VALENTÍN LADRERO – Músicas contra el poder: canción popular y política en el siglo XX

Existe en las cabezas de la gente una alarma que salta cada vez que alguien menciona la palabra “política” fuera de los ámbitos socialmente aceptados. Se puede criticar al jefe de Estado en un editorial, pero no en un partido de fútbol. Se puede discutir una ley en el contexto de un debate televisivo, pero no en la exposición de un museo. La expresión política en las calles es excepcional; y si no está reglada y molesta, se le llama vandalismo.

Semejante mecanismo de defensa (del que las personas melómanas tampoco se han desprendido), hace que un libro como el de Valentín Ladrero, que lleva por subtítulo “Canción popular y política en el siglo XX”, pueda ser recibido con más reticencia que interés. Tenemos bien aprendida la lección, y nos convencemos de que “Blowin’ in the wind” es una canción política, mientras que “Highway to hell” es mero entretenimiento.

Frente a este prejuicio, la idea que subyace en cada una de las páginas de Músicas contra el poder es que la música, en tanto que reflejo o comentario de aquello que nos rodea, tiene una carga política inevitable. Esa carga está en cada artista y en cada canción, en cada una de sus letras (o en la falta de ellas), en los recintos o calles en los que la música se interpreta, en los oídos de la gente que lo escucha y en las resistencias a las que se enfrenta. Y, al contrario de lo que mucha gente piensa, la música puede servir tanto para criticar el poder como para apuntalarlo.

Tirando de esa premisa, Ladrero cartografía un siglo XX de interminables cambios a través de sus gentes y su irrefrenable expresión cultural, completando lo que otros dejaron a medio hacer. Así, si el fabuloso A 33 revoluciones por minuto de Dorian Lynskey se limitaba en su mayor parte a contarnos las turbulencias políticas y sociales del mundo occidental y anglosajón, Ladrero abre la mirada hasta abarcar los países del sur, generalmente ignorados.

Haciendo hincapié en el plural que domina el título, las músicas de las que Ladrero habla comprenden la bossa nova y el flamenco, el afropunk y la nova cançó. A diferencia de Lynskey y sus treinta y tres revoluciones, el autor español evita ceñirse a eventos concretos (“Give peace a chance” como himno antibelicista, “Strange fruit” como protesta frente a los linchamientos, etc.) y, en su lugar, tira de los hilos narrativos que, como ríos infinitos, van cruzando la humanidad.

Con aparente facilidad, Ladrero se echa atrás unos metros para entender contextos, estructuras y flujos históricos, y tiene la capacidad de identificar los puntos de fuga que van del esclavo africano hasta el rapero de Detroit, del obrerismo británico de los setenta hasta el hardcore pastillero de los noventa, de las sociedades africanas descolonizadas hasta las nuevas democracias fallidas y el word music. Para semejante repaso, Ladrero se vale de un conocimiento enciclopédico que no se limita a vomitar sobre el papel, sino que lo emplea para transmitir el espíritu de cada época en toda su complejidad: con sus verdades y sus mitos, con sus incoherencias y sus promesas incumplidas. Cosa extraña en ensayos de este calado, el autor se atreve a mezclar hechos con valoraciones, realidad con imaginación, gestas públicas con los ricos mundos internos de sus protagonistas.

En ese sentido, aunque hablemos de un texto de vocación ensayística, el ritmo de Músicas contra el poder tiene una cadencia más poética que académica. Todo él está repleto de concesiones estilísticas que contribuyen a embellecer el resultado final. Y ciertamente lo consigue, aunque sea a costa de cierta tendencia reiterativa que, tras trescientas o cuatrocientas páginas, puede resultar pesada.

Resulta un placer inesperado encontrarse con el silencio ensordecedor de John Cage conviviendo en estas páginas con un gobierno municipal intentando prohibir las raves de miles de personas. Se lee con agridulce sensación la enormidad de figuras como Fela Kuti o Violeta Parra cuando van de la mano de los asesinatos de Steve Biko o los músicos mercenarios al servicio de dictaduras. Al final, aunque la música nos invite a soñar, las realidades golpean siempre fuerte.

¿Dónde quedan, en este gran fresco secular, el blues, el rock and roll, o el metal? Aunque Músicas contra el poder tenga unas dosis de guitarras eléctricas menores de las que pudiéramos desear, hay poco de lo que sorprendernos. Sus páginas nos hablan del glam rock y del grunge, de Rock Against Racism y del Rock Radical Vasco. Pero además de los fantásticos capítulos dedicados al blues y al punk, los pasajes con banda sonora rockera son escasos.

Nada de lo que culpar a Ladrero, en todo caso. Al fin y al cabo, las bandas contestatarias han sido poco más que excepciones (MC5, Manic Street Preachers, Rage Against the Machine) dentro de una escena rápidamente envejecida y mayoritariamente reacia a la protesta, cuando no directamente reaccionaria.

A pesar de esa lejanía con nuestra música, la importancia de un libro como Músicas contra el poder va más allá de gustos musicales particulares. El libro de Valentín Ladrero es un comentario político, social y musical imprescindible para entender mundos y sonidos que hemos ignorado una y otra vez. Una herramienta de utilidad incalculable para entender que el poder (y, claro, la política) está en todos lados. Especialmente donde nos aseguran que no lo está.


Lo mejor: el lenguaje, atípicamente literario en ensayos de este calibre, y la sobresaliente portada.
Lo peor: que el notable resultado lo manche un trabajo pobre de corrección de ortografía y (sobre todo) puntuación.


Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Juicios Injustos.

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