DORIAN LYNSKEY – 33 revoluciones por minuto: una historia de la canción protesta

¿Para qué es la protesta? Para todo y para nada. Protestamos cuando se nos imponen decisiones que afectarán nuestras vidas. Protestamos para mostrar nuestro desacuerdo, para que quede constancia de que quien vence no siempre convence. Para no ahogarnos en nuestro propio silencio. Para llevar la derrota diaria con otra dignidad.

Puede que la protesta sea en sí misma un recurso débil, pero cuando alzamos la voz a través de canciones, la protesta se convierte en algo más: se expande en el tiempo y en el espacio. Las canciones se descuelgan de su momento particular y pierden su denominación de origen. Hacen del malestar solitario un grito compartido. Sirven para otros momentos y otros lugares. Actualizan las luchas, las dotan de una banda sonora y de un hilo conductor. El primer libro de Dorian Lynskey, 33 revoluciones por minuto, tira de ese hilo para contarnos el siglo XX a través de las canciones que acompañaron las resistencias.

Editado hace ya más de cinco años (algo menos desde su debut en castellano a través de Malpaso), el primer libro del periodista británico es un tomo de casi mil páginas que se lee con la facilidad de un relato corto. De algunas canciones protesta ya se había hablado mucho anteriormente. También de movimientos sociales que fueron acompañados de música (¿existió alguno que no lo fuera?). El esfuerzo de Lynskey va mucho más allá, y aborda de un solo golpe los momentos políticos y musicales más relevantes del mundo anglosajón, desde los linchamientos raciales hasta la ignominiosa guerra que siguió al 11S, pasando por los derechos civiles, la lucha LGTBI, la guerra de las Malvinas, la de Vietnam, la del Golfo y la del Bronx y la de Seattle. Demasiadas malas noticias para digerir de una sentada, pero que esconden, a pesar de todo, la imaginación de un mundo mejor.

Ágil y claro, entretenido y excepcionalmente bien informado, 33 revoluciones por minuto está inteligentemente dividido en treinta y tres capítulos más o menos independientes que dan la opción de saltarse lo que ya se conoce para centrarse en lo que más interesa. Puede que a nadie le resulte novedosa la historia detrás de Born in the USA, pero figuras como la de Crass, Phil Ochs o Curtis Mayfield salen beneficiadas aquí de un repaso que la mayoría ignora. Es en esas incursiones más inesperadas cuando la narración se hace realmente imprescindible. Con todo, incluso en los casos más célebres, Lynskey se las ingenia para aportar datos y puntos de vista que lo alejan de los lugares comunes wikipediables.

En 33 revoluciones por minuto, sin embargo, no está todo, y también hay algunas ausencias llamativas para quien tenga la mirada un poco amplia. Lynskey ha sido exhaustivo en su labor documental, pero laxo a la hora de elegir sus treinta y tres reportajes, centrados casi todos en el mundo de habla inglesa. Salvo los casos de Fela Kuti y Víctor Jara (al que le dedica uno de los capítulos más potentes) el libro ignora la rica producción de resistencia que emergió de entre las dictaduras latinoamericanas, de la Europa continental, de la Africa poscolonial y, en general, de la periferia del mundo. Material que podría servir para completar un segundo tomo, de no ser porque buena parte está ya recogido en el recientemente publicado Músicas contra el poder de Valentín Ladrero. Lo abarcado por Lynskey es, para su extensión, una hazaña a la que se le pueden poner pocas pegas.

El libro, aunque dirigido principalmente a un público con inquietudes musicales, funciona igual de bien como lección introductoria sobre la Historia contemporánea. La canción protesta es un subgénero que, ante todo, habla desde la actualidad con el fin de cambiar la realidad fea en la que les ha tocado nacer. Por eso, Lynskey aprovecha esas canciones que definieron su época para contárnoslas en su contexto convulso. Historia reciente cuyas causas, consecuencias y mil ramificaciones resultan tan importantes que, a veces, la música pasa a ser secundaria. Al fin y al cabo, por más épica que queramos inyectarle, el rodillo del poder terminó por aplastar o fagocitar casi todas las voces disonantes, y al autor no le queda sino reconocer que la canción protesta sirve para poco.

Para poco, quizá, pero no para nada. Si lo confrontamos con leyes y gobiernos, está claro que las canciones para protesta son tan inútiles como el libro que las recoge. 33 revoluciones por minuto, sin embargo, está lejos de ser un libro superfluo. El trabajo de Dorian Lynskey nos sirve para recordar que allá donde hay poder habrá resistencia, que la música es una de las pocas cosas que quedan cuando nada queda, y que protestar sólo deja de ser útil cuando se está del lado del que aprieta. Por eso, en artículos, libros o poemas, la historia de la canción protesta no dejará de escribirse nunca.


Lo mejor: todo lo que puedes aprender
Lo peor: el saldo descompensado de nombres anglosajones


Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
Julen Figueras on FacebookJulen Figueras on Twitter
Entrada publicada en Juicios Injustos.

Podrían interesarte:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 + 15 =