La música por encima de todo: DEEP PURPLE en Barakaldo

El 30 de junio se ha convertido en esa fecha del calendario que la casualidad parece haberme reservado para que mi nostalgia se alimente de algunas hermosas vivencias y de otras que no lo son tanto. Así que no pude menos que sonreír cuando, comprobando las fechas de la gira mundial de despedida de los septuagenarios Deep Purple, el día que parece empeñado en señalar mi destino estaba fijado en la ciudad que me vio nacer, Barakaldo. Su adiós (con ese slogan que resuena sincero aunque indefinido en el tiempo -“el largo adiós”- y que, presumiblemente, llevará a los británicos a cerrar su brillante carrera en el año 2018 con medio siglo a las espaldas) merecía todos mis respetos, y era una de esas citas ineludibles que estaría fraguada por la memoria de tantas experiencias acumuladas.

Mi bautizo purpleiano tuvo lugar en un lejano día del año 1978. Un sacerdote misionero recién llegado de la antigua Rhodesia, que me asignaron como profesor de religión, al enterarse de que unos amigos y yo escuchábamos rock, nos invitó a su casa para enseñarnos sus discos. Cuando entramos en aquella habitación, el marco visual parecía inverosímil: en aquellos años no era fácil ver un equipo de música de tanto nivel y unos altavoces con tantos vatios de sonido. Alrededor estaban perfectamente encajadas en simetría unas baldas rebosantes de casetes de cromo. En el lateral de cada caja lucía el nombre de bandas y los títulos de trabajos, escritos de forma minuciosa de su puño y letra. Recuerdo nombres como Bog Seger, Moon Martin, AC/DC, David Bowie…

Jamás pensé que un cura pudiera tener como pasión una religión tan distinta a la suya, y que la profesara con tal fervor. Cogió una cinta elegida al azar, la puso en el reproductor y le dio al play. Nunca olvidaré las sensaciones que me produjeron aquellos primeros instantes con volumen tan brutal (el vocalista en directo mencionaba al título de una canción, “Highway star”, que daba paso a unos latigazos de distorsiones de guitarra hasta desembocar en las primeras estrofas de la inmortal canción). Luego, aquellos solos de guitarra me erizaron la piel de tal forma que le pregunté excitado quiénes eran aquellos tipos. Cuando me respondió “Deep Purple y su directo Made in Japan“, memoricé sus nombres y se quedaron grabados a fuego para siempre en mi corazón. Casi cuarenta años después, mi deuda, por todos sus servicios prestados, iba a quedar saldada con mi asistencia a su sepelio en vivo.

El BEC (en el espacio reducido de una de sus naves, denominado Cubec) acogió la escasa afluencia de gente que se había dado cita para la ocasión (4.200 según la organización). La apariencia del local, sin embargo, con lonas negras que disimulaban por completo las gradas, era de aforo abarrotado. Quizá las últimas experiencias de los británicos por Euskadi no fueron precisamente como para tirar cohetes, y su retiro espiritual no fue suficiente reclamo como para arrastrar en masa. El asistente, con una media de edad que rozaba los sesenta años, es ocasional en estos saraos.

Era curioso observar por los aledaños del recinto la respuesta a la mística del rockero auténtico y a su antagonismo. Vistiendo con camisetas de AC/DC compradas para la ocasión (del revolucionario diseñador de grandes almacenes Celio), otros con la de su última gira de hace siete años, algunos a los que parecía que el tiempo les había pasado factura porque o les quedaban muy justas o les sobraban la mitad, y otros que simplemente iban en chándal o con la ropa de la oficina…Indicador evidente de que el mundo del rock fue algo pasajero, y que en ocasiones muy puntuales, en las que la reunión social es obligatoria, tocaba revivirlo. En su gran mayoría, se acercaron para reivindicar esa juventud perdida hasta las últimas consecuencias. Como lo demostraría la nula falta de respeto por una norma que prohíbe fumar en los recintos cerrados. Los porros circulaban como si estuviéramos en 1983, generando esa humareda infernal y de olores insoportables para los no fumadores, sin que nadie lo impidiera, y con la sensación de que todos debíamos ser cómplices. ¿Qué es el rock sin transgredir las normas?

