MIGUEL LÓPEZ – Imposible vivir así: que no te quepa duda

Confieso: ni he visto The last waltz ni he escuchado un disco de The Band completo, pero Imposible vivir así ha sido uno de los libros sobre música que más he disfrutado en mi vida.

Todo el mundo sabe que The last waltz, el documental dirigido por Martin Scorsese durante su época de efervescencia, “es maravilloso”. El libro de Miguel López no se ocupa de revalorar la obra, sino que, entre otras cosas, engrandece, si cabe, la leyenda. Imposible vivir así cuenta con sumo detalle la concepción del evento y su grabación, desgrana la película canción a canción y, a modo de epílogo, resume qué ocurrió después. Lo que lo hace tan especial y gozoso para interesados en la historia del rock es una envidiable capacidad de síntesis -las 176 páginas se pueden leer de un tirón- y las 49 referencias bibliográficas que ayudaron al autor a plagar la obra de anécdotas y citas de los implicados.

Con una estructura aparentemente sencilla -gestación del proyecto, disección del film y epílogo tras el canto de cisne-, el periodista aprovecha cada canción y participación de los invitados para enunciar un perfil tanto musical como personal. Estos interludios, que están suficientemente condensados como para no perder el hilo narrativo, cuentan la vida de cada uno de los miembros de The Band, y también la relación de los invitados con el grupo. Las jugosas anécdotas y extractos de sendas biografías u obras como Mystery train ensalzan cada párrafo para disfrute de fans y curiosos, perfectas para ganar puntos en sobremesas.

El estilo del autor y los descarados saltos temporales en cada capítulo tienen potentes consecuencias en el lector que no pueda evitar disfrutar en Youtube de cada canción. Su empeño, a mi entender, es explicar desde la admiración por qué The last waltz es tan especial. El contexto que aporta a cada canción incluida en el film -Van Morrison en pleno retiro, Dylan, con quien habían compartido meses de composición y grabación, negándose a salir a última hora- es perfecto para que la disposición de un neófito como yo sea plena. El libro lo deja a uno preparado para ver, oír y respirar The last waltz, y me gustaría pensar que también descubrirá nuevos y jugosos datos a los fans.

A la ingente cantidad de material recopilado hay que sumar el valor de las palabras del autor, quien, de vez en cuando, acuña apropiadas conclusiones a lo expuesto por los protagonistas, tales como “la música o el cine son formas de vida tan abrasadoras que convierten en heroísmo la simple supervivencia”. Son frases que enmarcan y redondean la narración, escritas -y esto es, si acaso, lo más criticable de la obra- desde la admiración. Una admiración, eso sí, fundamentada por un vasto conocimiento y documentación. No esperéis un ensayo objetivo.

El libro se percibe tan completo que, cuando hacia el final se mencionan las abundantes partes regrabadas con tanta discreción, la sección resulta insuficiente. Si bien supongo que los implicados no querrán dar detalles sobre la artificialidad del directo, pues sólo se incluye la declaración de Helm (“querían que me pasara el resto del año regrabando The last waltz, y les dije que se fueran al infierno”), se echa de menos más información al respecto.

La despedida, la añoranza y la muerte se esconden en cada párrafo antes de enseñar los dientes en el último capítulo. Continuamente, el libro despierta en el lector un extraño sentimiento de nostalgia, aun no habiendo vivido la época -y, recuerdo, sin haber visto el documental- que lo implica emocionalmente en este triste, bello y breve cuento en la historia del rock que culminó en un último suspiro alargado hasta el amanecer. La sensación que deja tras sus últimas y poderosas frases es de plenitud. Aunque tengo una urgente necesidad de ver el documental, tras la lectura va a ser difícil que esté a la altura de lo que he imaginado entretanto. Pero si en algo tengo fe es en esta música salvaje que, como a los miembros de The Band, ha forjado parte de lo que soy.


Lo mejor: la capacidad de síntesis del autor y la ingente cantidad de anécdotas que narra.
Lo peor: escaso en un tramo concreto.


Edgar Corleone
A la música le dedico la mayor parte de mi tiempo pero, aunque el rock me apasiona desde que recuerdo, no vivo sin cine ni series de televisión. Soy ingeniero informático y, cuando tengo un hueco, escribo sobre mis vicios.

Tres nombres: Pink Floyd, Led Zeppelin y Bruce Springsteen.
Entrada publicada en Juicios Injustos.

Podrían interesarte:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

cinco × 5 =