Resistencia contra desánimo: DRIVE-BY TRUCKERS en Estocolmo

Drive-by Truckers está en la cresta de su ola. Puede que hayan publicado su mejor álbum hasta la fecha, acaban de terminar su gira europea más exitosa; y su música, relato de malos tiempos y propuesta de otros mejores, es más importante que nunca. Sin haber pasado por nuestro país, la banda americana del sucio sur terminó su gira -la mejor que han hecho en el viejo continente, repitió Hood un par de veces- en Estocolmo, en una sala de medio aforo a la que le faltaron entradas para satisfacer la demanda. Algunas personas quedaron fuera.

Sin introducciones pregrabadas ni aspavientos de rockstar, Drive-by Truckers salió al escenario como quien se pone el mono de trabajo y el casco antes de entrar en la mina con un pico y una pala. Con un calor sofocante que los puso a sudar desde el potente arranque con “Surrender under protest”, la banda golpeó sin parar con canciones de su fantástico American band y otras piezas, casi siempre mejor recibidas, de su amplio catálogo. Parecían tener prisa por terminar el concierto, aunque en realidad no era sino el ansia por compartir ese don que tienen entre manos, con el que radiografían su sociedad en sus claros y en sus oscuros.

Sin dejar pasar ninguno de sus álbumes (ni siquiera Gangstabilly, del que recuperaron “The living Bubba”), la tenacidad y decisión con la que ejecutaron cada uno de los temas mostraba las ganas que tiene la banda de contarnos su historia, que es la historia de cualquier persona que vive en la Norteamérica actual. Pasan los lustros, cambian los personajes y los decorados, pero el quinteto de Georgia sigue tocando la misma vieja canción: la canción de los forajidos, la de los perdedores, la de la gente sencilla que sólo buscaba vivir bien antes de que todo se fuera a la mierda.

Ahora que cada vez hay más perdedores y el peor de los forajidos es el que manda en su país, Hood y Cooley se alejaron con temeridad de la equidistancia que se espera de cobardes y prudentes para meterse de lleno en el barro. Sin necesidad de discursos solemnes ni impostados “fuck you”, las dos guitarras y las dos voces se fueron intercambiando en el rol protagonista para hacer que la música hablara por sí sola. Si su American Band sonaba ya perfecto en disco, interpretadas en directo adquirían una nueva relevancia. Podía decirse que la banda había cruzado el charco sólo para recordarnos que una vez les prohibieron “Imagine”, que todo empezó con la construcción de una frontera, y que si no entiendes las protestas raciales de su país es porque el color de tu piel te defiende cada día.

Tan centrada estaba la banda en mostrar su verdad que a veces parecía perder el equilibrio entre agresividad y matiz. Conocíamos el material, y eso ayudaba, pero la mayoría de las veces parecíamos estar viendo a una banda tocando en su garaje: no faltaba magnetismo, sobraban decibelios. En las primeras filas, todo era una bola de sonido insoportable que sólo se arreglaba al distanciarse tres o cuatro metros, desde donde la guitarra de Cooley no se comía todo lo demás.

Desde ahí, desde más atrás, todo se escuchaba con más nitidez, y se veía a la banda de otra forma: más compacta, más compenetrada. La base rítmica entre la bruma, el apoyo de teclados y (¡más!) guitarra de Jay Gonzalez, y las dos figuras centrales. Patterson Hood fue el frontman de la noche, supliendo la apatía de Cooley con su carisma y sus movimientos: lo mismo ponía a saltar su cuerpo pesado como se arrodillaba, micrófono en mano, para seguir la canción con la pasión de un cantante de soul.

Pasadas las dos horas, cuando parecía que no quedaba nada por cerrar la noche, llegó la mejor parte. Dejando las lentas de lado, el quinteto regresó a su Southern rock opera para reivindicar algunos de sus clásicos: “Zip City” y “Shut up and get on the plane” sonaron bien, pero fue “Let there be rock” la que dio la medida del resto del concierto. Nada antes ni después de este himno fue tan atinado, tan potente ni tan celebrado.

Cerró la noche “Hell no, I ain’t happy”, y pudieron dejar las herramientas con la satisfacción de haber hecho bien su trabajo. Hubo altibajos, la noche estuvo lejos de ser perfecta, pero lo que finalmente nos llevamos a casa fue el mensaje de la banda, grabado con cincel sobre la roca: hágase el rock, y no dejéis de resistir.

Fotos: Alex Roger Reig

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Encuentros.

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