Ante las agresiones sexuales, ¿festivales sin hombres? Que hablen ellas

“Las agresiones sexuales son un problema que afecta cada aspecto de la sociedades. De ninguna forma afecta sólo a festivales (…). Lo hemos intentado todo para prevenir y asegurar una experiencia en el festival libre de agresiones para nuestras visitantes (…), pero algunos hombres, porque son hombres, obviamente no saben comportarse. Es una vergüenza. Por eso hemos decidido no hacer el Bråvalla 2018”.

Hasta hace unas semanas, el Bråvalla era sólo el festival de música más importante de Suecia. Ahora, tras el anuncio de la cancelación de la edición del 2018, y los rumores de un posible retorno como festival sin hombres, el Bråvalla se ha convertido también en el pretexto idóneo para poner sobre la mesa una realidad demasiadas veces ignorada: que, si eres mujer, las probabilidades de sufrir una agresión sexual en un festival son muy altas. Y que casi nadie está haciendo nada por evitarlo.

En Suecia, la noticia ha provocado un debate público en el que tanto instituciones públicas (portavoces políticos, ayuntamientos) como colectivos de base (Nattskiftet) y organizaciones del mundo del espectáculo (Svensk Live, Live Nation, Way Out West Festival) se han posicionado del mismo lado. Aunque la forma de combatir esta lacra no encuentra aún consenso, nadie discute la necesidad de actuar de forma urgente.

A España llegaron las noticias rápidamente, pero el debate ha tomado aquí formas distintas a las del país escandinavo. Con reticencias en el mejor de los casos y oposición virulenta en el peor, “el asunto Bråvalla” ha provocado numerosas reacciones (mayoritariamente) de hombres que, aunque en contra de las agresiones sexuales, no se consideran parte del problema. Para entender mejor el asunto, hemos hablado con varias mujeres relacionadas con el mundo del rock y el metal, que son, al fin y al cabo, las que tienen algo que decir a este respecto.

“Cancelamos hasta que encontremos la manera de resolver esto”

Para Marta Fernández, directora de Subterráneo Webzine, la cancelación es “la única respuesta lógica y contundente ante la situación vivida, ya que estamos muy cansadas de que no haya una repulsa social real contra las agresiones sexuales”. Si bien la sociedad condena formalmente las violaciones, las denuncias siguen aumentando, y en festivales como el We are Stockholm o el propio Bråvalla las cifras se habían multiplicado en tan sólo un par de años. Esto es así, explica Fernández, porque “la violencia sexual contra las mujeres está absolutamente tan normalizada que es habitual que pase desapercibida. Existen multitud de agresiones en absolutamente todos los espacios y muchas veces las mujeres se sienten culpables o avergonzadas”. Por eso, añade, es vital “que siempre se ponga el foco sobre el agresor en lugar de sobre la víctima (dónde estaba, qué había bebido, cómo iba vestida, si dio pie a la agresión…) y eso es exactamente lo que está haciendo Bråvalla con esa respuesta.”

Aunque la decisión del festival escandinavo ha sido aplaudida por mucha gente, los horizontes que se abren ahora no están tan claros. Silvia Valle, del equipo de MYM Mujeres y Música y autora del mejor artículo que puedas leer sobre este tema en español, celebra la medida pero muestra sus dudas: “[la medida] rebosa honestidad y valentía, ser capaz de decir ‘cancelamos hasta que encontremos la manera de resolver esto’. La cuestión es: ¿Qué hacemos después? La propuesta de crear un festival no-mixto como respuesta es también contundente y polémica. Ha conseguido que el tema siga en boca de mucha gente y que genere controversia, la gente se ha visto forzada a posicionarse: o radicalmente a favor de un espacio seguro o tratando de excusarse en el típico #NotAllMen. Pero más allá de eso, ¿Va a ofrecer soluciones reales a la problemática el generar un espacio no mixto? No estamos seguras”.

