Susurrando a mil oídos: ISRAEL NASH en Estocolmo

El mal trago al saber que Israel Nash abría la noche para otra banda me duró varios días. Al Globen de Estocolmo se acercaron varios miles de personas, y puede que yo fuera el único más interesado en disfrutar del show acústico del telonero que de la banda principal de la noche. Band of Horses, casi superestrellas, no han parado de crecer en los últimos años, y están acariciando con los dedos la etiqueta de mainstream. Si Nash cae del lado más country y rock del género americana, la banda de los caballos está en la carretera paralela, la del indie que tan bien vende hoy. Dos bandas aparentemente bien avenidas para una noche en comunión…salvo que se te atragante el indie rock.

La noche, sin embargo, no parecía que fuera a ir de géneros. De esos miles que llenaron el pabellón, sólo una minoría parecía haber salido de alguna tribu musical. La mayoría no era más que gente normal, parejas de unos treinta años de las que puedes encontrar en un centro comercial cualquier domingo por la tarde. Y esa fue la sensación al escuchar las primeras canciones de Band of Horses: música de consumo rápido perfectamente encasillado en la era del indie pop-rock. La música de los nuevos centros comerciales. Odio los centros comerciales.

Pero ése fue el final de la noche, y antes íbamos a disfrutar de un breve e intenso recital de Israel Nash. Intenso, porque incluso sin guitarras eléctricas ni batería, el magnetismo de su música cortaba el aire y la conversación de cualquier sueco despistado. Breve, porque ni siquiera la muletilla de “de lujo” que acompañaba a la etiqueta de “telonero” permitió que el concierto se extendiera más de media hora. Nash no es un desconocido, y de entrada alguien podía esperar un cartel compartido más que el acompañamiento de un segundón. Lamentablemente, la noche no dio para más que siete u ocho canciones perfectas. Pudieron haber sido veinte, igual de perfectas.

Aunque no las tenía todas consigo, Israel Nash se las apañó para crear un ambiente intimista en un escenario diseñado para shows de masas. Con su voz potente y dulce nos cantó al oído, uno a uno, incluso a quienes pensaban que el asunto no les concernía. Enganchándonos con una melodía o un acorde inesperado, el rubio tejano conseguía mantenernos en vilo con cada canción. La gente, que acaso escuchaba su música por primera vez, callaba y miraba, y con el final de cada canción rompían los aplausos.

Acompañado de una guitarra acústica, un pedal-steel y un sonido inmejorable, el cantautor de gemas como “Rain plans”, “Fool’s gold” o “Mansions” tocó sin descanso, como quien no tiene ni un segundo que perder antes de decir su última verdad, parando sólo para agradecer los aplausos de un público absorto y la oportunidad que Band of Horses le brindó de estar ahí esa noche. Una formalidad que habla de la humildad de un músico bastante conocido pero todavía no lo suficientemente reconocido.

Dueño de todas las miradas, Nash se perfilaba como un grandullón en mitad de un escenario prácticamente vacío pero lleno por su presencia. Repasó algunas de las mejores canciones que han figurado en sus dos últimos trabajos, e hizo especial hincapié en su obra más reciente, Silver season. En la línea del Neil Young acústico de álbumes como Old ways o Harvest moon, las composiciones de Israel Nash son aparentemente sencillas pero riquísimas en matices, y la instrumentación colorida de sus álbumes en estudio es una de las características más sobresalientes de su música. Sin embargo, estas versiones desnudas apenas quedaron deslucidas: gracias al talento sobredimensionado de Eric Swanson y su pedal-steel, ninguna canción quedó huérfana.

Quizá por lo austero de la puesta en escena, salió a relucir la grandeza de unas canciones minuciosas, cada composición con sus piedras preciosas colocadas una a una, a veces en forma de coros preciosistas, de guitarrazos desgarrados en otras, y la mayoría de veces con ese pedal-steel que no fue menos del cincuenta por ciento del sonido mágico de la noche. Como tener una iglesia metida en una caja, en palabras del propio Nash. A veces como mero acompañamiento, otras con largos solos, el talento de Swanson hizo que su guitarra tumbada sonase ora como un piano, ora como un violín. En canciones como “LA Lately” su contribución llevó el concierto a su punto álgido.

Media hora. Siete u ocho canciones. Casi pareció injusto cuando se despidió con un himno traído expresamente en estos tiempos oscuros. Venceremos, dijo, y nos cantó al oído el “I shall be released” de Bob Dylan. Han pasado cincuenta años desde aquélla, pero el mensaje llegaba claro hasta nuestros días. Así de atemporal puede ser la música en ocasiones.

Fue un broche final agridulce, no tanto por la maravilla vivida sino por la idea de lo que pudo haber sido y no fue. Si Israel Nash puede erizarnos el vello durante media hora con un par de instrumentos y un micro, ¿de qué no será capaz cuando lo acompañe toda la banda e interprete un set completo? Esperaremos a la estación plateada para saberlo.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Encuentros.

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