THE JAYHAWKS en Estocolmo: sonrisas y melancolía del señor Proust

The Jayhawks tienen nombre de ave, y son para mí una especie particularmente escurridiza. Siempre un paso por detrás de ellos, se me han ido escapando cada una de las veces que han pasado por nuestras salas en los últimos años. Una hazaña sonrojante, teniendo en cuenta que la banda de Gary Louris tiene en la península un destino fijo casi cada vez que se lanza a la carretera. La casualidad ha querido que nuestros caminos se cruzaran en Estocolmo, apenas unos días antes de aterrizar en Barcelona para una gira que, una vez más, iba a perderme. El marco, un salón más parecido a un palacete con sus columnas corintias y telones de terciopelo que a una sala de conciertos de rock, venía a sugerir la elegancia de una banda como The Jayhawks, tan dada el preciosismo en su sencillez. Lo que nos esperaba era una noche de rock suave, algo de folk y todos los bordes que el género americana raspa. Aunque, para nuestra sorpresa, presenciamos un concierto eléctrico, de guitarras saturadas y volumen apabullante.

karl blauAbría la noche Karl Blau, un tipo con nombre de cantautor berlinés proveniente de Washington, cuya carrera ecléctica hasta el extremo no se vio reflejada en su cuarenta minutos de actuación: el country y leve soul que venía presentando encajaba con el color ocre de la noche, de guitarras acústicas, slide, tambores sutiles y un apoyo de teclados casi imperceptible. La banda de Blau meció a un público agradado por los standards de country que iban sonando desde la peculiar voz de su líder, un cowboy de cuello blanco con aires de crooner, absorto en las imágenes que su música evoca: la pradera, la lluvia, la mujer que espera.

Sonaron algunas versiones, casi siempre de tempo pausado, y nada sonó a rock salvo, quizá, los breves minutos en los que el conjunto abordó la popular “To love somebody” de los Bee Gees. Más ruda que la original, y también mucho más insípida. Agradable, llevadero y ligero como una bola de paja paseándose por el porche, de Karl Blau no quedó más que un leve recuerdo al terminar su última canción. Si de algo sirvió su actuación, además de para templar a un público que nunca llegó a mostrarse frío, fue para mostrar la fina línea que separa a una banda de country rock como los Jayhawks de otra de country a secas, y la importancia de esa línea.

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Puede que The Jayhawks tengan su sonido emblemático en las guitarras acústicas entrelazadas y en los coros preciosistas; pero esta gira, en la que presentan Paging Mr. Proust, parece poner mayor énfasis en la electricidad que en el matiz, como si fuesen parte de un cartel de hard rock para el que tuvieran que endurecer su sonido y no decepcionar a las masas. Nada que deba preocuparnos. Bajo el liderazgo de Louris, The Jayhawks probaron su valía en todos los grises que van de la escala del country al rock, sirviéndose tan bien para la sencillez de “Tampa to Tulsa” como para el ruidoso experimento de “Ace”.

jayhawks-10Gracias al impecable sonido de la Nalen, todo por lo que alguien querría asistir a un concierto de esta banda estuvo presente. El pedal steel de Jeff Lyster adornando los pasajes más tristones, los teclados de Karen Grotberg acolchando estribillos, y los coros permanentes de Tim O’Reagan, un batería solvente cuya valía se mide no tanto por lo que hace con las baquetas como por lo que consigue con su voz. A falta del intermitente Mark Olson, O’Reagan es un apoyo imprescindible para que podamos seguir admirando el sonido de la banda de Ciudades Gemelas. 

No faltó un buen puñado de temas del reciente Paging Mr. Proust y, aunque no sean ni vayan a convertirse en grandes éxitos, lo cierto es que no desentonaron en absoluto en medio del cancionero más celebrado del grupo. “The devil is in her eyes” les da tan buenos resultados como la cañera “Big star”, “Quiet corners & empty spaces” podría haber formado parte del mismo álbum que “Blue”. Para goce de una audiencia ya perfectamente absorta, “Smile” elevó el nivel del último tercio de la noche, que ni siquiera bajó con los dos temas que Louris interpretó a solas con su guitarra.

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Dos horas de show. Ni noches interminables ni repertorios de setenta minutos, un equilibrio perfecto para una banda caracterizada por su capacidad para emocionar sin llegar nunca a salirse de su propio mapa. Un mapa que cartografía como ninguno los sentimientos ambivalentes de cualquier individuo. La jovialidad de los días soleados al mismo tiempo que la melancolía tonta de un domingo por la tarde. La aspiración de encontrar caminos mejores tanto como la decepción de quedarse en la estacada. El recuerdo dulce del pasado y la amargura del tiempo perdido. Hubo melancolía y amargura, pero nada en comparación con la alegría con la que nos fuimos a casa, porque una noche en compañía de los Jayhawks es siempre motivo para calentar el corazón.


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Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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