Esa idea, la del festival no-mixto, saltó como posibilidad real a las redes tras un tuit de la humorista sueca Emma Knyckare, y ha ido ganando fuerza hasta el punto de que los medios internacionales lo han dado por confirmado. La lógica tras la idea es sencilla: si las agresiones sexuales las perpetran hombres, crear un festival en el que éstos no puedan entrar debería proporcionar un espacio seguro para las víctimas. Aunque satisfecha con la cancelación inicial del Bråvalla, Vane Balón (owner y blogger de Distrito Uve) se muestra mucho más incómoda con la posibilidad de prohibir la entrada a hombres: “particularmente estoy en contra de cualquier celebración sectorial, sea del tipo que sea: solo hombres, solo mujeres, solo gays, solo lesbianas, etc. (…) No me sentiría ni más ni menos segura: probablemente me vería incluso rara y en cierto modo cómplice de excluir a otro perfil de público que no tendría acceso al evento, y lo tomo casi como un acto de discriminación”.

Por su parte, la diseñadora y colaboradora en Subterráneo Webzine Sil Scumm es de la opinión contraria: “si se cancela a modo de protesta por lo ocurrido en la última edición, creo que sería una protesta vacía, porque otra organización cubriría la demanda de un festival como el Bråvalla, simplemente cambiaría el nombre y todo seguiría igual. Convertirlo en un festival no-mixto sería una medida mucho más interesante, difícil de llevar a cabo y por ello más valiosa, más reivindicativa”. ¿Cuáles son algunas de las dificultades? Además de la falta de apoyo institucional, las iniciativas de este tipo se han venido encontrando con la oposición del machismo más repugnante. Precisamente hoy, 27 de julio, debía celebrarse en Barcelona la segunda edición del Gaming Ladies, un encuentro para mujeres gamers que tuvo que ser cancelado tras una campaña de acoso y derribo perpetrada desde ForoCoches.

Esta clase de acciones machistas, lejos de ocultar el problema al que se enfrentan las mujeres, añade argumentos a favor de los eventos no-mixtos. En este sentido, Silvia Valle explica que “entendemos que no todos los hombres son agresores, pero ellos deben entender que los números hablan por sí mismos, y que si la gran mayoría de las veces ellos son los que agreden, nosotras debemos tomar medidas para protegernos”. Al mismo tiempo, subraya que “la organización de un evento de este tipo no pasa solo por vetar la entrada a hombres, pasa también por la elaboración de un discurso político al respecto, y estar preparados para ser el foco de atención de los medios y de los trolls durante mucho tiempo”.

Este año, casi treinta mujeres han denunciado agresiones sexuales (foto: Oskar Omne, Bråvalla)

Espacios seguros

El debate en torno a los festivales exclusivos para mujeres ha ido estrechamente unido al de los llamados “espacios seguros”, un concepto relativamente desconocido más allá de los colectivos expuestos a algún tipo de discriminación. De acuerdo con la muy didáctica web Everyday Feminism, los espacios seguros son lugares en los que se habilitan, a través de ciertas normas de participación, redes de apoyo y entendimiento para personas que, de otra forma, no tendrían forma de expresarse de forma segura. En la práctica, esto significa que en los espacios seguros los hombres tienen a veces prohibida la entrada, pero también la podrían tener las mujeres o las personas blancas, dependiendo del colectivo para el que el espacio esté creado.

En cuanto a hacer de un festival un espacio seguro, Sil explica sus reticencias:

“La música no necesita un espacio. La música no cabe en ningún espacio y nunca debería pretenderse delimitarla en ese aspecto. Y mucho menos hacerla ver como algo no seguro. La música se enmarca en la sociedad, y eso es lo que no es seguro, especialmente para las mujeres y para otros colectivos. Si perteneces a un colectivo que según se nos dice es desfavorecido, minoritario, marginal…estás jodida, seas lo que seas, toques lo que toques, escuches lo que escuches. Buscar crear en la música un espacio seguro lo veo más como un posible negocio que como una realidad. Una búsqueda de división y la legitimación de un miedo. ‘Pueden violarme en un festival, así que iré a uno solo de chicas’. Protejamos a las mujeres, envolvámoslas en algodones, escoltémoslas a la salida. ¡No quiero! Quiero ir donde me dé la gana sin tener miedo. Esa es la cuestión.”

