El entierro de una ilusión: Hair Metal Heaven 2017

A principios de año una sugerente noticia se extendía como un reguero de pólvora. El anuncio de un nuevo festival con nombre y apellidos para la ocasión, Hair Metal Heaven, revelaba sorprendentes confirmaciones del cartel y exponía una innovadora idiosincrasia dentro del circuito europeo. En los tiempos que corren, apostar por estilos tan postergados y sin futuro como el sleazy, o por formaciones de aquella corriente de moda americana de los 80’s bautizada como hair metal y que sólo se sostiene en la nostalgia de unos pocos, parecía más un arrebato excéntrico de quien desafía a las utopías que de una aventura racional. La magnitud del milagro ya sólo requería de una respuesta de movilización por todos aquellos dispuestos a cumplir sueños.

El lugar elegido para tan destacada cita era Kingston upon Hull. Una coqueta ciudad en la costa noreste de Inglaterra cuyo número de habitantes (535.000) resulta abultado en contraste con su aparente escasa extensión. No tiene muy buena fama en el país y la consideran algo sosa; aunque, en los momentos en que pude imbuirme de su espíritu, tampoco tuve esa sensación. Su casco histórico goza de edificios de hermosa arquitectura clásica, adornado por espectaculares jardines, numerosas calles peatonales y canales que le dan ese plus de elegancia. Quizá esa reputación tenga más que ver con el escaso movimiento de su gente. Y eso a pesar de que en este 2017 la ciudad se ha convertido en capital de la cultura y tiene una programación semanal de lo más sugerente. En cualquier caso, su ubicación hace casi inviable el viaje. Al menos para quienes no desean, o no pueden, restar días de vacaciones y tienen que ajustarse a lo mínimo. La falta de opciones de transporte, con malas combinaciones, esperas eternas, transbordos y más transbordos, es un hándicap para un posible retorno.

Por el contrario, el lugar donde las presuntas estrellas nos iban a dar de su maná musical era soberbio. El exterior del edificio clásico sugería unas bóvedas que tenían que respirar una acústica envidiable. Y no nos equivocamos en las estimaciones. Una vez dentro, no sólo se pudo comprobar que el lugar era perfecto para disfrutar de música en vivo (tanto en comodidad, visión desde cualquier ubicación, escenario o capacidad de aforo), sino que, escuchado el sonido que la mayoría de las bandas ofrecieron, el Hull City Hall se ha convertido en uno de los locales referentes en mi agenda cerebral. Por motivos logísticos no pude asistir al primer día del evento, que se desarrolló en un local distinto llamado Welly Club. Por lo que imposibilita completar una crónica íntegra del festival. Pero, a juzgar por los comentarios de los asistentes, el sonido fue mediocre, y el calor y la masificación en su escaso tamaño produjeron una situación de total incomodidad.

El Hull City Hall, recinto único en comodidad y sonido

El sábado 26 de agosto a las 10 de la mañana, para quienes habían comprado su entrada VIP, había programado un marketplace que, dada la especialización de los posibles stands que se dieran cita, prometía ser muy atractivo para cazadores de joyas. A partir de las 12 podría entrar el grueso de los asistentes. Me presenté a primera hora, y las puertas permanecían cerradas. Mi sorpresa inicial se convirtió en decepción cuando pasaban las horas y nada hacía pensar que el mercadillo fuera a abrir. A partir de ahí, y comentando algunos hechos con compañeros que ya habían tenido algunas experiencias negativas el día anterior, se iban a concatenar una serie de acontecimientos que iban a empañar la hoja de servicios de la organización.

No es cometido de esta crónica especular y hacerse eco de todo tipo de rumores que circularon durante los días del evento, por lo que simplemente manifestaremos los hechos contrastados. La primera de las actuaciones estaba programada a las 12:45h y, para nuestra sorpresa, hasta las 14h no abrieron las puertas. Por lo que, inicialmente, la puntualidad británica pasaba a ser un tópico sin fundamento.

