Con V de Victoria: ROCKINGHAM 2017

La llegada del otoño cubre los paisajes con un manto dorado de hojas caídas, la melancolía es el estado emocional más notorio, y los habituales constipados del mes de octubre los sanamos a golpe de fármacos de rock melódico, inyecciones de antibióticos hard rock y unas cucharadas de jarabe AOR. La tranquila ciudad de Nottingham volvió a ser la bandera de Gran Bretaña en los estilos más melódicos del rock, lo que obligó a los soñolientos bosques de Sherwood a despertarse. Mientras su frondosidad se estremecía con las vibrantes guitarras, y la ciudad sollozaba lluviosa con voces aterciopeladas, la sala de la universidad de Trent nuevamente era el lugar de culto en la tercera edición del noble festival Rockingham.

Quizá sólo este festival te brinde hoy en Europa la improbable oportunidad de deslizarte entre las delicias de Loverboy, llenando el escenario de hits de los 80’s y elegancia suprema AOR, o de la majestuosidad visual de Kix, con los guitarristas más fashion del planeta rock. Aunque también apuesten por bandas prometedoras como Maverick, Vega o The Amorettes, correspondía a viejos artistas, como Great White, Vince Neil, Dare o Harem Scarem, atraer a una multitud que hiciera lucrativo el evento. Los organizadores combinaron a la perfección lo genuinamente internacional, con increíbles iconos adornando el escenario, con el distintivo sabor casero de una superior representación británica.

El festival de este año se jactó de una gama de vocalistas y guitarristas de nivel superlativo. Fue la voz de Harry Hess de Harem Scarem la que, el sábado por la tarde, llevó a todos a un estado de embrujo. La noche de viernes, y aunque cada vez es más difícil toparse con un frontman de categoría especial, tropezamos con un líder de instintos infecciosos, mezcla de Dave Lee Roth, Steven Tyler y Mick Jagger: el tres en uno Steve Whiteman de KIX. Y en las guitarras, si Lesperance convirtió sus riffs y ritmos en un regalo para todos los presentes, Mark Kendall de Great White abrasó nuestros oídos con solos de cenizas incandescentes. Pero si hay un instrumento denigrado como ninguno, siendo a la vez el alma del sonido de estos estilos, ése es el teclado. Y por eso no podemos dejar de ensalzar a Dough Johnson (que cerró el festival junto a Loverboy); de cuyos dedos surgieron ráfagas de suavidad que parecían quedar flotando en el aire. Un concierto del canadiense parece una cita con la seda.

No sucede con asiduidad que, en la gran mayoría de sus conciertos y durante las tres jornadas, la atmósfera de un festival se inflame y arda con tanta intensidad. Con respecto a anteriores ediciones, algo atípico flotaba en el ambiente para que, desde la más bisoña de las bandas a la más temprana de las propuestas, la sala rebosara en afluencia. Esa euforia se contagiaba entre los músicos y la espontánea retroalimentación germinó en un bloqueo del tiempo, en la hipnosis y en la electricidad. Se convirtió en una auténtica lección de emoción y nervio que nos transportó a vertiginosos pasajes interiores. Y, dando igual gustos y manías de aficionados exigentes o flexibles, se visualizaba la diversidad como un ente común.

Por eso no es de extrañar que, quien escribe, viviera un mundo distinto al de otros muchos seguidores con dispares ilusiones. Un examen negativo, plasmado en esta hoja, para cualquier otro pudo ser positivo, y con razón. La exultación respirada en la concurrida sala de la universidad de Trent, añadida a la perfección sonora que se vivió en la mayoría de las actuaciones, arrastró a las formaciones, incluso a las más limitadas y de menor potencial, a dar lo mejor de sí mismas. Y al auditorio, a exprimir su disfrute, engrandeciendo esas sensaciones que esclavizan a nuestro intransferible paladar. Así que un escrupuloso análisis de las aventuras y desventuras de nuestros ídolos en el cada vez más familiar y solemne escenario universitario, pasa por reducir las sensaciones globales y profundizar en los casi imperceptibles detalles.