Abrirían las hostilidades Alter Bridge, la banda de rock alternativo de Myles Kennedy, de los que obviaremos el análisis de su actuación por cuestiones logísticas. Los horarios vespertinos, para quienes trabajamos y vivimos en la distancia, son un hándicap. Finalizado su show, y durante la espera, pudimos comprobar cómo la pantalla de detrás del escenario de un color morado oscuro marcaba una perfecta conexión entre el pasado y el presente. Una imagen mostraba las caras de los cinco miembros actuales sobre una masa de hielo flotante, simulando el dibujo icónico de la cubierta del álbum In rock en el contexto de su último álbum, InFinite. Ni siquiera hacía falta que estuviera plasmado el logo de la formación para concienciarnos de que allí estaban los pioneros del hard rock.

Con puntualidad británica, los componentes de Deep Purple, piedra angular del hard rock y que generó en la época un tremendo impacto cultural, salieron a escena con algunos vítores, pero la lenta introducción robótica de Gillan en “Time for Bedlam” no produjo ese Big Bang esperado. La incertidumbre o el desconocimiento por el tema que abre su nuevo álbum generaron cierta somnolencia, pero la rápida y pesada “Fireball” sacó al auditorio de su sopor y sin un segundo de respiro con “Bloodsucker” y “Strange kind of woman” (donde Gillan batalló con algunos gritos en ese duelo con el guitarrista Steve Morse), ¡los asistentes sintieron que el espectáculo de verdad había comenzado!!

Su sonido acorazado de hard rock de pedagogo iba encadenado a un aspecto visual, formado por una pantalla de vídeo ocupando el ancho del escenario que combinaba imágenes futuristas con siluetas multiplicadas de los miembros de la banda. El mayor foco de atención era Don Airey. Las ráfagas visuales se recreaban en el dinamismo de sus dedos al golpear el teclado de su Hammond. Parecía imposible escuchar un solo y no seguirlo visualmente. Atrapaba más lo visual de la velocidad de sus dedos que lo sonoro de las notas. El buen gusto de las imágenes descartaba el objetivo de desviar la atención, como esos espectáculos nostálgicos ávidos de dinero. Deep Purple siguen siendo esa formación poderosa que reparte tesis de experiencia y perfecta ejecución. Cerrabas los ojos y su música tenía el mismo fuego que una banda con componentes de 35 años.

“Johnny’s band”, otro tema de su último redondo, nos hizo vivir el momento UFO. Parecía que el espíritu de Phil Mogg estaba en el cuerpo de Gillan. No es noticia que el vocalista es hoy el eslabón más débil de Purple y que no puede llegar a alcanzar las notas que antes lograba. Pero la banda ha trabajado inteligentemente no sólo para excluir canciones del set inalcanzables como “Child in time” o “Highway Star”, sino que ha adaptado los temas a su rango vocal. Así, en los momentos clave, su voz queda difuminada por los solos de guitarra o teclado. Aunque bien es cierto que ha ganado en calidez y confianza. Probablemente, en un concurso de cantar por debajo de su tono, Gillan sería el brillante ganador.

Por otro lado, tampoco necesita moverse como Mick Jagger. Su presencia es relajada, su actitud escénica no es forzada y encaja perfectamente con el aura que destila el sentido general de la banda, donde la música es el principal foco de atención. Con 73 años, su pasión sigue intacta y simboliza un ícono de su época. Es cierto que en partes más exigentes de temas como “Fireball” acabó totalmente exprimido. Sin embargo, y a pesar de sus límites, siempre tienes la sensación de que escuchas la voz pura de Gillan. En su debe, esa repelente camiseta de Popeye: cuando no se requería de su protagonismo y se perdía entre bastidores, me alimentaba la perniciosa idea de que se iba a por sus espinacas vocales.

Con la sublime “Uncommon man”, Steve Morse y Don Airey asumieron el control. El solo dramático del rubio con sonrisa eterna quedó encumbrado con el exquisito gusto de las atmósferas creadas por el hammond de Airey. Morse hizo aullar a la guitarra, mostrando el grosor de unas notas que testifican el enorme poder de sus habilidades trituradoras. Su testimonio exhibe esa diversa combinación de secuencias clásicas y de jazz que le legitiman como uno de los grandes de la guitarra. Hasta que llegó el momento más progresivo de la banda con “The surprising” y el ambiente Magnum impregnó el escenario durante más de seis minutos. Una de esas canciones que las grandes bandas exponen con el propósito de reinventarse y empezar de cero.

