PABLO PEREA – Talón de Aquiles: el éxito de merecerlo

Las afirmaciones vertidas por Pablo Perea, en respuesta a cuestiones formuladas por ciertos presentadores radiofónicos, han sido la chispa de motivación que ha encendido la llama de una reseña que, más que carbonizar la actualidad musical patria y dejar el aire irrespirable, desea expulsar algo de oxígeno para que broten nuevas reflexiones ante un panorama musical asfixiante .

En la primera de las entrevistas, tras las aduladoras palabras de un mediático locutor de las ondas que ponían a Perea entre los mejores artistas del país, llegaba la pregunta: “¿Por qué no has llegado más arriba?”. No sorprendían unas “inocentes” respuestas que, escondidas en su expresión gestual, resultaban más elocuentes por lo que ocultaban que por su dubitativo contenido: “No me se vender, soy muy introvertido, tengo mala memoria y no caigo excesivamente bien por mi seriedad. Cuando no sales en radio y TV parece que no existes. Y como decía un amigo mío: hay que asumir que hay gente que no ha nacido para el éxito“.

Decía Víctor Hugo que el éxito es una cosa repugnante, y añadía: “su falsa semejanza con el mérito engaña a los hombres”. El éxito, en la mayoría de los casos, es un espejismo efímero. La TV, con sus shows circenses como OT, La Voz, Talent o Factor X lleva años vendiéndonos que el camino hacia una carrera musical está en cantar frente a unos jueces mediáticos, entrar en un concurso y convertirte finalmente en un artista famoso. Adoptar esa mentalidad es degradarse y someterse a alguien sin identidad. Así que la enseñanza legítima nos dice que, si tienes talento y sueños, hay que ponerse a trabajar e ir forjando un camino propio.

Por otro lado, la industria (que planifica y genera los actuales parámetros de exigencia) arrastra a la masa generacional no sólo a consumir productos de usar y tirar, sino a esa cultura del pelotazo que proclama que para ser un artista sólo necesitas estar en el lugar y momento adecuados. Bajo ese paradigma de educación contraproducente, el destino de los músicos de verdad es el de sobrevivir en esta jungla hostil. No son buenos tiempos para la lírica, hay muchos condicionantes para que músicos de contrastado talento hayan pasado, al menos comercialmente, a formar parte del baúl de los recuerdos. Y es que la realidad es que el producto es importante pero lo compone una fórmula mágica que es la que conecta con el consumidor. Ese tipo de éxito es fácil de obtener.

Quizá un artista como Pablo Perea esté condenado a no conectar con el consumidor porque no vende productos artificiales con fórmula previa. Él transmite emociones surgidas de las experiencias propias y llenas de detalles naturales. Pero también es posible que el éxito verdadero resida en medirse por los propios logros, en haber encontrado un estilo propio, y nunca, a pesar de los errores, haber tenido miedo al fracaso y seguir de pie. La meta es seguir adelante, seguir transmitiendo emociones a pesar de todo.

En la segunda de las entrevistas, hay un momento en el que la locutora menciona la palabra “belleza”. Y Pablo, con el entusiasmo de quien hace un ejercicio de sinceridad y evitando la palabrería de guion, alega: “me considero un buscador constante de la belleza”. Toda una declaración de intenciones de quien entiende que la música es arte y sabe que la belleza es su expresión más esplendorosa. Una condición irrenunciable por la que todo artista trata de plasmar con exquisitez toda esa carga emocional y de fascinación que le produce todo ese mundo que le rodea.

Y es ese mundo imperfecto el que nos entrega el alma de La Trampa en cada una de las canciones de este nuevo trabajo de cabecera, titulado Talón de Aquiles. Título que parece sacralizar el punto vulnerable donde el artista se siente frágil y expuesto emocionalmente. Un músico introvertido como Pablo disfruta de la soledad, y la puede aprovechar al máximo para componer y transmitir la más intensa de las emociones. Su propuesta arriesgada, compuesta en su gran mayoría por temas intimistas, puede quizá parecer excesivamente homogénea. Pero la fusión de estilos como el jazz, soul, pop-rock, o el west-coast, además de impregnar las canciones de riqueza instrumental, convierte la uniformidad en diversidad.