Detalles que, sumados uno a uno, en algunas formaciones produjeron un conjunto de falsas expectativas, en otras desatascaron con solvencia su status de futuro aparente, y las más grandes obtuvieron el certificado de calidad (salvo una excepción que lleva lustros confirmando la regla). Las bandas emergentes buscan su lugar en la escena, aunque por distintas vías. Si los británicos Vega marcan su destino por la senda de la originalidad, con una propuesta personal de AOR moderno con código de barras astral, los norirlandeses Maverick recogen el testigo del hard rock yanqui ochentero y rubrican una propuesta excesivamente calcada a bandas como Skid Row. Las posibilidades de sobrevivir en esta jungla “sonando como…” son prácticamente nulas. Desgraciadamente, en los tiempos que corren, tampoco la innovación obtiene el premio que debería.

La progresión, en los directos de los primeros, es satisfactoria y va subiendo peldaños en una escalera con pretensión de llegada a la gloria. La salida desbocada de los segundos se comprende desde la bisoñez y haber tenido el privilegio de abrir un festival que normalmente encuentra su hándicap en el encaje inicial de las piezas del sonido. Pero ambas formaciones tienen grandes vocalistas con similares defectos. Si Nick Workman pulsa el play de registros histéricos y no le da a la pausa hasta el final del show, tampoco David Balfour da tregua a aullar como un lobo en celo. Sin cambio de registros, el dictamen es de planicie y su escucha produce cansancio. Pero, más allá de algunos vicios corregibles, mientras Vega mostró que el trabajo con personalidad y bien dirigido consolida su propuesta, en Maverick se percibe la indefinición de una débil oferta y se intuye que les queda muchas puntas que clavar en las tablas de esos escenarios de Dios.

Los galeses Dare tienen astilladas las tablas de media Europa de tanto martillearlas. Son el comodín de cualquier festival. Incluso anunciados como salvadores en cancelaciones inesperadas. Y, aunque algo tiene que tener el agua cuando se la bendice, sigo ahogándome en ese líquido de miserias que siempre nos muestran en directo. Son trucos de prestidigitador instrumental y coral, y el desequilibrio de un set basado en gran parte en sus sonidos folk y que ralentiza el espíritu de un concierto de rock. Cuando regresan al ritmo adecuado, con las gemas que adornan su discografía, parece la receta sanadora al sopor que prescribió el médico.

Otra receta antítesis del tedio tiene como referencia a los canadienses Harem Scarem. Cuando abonas la factura sabes que tienes como recompensa un verdadero deleite, porque saben llevar a la multitud tanto a una tormenta de pasiones como a la sorpresa más insospechada. Harry Hess sabe cómo robar el espectáculo hasta salirse con la suya. Sus cuerdas vocales balancean con suficiencia cualquier tono; notas desde quejumbrosas hasta dulces, de acentuada suavidad o con desgarro, rubricando con autoridad esa diferencia existente entre lo divino y lo humano.

Si a eso le añades la excelencia del sonido, el trono como rey de coros, el empaste de una banda sin una sola fisura, un guitarrista que renuncia a su estrellato para entregarlo al servicio de las canciones, y un setlist gloria del rock melódico de la historia, no queda más remedio que reconocer un pódium merecido. El justo premio por materializar un directo que no sólo nos abre la puerta del paraíso, sino que, en su estilo, es el ilustre referente.

