ROCKINGHAM 2016: frente al desafío de la continuidad

El Rockingham Live descorchó su segunda edición con la expectativa de seguir mejorando y de estar, como mínimo, a la altura de un evento que el año anterior dejó un poso espléndido en el paladar de los asistentes. La organización cogió el testigo del desaparecido Firefest, preservando algunos de sus valores y méritos que los encumbraron como la Meca del AOR y rock melódico europeo. Si bien la primera versión suele tener como objetivo desarrollarse y mantenerse, la segunda es el desafío de asegurar continuidad. La próxima, que parece ser que ya está en marcha, será el momento de la consolidación. Ésa, en principio, es la teoría. Con el análisis que aportaremos de nuestras sensaciones, en la práctica hubo varias virtudes y algunos graves defectos. Las primeras sólo queda mantenerlas y perfeccionarlas. Los segundos, si en su tercera edición no se corrigieran, en vez de consolidación podrían acarrear un claro peligro de subsistencia.

En el corazón de Inglaterra, la ciudad de Nottingham vuelve a ser el lugar de peregrinaje de centenares de penitentes, que buscan satisfacer sus pasiones musicales. Pero, en esta ocasión, en un nuevo templo que, desde la presentación del evento, despertó no pocas dudas. La sala de la Universidad de Trent, un local ciertamente moderno, era el nuevo local donde se nos daría el alimento musical. Durante sus tres jornadas pudimos comprobar cómo salimos ganando en aspectos mínimos como la limpieza de los aseos, se podía caminar sin pegarse al suelo y, quienes tuvimos el privilegio de ubicarnos en la planta vip, disfrutar de alguna que otra comodidad.

El escenario resultaba bastante digno, con altura y tamaño aceptables. No así la poca profundidad del local que, con un auditorio excesivo, nos hacía pensar que podía convertirse en una ratonera. Las zonas de paso parecían inaccesibles o, al menos, su acceso podía suponer molestar al prójimo y eternizarse en el traslado. Pero esa eventualidad no se produjo por algo que contraría al evento en sí mismo, y es que hubo muy poco público. Me atrevería a calcular que menos de la mitad que en la anterior edición. Y esto nos lleva a dos reflexiones: o el cartel, a pesar de algunas bandas ciertamente golosas y algunas reuniones exclusivas, no fue atractivo para muchos, o el cambio, de la todopoderosa Rock City a la nueva ubicación, pesó más de lo deseable.

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Todos los colaboradores de la organización se volcaron con gran diligencia, y mostraron una amabilidad y una cercanía tan especial que enamoraba. Incluso el merchandising ganó muchos enteros con respecto a la anterior edición (esta vez el surtido era más variado y abundante). Pero, en su primera jornada, todo quedó desequilibrado por un sonido indigno. La acústica del local no parecía la idónea y hacía presagiar lo peor. Al término de la primera etapa surgieron algunas preguntas, corroboradas por otros asistentes españoles: ¿cómo era posible que Lee Aaron o Trixter no suscitaran más expectación? ¿Quizá el público autóctono era conocedor de las prestaciones sonoras de la sala, y de ahí su abandono? Parecía lógico mantener cierta incertidumbre dado que la asistencia, tirando por lo largo, no pasaría de las cuatrocientas personas. En días sucesivos el auditorio se mantuvo en números parecidos pero, afortunadamente, en algunas de las actuaciones estelares pudimos disfrutar de un sonido más aceptable.

La primera jornada de cualquier festival que, año tras año, has convertido en visita obligada, tiene ese sabor de reencuentro. Volver a encontrarse con todos aquellos compañeros de fatigas que (en la mayoría de los casos) solamente ves en este evento, genera esa alegría fugaz, con saludos y abrazos efusivos que, para algunos, sólo representa el estar allí de nuevo. Para otros muchos, los eventos de cita anual, más allá de lo musical, han pasado a convertirse en una reunión social enmascarada. Eso que hemos terminado por definir como “buen rollo”. Una vez que pudimos comprobar la modernidad de las instalaciones, las comparaciones frente al coloso de antaño iban a ser inevitables pero, evidentemente, había que experimentar con vivencias para formar conclusiones.

La apertura tuvo como elección a los suecos, Art Nation. Unos imberbes, de segundo de la ESO, que imitan descaradamente a sus mayores de bachiller Heat. Dejaron su impronta con una propuesta temática demasiado plana en ritmo y que, para no ser menos que sus mayores y como la mayoría de bandas suecas, tiraron de pregrabación de los coros. Mi reconocimiento para Alexander Strandell, un vocalista que supera con creces al sentido general de la banda. Eso sí, Grönwall debe de ser el espejo en el que reflejarse; parecen compartir el mismo peluquero y el mismo profesor vocal. No le vendría mal poner de manifiesto su propia personalidad. En definitiva, bolo para ir cogiendo pulso que no generó ningún entusiasmo.

