¿Cómo ha afectado el streaming a nuestra identidad como coleccionistas de música?

Este artículo es una traducción del original de la autora Cherie Hu publicado en Medium, y que trata la forma en la que la música en streaming (es decir, servicios como Apple Music, Spotify o Tidal) está desfigurando nuestra forma de coleccionar música, así como nuestra forma misma de relacionarnos con el arte. Cherie Hu es periodista e investigadora en la industria musical, y escribe, entre otros, para Billboard y Forbes.


Rara vez existe la música en el vacío. Desde los programas de música clásica y los discos de doce pistas hasta las recopilaciones caseras y las estanterías repletas de álbumes, imbuimos nuevos significados a las canciones, conectándolas unas con otras, tratándolas como elementos de una narrativa más amplia, construida por cada individuo. Somos coleccionistas de música por diseño y por necesidad; una identidad amenazada por el auge del streaming.

En décadas pasadas, formatos físicos como el CD, el vinilo, los casetes o el cartucho de ocho pistas nos forzaron a limitar nuestro consumo musical, aunque sólo fuese por el bien de nuestras carteras. Sencillamente, no derrochábamos el dinero en la música, sino que lo invertíamos con cuidado en un puñado de artistas y álbumes, con los que desarrollábamos relaciones íntimas tras las repetidas escuchas y los coloridos libritos del interior. Cuando llenábamos nuestras carpetas y estanterías con estos discos también dábamos espacio para otro lado más positivo y aspiracional de nuestras identidades estéticas: establecíamos metas tangibles, objetivos alcanzables para nuestras colecciones, y podíamos jactarnos de estos “proyectos en construcción” frente a amigos y familia.

Las tres etapas de cambios digitales (que pueden verse representadas por Napster, iTunes y Spotify) han hecho nuestras colecciones más públicas, más granulares y más abstractas, respectivamente. Napster es conocido no sólo por hacer la música disponible sin ningún coste, sino por motivar a sus usuarios a compartir su música y sus gustos entre sí (por algo se habla de “compartir archivos”). iTunes desmenuzó el álbum estándar en sus pistas individuales, posibilitando que la gente escogiera sus canciones favoritas y las colocara en colecciones más amplias, con una concentración de artistas mayor en la misma cantidad de espacio (virtual). Spotify, además de hacer infinito el espacio de nuestras estanterías musicales, ha convertido la propia idea de las estanterías irrelevante: sus usuarios no son dueños de nada. En su lugar, éstos pagan por acceso, el equivalente a unos doce discos al año (9’99€ al mes) para poder tener millones de canciones al alcance de la mano.

Toda una vida de música cabe en una caja de cerillas

De forma más significativa, los servicios de streaming hacen en nuestro lugar la tediosa labor de coleccionar la música. Teniendo las playlist como marco, podemos pensar en cada uno de los servicios de streaming (Spotify, Tidal, Apple Music) como una singular “colección de colecciones”, usando en cada caso una forma de selección de canciones (lo que en inglés se llama “curación de contenidos”) de entre un ruidoso catálogo musical. Spotify, por ejemplo, vende su destreza algorítmica, presentando cada semana colecciones automatizadas y personalizadas para sus usuarios, como Discovery Weekly o Release Radar. Apple Music prefiere poner el énfasis en el talento “humano” de la selección musical, contratando frecuentemente a celebridades como Alexander Wang o Clare Waight Keller para que hagan sus propias listas. Tidal se enorgullece de su alcance limitado, consiguiendo acuerdos de exclusividad para distribuir obras maestras como Lemonade de Beyonce o The life of Pablo de Kayne West.

Cualquier esfuerzo que pongamos en mantener el control sobre nuestros hábitos de coleccionar música lejos de estos servicios de streaming parece trabajoso y fútil. Los acuerdos de exclusividad a-là-Tidal dificultan la posibilidad de consolidar toda nuestra colección en una sola plataforma sin tener que pagar por varios servicios de streaming (en 2009, Eliot Van Buskirk sugirió que la industria musical podría construir una base de datos musical global y universal para evitar las fricciones entre servicios, una visión que desde entonces parece haber caído en saco roto). El constante impulso hacia el “descubrimiento” (o sea, de maximizar las oportunidades que nos ofrece la ciencia de datos) lleva a quienes usan el streaming a escuchar música como el lector promedio de internet lee las noticias: como pequeños pedazos de sonido que a penas tenemos tiempo de digerir antes de ser barrido por nuevo contenido.

Todos estos factores llevan a un nuevo tipo de fan y coleccionista de la música digital: uno que prioriza la cantidad en lugar de la calidad, que ve el coleccionismo como una cuestión performativa más que inquisitiva, y que define sus gustos más por el cómo (el servicio de streaming) que por el qué (las propias canciones). Este perfil de coleccionismo presenta un desafío para la industria musical, porque desvía la atención de la gente que crea la música, el corazón de la industria. De hecho, si bien los servicios de streaming hacen que los artistas lleguen a sus potenciales fans, también hace más difícil crear y retener a un grupo de fans leal.

Después de todo, es importante recordar que lamentamos las pérdidas en la música no cuando una canción cae en las listas de éxitos, ni cuando los servicios de streaming fracasan, sino cuando perdemos artistas. Sólo en 2016, tuvimos algunas de las más dolorosas despedidas como comunidad musical cuando nos dejaron George Michael, Leonard Cohen, Prince o David Bowie. Desafortunadamente, las muertes son la única oportunidad que los oyentes tienen para sumergirse en la vida y obra de un artista. En contraste, las fichas de los artistas en los servicios de streaming siguen estando incompletas, aportando poco más que una discografía y una lista de artistas relacionados. Si bien la música en streaming es más provechosa para el consumidor desde una perspectiva de acceso (en términos de espacio y tiempo), su conveniencia no debería costarnos nuestra conexión con la música.


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