Prohibir los móviles en conciertos: una mala idea

Que las tecnologías digitales nos facilitan la vida es una afirmación tan cierta como la que recuerda que, con ellas, muchas costumbres y actitudes están cambiando para siempre. El mundo de la música no es (afortunadamente) impermeable: hoy podemos ver en directo conciertos a través de Youtube, comprar discos que se encuentran a kilómetros de distancia, o leer un artículo como éste desde un smartphone. Todo eso se ha normalizado, pero hay todavía prácticas mucho más discutibles: el uso de nuestros móviles para fotografiar lo que ocurre sobre el escenario está acercándose peligrosamente al abuso. Todo el mundo quiere un recuerdo, pero no todo puede pasar por amargar la experiencia a quien tiene que ver el concierto a través de la pantalla del móvil que otra persona está levantando en el aire. ¿Qué hacer?

El asunto ha vuelto a saltar en los debates a raíz de algunas iniciativas, aquí y allá, para poner coto a un fenómeno que no parece que vaya a remitir. Se habla de patentes que inhabiliten el dispositivo, de inhibidores externos que limitarían las posibilidades de nuestros móviles, o incluso de la prohibición explícita de los aparatos que tanto molestan a la mayoría durante un concierto. Después de todo, se dice, los inconvenientes que el asunto está causando a la mayoría de las personas asistentes son tan grandes que el uso de móviles está entrando de lleno en la zona gris en la que las libertades de unas se encuentran y chocan con las de otras. Del poco que agrada al mucho que cansa y contra el que se pide actuar hay, en realidad, una línea no demasiado definida; y antes de prohibir una práctica hoy en día tan extendida conviene tener en cuenta algunos factores.

Puede que prohibir no sea la solución que buscamos

Los cambios sociales, tanto como los cambios tecnológicos que los impulsan y los acompañan, están rara vez exentos de resistencia. A nadie le gusta ser desplazado por la rueda del tiempo, y la extrañeza de sentirse fuera de lugar cuando los hábitos cambian alrededor provoca un comprensible rechazo. Los vertiginosos avances de la tecnología digital actual han hecho que nuestra vida haya pasado a estar, casi sin tregua, mediada por pantallas. Vemos nuestra vida en televisiones, ordenadores, smartphones y tablets. Que somos una especie que entiende su realidad casi exclusivamente a través de los ojos es un hecho tan palpable como irrefrenable. Prueba de ello es la constante subida en la apuesta por lo audiovisual en los conciertos, donde el aspecto de los músicos, las pantallas gigantes y los distintos efectos visuales han pasado a ser un elemento tan importante como aquello que sale por los bafles. A nadie le desagrada ya un estadio con miles de mecheros encendidos al mismo tiempo, igual que se toma con naturalidad los flashes de los teléfonos alumbrando las baladas en mitad de la noche. Pero las fotos, parece, son todavía otra cosa.

La diferencia entre unas prácticas y otras no es, como pretende hacernos creer mucha gente bienintencionada, una cuestión de grado. Aunque habrá quien clame que sacar demasiadas fotos o vídeos en un concierto es pasarse de la raya, lo cierto es que se trata de la clásica pugna entre lo ya plenamente establecido y lo que aún miramos con desconfianza. Lo que en la actualidad es perfectamente normal era anatema sólo unas décadas atrás. Hoy, a (casi) nadie se le ocurre criticar que las primeras filas de un concierto de Anthrax se conviertan en campo de batalla. De la misma forma, poca gente miraría con buenos ojos al que se pasa un concierto de Beth Hart blablando con sus amigotes. Mañana, no sabemos lo que estará bien o mal visto.

