Teatro de variedades: MR. BIG, THE ANSWER y FASTER PUSSYCAT en Estocolmo

El de las bandas de rock es un mundo caprichoso. Después de treinta años de carrera, puedes desaparecer en medio de la indiferencia del público, vivir una segunda juventud o aguantar a duras penas el paso inclemente de los años, y ni siquiera saber el porqué del desenlace. Las circunstancias se han cebado con la industria musical, pero ello nos trae, de vez en cuando, agradables sorpresas. Así, por ejemplo, de la dificultad de una banda como Mr. Big para llenar salas por sí misma, hemos sacado la ventaja de poder disfrutar de una gira que grita “imprescindible” a los cuatro vientos.

Una cita con Mr. Big era ya algo a marcar en el calendario. Y si, como en este caso, les acompañan The Answer y Faster Pussycat, las opciones de presenciar una noche inolvidable aumentaban considerablemente. Las tres, cada una de estilo y suerte diferentes, se dieron cita en el Cirkus de Estocolmo en una noche con alguna sombra y muchas luces.

Para bien y para mal, el público sueco se toma con mucha calma la llegada a los conciertos: muchos prefieren hacer tiempo en la barra, con una cerveza en la mano, en lugar de esperar de pie en las primeras filas. Por eso, cuando Faster Pussycat salieron al escenario, al recinto aún se le veía un montón de espacio libre, y la fuerza que transmitían se quedaba pequeña ante la tímida acogida de quienes estábamos delante.

Con un sonido excelente y una puesta en escena austera, la banda angelina dio su concierto fácil de digerir y de olvidar. Como casi todas las formaciones de la época, el quinteto liderado por Taime Downe es lo mismo de siempre, pero más raído y menos excitante. De la formación original sólo queda su vocalista, gordo y aún digno, mientras que el resto son tipos algo más jóvenes pero igual de curtidos y maltratados por los excesos. El ejemplo perfecto de banda superviviente: lo suficientemente duros para no haber perecido, pero no tan grandes como para que a alguien le importe.

A estos Pussycat hay, en realidad, poco que reprocharles. Tocan bien, tienen actitud, pero la sensación es la de estar escuchando a un equipo de repetidores salidos de una cadena de montaje: el sombrero de vaquero, las botas de piel de serpiente, el pañuelo colgando del cinturón…toda un teatrillo al que es imposible seguir concediéndole ningún crédito. El rollo sleazy ha envejecido muy mal y, salvo que lo acompañes de una producción de luces y sonido al alcance sólo de las bandas más grandes, lo que en su momento podía parecer cool queda hoy completamente trasnochado.

Empezaron a ritmo fijo, tocaron su casi-hit “House of pain” en mitad del set, y terminaron con un guiño de medio minuto al “Ace of spades” de Motorhead, que sonó, paradójicamente, más fresco que el resto del repertorio. Y ya está. Cuando terminó, un tipo que debió de pasarse el show en el bar de la sala contigua preguntó por ahí si la banda había tocado “Cathouse”. Efectivamente, la habían tocado, pero nadie supo contestarle, porque la canción dejó la misma huella que todas las demás.

Con la sala ya algo más llena salió The Answer a elevar la apuesta de la noche. Los irlandeses, con todo, venían como teloneros, así que las posibilidades de robar el show las tenían notablemente limitadas. La mayoría de gente estaba ahí por Mr. Big, y, aunque conocían a The Answer, éstos nunca han conseguido mantener la atención atraída con sus dos primeros álbumes. Empezaron con fuerza los primeros compases de “Solas”, que algún despistado pudo confundir con un guiño a Led Zeppelin, pero no parecía que fueran a enganchar a un público poco participativo.

Cormac Neeson, uno de los mejores frontmen de la nueva ola de rock clásico, tiene un talento especial a la hora de contagiar su simpatía y su energía. Si Cormac dice “cantad”, el público canta, y el concierto se convierte en fiesta. Pero, en esta ocasión, el vocalista estaba algo más cohibido. Sus movimientos, reconocibles, son cada vez más recogidos, menos arriesgados. Si lo vivido hace unos años en Madrid fue un huracán, lo de esta ocasión no pasó de una tormenta de baja intensidad.

Ayudó muy poco una elección del setlist atrevida pero no ganadora. De la cantidad de grandes temas entre los que se podía escoger, el cuarteto optó por rescatar dos descartes de Revival y una recurrida versión de Rose Tattoo que, aunque sonó bien, gastó cuatro minutos que podía haber ocupado alguno de sus temas propios. Incluso la elección del medio tiempo “Strange kinda nothing” fue extraña, aunque fue a partir de ese momento cuando el concierto alzó el vuelo.

Hasta entonces, la guitarra había sonado saturada hasta el desagrado, y los temas no habían conseguido crear la atmósfera adecuada. En esa recta final del show, los problemas de ecualización desaparecieron, “Spectacular” se llevó aplausos, y “Come follow me” hizo que, por fin, el público se soltara y cantara junto con Neeson, que para cuando consiguió calentarse ya le tocaba decirnos adiós.

Con ese final apabullante, The Answer nos dejó sensación de conciertazo tras lo que fue un concierto bueno a secas. Quién sabe cuánto habríamos disfrutado si el show se hubiese estirado hasta la hora y media. Por desgracia, ésta era la noche de Mr. Big y sólo una banda podría lucirse de verdad.

