“¿Vas a publicar eso?” – Cómo funciona el periodismo musical en España

“Después de publicar un artículo así, supongo que no vais a pedir acreditación, ¿verdad?”. La pregunta, que nos lanzaron tras haber publicado un texto que criticaba los desmanes de la organización que llevaba el Kalos Festival, me hizo un click en la cabeza. Por lo visto, hay una regla no escrita en el periodismo musical que estipula que la cobertura de un concierto, si va facilitada por la organización o por la banda, debe ir dirigida a la adulación y no a la crítica. El silencio mediático es, al parecer, más deseable que una reseña negativa.

Para quien se tome el periodismo musical en serio, algo no termina de encajar. Si las críticas vertidas en aquel texto eran, a fin de cuentas, el sentir de la mayoría de gente que había comprado una entrada, ¿por qué habríamos de silenciar esas voces? Si no se puede hablar con honestidad sobre un asunto, ¿para qué escribir sobre música? Si el precio de una acreditación es la complicidad, ¿cuál es el valor de nuestra integridad?

Hablé sobre ello con los directores de varios medios musicales, y de ahí fueron asomando aristas imprescindibles para comprender la imagen completa y no sólo fragmentos sueltos: el silencio o la adulación de los medios, la falta de recursos, la discutible calidad de los contenidos, la denostación de la profesión, o la responsabilidad compartida del público lector. El resultado de esas conversaciones es lo que puedes leer a continuación.

¿Dónde estamos ahora?

Empecemos por los hechos. En tanto que forma artística sujeta a leyes comerciales, la música no ha sido nunca especialmente bien tratada en España. En el plano profesional predomina la precariedad y la irregularidad laboral. En el educativo y social, su devaluación es tal que hacer carrera en la música se ha convertido en proyecto quimérico. En el plano comercial, los principios que guían el impulso de la industria son prácticamente opuestos al interés social que debería predominar.

En el plano periodístico, claro, todos estos factores confluyen para darnos el periodismo que tenemos hoy. David Aresté, director de Metal Symphony, resume la situación de la siguiente manera: “haciendo un repaso, tenemos que en la tele no hay programas de música, salvo que estén pasados por el filtro de realities o concursos. En la prensa escrita prima lo mainstream y la influencia de las discográficas. En las radios, se disparan listas sin locutor, invitados ni nada, además de la radiofórmula, claro está…”.

Ya no hace falta pegarse a la radio, consultar el teletexto ni esperar a final de mes para comprar una revista. En un momento en el que es más rápido darle una escucha superficial a un disco que leer con atención una crítica, que se valora el titular atractivo por encima de la información matizada, el periodismo musical se enfrenta a un cambio de paradigma. Pablo Linares, de LHCB Reviews, observa que “algunos medios parecen más centrados en elaborar playlist semanales que en producir literatura interesante en torno a la música popular actual”. En el caso de los medios de rock y metal con mayor recorrido, lamenta que éstos “no parecen haber entendido su papel en estos tiempos, se atrincheran en la defensa de bandas del pasado a base de especiales, homenajes y demás”.

Es de sobra conocido que una revista con Iron Maiden o Judas Priest en primera plana vende más ejemplares que otra centrada en bandas de menor tirón. Para Linares, “al final todo se reduce a una batalla entre lo que es rentable (bien en dinero, bien en visitas) y lo que enriquece culturalmente”. Cualquiera diría que ya no queda más que contar sobre Back in black o Master of puppets, pero es, al parecer, lo que el público demanda.

El público siempre tiene la razón (hasta cuando se equivoca)

Meses atrás, el periodista Antton Iturbe montó una mesa redonda para TIU Magazine en la que profesionales de diferentes medios discutían sobre el periodismo actual. En ella, el crítico y editor Javier Blázquez ponía el acento sobre el periodismo en sí, pero también sobre lo que la gente lectora esperaba de éste. “La situación ideal, que sería la de un público interesado en más información y más opinión de calidad, y unos medios de comunicación dispuestos a aportarla y a exigirla a sus firmas, no se está dando”.

