En Suecia sí se escucha rock: claves para una cultura en auge

A raíz de los dos artículos publicados recientemente bajo el nombre de “Conciertos en EspañaRock”, se ha dado un interesante debate alrededor de aquellos factores que contribuyen a que en un país haya eso que llamamos cultura musical (de rock, en concreto): un interés genuino por la música rock, una relación entre sociedad y música en la que ésta sea tomada en serio, una sociedad lo suficientemente alfabetizada en los sonidos y códigos de un estilo musical, etc. En este debate, las comparaciones con otros países han sido recurrentes y, aunque no se trata de parecernos a otros países sino de convertirnos en nuestra mejor versión, mirar alrededor nos sirve para tener una medida de las posibilidades a nuestro alcance. Tras pasar algunos meses en Suecia, he recopilado algunas impresiones sobre los asuntos señalados en aquellos artículos, y los expongo aquí para alimentar un poco más ese debate en el que aún queda muchísimo que decir.

Los conciertos en Suecia también pinchan

Empecemos por lo malo. Aunque la tónica general es la de encontrarse con salas llenas o medio llenas, es justo decir que también hay conciertos con menos fortuna. El de The Delta Saints, por ejemplo, apenas congregó a una docena de personas. David Johanesson de Mustasch contaba, tras su estupendo concierto en Malmö, que el público español le parecía genuino, siempre dispuesto a ir a conciertos, y con hambre de bandas nuevas. En Suecia, en cambio, la gente sólo va a ver a los grandes nombres. Una perspectiva que choca frontalmente con nuestra percepción (diamentralmente opuesta), pero que puede dar alguna pista sobre nuestra inclinación a no valorar lo que tenemos mientras alabamos lo ajeno. Al fin y al cabo, no toda Escandinavia es orégano, algunos de los vicios que advertimos en España se dan también en el norte de Europa, aunque las bases para una cultura musical robusta están claramente presentes allí.

Juego limpio entre promotores

Las contraprogramaciones rara vez se dan, o no se dan en absoluto. La cultura laboral del país de la socialdemocracia está asentada sobre los principios de la colaboración y no de la competencia, y se nota a la hora de apuntar nombres en la agenda. Más de un año ha habido la certeza de que esta o aquella banda no tocaría en el Sweden Rock debido a que tenía ya una fecha confirmada en alguna otra ciudad del país escandinavo: si Aerosmith toca en Estocolmo, ¿por qué iba la organización a contraprogramar una fecha en Sölvesborg, sabiendo que habría gente que necesitaría elegir? Como experiencia personal, reconoceré que la casualidad quiso que The Sword y Mustasch tocaran la misma noche en Malmö, pero un detalle no pudo pasar desapercibido: si los primeros terminaban su show a eso de las 22:30, el de los segundos no comenzaba hasta medianoche.

¿Y las salas?

Si hay una experiencia generalizable a todas las salas y recintos por los que he tenido la suerte de pasar, ésa es la de un sonido claro, muchas veces cristalino de cada una de ellas. El acondicionamiento de los lugares para que la experiencia musical sea la mejor es una constante, y las opciones de volver a casa con un pitido incesante en los oídos son más bien reducidas. Este aspecto cobra su máximo valor en festivales del tamaño del Sweden Rock, al aire libre, donde el sonido notable o sobresaliente es la norma. Algo puede tener que ver el escrupuloso control que se hace de los decibelios a los que se expone al público, y la certeza de que es posible ofrecer un buen sonido sin necesidad de saturarlo.

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Cantera sí, tributos no

En Suecia, raros son los conciertos en los que el grupo principal no va acompañado de una banda emergente, casi siempre de calidad indiscutible y con uno o dos discos en su haber. Las bandas emergentes de hoy son las que llenarán las salas mañana, y este proceso parece estar dando muy buenos frutos en la escena sueca. En contraste, la presencia de bandas tributo es testimonial, reservada para casos puntuales (fiestas de nochevieja, relleno en algún festival, etc.), por lo que el espacio que les queda a las bandas con material propio es casi total. Una vez más, el ejemplo más claro de esta política de sacar adelante la escena patria se puede encontrar en el Sweden Rock y su iniciativa compartida con Nemis (New Music in Sweden), que aúnan esfuerzos para que, cada año, ocho bandas emergentes toquen frente a miles de personas en Sölvesborg. 

Políticas culturales bien entendidas

Suponemos que no es casualidad que un porcentaje altísimo de las buenas bandas actuales venga de un país con menos de diez millones de habitantes, o que algunos de los productores y compositores más exitosos del mundo hayan crecido allá. Cuando la cultura es entendida como un bien social sobre el que hace falta legislar (para promoverlo, para que no caiga en malas prácticas), muchas puertas quedan abiertas. El IVA reducido, la política de entrada gratuita para menores, la disponibilidad de salas de ensayo gratuitas para jóvenes, secciones vastas dedicadas a la música en cada biblioteca, el aprendizaje de instrumentos musicales como materia curricular (desde el piano o el violín hasta la batería o el bajo), son algunos de los factores que contribuyen a que, quien más o quien menos, prácticamente todo el mundo esté familiarizado con la música en general o el rock en particular.

Los medios de comunicación

Quizá por provenir de un país culturalmente tan raquítico, sorprende la presencia que el rock tiene en los medios. Los periódicos reseñan conciertos de bandas que nunca tendrían un pase en los nuestros, las radios pinchan y entrevistan a grupos de rock, pop y metal de forma habitual, y la aceptación de música rock en certámenes y otros programas está tan generalizada que a nadie sorprende. Tampoco es casualidad que uno de los momentos televisivos del año sea el Mellodifestivalen, el concurso de artistas en el que se decide quién participará en Eurovision. Todo ello, unido al dominio total que la sociedad tiene del inglés, idioma en el que la mayoría de la música llega a nuestros países, hace que la presencia del rock sea natural y deseable: impregna todas las franjas de edad, distintos estratos y no discrimina por razón de sexo. La música está en todas partes. 

En definitiva, en Suecia se compran más discos, se paga por más conciertos (aunque los precios son proporcionalmente más baratos), los promotores invierten más y mejor, y los poderes públicos ponen más facilidades que pegas a la hora de habilitar espacios de música en directo. Un proceso lento, gradual, pero que ha llevado, en unas décadas, a que Suecia sea uno de los países más importantes en la producción y consumo de música rock.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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