JOSEMI VALLE – Rock and Ríos: lo hicieron porque no sabían que era imposible

1982 fue el año en que nuestro país transmutó su epidermis tradicional por otra de naturaleza multicolor. Una revolución se puso en marcha, pero tampoco parecía la soñada. Dudo que fuera una revolución política. Más bien aparentó ser una rebelión de lavado de cara, sin ningún patrón definido, que se nutría del ansia de muchos. Un tajante intento de escisión frente al estilo y contenidos del pasado. La eclosión de un momento histórico donde la palabra clave era “cambio”.

Acontecimientos como el final del franquismo, la recién estrenada constitución, el golpe de Estado, o la emigración rural a las urbes detonaron el sistema nervioso emocional de una ciudadanía que anhelaba aires de cambio. En el mes de octubre el PSOE ganaría las elecciones y sus políticos respaldarían la creatividad de una generación de artistas progresistas que lideraba esos nuevos aires.

Meses antes, Miguel Ríos había asegurado que el rock necesitaba un discurso que expresara las frustraciones y las necesidades de la gente. Él fue pionero en rentabilizar todo el caudal humano, dotando a su música de lemas capaces de canalizar esos sentimientos. En el mes de marzo grabaría Rock & Ríos, convertido en el álbum en directo símbolo del rock español. El granadino aprovechó su gira veraniega para lanzar mensajes de libertad como “este es el tiempo del cambio…”. Consignas reveladas en un bíblico nuevo testamento de salvación que, lanzadas entre la niebla de las luces y los vatios, quedaban tatuadas a fuego en sectarios de todo tipo de edades y condición.

La fiebre del Rock & Ríos se apoderó del país, y las enfervorizadas hordas seguían a su ídolo como si hubiera llegado al mundo un nuevo mesías. Desafortunadamente para su carrera, pasado el incendio del éxito sólo quedarían las cenizas de un predicador de ocasión. Agotado en tiempo récord el mensaje de “colega” mayor del reino, y asentadas las bases de la nueva España, los eslóganes subversivos quedarían hijos de su tiempo y el título de mesías quedaría para Felipe González.

Esta introducción, enmarcada en las circunstancias de la época y en el momento clave de la carrera de un artista, sirve para presentar el apasionante libro de Josemi Valle, y para lanzar algunas reflexiones con interrogantes sobre la glorificación y posterior desplome de nuestro protagonista. Por higiene mental esquivo toda lectura biográfica de estrellas de rock, que suelen aprovechar el tirón comercial de cualquier efeméride para el lanzamiento de “panfletos” que, en su gran mayoría, tienen una literatura ficticia y anodina, aportando poco más que un chusco pasatiempo. Pero el destino hizo que, en un simposio organizado en mi ciudad, conociera a Valle, quien presentaba Rock & Ríos: Lo hicieron porque no sabían que era imposible, y ello desencadenó mi curiosidad.

Aunque la inexistencia emocional y la desconexión musical sobre la obra de Miguel Ríos allanan mi percepción de artista de dudosa autenticidad, mi inquietud por profundizar en su figura (probablemente por ser espectador presencial atónito ante aquella avalancha de pasiones) fue insatisfecha por la escasa documentación encontrada. Pero mi “obligación” hacia el escritor hizo que, previamente al debate, devorara su libro publicado por la editorial Efe Eme, que colmó todas mis expectativas. Hay que atestiguar con cierto sonrojo que su lectura tuvo la habilidad de introducirme en el túnel del tiempo y de reavivar aquellos mágicos momentos en la discoteca Las Torres, cuando puño en alto y cara desencajada gritábamos al unísono “A los hijos del rock and roll…¡BIEEENVEEENIDOS!”.

El ensayo destripa las claves del disco en directo más vendido de la historia de nuestro país, con una pericia sin precedentes. ¿Cuál es su magnetismo? Que, contrariamente a la mayoría de este tipo de ensayos, que utilizan un lenguaje excesivamente vulgar, ha sido redactado con literatura de lujo, intensa y apasionada, que atrapa por estar siempre dentro de la acción. Con su estilo, Josemi tiene la habilidad de hacernos partícipes de cada una de las sensaciones hasta lograr revivirlas. Su relato en tiempo real nos sumerge en su espíritu como ese reencuentro con el pasado al leer nuestro propio diario.

La estructura del libro queda encauzada con absoluta maestría en una serie de capítulos, y el lector quedará enganchado desde los dos primeros. Sitúa la escena en la noche del viernes 5 de marzo, donde la grabación, con una potente y carísima unidad móvil llegada del Reino Unido, tuvo una serie de dificultades y obligó a los músicos a jugársela al día siguiente, si tenemos en cuenta las dificultades técnicas de la época y el escaso ensayo de los grandes músicos internacionales contratados para la ocasión.

La tensión por conocer el desenlace genera tales expectativas que el autor evita descubrir sus mejores cartas. Así, nos deriva a un segundo capítulo donde retrocedemos en el tiempo, y nos ofrece un análisis de los tres trabajos previos, punta de lanza del sonido que Miguel propondrá en el Rock & Ríos. Reseñas decorosamente articuladas de Los viejos rockeros nunca mueren (1979), Rocanrol Boomerang (1980), y Extraños en el escaparate (1981), que ayudan a entender la intrusión del granadino en el mundo del rock y su correspondiente evolución.