¿Y qué quiere, entonces, el público? No son pocos los medios que, dentro o fuera del rock, han defendido publicaciones ignominiosas aduciendo el supuesto interés popular. Sin embargo, lo único a lo que podemos agarrarnos es a tendencias y a datos agregados. Sabemos que el ordenador de mesa ha ido cediendo terreno frente al uso cada vez mayor de smartphones. Sabemos, también, que el tiempo medio de lectura de una publicación es menor que el necesario, y que, por tanto, mucha gente lee en diagonal o se queda con las partes resaltadas en negrita. Sabemos que la capacidad de concentración de esta misma gente es cada vez menor, y que los tiempos de espera se nos hacen cada vez más insoportables.

La traducción de esas tendencias en contenidos periodísticos es clara. Cualquiera que escriba para un medio de comunicación es consciente de que, en términos de visitas y lecturas, lo instantáneo y lo sensacionalista mueve más que un reportaje con meses de trabajo detrás. Por eso, no es de extrañar que muchos de los medios de rock y metal prefieran dedicar sus esfuerzos a hablar de las causas de la muerte de Prince o de “el rabo de Nuno Bettencourt” (sic). Con todo, tal y como Pablo Linares concede, hay medios que quieren “reivindicar la música desde su valor artístico, no tanto como espectáculo; como la gente de Rock I+D”.

Revista de Rock I+D, publicada en formato físico.

Rock I+D es una revista digital dedicada al estudio del rock, de vocación académica pero lenguaje sencillo que busca crear un “ágora o plaza digital” para el debate. Hablamos con su responsable, Xisco García, que hizo un análisis similar de la situación actual. “Para mí el cambio más importante, con una connotación verdaderamente negativa, es el cambio que va desde el periodismo musical prescriptor a un periodismo musical donde priman las leyes del marketing. Ya no se cuentan cosas para impactar, para enseñar, para guiar, para crear opinión y debate. Ahora lo importante es saber qué quiere el lector, preverlo y darle lo que desea sin que ello signifique un cambio en la forma de ver y entender la realidad”.

Unas pocas horas después del primer concierto que Guns N’ Roses dio en España dentro de su gira de reunión, se podían encontrar por la red media docena de crónicas express. Escritas en tiempo récord y a horas intempestivas, casi todas ellas seguían el mismo patrón de erratas, apreciaciones superficiales, edición pobre y, eso sí, la inclusión de un setlist para la gente curiosa que esperaba su turno en Madrid.

En este contexto, llegar primero es más importante que llegar bien, y ser segundo puede significar perder parte de la atención. Tal y como reconoce David Aresté, “si son bandas grandes, siempre se intenta apretar un poco más”, aunque añade que en Metal Symphony “cocinamos a baja temperatura, así disfrutamos más del proceso”. En todo caso, Aresté considera que éste es un asunto que depende fundamentalmente “de la línea editorial de cada uno”, y que “si sus seguidores lo consienten y lo ve bien, pues adelante”.

Profesionales, amateurs y periodismo 2.0

En un artículo reciente que dio bastante que hablar en redes sociales, Chema Granados se lamentaba de la constante minusvaloración a la que la prensa musical se enfrentaba en la actualidad. El autor venía a decir, entre otras cosas, que sin unos medios de comunicación que den cobertura a la música, ésta no estaría adecuadamente promocionada. Y que, aunque haya medios (amateurs y profesionales) que no estén a la altura, la mayoría de medios ofrecen un servicio de calidad que debe ser debidamente valorado.

Granados apuntaba a una realidad cierta pero no del todo actual. Es cierto que la relación entre promotoras de conciertos y medios de comunicación se sustenta en un interés común. Las primeras tienen que vender entradas, y los segundos tienen el poder de difusión como para correr la voz y suscitar interés entre la gente lectora. Por eso, durante años, los medios especializados han tenido relativa facilidad para acceder a cuantos recursos quisieran para llevar a cabo su cometido: discos que llegan al buzón, entrevistas, pases de conciertos, alguna fiesta privada.

Sin embargo, a medida que los medios (léase “los blogs”) han ido multiplicándose, su calidad media y su alcance ha ido reduciéndose alarmantemente. Hacerse un blog y escribir cuatro ideas para ir a conciertos gratis se ha convertido en un pasatiempo al alcance de prácticamente cualquiera. Si la cara de la web 2.0 ha sido apertura del púlpito a todos los públicos, la cruz ha sido la amateurización del periodismo musical, tanto pequeño como grande. Al respecto, Xisco García rechaza la opinión, extendida hoy en día, de que cualquiera pueda ser periodista: “el profesional del periodismo es una persona con una dedicación, una formación y una integridad que los diferencia en demasía del bloguero usual y el advenedizo. El que se defina asimismo como periodista musical por tener un blog o una web especializada creo que no conoce sus límites o no conoce el verdadero sentido de la palabra”.

