Un veneno incurable: SWEDEN ROCK FESTIVAL 2017

Quienes asistimos asiduamente al festival Sweden Rock sabemos que hay sensaciones de las que, aunque parezcan sólo nuestras, también participan aquellos que están vinculados a nuestra misma pasión (seguramente con distintos matices, porque las diferentes sensibilidades condicionan nuestra forma percepción). El viaje de ida, con esperas, enlaces, más retrasos, controles de seguridad eternos…puede ser agotador. Pero, al final del túnel, hay una luz brillante que destierra todo cansancio: nuestro idílico Elíseo vuelve a estar ante nuestros ojos, donde todo permanece como lo habíamos dejado en la anterior edición. El movimiento de sus gentes con sus caras de júbilo, el reencuentro con compañeros con los que has compartido grandes momentos y que, en su gran mayoría, sólo ves allí; ese sonido ambiental que generan los stands abiertos de mercadotecnia rock que incluso suscita más atractivo con la iluminación nocturna; los distintos aromas de los puestos de comida…son los colores de un marco incomparable que, año tras año, te seducen de forma instantánea.

Luego hay dos momentos mágicos que destacan por encima de todos y que, a pesar de los constantes retornos, siguen manteniendo su embrujo: la colocación de ese brazalete que indica que formas parte de la familia Sweden (ese fetiche que nos identifica por nuestro amor sectario, y que, en mucho de los casos, no nos lo quitamos durante días), y ese traspasar por primera vez el umbral de la puerta de entrada, dirigirnos a la primera de las actuaciones, y sentir que tienes cuatro días por delante para disfrutar de aquello que produce plenitud. Algunos, en ese único momento, inspiramos con fuerza para impregnarnos de todo lo que nos rodea: esa mezcla entre sonido del show, las caras de los asistentes que sientes que viven ese momento de reencuentro igual que tú, el magnetismo del escenario 4 Sound Stage que tiene siempre el honor de dar la bienvenida musical, las prisas de los que llegan tarde que parecen querer vivir el momento desde el primer minuto…todo queda convertido en esa borrachera de sensaciones que magnifican, más si cabe, el comienzo de una nueva edición.

La edición número XXVI será recordada por las estrictas medidas de seguridad, motivadas por esa ola de atentados que azota el mundo y de la que Suecia no es ajena. Nada es suficiente en esta materia y sólo quedaba aprender a convivir con ello. En cada entrada del recinto se podían identificar militares en posición intimidatoria. A ello, había que sumar que la empresa de seguridad que, en las puertas que dan acceso al recinto, llevaba a cabo los cacheos habituales, lo hicieran de forma más rigurosa. Una vez dentro se podía comprobar cómo en todas las ubicaciones de los baños había hasta tres policías, y se dejaban ver, en mayor número, en cualquier parte. Toda esa preocupación, generada en las primeras horas por tal despliegue, desaparecía con su convivencia. Y hasta sus maniobras terminaban por formar parte del paisaje.

Paraíso del rock (foto: Jens Christian)

Una organización modélica corre el riesgo de no ser siquiera valorada por su currículum de normalidad. Hemos vanagloriado hasta la saciedad las virtudes de coordinación y los servicios que nos ofrecen, y que ayudan al asistente a tener tal comodidad que son la motivación decisiva para un futuro regreso. Pero, edición tras edición, no dejan de sorprendernos. Saben que, si quieren ganar en esa batalla, no sólo deben limitarse a la preparación y realización del evento. Cada año, una vez finalizada la edición, miman y cuidan a su público para no caer en el olvido: encuestas que ayudan a mejorar y rectificar, agradecimientos a los asistentes, compartir contenidos del festival…en definitiva, fidelizar esa relación de estabilidad para que el regreso sea un hecho.

Ser innovador también está en su agenda anual. Las fórmulas no funcionan para siempre. Por lo que en cada ejercicio se reinventan añadiendo nuevas mejoras. A juzgar por lo vivido este año, algunas de ellas pasan desapercibidas porque ya estaban en vigor en ejercicios anteriores. Descubrir que hay un puesto en el que cargan los móviles gratuitamente es una sorpresa. Pero lo es más cuando te dicen que es flor de otros años. Luego descubres el sistema de seguridad de recogida y te quedas perplejo. Alguien me proporcionó unos batidos de chocolate, y me entero de que hay puestos donde de forma gratuita dan agua, leche y refrescos. El sol de Norje cuando pega, pega de verdad y se agradece el detalle.