Una vez en el interior del recinto pudimos comprobar sus instalaciones y constatar que todo lo que se ofrecía ante nuestros ojos tenía un halo de grandes expectativas. Sólo quedaba esperar a que las formaciones nos catequizaran con sus sermones musicales. La zona del merchandising parecía la más apropiada para la espera. No sólo porque nos acercaba a las barras, sino porque iba a ser ese lugar de culto donde, de forma familiar, íbamos a conectar con los músicos. Cosa distinta era lo que se nos ofrecía en los dos escasos puestos: alguna camiseta y sudadera del festival, y algunos amuletos de las bandas más noveles. Escaso de todo y nada de las bandas fetiche. La contrariedad es que iba a ser la tónica general de los dos días.

Mirabas a tu alrededor y, en la mayoría de los casos, los pelos cardados y lustrosas cabelleras de los hombres, que antaño habían adornado su estética, se habían convertido en hermosas bolas de villar y secos jardines de canas. En las mujeres todavía se podía apreciar esa decoración rock con el mayor de los deleites. Ellas parecen vivir sin fecha de caducidad y nosotros con el carnet sin renovar. La media de edad mejor omitirla. Pero muy significativa para destacar que las nuevas generaciones no sólo no se suben al carro, sino que ni siquiera saben que el carro existe. Dada la magnitud del acontecimiento, el dato de la concurrencia podía ser interesante, pero en su máximo esplendor difícilmente llegaría a pasar de 700 asistentes. Muy lejos del máximo del recinto y que, excepto en las bandas con más pedigrí, dio la sensación de frialdad y de vacío.

Y así vivimos las primeras actuaciones de la tarde entre saludos y presentaciones. Mucho cemento y asientos vacíos en los palcos. Y dudo mucho que fuera por el conocimiento musical que se tuviera sobre las formaciones. Es lógico que el personal se mueva por el impulso de sus gustos. Y tampoco se perdieron nada con los imberbes Black Cat Bones. Entre que los técnicos experimentaban con el sonido y que los de Liverpool viven de prestado de sonidos Guns ‘N’ Roses, en el primer tema ya estaba todo el pescado vendido. Sus ritmos febriles resultaban tan censurables como las imitaciones de Slash y Axl, tanto en estética como en movimientos, de su vocalista y guitarrista.

Killcode, una peculiaridad que puede con tu curiosidad

Tampoco los finlandeses Shiraz Lane nos despertaron del letargo. Y eso que su vocalista Hannes Kett se empeñaba en aullar sin descanso cual lobo en celo. Sus agudos eran tan penetrantes que agotaban. De seguir atropellando sus cuerdas vocales, le auguro una carrera muy corta. A eso hay que añadir que la impotencia musical de esta banda tiene que ver con el modelo de sus canciones. Tienes la sensación de escuchar la misma melodía, el mismo ritmo y los mismos gritos, durante media hora. Su presencia escénica y musical me recordaba a los primeros Dinazty. Más cromos repetidos.

Sin embargo, los neoyorkinos Killcode apabullaron con una propuesta fresca y original, aunque algo oscura, dónde la nota predominante eran los sonidos siniestros. No eran melodías de fácil digestión, y el enigma resultaba casi indescifrable, pero resolverlo persuadió a mi curiosidad.

En los suecos The Poodles no hay nada que resolver. Es posible adivinar hasta el momento en el que su frontman va a cambiarse de casaca. Su música suena tan estéril como su robótica propuesta escénica. La opacidad de las notas de su guitarrista sigue sonando a catarro. Aunque al final escupen los cuatro temas más conocidos con la misma alternancia de siempre y terminan por llevarse en su mochila algunos aplausos. A pesar de ello, y después de tantos años, seguir viviendo de la escuadra y el cartabón de sus shows no puede ser nada productivo. A no ser que quieran seguir perdurando con esos “algunos aplausos” que en cada cita observo que son menores.

Llegaban los grandes bolos que amortizaban el desplazamiento. Y del trío de ases que tocaron de forma consecutiva disfrutamos de muchas virtudes y de pocos defectos. Los americanos Spread Eagle, con sus consistentes guitarras pesadas y su ingenio incendiario, obtuvieron escasa gloria. Demasiados temas de su segundo trabajo con tintes grunge les llevaron a esa fealdad ininteligible que no zarandeó a la parroquia. Y, por momentos, vimos sufrir a su vocalista Ray West. De forma que el bolo quedó mitificado más por su exclusividad que por su solvencia.