Robby Valentine tenía el reto de superar su pantomima del año anterior (parecía incomprensible su nueva inclusión en el cartel). ¡Y vaya si la superó! Además de un sonido para jubilar a los técnicos, su show fue tan falso como un billete de mil euros. El año pasado nos atracó manualmente con un playback hiriente y la mayoría de su barroquismo pregrabado. Pero al menos tuvo el valor de hacerlo creíble y, para muchos, quedó ese poso de “buen bolo”. Este año pretendió lo mismo, pero cometiendo tantos errores que quedó totalmente desenmascarado. De nada le sirvió la excitación que produjeron las sorpresas de temas como “I believe in music”, o la versión de “Ogre battle” de Queen. A esas alturas, el escarnio había hecho mella en la mayoría del respetable, castigándole con su abandono. A eso habría que añadir que su set se basó, en gran parte, en su mediocre trabajo Bizarro world. Tampoco se comprendió que su esposa, Maria Catharina, que el año anterior lució como parte fundamental del show, en esta ocasión apareciera casi oculta, apartada de todo brillo. Estos ladrones de ilusiones, por mucho talento compositivo que tengan, deberían de ir a la cárcel del olvido absoluto. No se debería ni apoyar, ni promocionar, ni mucho menos justificar estas actitudes.

La canadiense Lee Aaron, acompañada por una banda de lujo, cumplió con creces su largo desplazamiento. Con un sonido deplorable luchó contra los elementos de forma satisfactoria y con la sensación de que hubiera puesto la Rock City patas arriba. Quizá su último disco, Fire and gasoline, no generaba atracción y sus canciones atascaban el show. Pero cuando aparecían temas como “Some girls do” o “Powerline”, su espectacular y cálida voz, junto a su carisma, acompañada por unos honestos y maravillosos coros de sus músicos (a los que además se les notaban tablas) hizo que fueran de menos a más, hasta cerrar con “Metal queen” de forma majestuosa. Mención especial a la sensual y sexy “Whatcha do to my body” donde demostró, con sus contoneos, el título de reina del metal.

Y cerraron los norteamericanos Trixter, el sueño personal de este festival, enseñando sus cartas que, como buenos yankees, nunca están marcadas, y demostrando que son una banda de verdad pero con un sonido de mentira. ¡Dios, qué ejecución de coros! Deberían montar una academia para suecos y que aprendan, no sólo su buen hacer, sino la palabra “honradez”. La formación, liderada por un dinámico Peter Loran, demostró su categoría con ese plus que sólo las bandas norteamericanas saben darnos. Fueron cayendo clásico tras clásico “One in a million”, “Line of fire”, parando el show con la calidez de la balada “Surrender” y revitalizando el bolo con temas de su último trabajo como “Rockin to the edge of the night”, hasta hacernos sentir que allí había banda. Pero, a pesar de que saben navegar a contracorriente y te dan ese feedback que les lleva a otra dimensión, también mostraban su descontento por lo que allí sonaba. Tristemente, a medida que la magnitud de la banda iba sumando galones, subía el volumen pero también aumentaban los defectos, con un sonido que se sentía totalmente resquebrajado. No sólo saturaba, sino que parecía roto.

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Con la mente puesta en la posible mejora de las prestaciones sonoras de la nueva sala, comenzó un segundo round. Stone Broken ayudaron a hacer la digestión del desayuno con una propuesta de rock moderno, marcando pautas (según los entendidos) de buen comportamiento. Al no comulgar con su estilo, la falta de interés me produjo cierto hastío. Pero su actitud y ejecución, y a juzgar por los aplausos recibidos, debieron de ser muy positivas. El hard rock melódico de corte británico de Blood Red Saints no sumó ni restó. Cómo diría un comentarista deportivo “ni bien, ni mal, sino todo lo contrario”. Su vocalista, de físico y movimientos similares a Jim Jeehad de Alien, y de sospechoso parecido vocal a Steve Overland, daba el toque de calidad a una formación que, además de pregrabación de los coros, sólo ofrecía estar y ejecutar sin brillo. Nadie les hubiera echado de menos.

