El rock vive y no muere: más gasolina al debate de Jorge Salán

De cuando en cuando artistas de renombre nos regalan algo más que unas declaraciones con las que hacer que suba el precio de alimentos de primera necesidad. Entre tanta perla sin sentido, hay quienes piensan en eso que le está pasando a nuestra música, y hablan de ello con algo más de rigor. Hace poco más de un mes lo hizo Jorge Salán, popular guitarrista español, en un sugerente texto titulado El rock y la música se mueren. Además de muchos aplausos, el texto trajo algunos buenos comentarios y alguna respuesta, en forma de artículo, que ayudó a que el debate siguiese vivo. Esto no va de tener razón ni de firmar el certificado de defunción de nuestra música, sino de encontrar, con respeto, nuevos enfoques desde los que mirar al rock en la actualidad. En este sentido, la opinión de Pablo Linares para LHCB Reviews es tan aplastante como enriquecedora. Este artículo busca seguir el hilo del debate, centrándose en algunos de los puntos flacos de la exposición de Salán, y planteando algunas alternativas a esa mirada oscura sobre el futuro que nos espera.

El sesgo histórico de Salán

Si algo no pasa desapercibido en el extenso texto del madrileño, es su introducción: un recorrido histórico que empieza en África y termina, más o menos, en Seattle. Con asombrosa fluidez, Salán hace que todo parezca parte de un plan trazado que da al traste con la irrupción de Internet. Todo esto era antes creatividad, viene a decir, y ahora sólo quedan raperos. El recorrido, por sí mismo, no tiene mayor problema, pero resulta llamativo ver cómo lo encaja en una historia en la que la música puede concebirse bajo condiciones de esclavitud y violencia pero no bajo condiciones de libre tránsito de bits. 

Coincidiendo con el momento en el que ha crecido, madurado y progresado como músico, Salán pone el final de la Historia, para lamentar que ya nada será como antes. Puede que ya nada vaya a ser como antes, pero los buenos ojos con los que Salán mira la época dorada del rock le impiden apreciar las otras mil ventanas que se han abierto con el portazo de la industria discográfica, y que no necesitan ser como antes, porque son las que dibujan el futuro. En un momento en el que hay herramientas más a mano que nunca, la música tiene abiertas las puertas. Llevará otros nombres, se moverá en otros estilos; a veces serán rock y les tocará vivir en el underground. Pero, por mucho que Salán se lamente, no hay miedo: la creatividad sigue ahí.  

Lo ocurrido desde 1880 hasta el 2000 en el mundo de la música es algo que aún no hemos asimilado”, dice Salán. Esa perspectiva histórica con la que aborda un periodo de espacio y tiempo decididamente caprichoso choca frontalmente con el derrotismo frente a una nueva época que no ha hecho más que empezar, y de la que aún no sabemos mucho: Internet llegó -dice- y se habla de la muerte del rock en todas partes. Lo cierto es que hablar de la muerte del rock ha sido tan recurrente como el rock mismo: se hizo con el punk, con el grunge, y se hará en el futuro cada vez que las cosas no salgan como querríamos.  

El nuevo milenio ha traído pocas superestrellas del rock, pero eso no significa que no haya habido música importante y bandas que han dado otra vuelta de tuerca al rock: Wolfmother, The Strokes, Alter Bridge, Halestorm, Mastodon, Shinedown, Arcade Fire, y otro puñado de bandas que nacieron antes pero rompieron definitivamente en el siglo XXI, como System of a Down, Muse, Coldplay o Machine Head. En ese camino pudimos encontrar estilos más o menos interesantes (personalmente, aborrezco el indie rock), pero indiscutiblemente novedosos. De la misma forma, el revival de ciertos estilos como el blues, el prog o el rock clásico está dándonos algunos de los títulos más interesantes de sus respectivos géneros: nunca llegarán a ser clásicos, pero eso no tiene nada que ver con su calidad ni con el hecho de que “el rock vive y no muere”.

El micrófono y la música grabada iniciaron una industria y mataron otra.
El micrófono y la música grabada iniciaron una industria y mataron otra.

