LITTLE CAESAR en Bilbao: la grandeza de la humildad

El escritor hindú Rabindranath Tagore afirmaba que “cuando somos grandes en humildad, estamos más cerca de lo grande”. Algún sabio sostuvo que ese concepto de honestidad (resultante de ser conscientes de nuestras limitaciones y actuando acorde a esa conciencia, no presumiendo de logros y reconociendo fracasos) desemboca en la satisfacción personal. La reflexión sintetiza cada una de las acciones de esta banda angelina llamada Little Caesar. La grandeza de estos sin techo del rock reside en ser honrados con ellos mismos y haber entendido que, aunque el tren del éxito no parara en su estación, hay otros trenes de largo recorrido que tienen destinos eternos: el legado de su sentimiento como músicos y el reconocimiento de la integridad de sus principios. Quienes conocemos su trayectoria no podemos permanecer impasibles ante el incomprensible ninguneo de quien abandera valores tan perdidos en el rock como lo genuino e inimitable. Por esta razón es inevitable, además de resaltar sus virtudes musicales, profundizar sobre alguno de sus aspectos humanos (aunque para muchos sean valores ignorados e innecesarios, para otros son los que completan y resaltan su gloria).

En mi cabeza resuena una de las míticas frases de la obra maestra de Giuseppe Tornatore, La leyenda del pianista del océano: “nunca estás acabado si tienes una buena historia que contar y alguien a quien contársela”. Cita que surge en mi mente nada más cruzar el umbral de la puerta y visualizar el indigno local donde estos jornaleros del rock iban a santificar su santo credo. Una sala con capacidad para poco más de cien asistentes y un escenario de cuatro por tres y medio parecen indignos para el prestigio de sus cinco componentes. Más bien dictamina su estado terminal. Los números nos apuntaron que los promotores deben jugar sus cartas si quieren salir indemnes de la apuesta. Un auditorio con 70 personas da para pocos privilegios, y nos indica que la formación, a pesar de su reputación, pugna contra los avatares de la incultura y el olvido. Más tarde, como pregona la cita de la película de mi vida, los escasos presentes no sólo nos imbuimos de la vitalista historia musical que nos contaron, sino que comprobamos cómo el presunto muerto tiene una salud de hierro.

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Y eso que, en momentos previos, se había divulgado la noticia de que tanto el vocalista Ron Young como el bajista Pharoah Barrett estaban con bronquitis, haciéndonos presagiar lo peor. Bilbao era el primer concierto de la gira por nuestro país, y hacían acto de presencia después de la suspensión, por enfermedad, de tres bolos por Alemania, por lo que la incertidumbre sobre el estado de ambos componentes marcaba unos inicios dubitativos. Las dudas quedaron disipadas en cuanto la maquinaria empezó a funcionar, y el original comienzo, con el primer tema de su EP del 89 “God’s creation” nos hizo respirar tranquilos. “Rock and roll state of mind” se pasó como un suspiro observando cómo su nuevo guitarrista, Alex Kane, de peculiar imagen glam, parecía el primo pelirrojo de Michael Monroe. Sus intervenciones vendrían marcadas por la eficacia instrumental (aunque de escaso volumen), y una visual puesta en escena. A la vez, Ron, el bad boys y gurú de la secta, nos mostraba cómo, mientras el enfermo luchaba por salir airoso, con esa voz rasgada que penetra hasta en el hormigón, dejaba momentáneamente el escenario para ecualizar en un portátil el sonido de los micros. Los mínimos detalles, para que todo funcionara, eran preocupación de la autosuficiencia de sus componentes.

Los movimientos caricaturescos del carismático Loren Molinare seducían en los primeros riffs de “Hard times”. Su rostro, bajo esa especie de gorra chulapa madrileña y sus gafas negras de sol, mezcla de Fito y un legionario romano de los tebeos de Asterix, generaba un irresistible deseo de seguirlo. Con “Hard rock hell” subía la temperatura hasta convertir la sala en una sauna de pasiones, momento en el que luce poderío la sólida base rítmica de la banda. El exbajista de Four Horsemen, Barrett, con cara muy saludable y perilla de chivo (parece un chaval sanote) y que, además, completaba su misión con el brillo de sus coros. Y el batería, Tom Morris, con cara de recepcionista de funerarias, muy efectivo en los golpes de sus baquetas. El rock and roll no bajaba de revoluciones y con “Down and dirty” empezabas a tener la sensación de que el sonido era casi el idóneo y te envolvía en esa catarsis eléctrica que penetra por los oídos y te lleva a cerrar los ojos mientras tu cuerpo desvaría sin control. A pesar de la caja de cerillas donde mostraban sus virtudes, con espacio insuficiente para mostrar la actitud de una banda de rock, supieron adaptarse al medio y visualmente hicieron fácil lo imposible: su experiencia les facilitó colocarse de forma que parecían un tetris perfecto. No me extrañaría nada que hubieran tocado en espacios más inverosímiles. Quizá su vocalista fue el pagano de la raquítica ubicación, que se le vio más contenido en su papel de macarra de barrio, puesto que con cualquier movimiento excesivo hubiera chocado con sus compañeros.