Junkyard nos ofreció su suculento veneno en abundancia; esa orgía de sonidos punk rock que les ensalza como una de las bandas más macarras del planeta. Empezaron sonando como Motörhead, y, a la vez, nos fijábamos en la uniformidad del vestuario, donde la formación al completo mostraba chalecos vaqueros llenos de parches. Mucho se habla en el rock de la palabra actitud. Si hay una banda sinónimo de cualquiera de sus acepciones, esa es Junkyard. A medida que avanzaba el bolo me daba cuenta de que el sonido era más limpio de lo que recordaba en pasadas actuaciones, casi convertido en el de aquel venerado primer plástico. No dieron tregua, y sin casi darnos cuenta los operarios estaban cambiando el escenario.

El que iban a pisar los siguientes protagonistas, los Davy Vain Boys. La formación original de Vain arrastró al máximo de asistencia de todo el festival. Acaban de grabar un nuevo trabajo que recuerda mucho a los que les llevaron a su máximo apogeo del rock angelino en los 80’s, pero seguro que la mayoría de los que allí estábamos soñábamos con escuchar temas de su disco atemporal No respect. Y así lo hicieron. La banda parecía la apoteosis de la arrogancia. De esas formaciones que se saben ganadoras y consiguen la comunión con su público por acoso y derribo. Aunque también por el talento que les da el recorrido venenoso de sus canciones. Verlos corretear por el escenario produce sudor, pero es por esa anarquía que les da la espontaneidad. No hay armisticio que valga. Los temas se van sucediendo sin parones hasta que sus miembros desaparecen por la puerta del backstage. En su debe, algo que me repele pero que en su caso no parece significativo dado lo escasos y lejanos que suenan: los coros pregrabados. Aun así, no hubo ninguna formación que despertara tanta pasión. Pudieron ser los triunfadores, aunque hubo otras formaciones que estuvieron también a un nivel gigantesco.

Vain, una de las bandas triunfadoras

Los americanos Danger Danger son asiduos por estas tierras. Por eso era de esperar que el local presentara un gran aspecto. El reclamo en esta ocasión tenía que ver con el guitarrista. Steve Braun de Trixter era el encargado de hacer creíble el rock melódico de la banda más peligrosa del planeta. ¡Y vaya si lo hizo creíble! Dotó a las melodías de un cuerpo y una consistencia que sobrepasaba los límites del propio Andy Timmons. Y si el guitarrista fashion, de rubia cabellera y pañuelo colgado del bolsillo trasero del pantalón cuyo nombre no quiero acordarme hacía culto a las notas equivocadas y se excedía en efectos artificiales, el magnate de Trixter resucitaba cada nota, con brillo natural, hasta casi dotarla de poesía absoluta. Comenzaron con “Boys will be boys” y ya fue el presagio de un gran amor. El amor por un rock melódico perfectamente ejecutado por el resto de una formación que arrollados por el sustituto no les quedó más remedio que multiplicarse.

El final de la jornada nos trajo a los noruegos TNT, con un sonido brutalmente alto que hacía daño a los oídos hasta llegar a sangrar. Uno no entendía cómo, con un volumen tan exagerado, la voz de Harnell iba complementada con ecos tan potentes que parecía imposible aguantarlos sin taparte los oídos. El “Blancanieves hippie” Le Tekrø sigue en su tónica habitual de moverse con esa vibración en su cuerpo como si le estuvieran electrocutando. Y si a ello le añadimos que su técnica me resulta cansina, enseguida perdí el hilo absoluto de la música. Así que a la media docena de temas, cuando sonaba “Tonight I’m falling”, abandoné el show. Deberían preguntarse cómo, siendo una formación de los grandes, se quedaron casi solos. Suenan poderosos, compactos y tienen grandes canciones, pero algo falla cuando el pueblo decide prescindir de ellos.

