BETH HART – Fire on the floor: de la oscuridad a la esperanza

beth hart fire on the floorA veces, cuando nos pasan por debajo de la puerta el nuevo trabajo de algunos artistas, nuestro corazón da un vuelco. Beth Hart es uno de ellos y la publicación de su último disco en estudio, el pasado 14 de octubre por la discográfica Provogue, de título Fire on the floor, produce cierta alteración cardiaca. Es justo decir que su carrera se ha visto impulsada por colaboraciones en estudio de un músico cinco jotas como Joe Bonamassa, o alguna aparición en vivo con Jeff Beck. Pero, aunque estas cooperaciones hayan llamado la atención de un público más amplio, no podemos olvidar que lo más atrayente, lo que de verdad arrastra a las multitudes a sus memorables directos y a devorar sus discos, es su grandiosa y versátil voz. Por eso, cada vez que la (probablemente) mejor vocalista de su generación mueve ficha, estamos ante un acontecimiento con las máximas expectativas.

Catalogar la música de Beth Hart en Fire on the floor es extremadamente complejo, puesto que la artista explora un amplio abanico de géneros musicales. En cualquiera de ellos mezcla la reflexión apasionada con la introspección más calmada, motivada por la sabiduría que le otorga la experiencia, hasta convertirlo en un trabajo muy personal. Además, parece desafiar cualquier estilo para mantener tanto el interés del oyente como el suyo propio, hasta provocar la rendición del blues, jazz, soul y algún atisbo rock. Y no es que la variedad tenga una importancia vital en el contexto general del trabajo, como ahora analizaremos, pero sí parece decisivo a la hora de que todos aquellos seguidores que esperaban de este nuevo regalo musical más garra vocal e instrumental, moviéndose en sonidos rock y blues de antaño, puedan sentir que no era lo esperado.

En comparación con su anterior disco, Better than home, con temas más oscuros y de esencia dramática, Beth vitaliza las nuevas canciones con signos de optimismo y momentos sin angustia. Sus miedos y desesperación han sido transformados en paz, aunque musicalmente parezcan mantener caminos equivalentes. Las propias portadas de los discos reflejan ambos estados. Por un lado, esa Beth sentada en el suelo, con la cabeza agachada de forma reflexiva, en colores sombríos, refleja el lado oscuro. Por el otro, esa luz de esperanza con una imagen con la que parece iniciar un despegue vital definitivo, a la vez que su mano sujeta su rostro con gesto de comodidad.

La vocalista americana entrega su corazón y su alma a un conjunto de canciones con narrativas de diferentes colores, equiparable a esa caja de surtido de bombones donde el placer está en sus diferentes sensaciones. En el paseo de felicidad emocional que nos brinda este álbum, donde Beth abraza estilos dispares, su voz nos seduce y agita de forma que hasta sus palabras se despegan de la página. Es posible que algunas canciones no parezcan dar en la diana pero tampoco parece posible no quedar atrapado en esa energía y exuberancia de su voz.

El problema es la sensación de que es un disco en solitario, donde la fonética somete a los instrumentos. Pero es la instrumentación la que señala y añade tinieblas y luminosidad a sus palabras. A veces la música parecerá desnuda y otras más completa, pero es su simplicidad la que permite brillar con más fuego a su lenguaje. Beth refunfuña, seduce, se entristece, se cuasienfada, y hará que el oyente se enamore, suspire y ría. Y, aunque en ocasiones sintamos que la instrumentación no domina y que parece subyugada, la mezcla de músicos de fama mundial nos desdice.

Bajo la batuta del aclamado productor Oliver Leiber (Silvertide, The Corrs, Rod Stewart, y compositor de temas de Foreigner), músicos como Michael Landau, Dean Parks y Waddy Wachtel a las guitarras, el batería Rick Marotta, el pianista Jim Cox y el teclista Ivan Neville, junto a esa producción tan orgánica y sutil, donde se presta atención a los detalles y a los arreglos finamente organizados, todo suena con aires de satisfacción, genera el relajamiento perfecto y las atmósferas adecuadas para facilitar la destreza vocal de la diva.

Cuando nos adentramos en el paisaje discográfico sentimos esa sensación de banda sonora cinematográfica, con una deliciosa y vibrante “Jazz man”, donde el ambiente que retrata, con seductora sensualidad y con mal humor, nos transporta a cualquier piano bar lleno de humo de Manhattan. Cambiamos de local y, en “Love gangster”, con esa sensación inicial de mambo, comprobamos cómo su pintura vocal, casi negra y de gran dureza, se sobrepone a líneas de piano a la deriva. Si en “Coca Cola” vuelve a la profundidad de su parte más sensual, en “Let’s get together” parece un amor resentido, y aunque, en ambas, su voz sea reconocible no parece ajustarse a sus reglas. En “Love is a lie” muestra una energía reflexiva, llena de pasadizos profundos, donde las notas más ardientes reflejan resentimientos de traición. Al igual que en “Fire on the floor”, cuyos fraseos emocionales parecen insultos ante la decepción por la insatisfacción que le produce su hombre.

La intro de guitarra de “Fatman” nos despierta con sobresalto de nuestra hipnosis de calma con un blues rock infeccioso donde nuestro ídolo incendia la barra de cualquier antro de la ribera del Mississippi. Un paréntesis para volver en la recta final a la crudeza del corazón con “woman you’ve been dreaming of”, una canción desgarradora de estructura simple que parece un traje hecho a la medida del silencio que por momentos exigen sus emotivos directos. Lo mismo que “Good day to cry” y “Picture in a frame” canciones de tipo emocional donde Beth pone de relieve su capacidad creativa más íntima. Y, como no podía ser de otra forma, el cierre es tan brillante como la inquietante melodía de piano de Jim Cox. “No place like home” parece transportarnos a mirar por una ventana en un día lluvioso con los recuerdos nostálgicos de aquellos días navideños de nuestra infancia.

Fire on the floor es un trabajo cautivador, donde no hay medias tintas. Para quienes conozcan su obra, abrazarán sus postulados por el hechizo de su brillante opulencia vocal, o tendrán esa extraña sensación de que hubieran deseado más nervio y fuerza instrumental. Para quienes la desconozcan, es el disco perfecto para introducirse en su ingenio. Nos ofrece doce canciones que reflejan una constante búsqueda de la emoción, y del camino que nos lleva a la verdad. Aunque Beth lo haga con diferentes colores, aplicando notas pícaras, humor desenfadado y sea en ocasiones rotunda, sabe encontrar ese equilibrio entre la carga de las emociones y la riqueza de estilos.

Si en Better than home el listón había quedado tan alto que la vuelta podía llegar con un camino lleno de clavos, los ha sorteado con determinación y ha vuelto a entregarnos otro trabajo memorable donde ha sabido fusionar los valores de la vieja escuela y la música contemporánea. En definitiva, un trabajo construido con tejidos de terciopelo, rebosante de entusiasmo, donde la principal razón de su creación parece el fortalecer las bases del sonido Beth Hart, y del que no tengo ninguna duda de que se mantendrá vivo en el recuerdo.


Lo mejor: La reafirmación de que estamos ante la vocalista más brillante de la época.
Lo peor: Que no se asuma que su rol pasional y con garra de antaño haya quedado diluido en favor de una madurez incontestable.


Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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