Como ejemplo a seguir, el Rockingham se ha convertido un festival que no se estanca y que en esta edición nos ha regalado algunas innovaciones visuales ciertamente explosivas. La pantalla gigante que coronaba el escenario presentaba a los ídolos con las imágenes de los latidos del interior de un corazón, que progresivamente iba acelerando en intensidad hasta que, en su estallido, hacía saltar entre vítores los músicos al escenario y quedaba en estático el logo de la banda. Un poco de sal emocional a unas apariciones que, en algunos casos, no se correspondían con las expectativas creadas. Como el trío de grupos americanos de AOR que fueron víctimas de las mismas carencias. Blanc Faces perpetró un ritmo de set que carecía de fluidez, con largas brechas entre canciones mientras sus miembros comprobaban si estaban en la misma onda. A pesar de la maravillosa garganta de Robbie Le Blanc, y un brillante sonido, su falta de coordinación contribuyó a una atmósfera muy tenue.

Igual de frágil fue la interacción de los músicos de Dave Bickler (ex-vocalista de Survivor), que se manejaban intuitivos frente a un cantante estacionado en su metro cuadrado y que reflejó su discreta y responsabilizada presencia en el escenario. Su falta de carisma sólo fue compensada por la exclusividad de escuchar algunos grandes temas que Jimi Jamison nunca encaró, y ni siquiera las versiones de Bad Company tuvieron status compensatorio. 

Tampoco compensó revivir por segundo año consecutivo a Fortune. Una vez que el clamor popular ha satisfecho la curiosidad (y lo vivido sólo te aporta una muesca menos en tu revólver de “me falta”), lo ofrecido musicalmente sólo nos recuerda que alguna vez fueron músicos, y la insistencia carece de sentido. Su vocalista, Larry Greene, visualmente un clon de Stephen Pearcy de Ratt, estuvo en el punto de mira y tuvo que convencer a una multitud con una interpretación en la que su color de voz personalísima y reconocible fue su mayor enemigo. Sus líneas vocales mantienen un tono tan obstinado que propicia la fatiga auditiva.

El hecho positivo es que su preciado trabajo de estudio del año 1985 tendrá continuidad con una nueva entrega, así que pudimos saborear en vivo algunos de sus temas que, en breve, saldrán a la luz. En los puestos del merchandising, que en esta edición estaban surtidos de forma prominente, con camisetas, cd’s y otros fetiches de prácticamente todas las bandas, se podía comprar el EP adelanto con cuatro temas.

Pocos más, hasta siete, fueron los temas que azotaron como una tormenta melódica por los ingleses Airrace. Cuarenta minutos para la gloria que parecieron suceder en un pestañeo. Y eso a pesar de que su líder espiritual y guitarrista Laurie Mansworth ha ensamblado una nueva formación que podía augurar falta de experiencia. Todo lo contrario. Con “First one over the line” se conjuraron momentos atmosféricos que insinuaban plenitud, antes de desencadenar unos musculosos riffs y su poderoso solo de guitarra. Gozaron de un sonido que sobrepasaba la perfección, y un voceras que sorprendió a propios y extraños por su poderío vocal y un color muy similar al de Keith Murrell. Todo ello, más la teclista Linda Kelsey, que iluminaba el cuerpo de las canciones con milimetrada exactitud, y un sorprendente empaque instrumental al que su líder daba el brillo de electricidad perfecto, Airrace no sólo alcanzaron la excelencia, sino la reverencia total de un público que dejó su garganta totalmente quebrada por la ovación.

Para clamor popular el anuncio de John Parr como sustituto de Honeymoon Suite. Convertido, eso sí, en marcha silenciosa por un show carente de toda emoción. Y eso que su comienzo con “Highway Star” hacía pensar que su voz resistía el paso del tiempo. Pero fue sólo un espejismo, y únicamente comprobamos una gran imagen acorde con su pasado y el magnetismo de su presencia.

Sus prestaciones vocales disminuían a cada canción hasta sentir una voz totalmente ahogada. Arropado por una formación avalada por sus versiones, sus instrumentistas se sentían a gusto con temas de The Beatles, Zeppelin o Fleetwood Mac, pero cuando abordaban los escasos temas de la discografía del británico, decaía la solvencia. Ni siquiera en el cierre, con el diamante del AOR “St. Elmo’s fire”, puso la sala patas arriba. El mal ya estaba hecho. Al igual que el mal que producen los proyectos de estudio fabricados en serie, cuyos supuestos colaboradores apenas se conocen. La frialdad de la mecánica de las canciones, al trasladarlas en vivo y sin la conjunción de sus músicos, se traducía en un show insípido y uniforme.

