ROBBIE ROBERTSON: Testimony – Autobiografía

“Acudían a los conciertos con una idea preconcebida. (…) Abucheaban y silbaban. A veces incluso cargaban contra el escenario o nos tiraban cosas. Fue muy duro. Nos hallábamos en mitad de una revolución del rock ‘n’ roll, así que la gente podía estar en lo cierto o estar equivocada” – Robbie Robertson

Testimony es un compendio de anécdotas, el relato testimonial de parte de la historia del rock y una mirada al pasado quizá demasiado amable. Con nostalgia y sabiduría, el reputado y controvertido guitarrista de The Band repasa sus primeros años de vida, su formación junto a Ronnie Hawkins y Bob Dylan, y el alzamiento de The Band hasta su legendaria despedida. Seiscientas páginas de recuerdos, pasión y anécdotas que se elevan por encima de cierta ausencia de autocrítica.

La estructura de la narración, que comienza con un joven Robbie viajando en el tren al sur para su prueba de ingreso en los Hawks, pronto se torna tradicional: breve relato de la infancia, formación musical y carrera hacia el estrellato. El texto se gana la atención del lector hasta el final recorriendo la locura de girar con los Hawks, la de acompañar a Dylan en su entonces repudiada conversión eléctrica y, por último, la consolidación, éxito y desaparición de The Band.

Con la conciencia de ser un privilegiado por vivir la época que le tocó, Robbie no se corta a la hora de desgranar vivencias y encuentros. Es de agradecer que se explaye en detalles y que deje correr la pasión: algunas líneas denotan una agradable admiración juvenil. Entre sus páginas pululan desde un novato Jimi Hendrix, un deteriorado Sonny Boy Williamson que ya escupía sangre (“Sonny Boy tocaba aquella armónica como si fuera parte de su cuerpo y cantaba con el corazón en la mano”) o los Beatles hasta un Muddy Waters en plenas facultades (“su voz se deslizaba por la música como si fuera una serpiente. Pura magia. Uno no aprende a cantar así: o naces con ello o no hay nada que hacer”).

Hasta pasados cientos de páginas no se nombra a The Band, pues Robertson, en un admirable alarde de memoria -que justifica como herencia genética- o de buena capacidad para recomponer hechos, narra con mucho detalle la forja de los Hawks. Su mirada al pasado es nostálgica, cariñosa (“La vida real consistía en tocar música, viajar, conocer chicas, escuchar y coleccionar montones de discos, y ensayar día y noche”) y un tanto selectiva: se deshace en buenas palabras sobre sus compañeros; quienes, tras la ruptura, no hicieron lo mismo.

Robbie -o su editor-, consciente de qué periodos suscitan más interés, acelera la narración tras la concepción de Stage Fright. A cambio, aporta luz sobre el principio del fin: coqueteos y caída en las drogas duras -según él, no probó el caballo: “Me sorprendía que ninguno de los tres me hubiera ofrecido heroína. (…) Probablemente sabían que yo la rechazaría”-, el hecho de haberse convertido en un padre de familia -algo que, por otra parte, no le impedía consumir cocaína a espuertas- y un jugoso capítulo final dedicado a la concepción de The Last Waltz. El cuadro que pinta en el que todos los miembros estaban de acuerdo en poner punto y final a The Band e, incluso, a excepción de Levon, venderle motu proprio los derechos de autor al propio Robbie, resulta demasiado bonito.

Sin ser un puro ejercicio de autobombo, no cuesta dejarse llevar y disfrutar de lo contado. En este caso, los hechos y los protagonistas están más allá del punto de vista: el arrollador talento de los miembros de The Band, su destructiva personalidad, la magia que se liberaba durante el retiro en Big Pink cada vez que Dylan se dejaba caer, la fascinante explosión cultural que vivieron en Nueva York -hasta tuvieron un encuentro con Salvador Dalí- o la espontaneidad con la que nacieron canciones que hoy son leyenda.

Pese a sus faltas, en Testimony hay citas y anécdotas a montones. Mucho grano. Es ameno y divertido hasta cuando es triste, lleno de tramos que el lector mitómano no podrá evitar subrayar. La historia la cuentan los últimos en pie y Robbie ha preferido engrandecer la leyenda, dejar buena parte de lo malo atrás e invitar al lector a disfrutar de la eclosión del rock en los sesenta, la relación entre cinco talentosos amigos y la efervescencia de una época irrepetible.


Lo mejor: que Robbie Robertson cuente la historia del rock en primera persona con la pasión de un admirador. Disponer de su testimonio es un regalo.
Lo peor: complaciente y comprensivo para consigo mismo. No todo fue tan bonito, pero el autor prefiere escribir sus recuerdos con tinta de colores vivos.


Edgar Corleone
A la música le dedico la mayor parte de mi tiempo pero, aunque el rock me apasiona desde que recuerdo, no vivo sin cine ni series de televisión. Soy ingeniero informático y, cuando tengo un hueco, escribo sobre mis vicios.

Tres nombres: Pink Floyd, Led Zeppelin y Bruce Springsteen.
Entrada publicada en Juicios Injustos.

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