La nueva grada habilitada, entre los dos grandes escenarios, ha causado furor. Siempre estaba hasta la bandera y parecía imposible comprobar cómo se veían los bolos con los riñones descansados. Pero lo que ha sido toda una revolución, y es el colmo del servicio, es tener a empleados que pusieran crema de sol a los asistentes. Alguno pensará que los euros que cuesta la entrada dan para eso y para mucho más. Y, ya puestos, sería preferible que los carteles fueran más acorde con el valor del ticket. Pero es que Sweden Rock es mucho más que un cartel; es la suma de pequeños detalles que, experimentados en su conjunto, conforman un todo insuperable.

Vistas desde la nueva plataforma (foto: Stefan Johansson)

Y es que el negocio, aunque su fin sea la obtención de beneficios, se puede realizar desde distintos ángulos: uno en el que el contribuyente acumule derechos, y otro en el que sólo tenga la obligación de pagar. Y en el trato recibido, los organizadores demuestran que, para ellos, las personas están por encima de los números. Tienen un respeto absoluto por quienes verdaderamente hacen posible esa atmósfera que todos hemos acuñado como “espíritu Sweden”. Esa comodidad, ayudada por la educación de la gran mayoría de asistentes, también es el caldo de cultivo propicio para que surjan peculiares anécdotas.

Mientras Lost Society predicaba su nuevo testamento del caos a los feligreses allí congregados, una mujer sesentona, sentada en su hamaca, seguía el bolo por encima de sus gafas mientras tricotaba un jersey de punto. La noche era fría, amenazaba lluvia, y debió de pensar que si aprovechaba el rato tendría tiempo de estrenarlo. O aquellas chicas que, mientras Dare nos castigaba con sus infinitas pregrabaciones, se trenzaban coletas la una a la otra. Todo el mundo tiene su espacio vital y respeta a quien tiene a su lado. Aunque puede haber algún cachalote sueco que, habiéndose bebido treinta birras de 2,5% de alcohol, pueda querer ser el rey de la fiesta y avance entre el público como un oso en estado zombi. Pero es sólo una excepción. Y, en la mayoría de los casos, el personal de seguridad recoge los restos con cierta autoridad para que se vaya a dormir la mona.

Es ese civismo el que permite que, entretanto Saxon nos acuchillaba con su “Princess in the night”, puedas observar a críos con cuernos en alto y tarareando la canción como si les fuera la vida en ello. Imaginaba a los Byford Boys en nuestros festivales, o locales patrios, y los chiquillos aplastados como moscas en el suelo. Incluso los bajitos tienen ideas ingeniosas. Y, sin ningún temor a que los arroyen, se suben a unas banquetas para poder tener una mínima visión de unos adolescentes de Boston llamados Aerosmith. Estos detalles entrañables sólo parecen mínimas vivencias que el festival nos regala. Pero, además de dar colorido al examen de los escenarios, también son experiencias que hacen la estancia más agradable.

Para un apasionado del rock disfrutar de música en vivo a lo largo del año es lo más importante de las cosas menos importantes. Eres esclavo de una pasión condicionada por tus realidades seglares y emocionales. Pero, en el Sweden Rock, esa premisa parece revertir las prioridades. Es como si el mundo se parara, te lavaran el cerebro y durante cuatro días sólo tuvieras una razón de vida. Luego, ese fundamento te dirige por sensaciones con diversos contrastes. De estados como la euforia y satisfacción puedes pasar a la decepción y frustración. O puedes, simplemente, vivir en la indiferencia. Y en ese sentido, en los diferentes juicios que abordaremos de nuestros héroes, el veredicto será de culpabilidad o inocencia, o, incluso, el caso puede quedar sobreseído.