Uno de los platos fuertes de la tarde venía de la mano de los británicos Lionheart, banda del ex-Maiden Dennis Stratton. El sonido fue brutalmente alto, con una pared instrumental tan aguda que sangraban los oídos. Tres simples apreciaciones, en otra de esas actuaciones esperadas por una reunión que hacía décadas que no se producía y que, después de lo vivido, mañana nadie recordará: los coros eran tan perfectos que tenían síntomas de mecanismos informáticos. Su vocalista, que no se ganaría la vida como frontman, al menos, cantaba con tremenda solvencia. Y, finalmente, su líder (como buen heavy, flying en mano), consiguió, con sus solos, hacernos recordar a la dama de hierro de su primer trabajo. Como nota destacada nos regalaron un nuevo tema que desconozco si formará parte de un nuevo trabajo, o si simplemente fue algún descarte de su único disco publicado hace ya más de treinta años.

Luego llegarían dos actuaciones consecutivas de dos bandas suecas: Crazy Lixx y The Poodles. Los he visto en varias ocasiones, y hacerlo de nuevo es como hacer el camino rutinario de casa al trabajo: siempre las mismas farolas, los mismos pasos de cebra y los mismos árboles. Con estos chicos siempre tienes la misma sensación. Se han aprendido la tabla de multiplicar cantando y primero te cantan la tabla del uno, luego la del dos y así sucesivamente. ¡No varían ni el orden de las tablas! Crazy Lixx con nueva formación, excepto su vocalista, lo hicieron bien, acompañados de uno de los mejores sonidos del día; pero no sorprenden, no traspasan. Es como mirar al mismo árbol de siempre al lado de casa. Una banda de sleaze tiene que arañar, rasgarte la piel, y estos chicos son demasiado light. Por su lado, los caniches viven de su docena de canciones y de milimetrar tanto el show que les falta alma y autenticidad. El rock es muchas cosas menos aritmética.

jean-beauvoirY llegaban los platos más esperados de la tarde. Jean Beauvoir empezó con tanta fuerza que parecía que iba a lavar aquella imagen lamentable de su actuación con los Crown of Thorns del 2009. Y lo hizo, en parte, con un set equilibrado, incluso tocando temas compuestos para Kiss como “Uh! All night”, la magnánima “Dying for love”…pero se fue diluyendo a medida que pasaba el show, hasta volvernos a martirizar con el “Rock and roll” de los Zeppelin. Su problema, dentro de su más que aceptable bolo, estuvo en la planicie de su ritmo. Con todo, él estuvo a la altura en una formación que destacaba, en lo visual, por su espectacular bajista, y la frialdad e impersonalidad instrumental de su guitarrista Lafferty.

Hasta que llegó Matijevic y puso patas arriba la desesperante sala de la universidad de Trent. El sonido era altísimo, aunque en esta ocasión el brillo era bastante aceptable. Pero uno dudaba de si la voz de nuestro héroe no terminaría por resquebrajar el techo. Este chico no es un cantante: parece el King Kong de los vocalistas. Sus alaridos podrían escucharse, perfectamente, en la ciudad vecina. El único defecto de Steelheart fue escoger un set mediocre, con cuatro temas de la BSO de Rockstar, y pervirtiendo su maravilloso legado musical con otras dos versiones de Zeppelin: “Black dog” y un fin de fiesta con “Immigrant song” que nunca terminó de cuajar. Aunque sólo escuchar la balada “She’s Gone”, y esa voz desgarradora que hacía temblar hasta los cimientos de la sala, ya había merecido la pena el viaje. Había tenido ocasión de verlos en Suecia, y aquel concierto, con una banda totalmente distinta, fue un caos de actuación. Su líder demostró que, además de ser un gran frontman, no hay muchos vocalistas del hard rock con sus registros. En definitiva, una grandiosa actuación para cerrar una jornada olvidable pero con un gran broche de oro.

En su última jornada, el Rockingham mostraba sus últimas bazas con propuestas para todos los gustos. Nuestro amigo Enrique Corredera, experto conocedor de estos estilos y gran devorador de directos, nos ilustra con sus impresiones. La gran promesa del rock melódico inglés, Angels or Kings, tuvo en general una actuación más que correcta, con un buen vocalista y manejándose con un estilo mezcla entre FM y Shy. Su hándicap fue que todos los temas se parecen entre sí, aunque en directo salgan beneficiados porque eligen los mejores. Los pocos momentos que pudo disfrutar de la actuación de la Alessandro del Vecchio Band, tuvo la sensación de que, aunque la banda sonaba bien con un Nigel Bailey haciendo buen trabajo doblando las voces del italiano, a Ale le sienta mejor estar detrás de las teclas que en primera línea.