En el tercer capítulo se esclarece la elección del repertorio del directo, donde brillan los temas de los citados álbumes, con algún clásico como “El himno de la alegría”. La preparación de cuatro temas inéditos, que a la postre fueron definitivos para el devenir de su éxito, y el medley con temas de otras bandas como Tequila, Moris o Leño añaden más madera a un relato exhaustivo en datos. Su cuarta parte, por fin, narra la histórica noche del 6 de marzo, velada tensa de la que la banda saldría indemne.

Pero donde Josemi destapa el tarro de las esencias es en el siguiente capítulo, cuyo trabajo de documentación se adivina extenuante y cuya cronología tan minuciosa raya en lo imposible. La inesperada dificultad de la edición de la grabación, la publicación del doble directo en el mes de junio y la consiguiente gira de verano, las interesantes declaraciones de los músicos que participaron en la grabación y en la gira, y los artículos relacionados con la figura de Miguel y sus directos por los medios de comunicación de la época, hacen de la narración, además de una borrachera de referencias que en ningún momento saturan, el certificado esencial de la auténtica dimensión de lo acontecido. La sensación de que no quedan cabos sueltos autentifica la realidad de los hechos.

Además, aunque Valle es un auténtico apasionado de la figura de Miguel, y de alguna forma se pueda intuir que ha querido saldar su deuda por el vitalismo que su ídolo le aportó en su infancia, se remite a trasladarnos los hechos constatados. Su cautela y coherencia hacen frente común para negarse a mitificar la figura de su añoranza. Él mismo cierra el libro señalando que las experiencias propias, nuestra nostalgia, pueden sesgar nuestra visión de la realidad. A veces los árboles no nos dejan ver el bosque. Y es de aplaudir que no se dejara embaucar por sus emociones. Por ello el ensayo engrandece, más si cabe, la figura de su autor.

Por otra parte, aunque el contenido solamente nos traslade a esa etapa triunfal de un Miguel Ríos empachado de éxito, su variopinta carrera plantea ciertas reflexiones y algún que otro interrogante. Habrá quien alegue que es lógico un descenso tras haber coronado la cima, y de ahí su posterior irregular trayectoria. Pero hay que señalar que, tras la deficitaria gira de 1985 Rock en el ruedo, Miguel aparcaría sus devaneos con la fuerza del rock, reapareciendo con cuentagotas y de forma light en posteriores publicaciones, como lo demuestra el resto de una trayectoria dedicada a explotar otros sonidos.

Siempre me pregunté qué fue de toda esa gente que, como una fiebre contagiosa y totalmente infectada por los supuestos valores de su música, desapareció sin dejar rastro. Quizá el rock era la coartada, y el mensaje, la señal de identificación. Es posible que aunar a todo tipo de gente en una masa uniforme, con sensibilidades musicales y edades dispares, fuera su éxito. No es fácil conseguir esa unidad, y él lo hizo. Pero, a la vez, sugiere la fragilidad de una propuesta musical que parece más elaborada para la ocasión que para sentar las bases de un futuro por convicción. A quien se le otorga el galardón de ser el emblema del rock de este país, ¿no es tomado como influencia por ningún músico o banda?

A eso habría que añadir la saturación que producía su figura, constantemente en los medios. No sólo en los musicales: también pasó a ser un habitual de la prensa generalista. ¿Su repercusión en la victoria del PSOE terminaría por ser más un lastre que un impulso? No hay duda de que fue un fenómeno sociológico que trascendió más allá de lo musical. Pero otra duda martillea en mi cerebro: ¿fue su paso por el rock honesto, o simplemente fue el más listo de la clase y supo arriesgar y estar en el momento preciso?

Es posible que el verdadero valor de su reinado estuviera más en el proceso, en el camino en sí, que en el punto de partida o su conclusión. Pero, aunque ese paso genere dudas razonables de autenticidad, hay que otorgarle el mérito de actuar como bisagra entre la generación de los setenta y la de los ochenta, iniciando en el recorrido hacia el rock a millares de jóvenes. Incluso su labor solidaria, colaborando frente a cualquier causa injusta, ha engrandecido su persona y sigue siendo un personaje conmovedor. Su principal logro fue haberse enfrentado a los parásitos del negocio, consiguiendo logros sobresalientes como el trato digno a músicos y público, profesionalizando una actividad que sobrevivía de modo rudimentario.

Para muchos, el artista de rock más importante de nuestro país. Para otros, un inteligente músico que se aprovechó de la situación social del país, y cuyo paso por el rock dejó mucho ruido y muy pocas nueces. Eso sí, Rock & Ríos no acepta discusión. 35 años después, sigue manteniendo la candidatura a la eternidad.


Lo mejor: La capacidad del autor para introducirte en tiempo real en el espíritu de un acontecimiento musical histórico.
Lo peor: Que esa misma virtud para nostálgicos pueda ser un hándicap para un lectorde nuevo cuño.


Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
Jesús Mujico on Facebook
Entrada publicada en Juicios Injustos.

Podrían interesarte:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

4 + seis =