Pablo se las arregla para crear un disco infinitamente agradable, donde la sonoridad y la exaltación cambian de una canción a otra. Mientras la cálida balada “Mi peor enemigo” parece empaquetada con adornos instrumentales de la costa oeste americana y nos traslada a una atmósfera de playa californiana, “Silencios”, de bordes más duros pero tristes, se desvanece con un lejano sonido de violín que marca una desgarradora melodía de corte clásico. Tanto como “Corazones de lluvia”, donde los susurros al silencio que salen de la boca de Pablo y Álex Perea, que parecen dibujar un cuadro en el que alguien mirando al horizonte del mar reflexiona sobre los secretos de la vida, quedan abrazados por una pared instrumental new age.

Ninguna canción suena como las demás y, sin embargo, cada una se incorpora a la siguiente con tanta sutileza y estilo que no sorprendería que algunas partes secuenciadas estuvieran inspiradas el mismo día. Todo para que no haya vaivenes en la calidad, como esa escritura que se hace defectuosa dependiendo del momento del día en el que la realizas. Talón de Aquiles suena tan fresco como familiar, tan intrépido como consolador. Si la balada “Qué sabes tú”, cantada a dueto con Francisco Simón y por la que firmaría el propio Joe Cocker, se sube a un carro desconocido donde la instrumentación de viento y la parte coral maneja tiempo soul y guitarra blues, en el medio tiempo electroacústico “Como almas perdidas” los detalles instrumentales recuerdan a esa canción amiga con mínimas modificaciones.

Pablo sigue siendo un pedagogo del oficio. Como un mago con números repetidos, puede que sus trucos pierdan el factor sorpresa si los has visto en exceso, pero eso no hace que la velocidad de las manos sea menor. Escuchando su música, lo veo a sí mismo cogiendo su guitarra todos los días con la esperanza de encontrar la combinación perfecta entre acordes y palabras sinceras sobre cualquier filosofía de la vida, y soñando que esa melodía resuene en una amplia audiencia. Y “Me equivoqué” no se encuentra tan lejos de ese sueño. Y eso a pesar de que su melodía parezca más sonar alrededor de una fogata a la luz de la luna que en un estadio frente a cincuenta mil personas. La magia de las notas de violín parece encallar en nuestros oídos para quedarse eternamente.

Talón de Aquiles basa su contenido en tres pilares fundamentales. La primera, la siempre estremecedora voz de Pablo que, con el paso del tiempo es más madura y más grave, y cuyo fraseo vocal no sólo te permite escuchar cada palabra, sino que llega con todas las garantías a nuestro nicho del oído que exige veracidad y fiabilidad. A eso hay que unirle las voces dobladas que enriquecen baladas como “Si te he dado la vida”, dando ese plus capaz de trasladar la canción a otra dimensión, y con un comienzo instrumental que recuerda a uno de los éxitos más relevantes de Carlos Goñi.

Es el líder de Revolver quien colabora en una de las estrellas del trabajo, “La luna se esconde”. Balada con armonías vocales que rozan la perfección y que en un mundo musical justo estaría destinada a la inmortalidad. Las colaboraciones se despiden con Rozalén y la balada “Tanto”, que parece hacer lucir el sol cuando la escuchas, y que nos lleva a ese segundo pilar esencial: unas letras trabajadas e inspiradas por Juan Mari Montes y el propio Pablo cuya concepción casi poética exigen escucharse con total predisposición.

Por último, Talón de Aquiles es el disco en el que los detalles instrumentales marcan las diferencias entre lo insustancial y lo admirable, entre los adornos exuberantes y el buen gusto. Parece imposible no detenerse a apreciar notas de guitarras lejanas, instrumentación de viento que complementa sin pomposidad la estructura general de las canciones, violines que embellecen las líneas vocales…sin tener en cuenta el equilibrio sonoro. Todo elemento destaca, pero nada ahoga. Todo embellece en su justa medida y sin estridencias, pero además nada sobra ni falta.

En definitiva, estamos ante un genuino disco de autor que desgraciadamente no llegará a un público masivo, pero que constituye, sin duda, el trabajo más maduro de Perea. Otro nuevo logro que va a cimentar la base de un gran éxito. Víctor Hugo nos lo ha recordado. Pablo lleva treinta años llegando al éxito más difícil: merecerlo.


Lo mejor: La combinación perfecta de todos los elementos que componen una canción: equilibrio instrumental, letras profundas, la armonía y la intensidad vocal de las voces.
Lo peor: El histrionismo vocal en “Allí estaré”, y que una belleza musical como es “Talón de Aquiles” parezca destinada a ser disfrutada por unos pocos.


Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Entrada publicada en Juicios Injustos.

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