 

Uno de los mayores alicientes del festival era Fortune. Venían con la ausencia de Roger Scott Graig, pero ahí estaban los hermanos Fortune y Larry Greene. El sonido, por estar menos alto y saturado que con otras bandas, fue mucho mejor de lo habitual. Las teclas que caracterizan el sonido pompy de la banda se pudieron escuchar esplendorosas, así como las punzantes notas de guitarra de Richard Fortune. El peso lo llevó su vocalista Larry Greene, que, sin ser un gran frontman ni hacer excesos vocales, cantó excelentemente y nos permitió disfrutar de su reconocible voz. Les pasó factura su único trabajo que consta de varios medios tiempos y temas lentos. Los temas más enérgicos como “Thrill of it all” o “Lonely hunter” se agradecieron y aplaudieron mucho más.

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La principal sorpresa de From The Fire fue que salieron a escena con una teclista llamada Jenny. El concierto se basó en su maravilloso debut. J.D. Kelly estuvo soberbio, simpático, pletórico de voz. El nuevo fichaje es una chica sosa, tímida, inexperta, que cantó de forma correcta pero lánguida “Spark and flame”. El resto de la banda se mantenía en un segundo plano. En resumen, buen concierto, con mejor sonido de lo habitual, con falta de ritmo porque la mayoría del set se basó en medios tiempos y temas lentos.

Se sabe que Danger Danger son garantía de éxito para este tipo de festivales, y The Defiants son sus hijos bastardos. Las habituales bromas de Bruno Ravel, la tremenda voz de Paul Laine que arrasaba con el público, Marcello en un segundo plano con sus virguerías de siempre, y un batería sueco que tuvo que soportar unas cuantas bromas, hicieron que fueran los favoritos del auditorio de todo el evento. El set también ayudó. Cayeron los temas más comerciales de su debut, “We are the young” y “Dorianna” del primer disco de Paul Laine, tres canciones de DD de la época de Laine, y pusieron la guinda del pastel con “Beat the bullet”.

Secundada por una banda más que correcta, de músicos totalmente desconocidos, nos quitamos la espina de saborear en directo, con su portentosa voz, a Kevin Chalfant. El mayor inconveniente para parte de la audiencia estuvo en la elección del setlist. Tres temas de Journey, dos de 707 (poco conocidos por la gran mayoría), el sentido homenaje a Jimi Jamison con “High on you”, y solamente dos temas de Storm, que era el mayor deseo de los asistentes, junto a ese cierre con “Touchin’, lovin’, squeezin’”, no era lo esperado, pero dejó en los asistentes una sonrisa de oreja a oreja. Aunque faltara el ritmo y concatenación que sí tuvieron The Defiants, el concierto estuvo bien en general.

En opinión de nuestro colaborador, la parte negativa estuvo en la nueva sala donde el principal problema estuvo en el sonido. Por otra parte, tampoco supuso un problema su falta de profundidad porque en ningún momento se estuvo incómodo. Pero tuvo mucho que ver que hubo mucho menos público del esperado. Es como si cientos de fans del melódico le hubieran dado la espalda y no quisieran seguir con esto. En la parte positiva, sigue habiendo ese buen ambiente en la sala y alrededores, buen servicio de barras, se ha mejorado en los aseos, y seguimos pudiendo disfrutar de bandas de mucho nivel a pocos metros (algunas que nunca hubiéramos imaginado como Fortune o Lionheart). Palabras que exteriorizan el sentir general de la gran mayoría con los que tuvimos ocasión de intercambiar opiniones.

A pesar de la modernidad de la sala, la sombra de la Rock City es alargada, y hay que entender que invertir en low cost puede traer consecuencias. También es cierto que el público del rock melódico, que año tras año se trasladaba a Nottingham de forma masiva, parece haber dado la espalda a este proyecto, aunque tampoco haya una evidencia clara de su abandono. Sea por la razón que sea, quienes defendemos cualquier manifestación en vivo de nuestros estilos favoritos, apoyaremos con firmeza cualquier proyecto serio que quiera apostar por ellos. Y la organización del Rockingham ha demostrado su voluntad y buen hacer.

Pero, si quieren seguir teniendo crédito y abordar un tercer año con objetivos de consolidación, el Rockingham debe aprender de los errores. Y no dudamos de que haya habido felicitaciones, algunas de ellas de compadreo y otras muchas de corazón, pero desde esta web no somos dados a regalar oídos y secuestrar voluntades. Creemos que es el momento de hacer auto-crítica y muchas de las opiniones vertidas en esta crónica pretenden ser constructivas. Su éxito es también el nuestro, porque colmará nuestras pasiones. Por lo que no debemos olvidar que este público parece haberse instalado en esa corriente de exigencia máxima y penalización de cualquier anomalía. Muerta la segunda edición el desafío de la tercera es el de la consolidación. Palabra de Rock siempre estará para seguir sumando.

Fotos: Joaquim Valls

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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