Sin embargo, los conciertos no siempre fueron así. En un capítulo de Cómo funciona la música en el que nos hace un breve pero brillante repaso a la historia de la música en directo, David Byrne llama la atención sobre la volatilidad de ciertas costumbres sociales que damos por sentadas, naturales e inamovibles: la música clásica, que hoy se escucha con solemnidad y en absoluto silencio, fue durante muchísimo tiempo un fenómeno en el que la música se mezclaba con el evento social, donde los detalles se escapaban entre el bullicio de la gente, y donde beber alcohol y comer era un elemento más de esa experiencia. ¿Significa esto que debemos aceptar con los brazos abiertos la invasión de smartphones en los conciertos? No, claro, pero sí conviene abandonar afirmaciones rotundas de esas que desechan cualquier cambio de lo que se considera que “tiene que ser así”. 

Las molestias que causan los móviles durante los conciertos son de sobra conocidas, pero no son molestias sin ningún retorno. Además de aportar material para el ego de una generación más pendiente del escaparate que de su interior, los beneficios son numerosos. Tras la aparición de un vídeo en el que varios guitar heroes compartían escenario delante de espectadores que miraban el concierto a través de sus pantallas, las redes se llenaron de comentarios. A nadie pareció importarle que, de no ser por el buen tino de alguien con un smartphone, el resto del mundo se habría perdido ese momento. No todas las experiencias del directo merecen la pena de ser registradas en vídeo o en fotos, pero algunas de ellas desde luego lo son. Tras los conciertos de los nuevos Rainbow, Youtube se llenó de vídeos que (¿adivinan?) muchísima gente quería ver. La ubiquidad de lo digital hace que la música esté presente en las redes sociales y que se hable de ciertos grupos más que nunca. Ponerle coto a eso es devolver a los medios tradicionales la capacidad de decidir qué debemos y qué no debemos ver.

No hay tecnología que no implique cierto tipo de elección. El vídeo mató a la estrella de la radio, igual que el cd mató al casete. No pilla de sorpresa que las bondades de la sociedad conectada traigan consigo problemas como el de los teléfonos en los conciertos. Prohibir (o limitar de alguna forma) el uso de éstos cuando la música está sonando puede ser una solución a cortísimo plazo pero fácilmente fallida a la larga: llegarán nuevas formas de esquivar las restricciones y, en cualquier caso, nuestra relación con la tecnología no habrá cambiado. Estamos hablando de sociedades en las que la decisión entre ir a un bar o a otro puede depender del wi-fi que uno tiene y el otro no, el arte puede pasar a ocupar un lugar secundario. En una pugna entre “la experiencia del directo” y la libertad de las personas a usar sus teléfonos, tiene pinta de que será la primera la que se verá comprometida. En un momento en el que todos los programas de TV o eventos multitudinarios tienen su propio hashtag, tratar de abstraerse de ese mundo puede traer más problemas que soluciones a una escena ya de por sí maltrecha.

¿Dónde trazamos la línea?

Por otro lado, la dimensión del problema no está ni mucho menos acotada o establecida. Hay al respecto tantas opiniones como personas opinando, y los criterios para la eventual prohibición de sacar fotos en conciertos se tambalean con facilidad. ¿Se aplicaría a toda clase de conciertos? ¿No se permitiría ninguna foto? ¿Cuántas fotos son demasiadas? ¿Y cuánto podrían durar los vídeos? ¿Qué pasa si se hace desde un lugar desde el que no se molesta a nadie? ¿Y si hiciese falta la cámara para reportar algo extramusical, como el último saludo nazi de Phil Anselmo? Mientras los teléfonos móviles tengan el peso social que han ganado en los últimos lustros, los usos que a éste puedan dárseles son infinitos. Su prohibición reduciría estos usos a cero, y abriría la puerta a eventuales abusos de una medida que siempre tendría que adoptarse como último recurso.

Puede que no haya una solución perfecta. Una pequeña dosis de consideración y civismo podría solventar el asunto sin mayores inconvenientes, pero no parece que ese vaya a ser el caso. Sean cuales sean las medidas que se tomen, sin embargo, es necesario un debate sosegado e informado para no terminar por crear remedios peores que el propio mal que se quiere atajar. Como suele ocurrir en estos casos, puede que prohibir no sea una gran idea.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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