ZACH WILLIAMS – Chain breaker: certificado de atemporalidad

La primera entrega discográfica en solitario de Zach Williams, Chain breaker, proviene de una tierra prometida, donde la dignidad e integridad son los nuevos ángeles de libertad que combatirán un pasado del artista plagado de tinieblas. Las canciones son destellos directos de una liberación ante el todopoderoso de una existencia pasada de desintegración y total desesperanza. Cuatro años después de la ruptura con su banda de rock sureño Zach Williams and the Reformation (que, según sus palabras, fue una etapa autodestructiva que quiso dejar atrás) Williams encuentra en la religión su medicina de salvación y reaparece musicalmente como solista; permutando un estilo de rock sureño de raíces tradicionales hacia un rock cristiano con motivaciones de espiritualidad y alabanzas de vida.

La voz de Zach Williams es el arma letal de sus composiciones. A veces suena a pura potencia y en otras suena frágil y vulnerable; lo cual, lejos de ser un impedimento, conmueve aún más. Acostumbrados a los productos desechables y de plástico que diseña la industria, su entrega en carne viva es como una flor entre cardos. También es cierto que Chain breaker no es una publicación que cante victoria por su originalidad. La naturaleza intimista y sincera del trabajo se desmarca de otras obras con la misma temática, pero éstas distan mucho de igualar la pasión y experiencia compositiva de Williams. De principio a fin este disco nos transportará a través de distintas tendencias musicales estadounidenses del sur.

La publicación inicial del disco en los EE.UU. parte de diez temas editados a primeros del año 2017. A finales de ese mismo año, para todo el mundo y en edición de lujo, se edita con cinco añadidos que, lejos de agotar y hacerse eternos, serán el complemento perfecto para llevar a la obra camino a la eternidad. La versión “Midnight rider” de los Allman Brothers queda integrada de forma convincente en los bonus, demostrando que si bien las estructuras y sonidos cambian, los anhelos humanos que propulsan la creatividad son similares. Otra de las pistas añadidas es la grabación en vivo “Washed clean”, edificada sobre las pulsaciones de una guitarra acústica y adornada por una armónica de mecedora a la luz de la luna. Su búsqueda de espiritualidad se ve tanto en “So good to me” como en el clásico instantáneo “Liberty”.

Williams explora con determinación un estilo de canción religiosa, canalizando su dogma en momentos memorables. A veces parece redimido de todos sus demonios y tendencias agresivas, como en “To the table”, que rebosa paz interior. El álbum abandona cualquier exceso rockero para presentarnos una colección de majestuosas baladas grabadas en baja definición, con los mínimos instrumentos necesarios. “Survivor” y “Revival” son melancólicas y evocadoras en sencillez, y esta última no resultaría extraño que alguien la equivocara con cualquier balada de éxito de Bryan Adams. Por eso, no sorprende que sus canciones agiten de forma masiva por las ondas de radio y sea un compositor ganador de un Grammy.

La alegría se mantiene con “Old church choir”, con una estructura de canción pop con reminiscencias gospel y una energía que por su comercialidad puede resultar empalagosa. La canción estrella, titulada como el disco, mantiene una instrumentación audaz, entre notas de piano combinadas con sonidos de guitarra y con un ritmo consistente. Esta última canción refleja la esencia del resto del trabajo, donde los detalles tienen la trascendencia de traspasar las barreras del tiempo. Un auténtico certificado de universalidad y de la atemporalidad de la música. Aunque no todos los temas del redondo mantienen este nivel, la calidad musical y la relevancia del mensaje de esperanza, que impregnan casi todas las canciones, son suficientes para convertir Chain breaker en un álbum esencial. Bajo estas premisas no es difícil afirmar que, al igual que los grandes artistas, Zach Williams ha creado un planeta propio que merece la pena explorar.


Lo mejor: la claridad y calidad de su interpretación vocal que, junto a unas melodías cautivadoras, logra transmitir mucho más que sólo una sensación.
Lo peor: que el exceso de mensaje cristiano pueda hacer desistir de una segunda escucha.


Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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