Deuda saldada: JIMMY BARNES en Londres

El primer paso para llegar a tu destino es tener la determinación de perseguir tu sueño. Con el paso de los años uno descubre que puede llegar a cualquier lugar, si realmente lo anhela. Nuestras pasiones canalizan la mayoría de nuestros deseos. Mi personal hacinamiento carcelario, por los delitos diarios cometidos en el nombre del rock, es de cadena perpetua. Así, mi subsistencia en su calabozo queda sometida a revitalizar mi piel en aquelarres de música en directo, con aquellos músicos que han forjado tanto mi crecimiento musical como personal. Un día cualquiera recibes la inesperada noticia de la próxima gira europea de uno de tus artistas de referencia, resucitando uno de esos añorados deseos que prácticamente tenías enterrado por su imposibilidad, y la firmeza de tus tripas emocionales dictaminan el rumbo a su cumplimiento.

La conversión en hechos de las sabias palabras de Vincent Van Gogh “sueño mi pintura y pinto mi sueño”, es imperativo legal. En esta ocasión mi fuente de motivación y de eterna juventud era un australiano nacido en Escocia. Jimmy Barnes, con el esplendor de sus pinturas musicales, me introdujo en todo un mundo de ensueño, y, por fin, un 13 de diciembre del año 2017 en la ciudad de Londres, iba a satisfacer mi fantasía contemplando en vivo la belleza de sus lienzos.

Pero no sin ese sufrimiento interior que parece marcar el destino con los acontecimientos preliminares. El huracán que azotó parte de Europa con el nombre de Ana llegó en los días previos, creando un caos circulatorio que hizo temer lo peor. Pero hasta esa lucha interna contra lo inevitable, que debes asumir estoicamente porque la solución no depende de ti, deja un rastro de victoria cuando termina con final feliz. Una vez tienes el sueño aferrado en la mano sientes que hasta las piedras del camino han sido pruebas para debilitar tu pasión. Pero, como no han sido pocas las vicisitudes que has tenido que capear durante el devenir de la vida, sonríes porque se confirma que quien persigue casi siempre consigue.

Son escasamente las seis de la tarde. El horario de apertura de puertas marca las siete, y los primeros asistentes inician una cola a las puertas de la sala londinense O2 Academy. El sold out del acontecimiento produce una serie de escenas que no pasan desapercibidas. Quienes no fueron previsores con la rápida compra del ticket preguntan con ansiedad si alguien puede venderles uno. Todo intento parece vano. Ninguna cifra parece convencer a los sacrificados fans a que renuncien a su ídolo. La espera se convierte en el lugar ideal para compartir experiencias con otros apasionados. La coincidencia con unos franceses no sólo da para debatir sobre las virtudes y defectos de festivales de nuestros respectivos países, sino que desconociendo que el australiano tuviera telonero (en los carteles no estaba anunciado), me llevo una gran alegría con el nombre que se pone en el tapete.

A medida que aumenta la fila confirmo que la media de edad es de prejubilación. La lógica confirma que la época dorada de Jimmy coincide con la adolescencia de la gran mayoría. Aunque también parece que, por la vestimenta y actitudes sociales que veo alrededor, la mayoría de los asistentes lo mismo encajaría en un club tradicional de beneficencia, en el show de un humorista de moda, o en el musical del año. La edad sénior tampoco es garantía de educación. Unas mujeres uniformadas, con tarjeta acreditativa de la sala, ofrecen algún tipo de trato preferencial. Y quienes llegan los últimos se aferran a la seductora oferta porque, ante la perplejidad de quienes llevamos horas esperando, no tienen ningún reparo en colarse los primeros.

Los británicos Toseland son los encargados de amenizar la transición hacia el show de la leyenda australiana. Su líder, James Toseland, toma el centro del escenario, y su áspera voz vuela con sinuosas curvas por la atmósfera de una sala que, en sus primeras filas, agolpa con estrépito a unos exaltados seguidores que sorpresivamente se ausentan al finalizar su bolo. Su propuesta musical es la resultante de la fusión de tonos clásicos con el glacial rock moderno. El enfoque se dispersa entre los sonidos a lo Guns N’ Roses y los más contemporáneos de Alter Bridge. Ed Bramford y Zurab Melua a las guitarras, y Roger Davis al bajo, conforman esa primera línea de la banda, donde todos salvo su bajista brindan coros a la mayoría de las canciones. Ed, en particular, dota de verdadero brillo a los temas y de personalidad a la imagen visual.