Después de agredirnos con miles de revoluciones, dosificaron los esfuerzos y nos regalaron las baladas “I wish it would rain” y “Redemption”, donde, ensimismados por las ofrendas, dejamos de sudar; con un “American dream” de por medio para que no nos confiáramos y nos quedáramos fríos. “Cajun panther”, tema evocador de los 60’s, marcó la transición entre los sonidos sosegados y los ritmos de hard rock blues que ya no darían tregua hasta que se encendieran las luces. “Crushed velvet”, “Real rock driver” y “Rum and coke” nos apedrearon como si no estuviéramos libres de pecado, y la banda mostró esas credenciales de apisonadora de rock and roll que, igual que los matamoscas, te mata bien muerto. Eché en falta esa cortina de sonidos de guitarras que, en los riffs de la melodía principal, se elevaban de la tierra al cielo, no dejando un espacio sin vibraciones, en la versión del “Chain of fools” de Aretha Franklin que nos regalaron el año pasado en Avilés (se estremecían hasta las pestañas). Ninguno es un dios de su instrumento, pero en su conjunto son ángeles con funciones de Cristo, que desarrollan eficazmente su sacrificio por la tierra, haciéndose eficaces en una materia que conocen a la perfección.

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Antes de la primera despedida, un emocionado Ron Young mostró, con esa sinceridad capaz de tocarse con los dedos, el agradecimiento que sentían por haber tenido el privilegio de compartir su música con nosotros. El teólogo belga Abbé Jean Gottigny afirmaba que “la gratitud es una de las facetas de la humildad. El arrogante considera que no debe nada a nadie”. Cuando observas el circo en el que se ha convertido el rock, con todos los intereses que se manejan y, además, conoces la complacencia de sus seguidores frente a las actitudes prepotentes de sus grandes estrellas, valoras con mayor grado a quien con su honradez magnifica su autenticidad. En los bises nos intimidarían con las potentes “Dirty water” y “Sick and tired”, temas que despertarían el apetito pero que nos dejarían con hambre porque su calculada retirada no perseguía el riesgo. Si querían subsistir para siguientes bolos, no quedaba más remedio que regalarnos 70 minutos; y Bilbao y los asistentes de la sala Kutxa Beltza fueron tristemente los damnificados. El desconocimiento de la indisposición de Young por parte de la mayoría de los presentes generaría cierta decepción. Estos caballeros de la costa oeste tienen antecedentes de dos horas de intensidad máxima, y nadie entendía su prematura escapada. Quizá su error estuvo en no comunicarlo (todo el mundo lo hubiera entendido), pero ello no puede ni debe empañar un bolo al que deberíamos darle el mérito que no tuvo en otras ciudades. Tocaron a pesar de, teniendo más que perder que ganar. Otros, con menos, hubieran abandonado, pero estos chicos mantuvieron el tipo arriesgando por sus seguidores.

Finalmente llegaron las firmas y los momentos fotográficos, y ahí es donde descubres la cercanía y su disposición. No pocas veces he contemplado algunos bufidos, o ciertos desaires al fan pero estos chicos estarían dispuestos, sin un mal gesto, a firmarte mil copias si las tuvieras. Un último detalle que honra su actitud: cuando prácticamente la sala se quedó vacía, cada uno de ellos se dedicaba a desmontar todo lo que estuviera relacionado con sus instrumentos. Pues bien, inmersos en su trabajo, todavía un insaciable fan les pidió una foto con todos en conjunto. Ron pegó un toque de atención a los demás y, con una sonrisa en la boca, dejaron cuanto estaban haciendo y bajaron del escenario a complacerle. Demostraron que la humildad es la antesala de todas las perfecciones, y que consiste en estar satisfecho con uno mismo. No tengo ninguna duda de que estos chicos viven en una satisfacción permanente. Su descarga, dada sus limitaciones, no tuvo la divinidad de otras ocasiones, pero incluso así dejaron su impronta con todos los valores que se profesan en nuestra religión. Si alguna vez me preguntaran por la definición de rock, mi respuesta sería rotunda y con dos únicas palabras: LITTLE CAESAR.

Fotos: Joaquim Valls 2015

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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