LIVING COLOUR – Shade: todas las gamas del marrón

“Hey!”. Corey Glover te pega un aviso desde el otro lado del altavoz y, antes de que llegue a tus oídos, arranca una estampida instrumental en forma de riffs y groove. Es un ”hey!” que demanda nuestra atención, que nos empuja a escuchar sin distracciones. Hazte un favor y sigue su consejo, porque Living Colour han vuelto, y Shade es lo mejor que la banda ha publicado en el último cuarto de siglo.

Tras esperar una continuación de The chair in the doorway durante ocho años, las ganas de escuchar material nuevo de la banda neoyorquina se habían convertido casi en una necesidad fisiológica. Se nos estaban agarrotando los músculos, se nos estaba secando el cerebro y enfriando la sangre. Como un chute, el inicio de “Freedom Of Expression (F.O.X.)” nos pone a bailar sin remedio. Los pilares son los de siempre: típico riff alocado y ritmo jadeante acompañados de letras que se clavan como dardos a la conciencia. La mezcla que nos permite identificar sus colores vivos de entre los otros miles de la paleta.

Construido sobre una línea serpenteante que traza los caminos diversos de la música negra y americana, Shade se escucha como un disco de blues. Pero hablamos de Living Colour, y eso inevitablemente significa que la etiqueta palidece frente a la riqueza sonora del álbum. En el universo de Living Colour, se difuminan las barreras y se entablan conversaciones entre opuestos, y el blues que se presenta no es puro, sino bastardo y mutante. Es funky. Es rapero. Es electrónico y soul.

Cronológicamente, el punto de partida lo marca la banda con una revisión de Robert Johnson y su “Preachin’ blues”, pero la sombra se extiende hasta los setenta, con su particular mirada al “Inner City blues” de Marvin Gaye, y llega hasta los noventa y sus calles sangrantes en “Who shot ya?”, tema de Notorious B.I.G. del que la banda se apropia hasta elevarlo a uno de los momentos grandes del disco. Olvídense los géneros y los prefijos. En la batidora sónica de Shade, la aparente disparidad estilística se hace coherente, y empasta con la otra decena de temas originales.

Y lo hace no sólo musicalmente – ahí ya conocemos las habilidades de Vernon Reid a la hora de crear su propio sonido -, sino también temáticamente. Desde los linchamientos de la primera mitad del siglo XX hasta las ejecuciones sumarias en los controles policiales de nuestros días, la situación de la gente negra ha ido pendulando entre lo malo y lo muy malo. Por eso, las nuevas canciones de Living Colour no apartan la mirada de la realidad, más bien la posan fija sobre ella. La historia no se repite necesariamente, pero sí hay unos patrones en el tiempo. Brutalidad de la policía, policía del pensamiento, pensamiento anestesiado. Monopolio de los medios de comunicación, incomunicación entre quienes comparten miseria, miseria que llama siempre a la misma puerta, puertas tiradas abajo por la policía.

Suena mal, pero que nadie se equivoque, porque éste no es un disco oscuro ni rabioso. Exactamente como podía esperarse de un disco de la que algún día fue la banda más impactante del planeta, Shade es un disco que invita a la reflexión bailada, pasar un buen rato por encima de todo. Y si, en el camino, le da a alguien por pararse a pensar, mucho mejor. Por eso, incluso aunque dejemos de lado su cristalino hilo narrativo, cualquiera puede disfrutar de este disco de producción (¡y portada!) noventera y tecnología de nuevo milenio, donde todos brillan con su propia luz. La base rítmica, vertiginosa y original (¿qué sería de Living Colour sin el groove de Wimbish y Calhoun?). Glover, con una garganta de oro que destella en joyitas como “Program” y “Two sides” (donde el funkadélico George Clinton hace el contrapunto). Y Vernon Reid, claro, responsable último de este loco invento. El guitarrista es un prestidigitador de sonido tridimensional, una figura a la altura de un Jeff Beck o un Steve Vai. Bastan como prueba treinta segundos de cualquiera de los trece temas que completan el disco.

Con el sello de Living Colour estampado en cada segundo de los cincuenta minutos del álbum, Shade es un disco previsible. Previsible porque sabes de antemano que te va a sorprender. Previsible como una montaña rusa o un laberinto: puedes tener la certeza de que, ocurra lo que ocurra, vas a pasarlo en grande. Y, como una montaña rusa musical, éste es también un disco de contrastes y de mezclas improbables. Un disco de blancos y negros que guarda, en medio, todas las gamas de gris marrón. El verdadero color del blues.


Lo mejor: el caos controlado y la coherencia con la que encajan las (casi irreconocibles) versiones.
Lo peor: ¿queda aún gente interesada en la banda de “Cult of personality”?


Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Juicios Injustos.

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