La tecnología: salvación y condena

Siempre a mano cuando hace falta buscar causas rápidas e inmediatas, poner la tecnología en medio de todas las cosas es un recurso muy extendido. Salán lo hace en su texto y, lo que es mejor, lo hace tanto para rotos como para descosidos. Así, gracias a la tecnología que la industria musical arrancó definitivamente (en forma de equipos de grabación, amplificadores, etc.), mientras que otros avances tecnológicos han acabado con lo nuestro. Y, a principios del año 2000, llega Internet. El avance de la tecnología. En tan solo 15 años de su llegada, se habla de muerte del rock por todas partes”. ¿Casualidad? Salán, desde luego, no lo cree.

Es tentador tirar del argumento tecnológico siempre que las piezas no encajan por completo, pero ello no hace la explicación más cierta. Las tecnologías no operan en el vacío, sino en sociedades ya establecidas, con sus relaciones de poder, sus costumbres y sus necesidades. Algunos cambios tecnológicos pasaron desapercibidos, otros cambiaron paulatinamente la sociedad: ninguno tuvo efectos absolutos ni unívocos. Así, por ejemplo, Salán se congratula por la invención del fonógrafo de Edison, pero borra del mapa el drama de las bandas de directo que se ganaban la vida tocando para radios o en sesiones de cine mudo, y que pasaron a estar desempleadas. El micrófono, esa herramienta que hizo grande a Frank Sinatra, tuvo tanta oposición (por parte, generalmente, de cantantes que creían que eso no era cantar “de verdad”, y que ya no haría falta hacerlo, ya que el micrófono lo hacía por ti) como la que más adelante tendrían los teclados, los samples, o el autotune del que Salán se lamenta.

Aquello de que el vídeo mató a la estrella de la radio es mucho más que un estribillo pegadizo: toda tecnología implica cierta elección, y centrarse exclusivamente en los efectos negativos o positivos es sesgado y muy poco constructivo. Por eso, por cada comentario agorero que echa la culpa de todo a Internet, tenemos a alguien que puede responder que, gracias a Internet, la música tiene mayor recorrido, que los lazos entre fans y artistas son más estrechos, que el acceso a la música se ha democratizado. Así pues, equiparar la caída de la industria musical con la música en sí no se corresponde con la realidad.

El argumento tecno-determinista hace aguas por todos los lados por los que quiera mirarse. Puede que el nacimiento de la TV trajera, con los años, la creación de los videoclips y la popularización de la MTV, pero nada nos hace pensar que su posterior decadencia tenga que ver con Internet. De la misma forma, la supuesta decadencia y muerte del rock (¡y de la música, nada menos!) puede buscarse en Internet, pero no es tan simple. Que las tiendas de discos desaparezcan tiene mucho que ver con un descenso en las ventas, sí, pero no podemos pasar por alto lo que ha pasado con esos lugares: ahora son tiendas de ropa, bazares, o bancos. ¿Y dónde se venden discos en el siglo XXI? Además de en Internet, en Fnac, en MediaMarkt, en WallMart o en Amazon. Olvidar el papel de las multinacionales en la pauperización de los negocios locales y en la estandarización de lo que se compra es miope y muy poco atinado. 

Lo que la industria da, la industria quita

Jorge Salán, uno de los guitarristas españoles de referencia
Jorge Salán, uno de los guitarristas españoles de referencia

Inserto en un marco de habilidades y oportunidades, el amargo relato de Salán señala a la industria de la música como uno de los grandes pilares sobre los que el rock llegó a lo más alto. Con multitud de personas -ingenieros, productores, etc.- detrás del artista, dice Salán, el resultado que llegaba a tus manos eran de los que hacían Historia. Así, la industria es la que encauza la creatividad y, sin ésta, los discos que salen ahora no son de los que hacen Historia.