Así lo vivimos con Bailey, y, con matices semejantes, con los también británicos Moritz. Estos últimos, dan rienda suelta a su creatividad cada tres olimpiadas, pero sus vidas no están en consonancia con la constante actividad que exige esta profesión, y en las escasas ocasiones que suben a un escenario sólo pueden mostrar voluntad y máxima responsabilidad. Aunque luego, y es justo decirlo, el veredicto de gran parte del auditorio refutase esas teorías y mostraran su entusiasmo disfrutando de sus propuestas.

Ningún entusiasmo si se compara con el causado por el carismático astro americano Vince Neil a la hora de revertir todas las carencias de un show decepcionante en virtudes que no logro descifrar. Debe de ser que un concierto de rock, además de una fiesta, es una ceremonia que, cuando se lleva al límite de lo absurdo, nos sitúa en el misticismo de la fantasía, y cuanto más nos adentramos en ella más nos acercamos a la verdadera libertad.

Sí, eso debe de ser, porque nuestro fogoso Dios de barro con voz de pasquín “se busca”, con la inestimable banda de acompañamiento que convertía los sonidos tradicionales de los Crue en una caótica metalización, y la no menos valiosa aportación de la roadie que se exhibía pudorosa por el escenario como quien lleva la tablilla del número de asalto de un combate de boxeo, arrastraba a la multitud a devorar sus ofrendas musicales circenses como carne de cerdo en una barbacoa de sábado noche, bañando con cerveza Carling sus ritmos saturados. Una experiencia tridimensional de alto contenido grasiento y de colesterol. Nuestro reclamante estómago se ve sometido a la dictadura de los horarios, y las prisas por volver al templo también nos incitan a unas comidas rápidas con alto contenido en grasas.

Lo que, desgraciadamente, elimina la posibilidad de análisis de todos los bolos: en esta ocasión, hubo que renunciar a Crush, The Amorettes y Brother Firetribe, ante quienes toca disculparse. Las mismas disculpas merece Steve Whiteman por haber dudado de él tras su exigua prestación vocal del pasado Sweden Rock. En esta ocasión, el guerrero de la carretera cogió el volante de mando del escenario y, con sus tradicionales agudos y su habilidad para contagiar a las masas con bailoteos nerviosos, dio un curso acelerado de lo que es un frontman de los de la vieja escuela. Pero los americanos KIX no sólo viven de la seducción de su virtuoso líder. En el mundo del rock también la atención al detalle lo es todo: la elegancia de su vestuario, su imagen cuidada, y los movimientos con clase de la mejor escuela yanqui de todos sus componentes son la tarjeta de presentación que, en los primeros segundos de su salida a escena, anticipa que estás ante algo grande.

Con ellos confluyen las esencias más puras del hard rock. Sus guitarristas originales, Forsythe y Younkins, trabajan como un equipo de demolición, fusionando sus riffs y lascivos solos en melodías de conducción clásicas. La banda te agarra por la yugular hasta que te clava el veneno de sus colmillos de la adicción. Un cianuro festivo que incita al desenfreno con el que a duras penas reconoces si tu disfrute es superior al de ellos. La sensación final es que su espectáculo es otra de las acepciones de definición de la palabra “rock”. Lo mismo que Great White. La banda sale a escena sin prisas, como si fuera una locomotora de vapor. El maquinista Terry Illous te recomienda que subas a bordo, y el jefe de tren Kendall gruñe testosterona con riffs y solos abrasadores que echan más madera a la caldera para que vaya cogiendo velocidad. Una condición que suma puntos en mi valoración personal es que en el tablado veo sonrisas y sudor. Ese clima perfecto de energía positiva que fusiona olores con la pureza de lo que sale del alma.

