Rock, psicodelia, y el mejor Hammond que puedas escuchar: SIENA ROOT en Estocolmo

Siena Root no venían exactamente presentando este nuevo álbum. Más bien estaban anunciándolo. A dream of lasting peace será publicado en abril, y su portada vio la luz apenas unas horas antes del concierto que la banda tenía apalabrado en un tugurio llamado Undergången. Un lugar poco espacioso y algo incómodo, con aroma a club clandestino, acústica discutible y un tablado de dos palmos por escenario. Razones insuficientes para perderse a una de las mejores bandas de hard rock clásico poniendo en marcha los motores del autobús que los llevará a recorrer Europa durante los próximos meses.

Las primeras luces de la noche las puso Orkan, un quinteto de rock clásico cuya falta de tablas resultó completamente disculpable, teniendo en cuenta la insultante juventud de sus integrantes. Puede que no pasen las dos décadas de vida, pero se les intuye ya un talento (es decir, mucho trabajo duro) que da como resultado un sonido con la suficiente personalidad como para golpear la mesa en los próximos años. Suenan ecos de Jefferson Airplane y de Graveyard, pero se las ingenian para sonar diferente y llamar nuestra atención.

No será difícil dar con ellas: con la presencia constante de un saxo en mitad del escenario, Orkan se aseguran una imagen que, para bien o para mal, llama la atención. Cantaron a una, dos y hasta tres voces, y lo hicieron en su idioma materno, en una apuesta arriesgada que cierra puertas hacia el exterior, pero que abre su propio nicho en la noche sueca. Cantaron sobre gente que lo pasa mal, sobre mujeres, sobre personas refugiadas, aunque caló menos el mensaje que la música, basada en síncopas y fraseos de vientos que obligaban a prestar atención.

Sin demasiadas virguerías, más pendientes de no hacerlo mal que de dar un concierto memorable, la banda tocó un puñado de temas que prometen más de lo que dan, algunas buenas ideas que, con un buen productor, tomarán forma de grandes canciones. Gustaron entre el público, se llevaron muchas ovaciones, y no pudieron dejar el escenario hasta tocar un bis por aclamación. No es mal comienzo para una banda que ni siquiera ha publicado un debut.

En la cuevecilla cada vez entraba menos gente, y para cuando Siena Root subieron el peldaño del escenario, difícilmente cabía nadie más. Rompió el riff de “Dreams of tomorrow”, y supimos que estábamos en buenas manos. Con un sonido injusto para una banda que aprovecha tan bien los horizontes sónicos, cayeron sin apenas percibirlo “Little man” y la soberbia “Between the lines”. El nuevo frontman del grupo, Samuel Björo (esta vez, dicen, parece que será el definitivo), es un tipo mucho más joven que el resto, pero le echa más ganas que ninguno. Suyo fue quizá el papel más pesado de la noche: ponerse en los zapatos de todos los vocalistas que han pasado por la banda no es sencillo, y está más cómodo en unas tesituras que en otras.

Quizá por eso el set se acercó más a su primer álbum, A new day dawning, al ya clásico Pioneers, y también a ése que está por llegar. Del muy esperado A dream of lasting peace nos mostraron un par de adelantos que apuntan en la dirección conocida y todavía no suficientemente aprendida: los riffs pesados, los teclados omnipresentes, y un groove en el límite de la cordura que marcan la línea de fuga habitual en Siena Root. Quedaron buenas sensaciones, y el recuerdo lejano de algún estribillo que podría haberse quedado pegado a la memoria de no haber ido acompañado de otras canciones (“Going home”, “In my kitchen”) que, éstas sí, las llevamos en la cabeza sin más remedio.

Dicen que no hay dos conciertos de Siena Root iguales entre sí, y yo aún no puedo negar ese axioma. A diferencia del magnífico show de hace un par de años, ésta fue una noche de temas compactos, alejados de jams enredadas, donde casi ningún tema sobrepasó los cinco minutos. A ratos incluso parecíamos estar frente a una banda corriente. Pero Siena Root rara vez son corrientes. Son, más bien, como una nave de la que van saltando unos y entrando otros, donde no hay capitán pero donde existe un caos controlado. Un todos para todos que permite la locura individual a la vez que la ata al relato conjunto.

En intervalos insondables, el protagonismo de unos se eleva por encima del resto, y las miradas se cruzan como diciendo “venga, ahora tú”. Entonces, el siguiente par de minutos se convierten en momento para la gloria de la sección rítmica. Más adelante son las seis cuerdas las que se lucen en solos breves pero punzantes. La mayoría de las veces, los aplausos se los lleva el Hammond de Erikk Peterson: el mejor Hammond que puedas escuchar hoy en un escenario. Fue él el que ayudó a que se desatara la locura varias veces, moviéndose sin parar desde su oscuro rincón al que las dimensiones de la sala lo habían relegado.

Empañó el concierto un set demasiado corto, una ecualización que ahogaba la voz entre tantas capas de sonido, y los problemas técnicos durante la interpretación de su obra maestra definitiva, “Root rock pioneers”, que ni siquiera cuando la guitarra falla deja de ser un corte excepcional. Pecados menores, circunstancias puntuales que escapan a la propia banda y que no manchan la realidad: que Siena Root es una de las bandas de retro-rock más en forma de la actualidad, y uno de los valores más seguros sobre un escenario.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
Julen Figueras on FacebookJulen Figueras on Twitter

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

2 × 1 =

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.