Silvia Valle recalca que, aunque es una idea atractiva, hay que entender que ésta nace de la autogestión y de la necesidad de las mujeres de tener un espacio en el que bailar sin ser acosadas. Cuando no hay recursos suficientes, excluir a los potenciales agresores es la única opción de llevar a cabo un evento con ciertas garantías. Sin embargo, si hablamos de festivales montados desde una productora o un ayuntamiento, “su solución no debería pasar por decir ‘genial, hagamos un evento solo para mujeres, así seguro que se sienten seguras’. (…) Quizá el ayuntamiento de la zona debería tomar medidas, hablar con la organización y empezar a trabajar firmemente con asesoras externas capaces de generar un protocolo preparado específicamente para ese espacio”.

Similar es la postura que mantiene Vane Balón, para quien “el trabajo en equipo, coordinando diferentes organismos/entidades, se hace indispensable para lograr eficiencia y seguridad”; pero, añade, “siempre y cuando haya una preparación previa adecuada y consensuada para saber lidiar con los posibles problemas que puedan surgir”. Desde Bråvalla, a pesar de los números de las últimas ediciones, afirman haber trabajado a conciencia durante los meses previos al evento, formando personal, trabajando conjuntamente con la policía y habilitando espacios para organizaciones, entre otros aspectos.

Festivales en España

A esta clase de trabajo coordinado entre colectivos, organización e instituciones públicas le falta todavía mucho recorrido en España, donde no sobran ejemplos. Para hablar sobre este aspecto nos pusimos en contacto con el Colectivo Femirockers, que pasó los meses previos a la celebración del Viña Rock preparando un espacio feminista dentro del recinto del festival, con el fin de dar apoyo frente a posibles agresiones sexuales, además de distintos talleres formativos. La iniciativa, cuyos gastos estaban completamente sufragados por el propio colectivo, terminó por realizarse fuera del festival, y a pesar de éste. Los organizadores del Viña Rock, por razones muy poco claras, decidieron retirar la confianza al colectivo a escasos días del comienzo del festival.

Los festivales tienen que empezar a tomar partido y a crear protocolos de actuación y campañas de sensibilización. En España hay pocos [festivales que lo hagan]…por no decir ninguno. El Viña Rock…si le hubiera dado la gana. Y ahora el primero creo que será el Marea Rock (…). Esto viene de las asambleas feministas (Punto Violeta), que siempre están al pie del cañón, pero se nota que Marea Rock las está apoyando, está dando visibilidad desde sus cuentas al espacio…cosa que el Viña Rock nos negó a nosotras desde el principio”.

Sin embargo, las Femirockers señalan otra diferencia importante entre la situación en España y en Suecia: “En Suecia, el primer ministro ha denunciado las agresiones, en primera persona…como medida ejemplificante es maravilloso, porque denota que tanto en organización como a nivel político se va a una, y eso puede crear un efecto de comunidad”.