Sobre este asunto, Pablo Linares (él mismo “crítico amateur”) opina que “[e]videntemente cualquier persona puede opinar de música, en la intimidad, puntualmente desde una red social o escribiendo regularmente en un blog. Pero confiar todo el valor cultural a un simple vertido de opiniones es peligroso. Creo que hay hechos objetivos u objetivables en la música que, en ocasiones, se pasan por alto. Para mí, el periodismo musical debería ser más técnico, y eso pasa por asumir que nunca tendrá carácter global, que nunca será tan leído como, por ejemplo, el deportivo”.

Periodistas, artistas, promotoras: una relación desigual

Porque cualquier cosa puede encontrarse más rápido y más barato por Internet, las posibilidades de supervivencia de los medios se han reducido dramáticamente. Así, nos encontramos en un momento en el que una revista mensual que cuesta cinco euros tiene en su plantilla a escritores voluntarios que cobran en especie (o, como mucho, en prestigio), escribiendo piezas que no pasan un filtro de edición porque la propia revista no puede permitirse pagar por ello.

En este contexto, y como es natural, la importancia de los medios ha ido menguando progresivamente, y las promotoras, que son las que deciden sobre los pases de prensa, han ido ganando poder de negociación y, en algunos caso, veto. Así lo cuenta Javier Blánquez en TIU Magazine:

[L]as historias de vetos a tal o cual periodista para que dejara de recibir discos, o no pudiera acceder a ciertos conciertos, son verdaderas. Mientras los medios de comunicación eran fuertes, la libertad para opinar fue mayor, y mayor la capacidad de resistencia contra las presiones; ahora que los medios de comunicación son más débiles, hay dos opciones: o continuar en la misma línea (…) o hacer un tipo de periodismo mucho más descriptivo y ligero, que es el que se da en los medios digitales, principalmente. Se trata de no meterse en problemas, de mendigar los cuatro duros de la publicidad de los banners, de quedar bien con los amigos. Para qué ponerse a pisar charcos, si nadie te va a dar las gracias y sólo va a darte disgustos

En una situación tal en la que actuar con independencia puede darte más problemas que satisfacciones, muchos medios optan por la vía sencilla. Cuando, en el desaparecido Metalway que se celebró en 2009, Fear Factory y Heaven and Hell cancelaron, los dos principales medios cubriendo el festival salieron en sendas notas a librar de culpa a la promotora RockNRock (más adelante se sabría que, a pesar de lo prometido, no iban a devolver el dinero de las entradas). En una de esas notas, se llegó a insinuar que Tony Iommi, cuyo dolor de espalda forzó la cancelación, pudo pero se negó a tocar. Nando Cruz, participante en la misma mesa redonda que Blázquez, comenta que “[t]engo amigos en revistas que me confiesan que se dedican a un periodismo blanco que no quiere problemas. (…) La ventaja es que ese tipo de periodismo le encanta a los anunciantes y sobre todo a los grupos. Y como sabemos, las revistas las sustentan los anunciantes y las promocionan los grupos”.

En ese sentido, David Aresté reconoce que, aunque las discográficas o promotoras nunca han puesto objeciones a su trabajo, “sí hay grupos nacionales que no aceptan una crítica, o que no te comparten en redes por una nota baja”. Xisco García cuenta experiencias similares, aunque las disculpa: “sí que me he topado con la premura de tener que publicar algo por compromiso, negarnos el pase de un concierto por no haber dado suficiente promoción al evento, o algún malentendido menor. Pero aun en estos casos tengo que decir que es lo normal, que pasen estas cosas tienen su razón de ser, porque al fin y al cabo todos tenemos nuestros intereses. Tenemos que llevarnos todos bien, porque al final todos remamos en el mismo barco”.

