ROGER WATERS – Is this the life we really want?: roña y bostezo de una leyenda

¿Qué me pasa, doctor? Esta vida de supermercado se me está haciendo larga.

Han pasado veinticinco años desde el hastío existencial que inquietaba a Roger Waters en Amused to death. Esta vida del supermercado sigue bombeando realities y smartphones por sus venas, la miseria es cada vez más miserable, y la prosperidad es un concepto desdibujado que nos lleva al abismo. Waters sabía lo que le pasaba sin tener que preguntarlo, y ahora esa misma retórica es la que nos interpela desde el otro lado del auricular: Is this the life we really want? ¿Es ésta la vida que realmente queremos?

La pregunta, conozcas o no el último álbum de Roger Waters, es imposible de esquivar. Viviendo en HD y a 120km/h, la sensación de que se nos escapa lo esencial asoma tras la pantalla, y hace falta parar. Is this the life we really want? parecía que podía ser el disco que azotase las conciencias de una sociedad adormecida, el último zarandeo político de un músico con un pie en el retiro, pero ha resultado ser una obra de envoltorio elaborado y contenido de cartón piedra. Un producto con demasiados defectos de fábrica para un perfeccionista como Waters.

Los tiempos oscuros tienden a alumbrar grandes obras. Agudizan el ingenio y se encuentran fuerzas de flaqueza. Un cuarto de siglo después de su último LP, parecía que Waters había encontrado una buena razón para volver a escribir, motivación en forma de migraciones, guerras, muros, presidentes idiotas y ciudadanía pasiva. Los teaser que precedieron al lanzamiento de Is this the life we really want? anunciaban, para nuestro gozo, el enésimo grito rabioso del artista británico. A la hora de escucharlo, más que un grito se aprecia un susurro, una quejido sin aliento. Un disco apagado, sin apenas destellos que iluminen un camino tan gris como su portada.

Con una producción plana hasta el adormecimiento y con la casi total falta de guitarras durante los largos cincuenta y cuatro minutos en los que insiste el álbum, a Waters le ha salido un disco repetitivo y autorreferencial, falto de originalidad. Las once canciones (más una introducción insulsa) guardan entre sí muchos más parecidos que diferencias, y la instrumentación, que debería dotar de color a la obra, contribuye a acentuar la monotonía. La batería, propia de una demo. Los teclados, apuntalando la cadencia narcótica de aquélla. Los arreglos orquestales, iguales en cada corte, sorprenden al principio y acaban por cansar en su intensidad simulada. Un solo de guitarra o unos coros potentes podrían haber arreglado más de una canción, pero parece que la decisión consciente de Waters fue la de aburrirnos y hacernos perder el interés.

Por suerte para “el genio creativo de Pink Floyd” (a Waters siempre se le dio bien el marketing), suyas son algunas de las mejores canciones del rock progresivo del siglo XX. Una prerrogativa que le permite copiarse a sí mismo y llamarlo “guiño”. Is this the life we really want? está plagado de ellos: sólo unos oídos vírgenes ignorarán los parecidos irrazonables de las nuevas canciones con clásicos como “Sheep”, “The final cut”, “Have a cigar”, “Mother”, y otras muchas. No hay nada de malo en recurrir a antiguas ideas para transmitir unas nuevas. Sin embargo, lo que este álbum esconde detrás de los recursos manidos de Waters es que, cogidas las canciones en su desnudez, no hay más de dos o tres melodías realmente nuevas en todo el disco.

Ojalá pudiera decirse algo distinto de la letra que acompaña a la melodía. Empeñado en tratar asuntos importantes, las letras que ha musicado Waters son incisivas, casi siempre gráficas y pocas veces agradables. Hay en ellas buenos argumentos, buenas intenciones, y hasta buena poesía, pero apenas consigue rasgar nuestra indiferencia. Con lenguaje, metáforas e ideas que el artista ha estado repitiendo desde hace más de cuatro décadas, Is this the life we really want? suena a un mundo pasado, que tiene poco que ver con los valores y movimientos del siglo XXI. Con suerte, removerá algunas conciencias, aunque es seguro que éstas no serán las de la gente joven, ni siquiera las de las bases de fans que pagarán por sus conciertos.

Que con siete décadas encima Waters siga buscando nuevos retos es algo que hay que celebrar. Ni siquiera le hacía falta sacar un disco excepcional para aplaudir su intento rabioso de seguir en la brecha. Sin embargo, la intensa campaña publicitaria que rodeó el lanzamiento, la grandilocuencia de sus shows y el afán mesiánico del músico nos obligan a tomarlo con la importancia que se ha querido dar a sí mismo. Lamentablemente, las grandes intenciones no hacen grandes discos por sí solas, y el nuevo trabajo de Roger Waters es prueba de ello. Sólo la insistencia nos hará amar este disco.

Quiero creerme lo que Waters quiere decirnos, quiero sentirme reforzado por su mensaje batallador, pero sólo encuentro artificio. Bajo al metro, y me doy de bruces con la portada del disco en una valla publicitaria, al lado de otra que anuncia un Big Mac. Un cartel pregunta “¿Es ésta la vida que realmente queremos?”. El otro afirma “más grande y más sabrosa”. Los dos ordenan: “compra”. Después de todo, parece que el Waters de Amused to Death consiguió acostumbrarse a esta podrida vida de supermercado.


Lo mejor: el escalofrío al escuchar sonidos familiares sobre lienzos nuevos.
Lo peor: la sensación de estar escuchando un disco que quiere ser importante y es dolorosamente banal.


Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Juicios Injustos.

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