Las posibilidades de crear festivales no-mixtos se reducen considerablemente cuando hablamos de nuestra música, dado el evidente desequilibrio que hay entre hombres y mujeres en el rock. Vane Balón asegura que “definitivamente no funcionaría (…). La mujer en el rock y en el metal existe pero es menor en número que el hombre. Esto es un hecho. Basta con echar un vistazo al público en festivales nacionales para comprobar de primera mano que la mayoría de asistentes son masculinos”. Sil Scumm lo resume en que “dentro del rock y metal somos pocas y poco comprometidas. Por ahora”. El análisis de Silvia Valle, por su parte, deja una puerta abierta para el optimismo:

“Todos los géneros de música están bastante masculinizados y son machistas…Quizás en el caso concreto del rock y metal es más alarmante porque, por un lado, los porcentajes de mujeres que se ven en los carteles son ínfimos; y, por otro lado, hay una especie de creencia absurda sobre que a las mujeres no les gusta el metal (ni ningún tipo de música “dura”). Si sumas esas dos cosas…quizás generarían una mayor dificultad a la hora de generar un espacio no mixto en torno al metal…pero ¡no lo sabremos hasta que no se pruebe! Hay espacios no-mixtos de punk, que también es una música dura y radical…¿Por qué no espacios así de rock y metal?”

Y tú, rockero, ¿qué puedes hacer?

Puede que en un festival no-mixto los hombres tengan prohibida la entrada, pero eso no ha impedido que las redes sociales hayan echado humo con las quejas de hombres que consideran que ése no es el camino, que es discriminatorio o que están pagando justos por pecadores. Vane Balón es también de esta opinión, que considera que “el apoyo de una gran mayoría de hombres que muestran su rechazo a las agresiones sexuales y que apoyan a la mujer en lo que a igualdad se refiere es un acto importante que no debe dejar de mencionarse. (…) Hay más predominancia de hombres trabajando en pro de la mujer que en contra”.

Marta Fernández responde a esta clase de críticas: “Creo que el trabajo de los hombres no es decir si éste es el camino, ya que ellos no viven de forma cotidiana el machismo y el acoso sexual en sus propias carnes. Creo que su trabajo debería ser llevar el mensaje de ‘no hay que acosar a las mujeres’ a otros hombres, en lugar de decirnos a las feministas cuáles son los caminos correctos”.

El recurrente discurso de que “no todos los hombres son agresores” puede ser, de entrada, cierto, pero eso no los excluye de la responsabilidad de procurar mayor seguridad para todas las personas. Silvia Valle lo explica perfectamente: “No agredir es lo básico, claro; pero, como en toda lucha, no posicionarse es posicionarse. No posicionarse implica posicionarse del lado del opresor. Si los chicos quieren empezar a hacer que la situación cambie deben mostrar de qué lado están y, eso puede ser incómodo a veces, pero es necesario. Es necesario que, cuando estén con amigos y alguno haga un comentario desagradable o humillante sobre otra compañera, se le haga saber que eso no es bien recibido. Es necesario que si ven que un amigo incomoda a una chica en una fiesta le digan que la deje en paz. Es necesario que se reconozcan sujetos activos del feminismo, pero no con nosotras…no hacen falta que lideren la lucha…no se trata de que vengan a espacios feministas a ser feministas con nosotras, sino de que conviertan sus espacios en espacios feministas”.

Cuando se trata de combatir las agresiones sexuales, entonces, prohibir la entrada de hombres a un único festival es una medida que tiene que ser entendida en este contexto. Como dice Scumm, “hablemos con perspectiva. Se prohibiría a los hombres una actividad de ocio de manera puntual para evitar que las mujeres que quieran disfrutar de esa actividad de ocio no lo hagan con miedo y sintiéndose expuestas a agresiones. Creo que si yo fuese un hombre, después de cabrearme un poco, como mínimo tendría que reflexionar sobre si mi libertad para ejercer mi ocio vale más que la de una mujer. Y si realmente tengo tan pocas oportunidades para ir a festivales y sentirme seguro como para quejarme para que uno de todos esos espacios se me vete”.


Gracias a Marta Fernández, Silvia Valle, Vane Balón, Sil Scumm y a Colectivo Femirockers por su amabilidad y ayuda imprescindible para hacer este artículo, y a todas las que, aunque no están mencionadas, contribuyen cada día a hacer de la música un lugar más diverso y seguro.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Inclinaciones.

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