Sobre la impecable factura de muchos de los discos que ahora son considerados clásicos poco podemos decir. Sin embargo, el relato del guitarrista es tan resbaladizo como engañoso. De entrada, olvida -aunque ciertamente no ignora- las abusivas cláusulas que hacen que aún hoy algunas bandas clásicas no vean dinero por su música. Deja de lado, como no podía ser de otra forma, el hecho de que encauzar la creatividad de muchos artistas era al mismo tiempo cortar las alas de esa creatividad, adaptando música bien diferente a esquemas preconcebidos. ¿Cómo tenemos que entender que Waking up the neighbours suene más a Def Leppard que a Bryan Adams? ¿Qué hay de sincero en Whitesnake rehaciendo “Here I go again” entre humo y laca? Por otro lado, Salán pasa por alto todos los álbumes clásicos que han sido creados siguiendo la idea del DIY (do it yourself), y deja de lado los discos cuyo envejecido sonido fue nefasto incluso con profesionales de la producción. Simplemente, no encajan en su argumentación, porque muestran que la industria y sus profesionales no son imprescindibles para la supervivencia de la música. Pero la música siempre ha estado ahí, con o sin industria.

Como explica exquisitamente David Byrne en su nunca-suficientemente-recomendado Cómo funciona la música, no toda producción musical pasa necesariamente por las manos de una industria pendiente de hacer dinero por encima de todo. Hay muchas formas de abordar la producción y distribución de la música, y adoptar unas u otras opciones depende mucho de la capacidad del artista de pensar fuera de la caja. Las posibilidades no son ilimitadas, pero son mucho más abundantes de lo que Salán hace ver.

El apoyo de la industria no tiene nada que ver con el talento, sino con los beneficios. Por eso, no debe sorprender a nadie que los grandes sellos hayan dado la espalda al rock, mientras siguen poniendo dinero para el pop y el hip-hop. Por eso Pink Floyd podía llevar su “Shine on you crazy diamond” a las radios pero nadie pincharía ahora un tema extenso de Opeth. Pero, ¡eh! ¿alguien pretende decir que la medida estandarizada de tres o cuatro minutos de la mayoría del rock ha sido conscientemente elegida, y no determinada por las restricciones de la industria (y de la tecnología)? Igual que los hombres con corbata de “Have a cigar” se encargaron de ensalzar a Pink Floyd mientras ignoraban a otras bandas, las operaciones de marketing ponen ahora a Kanye West en el centro, y a la gente del rock no le queda más que trabajar desde lo underground. ¿Significa eso que el rock se muere? No, claro. Más bien al contrario: nadie tendrá que ponerse laca ni salir en la MTV para que nos parezca digno de ser escuchado.

La música vive

Puede ser nostalgia, pero en mi época de estudiante, veías los parques de al lado de tu casa llenos de gente. Muchos de los chavales con guitarras cantando canciones mientras bebían su birra, creando a la vez que disfrutaban o se pillaban su primer “colocón”. O esperando con emoción ese concierto de Los Suaves o Héroes del Silencio en las fiestas de tal barrio de Madrid”. Sí, es nostalgia. Los “chavales de ahora” puede que no esperen con emoción un concierto de Los Suaves (hay de todo), pero sí lo hacen para la gente que es importante ahora. No sé el tiempo que pasa Salán con gente joven, pero mi experiencia con “los chavales de ahora” ha estado constantemente mediada por la música: conocen a los artistas, buscan canciones específicas en YouTube, se saben las letras y las viven igual que otros vivían las letras de “Hijos de Caín”.

¿No es rock? Pues no, muchas veces no lo es, pero eso no tiene nada que ver con la calidad de la música, ni con creer que la música se muere: las colas están ahora en los conciertos de Justin Bieber o Beyoncé (una artista, por cierto, criticadísima desde el rock por usar varios productores y compositores). Por extraño que le parezca al guitarrista, no es necesario dominar un instrumento para hacer música, controlar una mesa de mezclas puede ser tan meritorio o más que ejecutar un rápido solo, y rapear bien es definitivamente más complicado que escribir la letra de “Rock you like a hurricane”.

La devaluación de la música tiene muchas causas, aunque no parece que entre sus consecuencias se encuentre la defunción de un arte que ha estado ahí antes que ninguno. Para Salán, la música es como comprar una camisa que sólo valoras cuando pagas por ella. Prefiero pensar en la música como un alimento de primera necesidad, como el agua potable o como la calefacción: un elemento vital en la existencia de los seres humanos. Por eso, pasada por caja o gratuita, con industria o sin ella, en condiciones de esclavitud o de libertad, la música seguirá sonando.

Fotos: Víctor Roces

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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