VA Rocks, una de las sorpresas del 2017 (foto: Karolina Vohnsen)

Durante su recorrido, esta organización ha dado muestras sobradas de conocer los entresijos del caminar del rock. Y fomenta como nadie una cantera que es prolífica en cantidad y calidad. Saben que de ello depende la subsistencia. Y en todas las ediciones sorprenden con bandas noveles que del anonimato pueden pasar a promesas en ciernes. Lo de futuras estrellas, en estos tiempos en los que el rock sólo vive de su nostalgia, se quedará como mucho en estrellas de tres puntas achatadas. Con su rock melódico sin personalidad, Art Nation pasearon sus ayudas digitales y sus escasas tablas por el 4 Sound Stage. Para imitar a Heat, ya tenemos a los originales. Y, además, su uniformidad musical les hace irrespirables. Más salvadores para un estilo que sigue sin mirar al futuro, no aprende de sus errores y se empeña en repetir clichés trilladísimos. Svartanatt proponen un hard rock 70’s de corte psicodélico, y su parsimonia visual y atmósferas instrumentales te sumergían en tal sopor que te encaminaban a cuestionar si estabas perdiendo el tiempo.

Hasta que aparecieron las “adolescentes” VA Rocks. No sólo dejaron el escenario Rockklasiker como si hubiera pasado una batería de carros de combate, sino que el tiempo pareció detenerse. Dejaron boquiabierto a un auditorio que gozaba extasiado a punta de riffs demoledores de rock and roll, muy básicos, e incluso de escasa técnica, pero con esa actitud de hambre que hipnotizaba. La locura de su guitarrista Ida S. Wollmer, que disparaba riffs venenosos como si llegara el Armageddon y estuviera poseída por el mejor Ted Nugent de los 70’s, me sumergió en tal catarsis sensitiva que, en el comienzo de un determinado tema, tuve esa sensación de escalofrío que recorre la espalda y el cuello, y que tan pocas veces he experimentado en mi vida. Lo más probable es que estas chicas desaparezcan de la escena sin dejar rastro. Pero lo que no desaparecerá nunca de mi memoria son esos escasos segundos que me indicaron por qué llevo cuarenta y pico años abrazado a esta pasión llamada rock.

Los veteranos siempre dejan esa impronta de experiencia y de quien sabe que fallar no es imposible pero sí del todo improbable. Salvo raras excepciones; como los canadienses Helix que, entre el sonido de técnico becario y la agotada voz de Brian Wollmer, de nada servía que la banda le pusiera entusiasmo. Fueron culpables de la indiferencia. También con Ian Hunter & the Rand Band el caso quedó sobreseído por falta de pruebas y ausencia de testigos. Su estilo atrajo al escaso público octogenario. Pero un sorprendente set, con atmósferas musicales ilegibles e incoherentes, acabó por ahuyentar a los pocos que se dieron cita y que parecían no entender nada. Pero luego están los abogados que ganan todos los juicios. Los británicos Saxon viven de hacer felices a sus seguidores. Saben lo que necesitan, y pagan con talones al portador y con fondos. Ver la rúbrica de su vocalista estrella es ya una garantía. Aunque, en su debe, la cifra casi siempre es la misma. Durante el juicio, las caras del jurado parecían sostener dudas pero, en el alegato final, Byfford aplastó a los fiscales y consiguió el veredicto de inocente.

Little Steven, una nota de color (foto: Maria Johansson)

Sus paisanos Whishbone Ash tienen pinta de abogado borrachuzo que no se entera de la fiesta. Su imagen desaliñada hace que la taquígrafa se niegue a coger notas, y hasta el fotógrafo pase de perder el tiempo. Pero luego sientan cátedra y la indemnización es la máxima. Es lo que tiene este escaparate de lo banal; ya no nos deja dilucidar donde está la calidad y nos dejamos seducir por la posé y la moda (esa sensación inmediata que dura hasta que llega otra que la sustituye). Sus melodías acompasadas por dobles guitarras son otra de las auténticas acepciones de la definición de la palabra rock. Little Steven & The Disciples of Soul son esa formación cuyo estilo es tan ambiguo que lo mismo tocan en un festival indie, en uno de rock, que en uno de reggae en una playa. Parecen la manzana podrida que infecta todo el cesto. Ese cisne nacido entre patos que es envidiado por su belleza. Su bolo, mezcla de góspel con música de vacaciones en el mar, se asemejaba más a un espectáculo de Broadway que a un concierto de rock. Pero con el suficiente hipnotismo como para convencer al jurado a base de trucos de abogados. Ser declarado inocente siendo culpable no está al alcance de todos.