La jornada del domingo comenzó con la desagradable noticia de la cancelación de Wildside. Se dispararon los rumores pero daban igual las razones. El hecho objetivo es que no íbamos a poder disfrutar de su directo. Por lo que hubo cambios en el orden de actuaciones y comenzaron unos sustitutos locales, Hell’s Adicction, que intentaron amenizar el vacío con sonidos clásicos de heavy rock. El caos hizo mella en los horarios y Princess Pang se adelantaron a su horario previsto. Mejor, porque nos hicieron prácticamente olvidar la decepción de la baja. Los suecoamericanos protagonizaron una de esas actuaciones inesperadas que hacen que el espíritu del rock siga muy vivo en nuestros corazones. Su rock mezcla distintos estilos entre el blues y el sleazy, dándole la suficiente entidad como para ser, a la vez que poderoso, elegante. La banda formaba con clase sobre el escenario, y a sus sorprendentes tablas (no se conocían en la actualidad actuaciones precedentes) había que sumar el empaque instrumental y la elegancia de su vestuario. Uno de sus guitarristas parecía recién salido de una boda. El plus definitivo lo daba su vocalista, Jeni Foster, con ese cuerpo musculado a base de ver vídeos de fitness de Jane Fonda, a cuyas trabajadas cuerdas vocales había que sumarles esa forma tan original de moverse por el escenario, a base de movimientos de los brazos y piernas que se quedaban en estático, semejantes a la visión del discóbolo de Mirón. Los siete temas que tocaron nos dejaron la media hora más intensa de todo un festival.

Los canadienses Diemonds salieron a comerse el escenario con su heavy rock n’ roll de adolescentes, pero terminaron devorados por su propia bisoñez. De nada valió la dirección de su vocalista Priya Panda, que se desgañitaba de uno al otro lado del escenario. La planicie de su ritmo, lo insípido de su contenido musical, y su forma inexperta de atajar los instrumentos sólo les otorgaban el galardón de chicos muy entusiastas. Tienen un largo camino por recorrer, si es que siguen en el camino. Todo lo contrario que los americanos Leatherwolf que, con 3 guitarristas, conseguían paredes de sonido poderosas y eléctricas, que marcan el abc imprescindible para que una banda de heavy rock llegue a la excelencia. Es evidente que la experiencia es un grado, y 30 años de currículum se hacen notar. El color de voz de su cantante Michael Olivieri me recordaba a Biff Byford, e incluso su música, por momentos, sonaba a unos Saxon clásicos. Los americanos siempre tienen ese plus en el escenario que les hace contagiosos; bien formados, bien acoplados instrumentalmente y sin gestos de violenta agresividad.

Personalmente, Shark Island era la banda más esperada. El paso de los años, como a todos, les ha pasado factura física. Así que ver con pinta de sacerdote de parroquia de aldea a su guitarrista Sercombe, y de leñador con gorro de lana a su vocalista Richard Black, no parecía el mejor de los comienzos. Su bolo fue de más a menos, a medida que su vocalista iba perdiendo fuelle. Hasta la mitad del set y regalándonos temas como “Somebody’s Falling” la llama se mantenía encendida, pero la pérdida vocal arrastró al resto de la formación (cuya ejecución fue notable durante todo el show) a una parsimonia interpretativa, y las brasas calentaban pero no quemaban. Cuando se perciben sobre el ruedo las ganas de acabar, con parones alargados con premeditación, la frialdad contagia al público.

Shark Island, lejos de sus años de gloria pero todavía con sonido potente

Los siguientes en salir a escena eran los japoneses Loudness, pero aquí se dio otro de esos capítulos deleznables que no tienen justificación y que, a algunos, dado que el transporte de vuelta no esperaba, nos dejaron sin poder disfrutar de las últimas actuaciones. Los motivos, vaya usted a saber. Dos horas y diez después los nipones hicieron acto de presencia con ese sonido heavy rock tan particular, al cual dan vida el guitarrista Akira Takasaki y la ronca y estridente voz de Minoru NiiHara. No son mi estilo, y aparte de alabar su sonidazo y que son una banda tremendamente empastada, me echaba para atrás lo constante del ritmo plano y esa voz inconfundible pero rasposa de su vocalista. Como el retraso había trastocado el resto de la programación y si se cumplía lo establecido el festival tenía visos de finalizar a altas horas de la madrugada, corriendo el riesgo de no quedar allí ni el apuntador, con 45 minutos nos dijeron thank you very much.