Y, en eso, los americanos son unos sectarios. Llenan el escenario de charcos, y la atmósfera, de un aura de autenticidad, y lo hacen sin usar efectos visuales ni fuegos de artificio. Los únicos fuegos son los que provienen de los dedos ardientes de Kendall. El hombre de negro (gafas negras, gorra negra, camisa negra, jeans negros), que se mueve por el escenario como una marioneta autómata a la que gobierna sus cuerdas, tiene la suficiente clase mundial como para electrificarte el cerebro con sus solos. Si a eso le añadimos la versatilidad de Lardie (guitarra rítmica harmónica, teclados), la robustez de la base rítmica, la fuerza escénica y vocal de un carismático Terry Illous (aunque se le sigue mirando con recelo, sustituye con matrícula de honor a Jack Rusell), y unas grandes canciones ejecutadas con una perfección sonora sin igual, la locomotora de vapor se fue acelerando en vitalismo hasta convertirse en un TAV.

Un tren de alta velocidad al que la abarrotada sala de la universidad se subió con júbilo por acoso y derribo, y porque se sintió la entrega en un show de alto calibre con el más absoluto profesionalismo. Tantas emociones y, casi sin darnos cuenta, Loverboy salían a escena con el honor de clausurar el festival. Los canadienses son una de esas bandas con cuarenta años de carrera, que cuentan con un puñado de hits AOR que en los 80’s inundaron las radios de medio mundo, y que seguramente fue el detonante que activó a muchos a viajar a la coqueta ciudad de Nottingham. Y eso es exactamente lo que fue su show: una cabalgata de éxitos, uno tras otro, con interpretaciones perfectamente ajustadas y musculosas, y que los presentes parecían saber de memoria. En lo visual, se observaba cómo sus miembros confraternizaban como si fueran una hermandad.

La imagen de Mike Reno dista mucho de ser la de aquella apariencia de Bad Boy de los 80’s, aunque transmite ser un líder afable. Sin embargo, su poso vocal está intacto y sólo sorprende su forma tendinosa de coger el micro; lo sube y lo baja frente a la boca en movimientos cortos, de una forma tan rápida y constante que satura mirarlo. La sección de ritmo, con el batería Matt Frenette y el bajista Ken Sinnaeve, era sólida como el granito. Pero protagonizaron sendos solos cuyo alto minutaje estancó un show que volvió a recuperar un Dough Johnson en estado de gracia. En “Take me to the top” entró el saxo en acción y nos abrió, de par en par, la puertas del cielo. Y las ardientes carreras de guitarra ejecutadas por Paul Dean, daban el brillo excitante a unas canciones que lanzaron al frenesí a una audiencia ávida de nostalgia.

Una serena ciudad universitaria ha sido de nuevo el telón perfecto para un fin de semana memorable con actuaciones irrefutables. Instantes sublimes que todos hemos disfrutado con total merecimiento, pero siendo conscientes de que siempre será posible superarlo. Un nuevo reto sería subir otro peldaño. Y es que la escalera de la ilusión jamás agota sus peldaños. Todo es mejorable, como se ha demostrado en esta edición en que se han depurado con éxito todas aquellas anomalías que el año anterior podían sepultar las ilusiones de todos. El sonido, uno de los caballos de batalla fundamental para galopar con éxito, ha igualado a las grandes noches en la mítica sala Rock City. Se ha vuelto a conseguir esa comunión perfecta entre una organización volcada en todas las comodidades, un masivo público ávido de emociones que apoyó todas la propuestas musicales desde el segundo cero, y unos shows que, en su gran mayoría, estuvieron a la altura de nuestras exigencias. Era fundamental regenerar ese espíritu familiar y el objetivo se ha cumplido. ¡Enhorabuena y gracias, Rockingham, por consolidar, por la puerta grande, un festival vital para sobrevivir con nuestras pasiones!

Fotos: Joaquim Valls

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Entrada publicada en Encuentros.

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