Las estrellas se han ganado a pulso su lugar. Y con cuatro luces, un sonidazo firmado en el contrato, y media docena de imágenes visuales que ciegan la voluntad, ya tienen un notable de salida. Pero el día a día no es algo secuestrado por el pasado y algunos necesitamos ver para creer. Doro Pech y sus Warlock viven de la gloria de antaño, y tocaron íntegro su disco más reconocido internacionalmente, Triumph and agony. Para quienes tienen aquel álbum como objeto de nostalgia, vivieron sin vivir en sí. Para algunos otros sólo supuso una buena transición hasta el bolo siguiente. Cuando alguien te dice: “suena bien”, lo que está queriendo transmitir es un reconocimiento al escaso mérito, pero intrascendente para quien lo afirma. El agotamiento que me produce este estilo me hace perder la perspectiva real. Pero la realidad es que la alemana, reina del metal, triunfó y sin agonía. Todo lo contrario que sus compatriotas Scorpions que, en su adorada despedida sin fin, volvieron a demostrar que este año debería ser la refinitiva. Klaus Meine va a morir matando y es digno de admirar. Pero la dignidad también tiene un precio. Y desconozco si las cifras en sus cuentas bancarias justifican dilapidar el crédito de una leyenda. Parece que sí. Su show, tedioso y sin ritmo, es el mismo que llevan repitiendo desde el nacimiento de la creación. Pero ya no mantienen el tipo; excepto el que llegó la “semana pasada” que aprovecharon para fichar tras la desaparición de Motorhead. El resto es historia. Historia de unas leyendas que, en su triste parte final y a pesar de no olvidarnos, nos han condenado a repetirla una y otra vez.

Sin embargo, los americanos Aerosmith siguen manteniendo el espíritu de las grandes bandas. Con una ejecución instrumental fuera de valoración (impresiona su consistencia), la no menos increíble voz de Steven Tyler y su categoría como frontman, iba todo empaquetado con un armonioso y visual show que, por lo metódico y milimetrado, produce el efecto rechazo a quienes reclamamos más espontaneidad y menos artificio. Sorprende que en Europa sea una formación cuya música siga sin calar. Para proponer tan gran espectáculo, hay más curiosidad que fervor.

Aerosmith, más curiosidad que fervor (foto: Jens Christian)

Las reapariciones dejaron sensaciones contrapuestas. Los británicos Lionheart, liderados por el ex -Maiden Dennis Strutton, dejaron su impronta de forma brillante en uno de esos escasos conciertos que el rock melódico nos puede ofrecer de forma honesta. En cambio, los americanos Ratt aprobaron instrumentalmente y en el fin de fiesta esperado, pero suspendieron en el ritmo (que en su primera parte fue insufrible), además del cero indiscutible para su vocalista Stephen Pearcy que, además de parecer un cadáver viviente paseándose por el pasillo del hospital agarrado a la barra de hierro que sujeta el suero, condicionó la totalidad del show recitando los temas con voz ahogada.

Y si los suecos Great King Rat, después de veinticinco años de sequía, regaron el césped del Rock Stage con el agua cristalina de un show perfectamente ensayado para la ocasión y dejando grandes sensaciones (con alguna mínima carencia vocal y de conexión con el público de Leif Sundin), Kix se hubieran puesto la corona del rey del festival si no hubiera sido porque su carismático vocalista, Steve Whiteman, no tuvo su mejor día. La formación tiene toda la clase en un escenario de las grandes bandas americanas. Se mueven con tanta suficiencia y con tamaña elegancia que parece que, en su tarjeta de contrato de trabajo, en el apartado de epígrafe de actividad, marca “estrellas de rock”. Instrumentalmente poderosos y con un set rompedor, se quedaron tan sólo a unos metros de la gloria. Esperemos que el hoy desterrado príncipe regrese en el futuro a por su legítima corona.