Los daneses D.A.D son los últimos a los que pude seguir en tres únicos temas, pero con la suerte de poder disfrutar de “Sleeping my day away”, y de un par de estrafalarios bajos de dos cuerdas de su bajista Stig Pedersen (incluido ese traje de astronauta y ese casco mezcla de Robocop y hormiga atómica). El bolo tenía visos de arrasar, siendo una banda que difícilmente suele fallar, así que más déficit que añadir a la larga lista de desaguisados de esta frágil organización. Comenzaba mi periplo eterno de regreso al hogar, y es de suponer que este festival, tras los sinsabores que día tras día nos dejaron sus promotores, haya muerto sin remisión y difícilmente vuelva a pisar esta ciudad que no coge precisamente de paso.

Si no tienes en cuenta algunos de los elementos indispensables y de casi obligada liturgia a la hora de crear un evento de este tipo, llevarlo a cabo es como tirarse a una piscina sin agua. Una de las claves fundamentales está en el lugar. Y Hull no es precisamente una población con conexiones idóneas. Lo que resta público. El cartel es fundamental, y éste era muy atractivo, pero con unos costes muy por encima de lo que exige la escasa demanda de estos estilos. Poner corazón y ambición es muy loable, pero también puede acabar por cavarse la propia tumba. Seguro que los errores han sido una consecuencia de la escasa venta de tickets, y ha habido que ir parcheando para salir de una situación que se hacía desesperada, pero eso no es culpa del pagano que ha hecho un gasto tremendo para terminar por sentirse estafado. Al menos, es de agradecer que no se haya suspendido. Las pérdidas hubieran cambiado de mano.

No podemos olvidar que quienes pagaron sus entradas VIP se vieron privados de descuentos por bebida y comida, el acceso a un marketplace que nunca existió, el acceso exclusivo a las bandas cuando sólo se prodigaban en la zona de merchandising y era público, el show exclusivo en acústico de Michael Monroe que nunca se produjo. Y quienes compraron sus entradas en los primeros meses han ido viendo cómo se caían del cartel bandas como Circus of Power, Smashed Gladys , Tyla, Michael Monroe y, el último día, Wildside (su vocalista ha salido al paso de unas declaraciones diciendo que nunca se les contrató, y que no merecía la pena desplazarse por media hora de bolo).

Por no hablar de que todos los retrasos, sobre todo el tiempo de espera de Loudness, limitaron el tiempo de actuación de las bandas. A todo esto hay que sumar que muchos que habían comprado su entrada en pack con hotel no tenían habitación y tuvieron que sufrir la incertidumbre hasta buscar una solución. No tiene sentido especular sobre las razones que, en cada una de estas anomalías, han llevado al organizador a actuar de la forma que lo ha hecho, porque la razón principal es de fácil comprensión. Eso sí, tampoco podemos olvidar que, al cruzar el umbral de la puerta y llegar a lo que realmente nos interesa, hemos disfrutado de tremendos espectáculos. El gran sonido, la comodidad y las grandes actuaciones han sido la nota predominante. Aunque eso nunca pueda justificar la falta de dignidad que se ha tenido sobre las personas.

Por otra parte, a posteriori, hemos podido leer las disculpas del organizador en un comunicado en redes sociales. Es posible que la inexperiencia lo haya arrastrado a convertir su buena fe en actos de dudosa ética, pero hubiera sido más creíble haber salido públicamente al escenario a pedir disculpas por todos los contratiempos. A lo mejor, un público razonable y experimentado, y que conoce los esfuerzos que hay que hacer para desarrollar un evento de estas características, lo hubiera comprendido. Por último, lo más triste de todo es que por los motivos y actuaciones expuestos las ilusiones de muchos, y seguro que también las del propio organizador, se han ido al traste, y hemos enterrado un evento que podía haber sido la felicidad anual de unos cuantos apasionados.

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Entrada publicada en Encuentros.

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