hace desde los festivales de renombre es tirando a floja, tal y como Tomás Quilez Molero de On Fire analiza: la norma son los carteles en los que las bandas emergentes ocupan un porcentaje marginal, y las excepciones las marcan los festivales más modestos.

También hay buenas noticias

No todo está perdido, ni mucho menos. Sabemos que la pobreza cultural de nuestro país tiene largo recorrido, que las costumbres y las prácticas no cambian de un día para otro, y que hay un camino difícil hasta la cima para quien quiere rock and roll. A pesar de que no vayamos a encontrar más que dos o tres bandas por debajo de la edad de jubilación que puedan llenar estadios, hay margen de mejora en lo que respecta a las salas de aforo medio. Éstas no son más que algunas propuestas de las muchísimas que, pensando en común, pueden salir adelante. La imaginación de la que promotores y bandas han tirado para llevar adelante sus conciertos da frutos: las redes sociales permiten un contacto entre músicos y fans que, aunque sea trabajoso, contribuye a crear una comunidad en la que los conciertos son punto de encuentro para amigos. Los crowfunding, las entradas + EP de regalo, los 2×1 o los pagos en diferido son formas más o menos originales de hacer de los conciertos una cosa de la gente, en la que la satisfacción venga no sólo por el concierto en sí sino por el sentimiento de contribución a una causa compartida. Las posibilidades, en ese sentido, son por ahora ilimitadas, y tienen una función en doble sentido: las redes pueden servir tanto para ensalzar unas cosas como para criticar abiertamente otras.

La presión para que las salas dejen de ser deficientes y pasen a estar acondicionadas debe venir tanto de bandas como de fans. ¿Cuántas bandas querrían tocar en locales desaconsejados por sus fans, donde el trato es malo, el sonido pésimo o donde te cortan la actuación en mitad de los bises? Aquí las redes tienen, de nuevo, un potencial a explotar. En cuanto a la demanda por escuchar a bandas tributo, nadie puede evitar éstas sigan obteniendo unos beneficios que grupos con repertorio propio sueñan con alcanzar, pero la oferta y la demanda, como ya hemos dicho, no viene dada, sino que se educa: pedir música nueva en las grandes emisoras de rock puede ser un primer paso. En lo que respecta a la responsabilidad de los poderes públicos en nuestra indigencia cultural, el éxito de la iniciativa “Queremos entrar” es prueba de que puede haber mejoras y que, en muchos casos, éstas tienen un coste relativamente bajo. Las salas vacías no son un fenómeno con una sola causa, un solo culpable o con una sola solución. Sin embargo, igual que hay causas y culpables, también hay muchas soluciones, y la mayoría están en nuestra mano. 

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Radiografías.

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