ESCENAS DE PELÍCULA: “Tiny dancer” y el bus de Casi Famosos

En poco más de un siglo desde su nacimiento, el cine ha ido apartando otras expresiones artísticas, y, junto a la música, se ha convertido en un fenómeno cultural irreemplazable en nuestra sociedad. Su difusión y elogios masivos se fundamentan en lo que significa el séptimo arte para las personas. Todos somos conscientes de que hay cintas que llegan al alma. Cada uno de nosotros conservamos como un tesoro aquellas películas que recuerdan momentos de tu vida; aquellas con las que te emocionaste, con las que aprendiste y con las que soñaste. El cine se ha convertido en parte fundamental de nuestra formación, y también en diapositivas reales de nuestra propia biografía. ¿Quién no guarda en su memoria una película o una escena en concreto que termina por formar parte de su vida?

La identificación, la concienciación, su parte didáctica, nuestros traumas, o nuestros deseos son algunas de las cuestiones psicológicas que cristalizan cuando conectamos con una simple pantalla. Con esa sucesión de secuencias y con el sonido que las complementa. Cuando nos vemos reflejados en un personaje o en una determinada escena, ésta se convierte en una útil herramienta para nuestros análisis y posteriores reflexiones. Y si existe una escena cinematográfica que, dada mi pasión por la música, se haya tatuado en mi corazón de forma significativa, ésa es la conocida por muchos como la de “Tiny Dancer” de la película Casi Famosos (Almost Famous, 2000).

De la también llamada escena del autobús se pueden hacer análisis técnicos sobre su música, la conexión gesticular, la iluminación, el vestuario, los movimientos de la cámara o los silencios. Todos ellos contribuyen con precisión al significado de la escena cuando, y como veremos más adelante, hasta las palabras pueden ser contraproducentes. Pero, aunque las argumentaciones especialistas nos ayuden a comprender su significado, la exposición de este artículo pretende encauzarse más por el plano emocional que por el del propio lenguaje cinematográfico.

Casi famosos cuenta la historia de una banda (Stillwater) y un jovencísimo periodista de la Rolling Stone (William Miller, interpretado por Patrick Fugit) encargado de cubrir su gira, acompañándolos en la carretera con toda su gloria y miseria. El marco de circunstancias de la escena que tratamos nos traslada a otro momento previo donde, después de una pelea entre los miembros de Stillwater (debido a la guerra de egos que va dividiendo lentamente al guitarrista Russell y al vocalista Jeff, interpretados respectivamente por Billy Crudup y Jason Lee), la banda sigue su trayecto hasta la ciudad del siguiente concierto.

Los componentes del grupo, junto a otros miembros de la gira y enojados por el arma arrojadiza de sus amargas verdades, se niegan la palabra. Y, durante el viaje, todos se encuentran ensimismados en sus mundos en el más absoluto de los silencios. Mientras la cámara se va desplazando por la cabina y muestra las expresiones faciales de seriedad y tensión, a la vez, la canción “Tiny dancer” de Elton John va llenando de buenas vibraciones la tirantez del ambiente. El batería comienza lentamente a tocar con sus baquetas el ritmo familiar, el bajista comienza a cantar la letra, se van uniendo otros miembros, hasta que todo el autobús se convierte en un coro.

De repente, los muros desaparecen porque la melodía ha recordado a los afectados la razón de su nacimiento como banda. La auténtica representación de que la amistad como grupo es más fuerte que todas las miserias interiores surgidas de un negocio que todo lo convierte en vanidad. Sin mediar palabra, todos se reconcilian por el simple poder de la música.

Su director Cameron Crowe dota al momento de una secuencia final de mayor poder y elocuente significado. Mientras todos, emocionados con su cántico, asimilan lo que la música representa en sus vidas, el plano corto se abalanza sobre el joven William que rompe la belleza y armonía de la escena al recordarle a su amiga Penny Lane: “¡Tengo que irme a casa!”. Penny, imbuida en la magia del momento, parece no dar crédito a que William no sea capaz de vivir la pureza de ese instante. Y, ante su rostro, le hace un gesto con los dedos extendidos de su mano, como queriéndole transmitir que, frente a la compleja realidad de un mundo de fantasía, libertad, fama, imprudencia…ese era el momento más auténtico de la realidad de su pasión. Por eso, su respuesta de “ya estás en casa” cobra todavía mayor peso.

“Ya estás en casa”

Es entonces cuando William, con la sorpresa que muestra su rostro inocente, entiende la revelación sobre dónde reside la esencia de su pasión; que la música no es el lenguaje universal pero nos comunica sin lenguaje. Que, sin importar el tiempo y el lugar, la música tiene rasgos comunes que acerca a las personas como si se tratara de un pegamento universal. Y sobre todo, entiende que ese momento inolvidable es solo suyo, bañado por esa canción que jamás olvidará.

Las emociones que transmite la escena, que muestra que una sola canción puede con todo, es equiparable a las que afloran en nosotros cuando hacemos de un concierto en directo una experiencia tan especial. Da igual conocer todas las miserias que rodean al negocio del rock: todo se olvida cuando la música hace acto de presencia en ese entorno enfervorizado en el que todos comparten tu misma pasión. Incluso ese contagio emocional te reafirma y multiplica el disfrute por la música.

Cuando los vatios erizan tu piel salen a relucir emociones reprimidas, y no nos importa mostrar nuestras vergüenzas sabiendo que vamos a ser comprendidos. ¿Qué elementos contiene la música que es capaz de generar una armonía instantánea entre las personas? Ésa es una cuestión irrelevante. Lo verdaderamente trascendental es que sucede.

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Entrada publicada en Radiografías.

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