MAIDAVALE – Tales of the wicked west: fábula de pesadilla hippie

maidavale talesAceptaremos que la vejez es un constructo que no encaja siempre con una plantilla de edades y comportamientos, y que todo es cuestión de perspectiva. Los veintiocho años que tenía el personaje de Axl Rose en “Estranged” pesaban como una eternidad, mientras que Cheap Trick siguen disfrutando de su juventud infinita, sin importar las arrugas que van acumulándose en el rostro de Rick Nielsen. Perspectiva. MaidaVale han irrumpido en la escena de rock clásico siendo ya maduras, casi en edad de hacer una gira de primera despedida, aunque la suma de sus vidas apenas alcance a Keith Richards. El cuarteto sueco llamó la atención primero por su edad, después por su particular estilo sobre el escenario y, finalmente, por uno de los debuts más interesantes del año.

No seríamos más que unas decenas quienes vimos a MaidaVale actuar en el Sweden Rock ’15. Llegaban como promesa, aunque su nombre ya había recorrido buena parte de Escandinavia. Dejaron algunas bocas abiertas, y se esfumaron para grabar Tales of the wicked west. La promesa se ha hecho ya carne, y sus frutos están empezando ahora a hacer ruido en Suecia. En su primer LP, MaidaVale reparten píldoras de psicodelia, blues y rock en una mezcla no novedosa pero sí terriblemente efectiva y escandalosamente profesional. En cuarenta y cinco minutos, las suecas nos retrotraen a ese momento agridulce de finales de los sesenta en el que el sueño hippy empezaba a convertirse en un oscuro viaje de ácido de vuelta a la realidad.

El recuerdo de Jefferson Airplane sobrevuela en canciones como en la inicial “(If you want smoke) Be the fire” o “Standby swing”, en esas cadencias de lento martilleo que te empujan a ir tras el conejo blanco. Matilda Roth, su carismática vocalista, tiene ese aura que viene y va, con movimientos entre la danza hipnótica y el andar de quien ha tomado LSD, como una rejuvenecida Grace Slick. Habrá quien escuche también a los The Doors más bluesys en “Restless wanderer” o en la extensa pieza instrumental que cierra el álbum, “Heaven and earth”, y no fallará: aquí no hay teclados, pero sí capas de wahs, delays y reverb que contribuyen a esa sensación de trance colectivo en salas de humo y mala acústica.

Apoyándose en una lírica que emparenta más de una vez con el simbolismo y temática de los primeros Black Sabbath, MaidaVale nos cuentan, casi como en una fábula que se intuye desde la portada, las miserias de un occidente retorcido, de las bombas y de las mentiras, del abuso de poder y de la esclavitud aprendida. Nos hablan desde el agujero negro en el que nos hemos metido por nuestro propio pie, y lo conjugan a la perfección con una amalgama de atmósferas que no auguran nada bueno, poco más que tinieblas y perdición.

Como si se hubiesen saltado el proceso de aprendizaje de años o décadas para aparecer, de la nada, en medio de una escena que no perdona ya los pasos en falso, Tales of the wicked west es un disco de una madurez tal que produce desconcierto. MaidaVale es una banda que nace vieja, pero no cansada ni titubeante: sólo vieja en experiencia, antigua en sonido, pero con la potencia que guardan cuatro mujeres que acaban de empezar y que tienen el apetito suficiente como para dejar su marca en el rock and roll.


Lo mejor: lo que queda por delante.
Lo peor: que la dictadura de beneficios y tendencias musicales acaben con el viaje antes de empezar.


Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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