“Lazy” es de esas obras de arte cuya épica te envuelve en sus constantes cambios pero, a pesar de su minutada, parece acabar en un chasquido de dedos. Es el tema donde más destaca esa división de las dos facciones: la sección de ritmo con los abuelos al poder, y la destreza musical y la frescura de esa pareja menos antigua que no vive a la sombra de nadie. Se van sucediendo temas explosivos como “Birds of prey” y “Hell to pay”, donde nuestra cabeza gira en torno al miembro fundador de la banda, el batería Ian Paice. Después de su leve derrame cerebral, contemplamos como su groove sigue intacto, su pegada incendia los oídos, y donde todo parece perfectamente cronometrado y dando en el clavo…pero con una parsimonia que parece esconder la tranquilidad que le ha recetado su médico.

Hasta que llegó el momento populista, que no popular, de la noche. Don Airey, con bufanda del Athletic al cuello, sorprendió con el toque divertido de una perfecta ejecución de su himno, donde el populacho se dejó llevar por la emoción. Sorprende cómo estos detalles causan siempre tal magnitud de ovaciones. La sustitución de Jon Lord parecía imposible pero Don ha sido capaz de ocupar su puesto con el virtuosismo de sus solos y su inconfundible marca personal. A partir de aquí el sonido subió en decibelios y los momentos clásicos arrastraron al personal a la paranoia. “Perfect strangers” dibujó un mar de móviles. El dilema entre capturar el momento icónico con la cámara del móvil o hacer air guitar ha pasado a la historia. La elección ni siquiera es dudosa.

Si el auditorio albergaba alguna duda sobre la grandeza del concierto, al llegar “Space Truckin'” se disiparon completamente con la energía que desprendía la concatenación de varios éxitos. El combo Morse/Airey fusiona sus sonidos en sincronía como solo los de su experiencia pueden crear. Y la noche nos santigua con la santísima trinidad “Smoke on the water”; posiblemente una de las canciones con éxito más exageradas de la historia, pero que perdura por ser un producto de su tiempo. Uno tiene la extraña sensación de ser transportado a la década de donde vino. Cuando la noche alcanzaba su punto máximo, las estrellas desaparecieron brevemente para volver con los bises.

El cover de Joe South, “Hush”, mostró la fascinante interacción entre las improvisaciones de Morse y Airey, y luego Glover lideró el camino hacia la victoria con un corto solo. El pirata se vale y se basta para tapar todas las grietas, con esa elegancia que lo hace el bajista más amable pero también uno de los más poderosos. Y el final de finales nos llegó con “Black night” que produjo tal bullicio que admiraba comprobar cómo todavía son capaces de mantener a la multitud a sus pies. Una hora y tres cuartos parece el tiempo perfecto para obtener el máximo rendimiento en sus articulaciones chirriantes. Una pregunta deambulaba por mi cerebro: ¿fue una despedida digna?

Si nos atenemos a la reacción de la multitud, no hay ninguna duda. Pero, aparte de lo emocional y de las ayudas “farmacológicas” que nublan los sentidos, están también los argumentos menos subjetivos. Esa combinación de grandes canciones con otras más actuales, el bombardeo del virtuosismo de cada miembro, y esas mezclas extrañas de elementos del rock, blues, jazz, clásica…que parecen ejecutar sin ningún esfuerzo, desembocan en un espectáculo sublime convertido en una experiencia única. Ellos han permanecido en el tiempo mientras las modas han pasado rozándolos, y con el agravante de constantes cambios de formación que jamás les hicieron perder un ápice de su leyenda. Mi respuesta es afirmativa. Y eso a pesar de no haberme concedido el deseo de haber soñado con mi pasado tocando “Higway star”. Sí, fue una noble despedida de quienes han antepuesto la música por encima de todo. Hasta siempre Deep Purple, ¡ha sido todo un honor!

Fotos: Unai Endemaño

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Entrada publicada en Encuentros.

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Un comentario en “La música por encima de todo: DEEP PURPLE en Barakaldo

  1. Fantástica y emotiva crónica, Jesús, Deep Purple merecían algo así.

    Me gusta cuando giras la cámara hacia el público. Acertadísimos comentarios. Da gusto leer cosas así.

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