Joe Joshida en la batería suministra los graves poderosos que las canciones necesitan, sacudiéndolos sobre la audiencia donde se estampan como oleaje en los arrecifes. Su comienzo con “Puppet on a chain” pisa el pedal del acelerador a todo gas, y no dejan de hacerlo hasta la melódica y armoniosa balada “Fingers burned”, que propicia que parte de la audiencia sincronice el movimiento de brazos de un lado a otro, y donde James se acomoda en su teclado mientras su voz resplandece en su faceta más tierna. Y de ahí, hasta su brillante cierre con “Crash landing”, vuelven a acelerarse hasta la intimidación, mostrando que son serios aspirantes a consolidarse en la escena del rock contemporáneo. El hecho de que los cuarenta minutos del set no aburrieran es señal de la calidad compositiva alcanzada por la formación.

Durante el intervalo entre las funciones se acumulan los rezagados, y los espacios disponibles se acotan hasta las apreturas. Según los números oficiales, el auditorio tiene aforo para ochocientos asistentes. Dada su forma de teatro y su limitado tamaño, dudo de su capacidad. Pero ninguna duda al respecto de su brillante acústica, que propicia un sonido limpio y alto, magnificando la primera de las actuaciones. La emoción ambiental sube en decibelios ante la inminente presencia de nuestra estrella. Así que cuando el escenario se oscurece y aparecen unas siluetas negras contrastadas por las luces de colores que iluminan los fondos, el auditorio ruge con la mesura que obliga el protocolo de su avanzada edad. La salida de todos los miembros de la formación, incluido Jimmy, tiene tintes de humildad, pero sonando “Driving wheels” tiemblan las paredes del lugar con una multitud que los recibe ferozmente.

La puesta en escena es básica, pero los nueve músicos ocupan las limitaciones del plató de forma elegante, dejando espacio suficiente para el correteo sin fin de su líder. No hay telón de fondo, ni efectos visuales, ni fuegos de artificio, ni tanques de humo. El marco simple de luces no ofrece más que los colores básicos que alimentan un escenario que resulta gélido visualmente. Pero ni falta que hace porque el auténtico lanzallamas está en las cuerdas vocales de nuestros dragón particular. Vestido con una sencilla camiseta negra y unos pantalones negros, cerrados los bolsillos con cremalleras, parece difícil creer que Jimmy Barnes tenga sesenta y un años. Al contrario de lo que tenía entendido, que es un hombre divertido y que entre canciones suele compartir sus gracias generando una atmósfera entrañable, deja que la música hable.

El programa avanza, y, abducido por los detalles, la coreable “Ride the night away” se presenta sin darte cuenta. La mirada se posa al fondo del escenario, donde queda ubicado el coro estelar familiar con sus hijas Mahalia, EJ y Elly-Mally, agregando un poco de swing y de profundidad al material. La presencia escénica de Barnes queda marcada por la cúspide de sus poderes. Lo que Jimmy ha perdido de cabello lo ha ganado en experiencia. Mientras canta, su manual de guiños en el contacto visual con el público, además de deliberado, parece inagotable. La personalidad de su color vocal y su estilo de canto único le hacen perfectamente reconocible.

No hay tregua. Y, hasta el final del sexto tema, “Love is enough”, nuestro ídolo no se dirige a la audiencia. Ni el habitual “buenas noches Londres” se digna a dedicarnos. Parece que llegan tarde al próximo vuelo, y no pueden perder ni un minuto. La realidad es que esa mecánica genera dinamismo y da empaque. Por el camino se quedan temas como “Love and hate” o “Red hot”, donde demuestra que es un hombre que se casa rápidamente con una variedad de contrastes. Explora el sentir y la variedad tonal como parte de una avalancha de mezclas AOR, rock clásico y rock and roll.

