LITTLE CAESAR – Eight: grosería de barra de bar

La biografía de Little Caesar está atestada de páginas manchadas de desventuras y decepciones. Su historial queda maltrecho por la mezquindad de un negocio musical que no respeta los mínimos códigos éticos del manual de autenticidad. Manual dignificado por los afiliados de la cultura rock, donde impera la máxima de que la fusión entre el talento y el esfuerzo son las semillas naturales que germinarán en el verdadero éxito. Y es que el rockero triunfador debe iniciarse de forma natural en las escupideras subterráneas; tocando en antros infectos y dando los pasos necesarios para sumar adictos a su causa hasta alcanzar el derecho a la gloria masiva. Ésa es la siempre polémica teoría de que la autenticidad no depende tanto del escaparate ficticio que monta la industria alrededor de una banda, como de la honradez del mensaje que esta pueda lanzar.

Y si los angelinos cumplían escrupulosamente con el ideario que define la perfecta banda de rock ¿qué les condenó a los infiernos de ser ignorados? Sus directos tienen ese aura de nobleza de las grandes bandas, aun careciendo de la parafernalia de los dólares de las formaciones más mediáticas. La enormidad de sus canciones, cantadas a pleno pulmón como flechas perfectamente tensadas y directas al corazón por la voz áspera de su vocalista Ron Young, sus riffs adictivos trituradores de cuellos, su imagen de perros callejeros…y sin embargo, los ves casi en el anonimato y sólo te puedes plantear: lo tenían todo, pero no han conseguido nada. El misterio Little Caesar, o lo que es lo mismo: una de las bandas más honradas y genuinas que ha dado el rock and roll en toda su historia.

Rock and roll entendido en su sentido más estricto: sin aditivos, sin plásticos, ni demostraciones adulteradas. Pura esencia del rock and roll, donde el groove y el feeling resquebrajan los huesos del oyente hasta filtrarse a su líquido sinovial. Ese sonido de barra de bar donde las verdades se hacen más profundas con alcohol en las venas. Auténticos perdedores de lo banal pero ganadores de lo verdadero, de lo no contaminado. Sin dinero, pero forjadores de su propia identidad y controladores de su propio destino. Fieles a sí mismos y con actitud de enfrentarse a la vida con rebeldía, independencia y chulería. Donde prevalece esa poesía de rock and roll vagabundo, de marginalidad y de eternamente jóvenes. En definitiva, un sinfín de “defectos” que, sumados todos, nos dan la resultante de enarbolar esa bandera de la autenticidad.

La crudeza de la introducción, sin más pretensión que enjuiciar subjetivamente las razones por las que una banda como Little Caesar pasa a engrosar una de esas listas de incomprendidos, abre el hilo conductor que va a permitir el análisis de su nuevo trabajo de estudio, titulado Eight. A veces las deidades mineras merecen que, entre el mito y la verdad en los que siempre se han movido los extremos del rock, se les haga justicia por ser capaces de soportar los embates mercantiles y de recuperar la esencia vendiendo su alma al propio rock and roll. Y como rock and roll tradicional se describe el pequeño César, con ciertos tonos del ritmo americano, del blues y del soul.

El grueso del disco se recuesta sobre un colchón de fuertes riffs, un ritmo rítmico similar a las sensaciones que se producen en un sosegado paseo en moto Chopper, con toques blues, y envueltos en una colcha de melodías y armonías marca de la casa. Todo el álbum rezuma una explosión de generosidad, y es el ejemplo perfecto de lo sugerente que puede ser un trabajo cuando sus componentes derraman sangre, sudor y lágrimas. Nadie puede dudar de que la construcción de unas canciones con autentica actitud grosera y ruidosa contribuyen a la fiesta del rock and roll.

El fértil espíritu, el alma y la contextura de los setenta se despliegan orgánicamente para desvelar un disco con raíces profundas de rock and roll. “21 again” inicia las hostilidades de este expreso infernal con frenetismo descontrolado y que se masca perfecta para el directo; como “Mama tried”, que es concisa pero demoledora para el baile. Sin momentos de respiro, “Vegas” exhibe puro rock and roll sucio y de barrio marginal (su solo de guitarra, con ocho miserables notas distorsionadas que parecen sacadas de una guitarra de treinta euros, y que más parecen disimular carencias que resaltar virtudes, te perfora los tímpanos hasta sentir más excitación que dolor). El ritmo se relaja con “Crushed velvet”, que parece entrar en territorio apache del jefe de la tribu The Rolling Stones, y se fortalece con “Good times”, plagado de furia, de celebración y crudeza, y con conocimiento perfecto de los códigos del estribillo infalible.

La calma de “Time enough for that” nos indica que los lamentos soul de la voz de Ron pueden reducir a cenizas los más duros corazones. “Straight shooter” y “Another fine mess” te quieren zarandear políticamente pero sin olvidar que el rock and roll es una increíble fuerza de comunión colectiva, y un arma invencible que resucita muertos. El rock ’n soul que representa “Morning” evidencia que todos los músicos tienen su espacio para respirar, siendo la combinación perfecta entre el disfrute de una buena melodía y la exhibición vocal de Ron, todo un frontman en su especie (el tema parece incitar a refrescarte con una buena cerveza). “That’s alright”, con ritmo power punk y perfectas voces armonizadas, cierra un disco que tiene el poder y la fanfarronería que requieren un disco de puro rock and roll.

Por otra parte habrá quien afirme, y sin duda con argumentos bien fundamentados, que este disco vuelve a estancarles en la nada, y solo pretende sostener una carrera incapaz de crecer. La realidad objetiva de los angelinos es que nunca han tenido relevancia en la escena, por lo que al menos podían haber intentado pulir algunos de los defectos de sonido por alguno más excitante y contemporáneo. Pero, sinceramente, cuando un disco suena a puro rock, sin pelusas de relleno, sin trucos efectistas y sin sorpresas, manteniendo la frescura, conmoviendo y haciéndote cantar, gritar y air guitar, solo queda exclamar ¡que viva el romanticismo sobre la vanguardia! Si tu música es la que captura la verdadera esencia del rock and roll, influenciado por el blues rock y el soul y que tenga la justa suciedad debajo de las uñas propia del duro trabajo manual, éste es tu disco.


Lo mejor: el compromiso de sus integrantes por haber vendido únicamente su alma al rock and roll.
Lo peor: que la crudeza de su producción desanimará a los eruditos de lo pulcro y seguidores de sonido más pulidos.


Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Entrada publicada en Juicios Injustos.

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