Thunder peleando contra la apatía (foto: Stefan Johansson)

Luego entraron sin llamar por nuestra puerta auditiva las bandas consolidadas que ya tienen la llave y entran en mí cuando les apetece. Los suecos Electric Boys y los Británicos Thunder parecen astillas de la misma madera, tanto en calidad como en la forma de ser ignorados. Y, en esta ocasión, hasta tuvieron en común actuar a horas del aperitivo. No es fácil encontrar una conexión con el público a esas horas. Pero, aun así, Connie Bloom y sus guerrilleros, con su hard rock de brotes Aerosmith, supieron generar el suficiente atractivo como para quitarte las lagañas en el acto. Lo compacto de la banda y el magnetismo que produce su líder son su carta de garantías.

A la formación inglesa le tocó bailar con la más fea. O, con la más bella, según se mire. En el escenario principal tienes más que perder que ganar. El sonido te embauca pero también es el auténtico medidor de la categoría de las formaciones. Y hubo la sensación de que la aventura se les quedó grande. Al horario vespertino hay que añadir el escaso público, que desmotivaba a la banda. Los escasos intentos de Bowes de imbuir a los asistentes en su tormenta fueron frustrantes. Y, aunque la formación sea poderosa instrumental y vocalmente, a veces parece un columpio infernal y otras, quizá por su exceso de confianza, pulsa el piloto automático y se deja llevar por la inercia. Un set de escasa hora, donde predominaron canciones de los dos últimos trabajos, tampoco ayudó a contrarrestar la frialdad.

Una de mis grandes ilusiones eran los americanos Clutch. Sin ningún ruido salieron vestidos al escenario como si acabaran de venir del polideportivo de hacer gimnasia. El típico mensaje de “somos rock sin imposturas”. Pero las virtudes de su rock espeso de matices sureños y stoner, que en estudio me causan sensación, quedan difuminadas en vivo porque, aunque instrumentalmente la ejecución es notable, no parecen ir en consonancia con su actividad escénica. El vocalista, Neil Fallon, lleva el peso de la banda con solvencia, pero sus movimientos rudos raperianos son rechazados por mi vena clásica.

Clutch, sin artificios ni vestuario (foto: Karolina Vohnsen)

Las huestes de Darren Wharton volvieron a repetir los mismos parámetros que, gira tras gira, hacen que Dare sea una banda de relleno en directo. No vale de nada el buen rollo que siempre destila Darren, si sigue sobreactuando y abusando de sus giros vocales, sigue pregrabando las atmósferas de teclados, los coros y hasta las partes acústicas de guitarra, y la línea del set es la más folk de su discografía. Rival Sons tuvieron uno de los grandes sonidos del festival, donde se hacía más latente su perfección instrumental. Pero, aunque tenga la seguridad de que para muchos fue El Concierto, los contrastes de su propuesta musical, con vaivenes que nos llevaban desde el ritmo frenético y los densos riffs de la escuela zeppeliana a calmadas atmósferas progresivas, hacían que desenchufara por su “presunta inconexión” y, luego, resultara complicado reengancharme.

Detrás están las formaciones que buscan consolidarse y que tienen que llamar a la puerta porque todavía no tienen la confianza como para darles la llave. A Black Star Riders se la he dado con llavero incluido. Ni siquiera lo impidió un diluvio universal que parecía querer castigar a los pecadores por sectarios al rock. Lejos de claudicar, terminaron cantando bajo la lluvia. Aguantamos estoicamente las inclemencias del tiempo porque, cuando se ofrece algo atractivo, saltar los altos muros de hormigón se convierten en simples vallas de papel. Scott Gorham, en cada disco y gira, ha ido marcando los tiempos y, después de una transición adecuada, ya no vive directamente del legado Thin Lizzy (ya ni siquiera es noticia que sólo se prodigaran en dos únicos recuerdos). Y, aunque musicalmente sus inspiradas composiciones sigan desprendiendo ese tufillo, su engrasada maquinaria puesta en marcha es demoledora.