“Lo que ocurrió después te sorprenderá”

¿Cómo mantener, entonces, contento a todo el mundo? En parte por falta de medios, en parte por pura desidia, un sinnúmero de medios ha optado por lo superficial y lo no problematizante. Lo más común es entonces encontrarnos notas de prensa copiapegadas, reseñas cercanas al texto promocional, y descripciones asépticas donde debería haber valoración y análisis.Y todo ello”, añade Pablo Linares, “nutrido con un empleo del peor clickbait propio de la peor prensa digital”.

Porque la visibilidad y éxito de una página web depende en buena medida del número de clicks recibidos, lo importante no es tanto el contenido como el hecho de que éste se actualice sin descanso. Por eso, cree Xisco García, en “medios con escasos o nulos recursos económicos es fácil encontrarte con genialidades y con medianías en un mismo espacio”.

Para los medios que anteponen lo comercial a lo periodísticamente enriquecedor, resulta tremendamente provechoso fusilar fuentes anglosajonas en busca de noticias (como Blabbermouth), ofrecer información con cuentagotas, dar importancia a rumores o hacerse eco del último rifirrafe entre músicos. En una entrevista de Vanity Dust a los fundadores de la web de música electrónica Resident Advisor, Paul Clement señalaba los riesgos de comprometer el proyecto por cuestiones económicas: “si lo haces, comprometes especialmente la integridad periodística desde el punto de vista editorial. Si te ves forzado a trabajar para un target concreto o para alcanzar ciertas cifras, puedes acabar dependiendo de otros agentes del sector y de sus intereses. Por ejemplo, quizás tienes que sacar un artista en portada porque una agencia te ha pagado esperando que eso repercuta en un aumento de las ventas o en la asistencia a sus actuaciones”.

Dignificar el periodismo musical

Es innegable que la música, además de ser un arte, tiene una dimensión lúdica que se resalta sistemáticamente en los medios de comunicación. Por eso mismo, se hace cada vez más difícil hablar de la música como cultura, a la par que se impone la concepción de música como sinónimo de industria musical. “La música es cultura”, concluye el director de Rock I+D, “y siempre defenderé que la cultura debe estar fuera de lo que impera dentro del concepto economicista”.

En sintonía con García, Pablo Linares habla de la necesidad de “dignificar la profesión del periodista musical”. “De otro modo”, advierte, “siempre llegarán personas con muchos seguidores capaces de venderse por una pulsera de festival a condición de escribir al día siguiente que todo fue maravilloso. Los días posteriores al fallecimiento de Pedro Aunión en el MadCool 2017 podías encontrar crónicas del festival en las que ni siquiera se mencionaba el accidente”.

Toda persona que haya escrito para un medio ha estado alguna vez ahí. Escribir una crítica negativa o maquillar la opinión para contentar a la banda. Trabajarse una previa para un concierto o copiapegar el email que otros cien medios han recibido. Dedicarle a un disco la atención que se merece o publicar unas líneas de opinión tras escucharlo dos veces, sólo para llegar antes que nadie. Hacer las preguntas que la gente quiere que hagas o limitarte a las que la persona entrevistada quiere responder.

Está en nuestra mano dignificar la profesión o contribuir a apuntalar su servilismo, reproduciendo sus peores vicios. El periodismo musical también es cultura musical, y es una responsabilidad compartida, tanto de quienes escriben como de quienes leen, comparten y comentan, dar un vuelco a la situación.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Un comentario en ““¿Vas a publicar eso?” – Cómo funciona el periodismo musical en España

  1. Interesante artículo y necesaria la invitación a la reflexión sobre el asunto. Felicidades.
    Los tiempos son duros para los profesionales del periodismo, y más aún si dependen de los caprichos de los aficionados cuya exigencia es cada vez menor. En general, ni los medios desempeñan (o pueden desempeñar, pues sus ingresos dependen de sus seguidores) su función de formar e informar, ni los aficionados tienen demasiado interés en profundizar en aquello que se supone que les interesa.
    Parece que al final no es el medio periodístico el que trata de hacer mejores lectores y aficionados, sino que son éstos los que rebajan el nivel de la publicación que se amolda a sus gustos; como se comenta en el artículo, exigencias comerciales por delante de las culturales. Además de que ese planteamiento suele conllevar un menosprecio de los lectores. Cuando eso ocurre en cualquier disciplina artística, y especialmente en las más populares (el cine y la música son buenos ejemplos), la cultura tirita.

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