FIRE TIGER – Suddenly heavenly: material del que se hacen los sueños

En uno de los episodios más celebrados de la distópica serie Black Mirror, la tecnología hacía que las personas pudieran, igual que la música en un mp3, vivir para siempre en forma de ceros y unos después de la muerte. El lugar al que iban a parar se llamaba San Junípero, y el año era 1987. Allí, en un verano eterno de la costa californiana, la gente vivía permanentemente feliz, bailando su recobrada juventud en unas discotecas que pinchaban superéxitos sin descanso.

Como toda buena narración de ciencia ficción, aquel episodio abría debates universales, como el de si es mejor abrazar nuestra mortalidad o aspirar a vivir para siempre, o el del valor de una realidad amarga frente a una ficción agradable. Lo que quedaba fuera de toda discusión era que, si existiese un lugar en el que pasar la eternidad y ser felices, ése lugar estaría en aquellos ochentas de los que sólo recordamos lo bueno, incluso aunque nunca lo hayamos vivido.

Allí sonarían (como lo hacían en la discoteca de San Junípero) los hits de Belinda Carlisle, Robert Palmer o Frankie goes to Hollywood. Y habría sonado también Fire Tiger, si el quinteto angelino pudiese coger la misma máquina del tiempo en la que nos meten durante 35 minutos con su segundo álbum, Suddenly heavenly. Poco más de media hora para revivir una música que guarda un mundo entero dentro de sí.

El viaje al pasado lo inicia “Love the way”, y sabes inmediatamente que no hay forma de parar el motor. En esta máquina cabe el AOR, y hay espacio también para el synth, para el pop sofisticado y para los rompelistas con sabor a One Hit Wonder que pueblan Kiss FM. Con la pequeña diferencia de que en Suddenly heavenly los hits se cuentan en decena. Las reglas son estrictas: una canción, un hit. El aburrimiento será penalizado.

Como esa ciudad inexistente en la que creemos haber vivido alguna vez, la música de Fire Tiger creemos haberla escuchado miles de veces. Resulta cercana, como si tuviésemos sus canciones grabadas en un cassette sin pegatina y perdido para siempre en el trastero de casa. Y, sin embargo, lejos de caer en el campo minado de los clichés, cortes como “Be bygones” o “Ice age” se presentan tan originales como desenfadados, y son un guilty pleasure que muchos negarán disfrutar.

Sin dejar un solo segundo de música al azar, Fire Tiger juegan con teclados naíf y melodías aparentemente sencillas, mostrando una inocencia que contrasta con un ajustado olfato comercial que ya se intuía en su debut. Capa sobre capa, la banda va tejiendo una red de melodías, contrapuntos y quiebros que parecen, más que el producto de una banda con sólo dos discos publicados, el trabajo laborioso de varios productores veteranos, desde Desmond Child hasta Max Martin.

Pero, más que un productor con talento, el activo de Fire Tiger está en su vocalista Tiff Alkouri, cuyo aspecto de foto de carpeta escolar no hace sino apuntalar la sensación de que estamos ante una frontwoman fuera de su tiempo. La cantante, lejos de ser un portento vocal, tiene exactamente las virtudes y carencias que esta música necesita. Una vez más, toca volver a los clásicos para encontrar comparaciones ajustadas: si la dulce “You changed me” nos recuerda a Cyndi Lauper, y “Suddenly heavenly” podría haber sido oro en manos de Madonna, en “Guarantee” podemos escuchar ecos de la Annie Lennox más rockera. No está mal para una completa desconocida.

Pero los sueños se acaban, igual que estas diez canciones, convertidas en cien o en mil cuando las hacemos sonar en bucle hasta la extenuación (parar tras una sola escucha no es una opción). Entonces, al despertar, la sensación es la de haber ido en un viaje onírico en el que todo encajaba como la dura realidad nunca lo permitiría.

San Junípero no era una mera localidad costera, igual que Suddenly heavenly no es un mero disco de rock melódico. Además de azuzar nuestro entretenimiento, Fire Tiger consigue dar en las teclas de nuestros sentimientos más íntimos. Y, como la magdalena mojada en café que hace que la vida nos pase por delante de los ojos, su música nos abre a un mundo que, si alguna vez existió, creíamos perdido para siempre.


Lo mejor: que consigue resultar original incluso en su descarada mirada al pasado.
Lo peor: tener que renunciar a la magia una vez termina el disco.


Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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