The Dead Daisies también son demoledores, pero del concepto filosófico del “nadismo”. Según su definición, es una idea atribuible a aquellos músicos que viven del arte de los demás; y que, cuando proponen lo propio, equivocan la musicalidad con la contundencia y la clase con la vanidad. Parece imposible hacer menos con más. A estos chicos se les presupone un prestigio. Aunque, si miramos su currículum y su inestabilidad, picando de flor en flor, tampoco les otorga ninguna credibilidad. Su propuesta musical es como muchas películas de ciencia ficción cuyos efectos especiales esconden la falta de contenido. Mucha potencia, mucho riff incontrolado, mucho virtuosismo de pasarela de Paris, pero todo desemboca en un punto vacío. Qué poca confianza tendrán en su arte que de un set de once temas, ¡cinco fueron versiones! A éstos no les doy la llave ni aunque Doug Aldrich me regale la totalidad de su vestuario.

Black Star Riders ya caminan solos (foto: Stefan Johansson)

Hardline, de momento, tendrán que buscarse otro alojamiento. Han suspendido en junio y tendrán que recuperar este verano en Hull. Solamente la contundencia vocal de Gioeli es un punto rescatable. El desequilibrio del set lastró una actuación que ni siquiera contó con un sonido a la altura. Han cogido el vicio de pararse en seco cuando cogen carrerilla y, de tanto repetirlo, consiguen marearte e invitarte a abandonar

Y, finalmente, el cartel suele esconder un regalo sorpresa. Y siempre en el lugar de la letra pequeña. Esa parte que casi nadie mira y requiere de una lupa especial para poder leerla. Si nos atenemos a la del australiano, Rob Tognoni, parece más el de un cantautor de la Sicilia profunda, recorriendo las tascas más infectas de la isla, que de un guitarrista de blues rock. Aunque eso también representa en escena; parece más uno de esos bohemios trashumantes que enseñan al mundo sus virtudes por propia satisfacción y por un plato de lentejas, que de alguien que tiene la obligación de pagar una hipoteca.

¿Y qué tuvo de especial este cazador de los escenarios? Pues, simplemente, que nos tiroteó con su guitarra a base de riffs and solos incorporados de rock y blues, de una forma tan fratricida, que mirabas a la muerte de frente buscando el gatillo y el movimiento de tantos dedos parecía indicar que había veinte. Su propuesta musical, ayudada por una experta base rítmica y la perfección de un sonido poderoso y eléctrico, dejó con la boca abierta a los numerosos curiosos que se iban sumando por la atracción que producían las explosiones de aplausos por cada tema finalizado. Prácticamente ocupó a rebosar la Rockklassiker. Hasta mirarlo producía satisfacción. Sus contoneos y su sonrisa profident eran contagiosos. Pero lo más determinante eran esos movimientos de suficiencia con la que llamaba nuestra atención cada vez que encaraba cada tema: parecía decirnos “¿quieres saber lo que es rock? ¡Pues te vas a enterar!”. Al ser el cierre del festival, la actuación del australiano cobraría más protagonismo por doble motivo: por el deseo de continuar sumando bolos y porque, aunque suene disparatado, quizá fuera ése el hilo conductor que unía una edición 2017 casi buena, sin ningún fracaso denigrante y una media interesante entre lo regular y lo atractivo, en otra más que notable.

Luego llegaría ese momento de decaimiento al tener que asumir que el evento había llegado a su fin. Tus pasos autómatas se dirigían casi sin rumbo a la salida, entre la penumbra y silencios que sólo quedaban rotos por los funcionarios que comenzaban sus labores de limpieza. Una vez allí, volvías sobre tus pasos y recorrías el recinto con una última mirada. Todo ese colorido festivo nocturno con los puestos abiertos y el movimiento de sus gentes, que tan sólo hace unos momentos eran vida, dieron paso al silencio y al entierro definitivo del cadáver 2017. Cuando traspasabas el umbral de la salida sólo existía un único pensamiento: ¡volver a vivirlo de nuevo! Después llegaría esa depresión post-festival que dura algunos días y que nos lleva de vuelta a la cruda realidad, de la que sólo encontraremos consuelo en las ganas de querer ver vídeos y fotos del evento. Pero el desánimo es pasajero. En cuanto se termine el verano toda la maquinaría Sweden se pondrá de nuevo en funcionamiento y quienes conformamos esta gran familia volveremos ilusionados a su día a día. ¡Gracias Sweden Rock por habernos emponzoñado de nuevo con el veneno de tu espíritu! Intentaremos volver a por más dosis.

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Entrada publicada en Encuentros.

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