A la hora señalada, como un clavo, las cómicas siluetas de los cuatro grandes aparecieron correteando por delante del enorme telón que avisaba: Mr. Big. Al encenderse las luces, la explosión del público funcionó como pistoletazo de salida de una carrera en sprint que duraría casi dos horas.

Con la infalible canción del taladro, el Cirkus cogió marcha y no la volvería a aparcar. Si el virtuosismo se tiende a relacionar con música pesada y gente seria, Mr. Big subliman el arte de quitarle solemnidad al asunto. A medio camino entre actores, cómicos y músicos, los cuatro artistas hacen de su espectáculo una diversión tal que es fácil olvidar las miles de horas de ensayo que hay detrás.

Siguieron con dos de los grandes temas de What if…, “American Beauty” y “Undertow”, y pasaron por casi todos sus álbumes (casualmente quedó olvidado el penúltimo LP, The stories we could tell), demostrando la coherencia que ha habido a lo largo de su carrera, y el altísimo nivel que han conseguido mantener.

Las canciones iban cayendo a piñón fijo, sólo separadas por pequeñas introducciones que Eric Martin usaba para tomar aire y para soltar bromas, tan naturales éstas que cuesta creer que estuvieran ensayadas. Martin, algo más hinchado de lo habitual, seguirá siendo uno de los frontmen más infravalorados del rock. Incluso aunque esté algo cascado (¿de verdad lo está?), su capacidad para ir desde el heavy hasta el soul, pasando por toda la gama entremedias, nunca ha estado suficientemente reconocida.

Lo hacía especialmente bien, claro, en las canciones más recientes, que van de serie adaptadas a su voz, y que sonaban mucho mejor que en estudio. Defying gravity es un disco feo en su sonido pero inspirado en la composición, y al volcarlos en directo sus defectos desaparecen. Cayeron cinco cortes del LP, y brillaron como clásicos “Open your eyes”, la acústica “Damn, I’m in love again” y “1992”, que presentaron inmediatamente después del superéxito al que hace referencia su letra, “To be with you”. Una elección del setlist tan sabia que hizo que las dos horas pasaran como treinta minutos.

Con el tiempo justo para notar la presencia de un extraño a la batería, la banda nos hizo ver que “ahí faltaba uno”. Los “Toooorpey, Tooooorpey” sacaron de entre las sombras al batería emérito, claramente desmejorado, de esta formación de músicos y amigos. ¿Cuántas bandas repartirían un trozo del pastel para llevar consigo -vuelos, hoteles, comidas- a un enfermo de Parkinson que musicalmente iba a aportar tan poco al concierto? Pat Torpey se acercó entonces al pie del escenario para agradecer el cariño mostrado, y compartió labor rítmica con su sustituto. Matt Starr. Starr, con camiseta de ABBA (probablemente comprada esa misma tarde en el museo dedicado a la banda al otro lado de la calle), mantuvo un perfil bajo en todo momento, llevando a la banda como un tiro sin recurrir a virguerías ni solos.

Sí hubo solos, dos, aunque fueron de ésos que nadie quiere perderse. Cuando Gilbert o Sheehan se quedan a solas en el escenario, nadie aprovecha para ir al baño. Sale más a cuenta esperar a “Wild world”, o a algún tema menor. Ambos hicieron de un paréntesis típicamente aburrido uno de los momentos más divertidos del concierto, con sus gestos y muecas, a la vez que demostraban su status de supermúsicos.

Aunque, en verdad, a nadie le hacía falta un solo para saber lo que teníamos delante. Sheehan, presentado como verdadero líder de la banda, no necesita sobreactuar para robar escenas. Es tan bueno en lo suyo que, incluso en los momentos del concierto en los que la guitarra de Gilbert se ausentaba (le faltó un punto de volumen para que todo sonara perfecto), parecíamos estar escuchando a una banda completa a través de su ampli. Que en algún instante juguetón agarre la armónica o que haga unos coros espectaculares parece casi una anécdota a añadir a su inabarcable repertorio técnico.

Gilbert, por su parte, desprende una simpatía sólo a la altura de su talento como guitarrista. Con sus posturas y sus caras, a ratos parece más un concursante de air guitar que un guitar hero. Por el contrario, si cierras los ojos y sólo reparas en su técnica, entonces parece que lo que escuchas es una máquina a la que le han subido las revoluciones hasta lo inhumano. Nada que descubrir a estas alturas. Sin Gilbert, un concierto de Mr. Big sonaría a otra cosa, y sería mucho menos divertido.

El cuarteto dosifica tan sabiamente los puntos álgidos, los gags y las intensidades que cada dos o tres canciones el interés se renueva: aquí el taladro, allá un solo, después un set acústico, y así, sin casi darnos cuenta, pasan las dos horas y estamos en los bises. Ya no quedaban hits con los que machacarnos, pero “Colorado bulldog” y “Defying gravity” no bajaron ni un ápice el nivel mantenido hasta el momento. Ya era demasiado tarde para enfriarnos. La banda terminó como empezó: empujándonos contra las cuerdas y dándonoslo todo hasta no poder más.

Durante el primer par de horas de la noche, cuando los Pussycat y The Answer presentaron su repertorio, tuvimos la típica noche de rock, sin más preámbulos ni florituras. Durante las dos siguientes, el Cirkus se convirtió en un espectáculo de variedades, y Mr. Big tornaron un mero concierto de rock en una fiesta cuyo goce, tras casi una semana, sigue resonando en nuestras cabezas.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
Julen Figueras on FacebookJulen Figueras on Twitter
Entrada publicada en Encuentros.

Podrían interesarte:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

19 + 13 =