EXQUIRLA – Para quienes aún viven: oro musical en tiempos de plástico

Una crítica que llega con casi medio año de retraso está quizá abocada a ser ignorada. Desde febrero han pasado ya muchos meses, muchas entrevistas, críticas y bastante curiosidad; pero también una notable falta de interés genuino hacia uno de los mejores discos de lo que llevamos de año. Por eso, aunque tarde (y, por qué no decirlo, con el tiempo suficiente para digerir semejante disco), sobran razones para reivindicar Exquirla como una de los proyectos españoles más estimulantes de los últimos lustros.

Porque Para quienes aún viven nace como la unión de dos universos musicales aparentemente antagónicos -los de Toundra y Niño de Elche-, hay muchas formas de pensar este debut, y casi cada una de ellas te puede llevar por caminos completamente distintos. Como disco de flamenco con revestimiento metal, el camino va directo a la decepción, porque éste no es un disco de flamenco, a pesar de lo que las redacciones urgentes afirmen. Como disco de post-rock con toques flamencos, el recorrido es breve y lleno de prejuicios: los prejuicios de la gente del mundo del rock y metal que rehuye de una música -el flamenco- que se tacha de fea, folclórica e incompatible con nuestro género favorito.

Una forma alternativa de pensar Para quienes aún viven es como una dimensión aparte, una convulsión estética (y, por tanto, política) que obliga a una escucha activa y disciplinada. Una dimensión que requiere de un esfuerzo consciente por desentrañar lo que hay detrás de la etiqueta rápida. Se habla de Tool, de Triana y de Omega. Se busca también colocar a Exquirla en los marcos musicales de sus respectivas partes constitutivas. Sin embargo, se intente como se intente, es complicado aproximarse de verdad a este disco mediante comparaciones y referencias. Pueden servir para un juicio sumario para perezosos, pero no dan más que vagas coordenadas de hacia dónde va el álbum. Hacen falta otros oídos y otro lenguaje.

Si se escuchan con generosidad los arpegios y acordes muteados, los cantos y los lamentos, Para quienes aún viven transporta a quien lo escucha a un lugar casi completamente desconocido, un mundo con sus propias normas que merece la pena de ser explorado. Los ritmos, las melodías y las cadencias desorientan en los primeros pasos y disuaden quizá a quien busque inmediatez. Insistiendo un poco más, quienes estamos del lado de las guitarras eléctricas nos encontraremos con paisajes sonoros reconocibles (fríos, nocturnos, de vegetación raquítica) y voces que nos son extrañas creando puentes entre géneros y difuminando fronteras, tanto musicales como físicas. Así, escucha tras escucha, una vez nos acostumbramos al lenguaje propio que conforman la unión de música, voz y letras, todo empieza a cobrar sentido hasta hacerse inabarcablemente duro y bello.

Duro, porque el desgarro de los poemas de Enrique Falcón en voz de Paco Contreras es difícil de acercar a los oídos. Tras las capas de guitarras y reverberación, esa marcha de 150.000.000 de donde se han adaptado las letras sugiere historias tan de verdad y tan de actualidad que son imposibles de ignorar o dejar en segundo plano. Alienación, miseria, personas refugiadas y vallas que las abocan a un cementerio entre dos tierras. Cuando Contreras canta que “un hombre está muriendo y no hace ruido”, la certeza de que ese hombre a la deriva somos cada uno de nosotros nos grita en la cara.

Pero también es un álbum bello, más de lo que la amenazante nebulosa musical nos deja ver en un primer momento. Cuando la banda rompe en dramatismo y libera la tensión, como en la sección intermedia de “Hijos de la rabia” o de “Europa Muda” (“un arcángel rasgará los uniformes, rasgará las banderas asesinas, rasgará los himnos nacionales”), la luz se hace un hueco y nos permite respirar. En éstas, o en la breve y mesmerizante “Contigo”, el bello se eriza y Exquirla consigue algunos de los mejores momentos del rock actual. Tanto en su poesía como en su música, detrás de la oscuridad de Para quienes aún viven hay también una invitación a la esperanza para quienes aún no hemos muerto.

Demasiado para decir de un disco que te deja sin habla. Porque las obras singulares se merecen algo más que una crítica rápida y cumplidora, ésta no pretende ser ni una descripción ni un simple halago. Lo que pretende es servir como invitación insistente a gastar nuestra paciencia. Gastar nuestro tiempo, del que se dice que es oro, para escarbar y encontrar una recompensa mayor en forma de este otro oro musical.


Lo mejor: la mezcla (im)posible, la poesía, la portada…todo.
Lo peor: Ese “a mí no me gusta el flamenco” que tapona los oídos de mucha gente.


Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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