Homicidas del rock and roll: MONSTER TRUCK en Bilbao

En el pasado Sweden Rock fui espectador de uno de esos conciertos que quedan tatuados en tu cerebro a sangre y fuego: los canadienses Monster Truck salpicaron las campas de Norje de sudor maloliente de rock and roll, donde un bullicioso público quedó totalmente sordo de su estallido sonoro, y perplejo de esa bobina mortal de revoluciones que giraba sin darte respiro. Con tales antecedentes, y conociendo su gira por el viejo continente con parada en nuestro país, se hacía impensable la sola idea de no revivir aquella hecatombe asesina. Así que su paso por Bilbao, en una noche de domingo con síndrome de lunes, se convirtió en una cita ineludible no sólo para mi rockera mollera, sino para las más de doscientas personas que compartieron experiencia en el Antzokia.

The Picturebooks, el dúo alemán que exploró el terreno como patrulla de reconocimiento, salió primero a escena. Las primeras escaramuzas de su propuesta nos indicaban que su estilo iba a ser muy complejo de clasificar. El guitarrista Fynn Claus y el batería Philip Mirtschink nos ofrecieron unos sonidos densos y ensuciados, a veces con ritmos sólidos industriales, y otras con ritmos tribales rodeados de un aura espiritual, lo suficientemente originales como para que la parroquia (que habitualmente ignora a las formaciones teloneras) quedara totalmente engatusada. De entrada no era fácil imbuirse en esos sonidos crudos, de canciones chirriantes, con tambores que martilleaban los oídos como si estuvieran aporreando un yunque, y con dobles voces que resonaban como un sacrificio en una tribu lejana. Pero, a medida que pasaban los temas, te iban contagiando, hasta el punto de que, sin darte cuenta, te veías cantando esos coros hipnóticos que recuerdan mucho a los cánticos tribales de indios americanos.

Su corto repertorio incidió en mayor medida en su tercer y último disco titulado Imaginary horse. Durante treinta y cinco minutos pudimos escuchar temas llenos de ideas peculiares como “PCH Diamond”, “Your kisses burn like fire”, o “Learnt it the hard way”. Su agitación nerviosa en el escenario también te arrastraba al deseo de seguirlos. En mi dilatada carrera concertil jamás vi a un músico aporrear los tambores con tal saña. Dio por bueno el dicho “ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Philip sudó como para ganar una panadería entera. Curiosa la forma de alternar sus golpeos con tocar la pandereta con un aparatoso micro. Fynn tocaba su guitarra con un sonido tan grueso y manchado que sus estridencias casi te hacían sentir que te cegaba la arena del desierto. El respetable terminó aplaudiendo a rabiar con verdadera sinceridad. Aplausos que nunca parecieron forzados por la educación, como lo demostraba la cantidad de vinilos de su último trabajo que se veían debajo de muchos brazos. En definitiva, The Picturebooks puede ser una banda pionera en un estilo que marque a una nueva generación.

Tras los alemanes, la escuadra canadiense Monster Truck salió al entablado como el séptimo de caballería en Little Big Horn: dispuestos a morir con las camperas puestas.Why are you not rocking?” fue la encargada de tocar arrebato a toque de corneta, donde el músculo y un sudoroso rock and roll generaban suficiente energía como para hacer latir el corazón con fuerza y erizar el bello de los brazos de una sala que estalló con estrépito, y demostró, con sus cánticos, ser gran conocedora de la música de sus ídolos.

Sin tiempo para coger aliento, con canciones como “Old train” o “Don’t tell me how to live”, estos chicos demostraban que no sólo son una banda de rock, sino que son verdaderos adoradores de su religión. En el apartado técnico combinan con extrema facilidad la sensibilidad blues con el rock retro 70’s sin clichés. En unas primeras sensaciones fascina percibir el sonido del tacto de unos dedos callosos al golpear las teclas del órgano y los instrumentos de cuerda.

The enforcer” castigó las anginas de los entusiasmados asistentes que cantaban los adictivos coros como si mañana se acabara el mundo. El ritmo de las canciones era tan infernal que uno se preguntaba si el cuello iba a sobrevivir. Así que, a duras penas podíamos percatarnos de cómo la ronca y potente voz de Jon Harvey era una de esas sustancias que nos generaban adicción. Pero, sobre todo, y sin ser virtuosos con sus instrumentos, lo compacto y la perfecta química entre sus miembros te hacían reflexionar sobre su posible grandeza.

En el apartado visual alimentaban movimientos impetuosos, con una estética coherente al estilo, y regulando excesos para no hacerse agotadores, ni agotados. “She’s a witch” echó más gasolina al fuego, ¡y por fin un poco de paz! Black forest” nos permitió comprobar cómo los teclados de Brandon Bliss no son sólo especulativos, sino que están perfectamente integrados en la esencia del sonido de la banda. La atmósfera melancólica creada, unido a los solos de guitarra de Jeremy Wilderhans, tejían un vínculo emocional impactante. Mismo resultado con “For the sun”, probablemente el momento etéreo más sobresaliente de la noche.

Y después de la tregua volvieron a la carga con temas de recorrido nocivo, donde pude constatar la solidez de su batería Steve Kiely, un auténtico seguro de vida en un ritmo que volvía a ser endiablado que ya nos perseguiría hasta el final. Los bises nos dejaron el momento cover, con James Brown y su “Got you (i feel good)“. Versión casi irreconocible que enlazó con su traca final. Por si no hubiera quedado claro que su propuesta es un ruido nostálgico donde la sutileza es el enemigo a batir, su guitarrista Jeremy rubricó ante notario que ese ruido es perfecto para el rock and roll, que exige que las notas sean dañinas a los oídos. Eran tan perniciosas que, a veces, me producían el mismo sangrado que cuando se rascaba una tiza en el encerado. “The lion” cerró un bolo que había desgarrado al auditorio hasta quedar completamente extasiado.

Defendieron a capa y espada su último trabajo, Sittin heavy, en el que basaron la mitad de su set y que prácticamente tocaron en su totalidad. Lo que denota personalidad y afán por no jugar al dictado de su zona de confort. Pero hay algo que no se había dado en tierras suecas, quizá por lo corto del set, y que en esta ocasión percibí como algo adverso. Y es que, al menos, una docena de temas son demasiado parecidos entre sí. Lo que ganaban en intensidad y potencia lo perdían en la uniformidad. Aunque probablemente sean detalles insignificantes y subjetivos que no manchan para nada su hoja de servicios. Es justo afirmar que aquellos que piensan que el rock and roll está muerto lo dicen porque desconocen que existe una banda homicida llamada Monster Truck.

Fotos: Stephan Ohlsen

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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