Después de un desgarrador comienzo en “I’m still on your side”, la voz áspera y cruda de Barnes tiene la oportunidad de atenuar sus gritos característicos. Y desemboca en un nuevo ciclo, donde las canciones se fusionan hasta la cálida “Too much ain’t enough love”. Nuestro icono entrega las canciones con una sensación y una convicción realmente sinceras, y demuestra ser un buen frontman que nunca evidencia signos de desaceleración. Su profesionalidad y entrega me toca no sólo disfrutarlas sino sentirlas, cuando su sudor salpica las primeras filas. Hay una costumbre que me choca y es algo habitual en sus movimientos: a veces, durante largos instantes, mira al suelo insistentemente, de forma que parece reclamarle una respuesta al olvido de la letra. Parece más un acto reflejo, pero que, al repetirse, da sensación de haberlo acuñado y convertido en algo estudiado.

Los pasajes de palmeras y pareos que acaban de ser protagonistas en la dulce calma, dan paso al huracán “Resurrection shuffle”, donde se infla el set con la primera de las cuatro versiones. Su patrimonio en Cold Chisel llega con “Merry-go-round” y “Flame trees”, y es en esta última donde su fraseo se hace ejemplar. Su timbre es rico y poderoso, y aporta una expresión real para influir hasta en los sentimientos de las letras. Expresión de un rostro que, en un porcentaje altísimo del set, es tan violento que su cara desencajada parece estar al límite de soplar un globo.

El auditorio vuelve a rugir salvajemente con los primeros acordes de “No second prize”, donde su voz parece una fuente inagotable de emociones crudas que se amoldan a sus cuerdas vocales, y las escupe o las libera con emoción hasta torcer tu alma. La segunda de las versiones de Bob Dylan “Seven days”, muestra la profundidad y el automatismo de una voz rasposa que parece alimentada de grava. El set clausura su primera parte con la esperada “Working class man” donde las teclas flotan por el aire, llenando de colorido la brillantez de su contenido.

Los bises comienzan con la elegancia del soul con cosecha de Cold Chisel y la versión de Screaming Jay Hawkins “I put a spell on you”, para alegría de una importante masa de asistentes que parecen obtener el premio que persiguen. El conocimiento sobre el artista, para éstos, parece más asociado a la calma que destilan sus últimos trabajos que a una trayectoria completa donde prevalece el espíritu rock. La comunión de los niveles de energía que transmite la banda es perfecta. Y de nuevo ofrece más genética Barnes, con su hijo Jackie que aporrea los tambores con vibrante groove, y dos jóvenes guitarristas que, perfectamente empastados y con buena técnica, magnifican la perfección sonora.

Uno de los detalles más particulares del bolo es darte cuenta de que todo el show gira en torno al carácter autoritario del mariscal Barnes. Son ley las señales individuales que hace con los pies a sus soldados, para que acaben los temas a su voz de mando, y controlando cada detalle de todo lo que sucede en el escenario. A uno de los guitarristas se le suelta la correa; al no poder encajarla rápidamente decide cambiar de guitarra, y toda la escena es observada por nuestro ídolo.

“Good times” nos trae el dueto de la noche, donde su hija Mahalia compite con el padre a registros inalcanzables, dándose el curioso resultado de que ambos ganan. Aunque quienes de verdad ganamos somos los anonadados espectadores que presenciamos un duelo de otra dimensión. La rockera “Goodbye (Astrid goodbye)” tiene el honor de cerrar el evento de una leyenda que parece poseída por una fuerza externa, y que, después de la procesión con veintidós temas y cien minutos de magia, abandona el escenario con la misma humildad con la que llegó. Anecdótico que ni siquiera se despida, pero decepcionante para quienes reclaman un adiós acorde con el espectáculo ofrecido. La música ha hablado, y las caras de los asistentes, en ese lento caminar hacia la salida, reflejan esa satisfacción de quienes han disfrutado de la dimensión de un artista que nos ha dejado uno de los bolos del año. Me atrevo a afirmar que para algunos el concierto de su vida.

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Entrada publicada en Encuentros.

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