Exorcismo colectivo: NICK CAVE en Estocolmo

Pasan las siete y media de la tarde cuando la niña que tengo a mi lado empieza a mostrarse impaciente. Es una preadolescente que ha venido al concierto más por acompañar a su madre, fanática de Cave, que por iniciativa propia. Puede que sea uno de sus primeros conciertos de rock, y no sabe lo que le espera en las siguientes dos horas y media. Y yo, que creo haber visto los suficientes, tampoco.

Durante mucho tiempo la de Cave era para mí una figura mítica. Había escuchado sus discos y visto sus documentales, pero no dejaba de pensar que todo lo que se dice de él era una exageración. Que ese rollo pulp y esa elegancia fantasmagórica eran parte de un personaje al que, en distancias cortas, se le vería el artificio. Tras haberlo tenido a la distancia de un palmo, tengo claro que ninguna descripción exagerada hace justicia a la intensidad que se vive en su presencia oscura y magnética.

Cuando la figura delgada pisa el escenario a paso rápido, el aura de Cave es de superestrella. El pabellón ruge, fans de toda edad y sexo enloquecen, y luego todo el mundo se calla de súbito. Antes de arrancar con la siniestra “Anthrocene” se escuchan algunos “I love you!” que rompen el silencio, pero Cave, lejos de sentirse incómodo, sonríe y devuelve el cumplido. No importa cuán grande pueda sentirse ahí arriba, su mirada transmite un sincero agradecimiento. Si lo está fingiendo, entonces estamos ante un actor sin par.

Con la confianza que da haber publicado un sólido nuevo disco, el líder de los Bad Seeds comienza el show con tres canciones de Skeleton tree, una detrás de la otra. Caen más adelante otras cuatro, todas ellas con ese aire decaído que impregna el álbum. Parece frágil cuando canta en susurros, pero lo hace con confianza: tiene a una de las mejores bandas de acompañamiento posibles detrás de él, y a un público que vitoreará cualquier cosa que les eche. Afortunadamente, lo que presenciamos no es cualquier cosa.

Mejorando siempre sus versiones de estudio, Cave confecciona un set que va desde lo conocido hasta lo oculto, de lo sutil a lo salvaje. A veces todo junto. Porque los hechos no nos son ajenos, queremos creer que el artista pretende hilar una narrativa a través de sus canciones, que cada tema ocupa un lugar preciso en el repertorio. Pero, según avanza el concierto, es fácil rendirse ante la evidencia de que lo que mueve a Cave no es tanto el contar una historia como recuperar la conexión con su público a través de un puñado de maravillas sonoras. Hay momentos para la melancolía, pero ésta no se apropia nunca del tono del show. Más bien al contrario, lo que predomina es el desbocamiento y el éxtasis compartido.

Cuando Warren Ellis hace sonar el primer acorde de “Higgs Boson blues”, el nudo que se me hace en la garganta me asfixia y no se desata hasta el final de sus más de diez minutos. Ahí, el stendhal que me sobreviene pasa a ser una febril locura con “From her to eternity”, y no para hasta después de la torrencial “Tupelo”, con cada una de las seis piezas de los Bad Seeds subiendo el tono y la agresividad hasta lo insoportable. Una deliciosa tríada de casi media hora que sirve para mostrar tres caras conectadas pero distintas de esas malas semillas.

El sonido, perfecto, reverbera de forma natural en las paredes del Globen de Estocolmo, y a la garganta de Cave se le aprecian más matices incluso que en disco. Su voz rugosa, áspera hasta el dolor, apenas permite fijarse en la instrumentación que acompaña. Cuando se pasea por delante del público y canta con los ojos clavados en ti, ésta resulta amenazadora.

Se escuchan más “I love you!” entre el público, que son ya como un ritual en sus conciertos. No es del todo gratuito, porque la conexión entre artista y público va mucho más allá de lo descriptible. Gracias a una plataforma de unos treinta centímetros de ancho que recorre toda la primera fila, Cave sólo necesita dar una zancada para cruzar el foso y sentir el calor de la gente. Y entonces, el magnetismo no es ya sólo figurado: los cuerpos son atraídos hacia ese punto gravitacional vestido de traje. Gesticula con las manos, como invitando a más y más gente hacia sí. Como girasoles buscando luz natural, decenas de brazos se estiran para tocar a su ídolo.

Ahí, en ese espacio íntimo creado dentro de la enormidad del recinto, el artista se hace más humano. Grita sin el micro, susurra, toca y se deja manosear. Te moja con el sudor que cae de su cara. Te llama “motherfucker” y lo aceptas de buen grado. Se lanza entre la gente y confía en las manos que han de sostenerlo. Es el público el que ha pagado, pero el show se parece por momentos a una terapia para el propio Cave. Cuando canta “I need you”, su pérdida se convierte en un reconocimiento de las cualidades curativas de un público entregado.

Al dedicar “Into my arms” a “todos nosotros”, el artista se descarga de una pena particular y la mezcla con las penas de toda esa gente que canta el estribillo al unísono: todo el mundo ha perdido a alguien amado, y sólo los vivos podemos apaciguar nuestro dolor compartido. Cuando, en los bises, suben al escenario veinte o treinta fans para bailar “Stagger Lee y “Push the sky away”, Cave se mete en el papel de predicador, y el asunto toma forma de exorcismo colectivo.

Es probable que, para Cave, el concierto de Estocolmo fuese uno más de entre tantos otros. Salió, hizo su set, dio las gracias, y se marchó con la misma elegancia con la que entró. Pero al resto de quienes estábamos ahí nos quedó la sensación de concierto único, en el que todo llevaba la marca de memorable. La certeza de haber sido testigos del punto álgido de una carrera de más de cuarenta años condensados en dos horas y media de convulsión.

Pienso de nuevo en la preadolescente que esperaba a mi lado, y no sé si ha sido una suerte o una maldición empezar la vida musical con semejante experiencia. Si se enganchará a la música irremediablemente o si todo lo que vendrá después será una decepción. Porque, no nos engañemos, nada de lo que venga será remotamente cercano a lo que se experimenta cuando Nick Cave te canta al oído.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Encuentros.

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