BROTHER HAWK – The clear lake: tan bueno como el oro

Reconozco haber tenido miedo antes de escuchar por primera vez The clear lake, porque las cosas perfectas no admiten mejora. No hay esquinas que puedan pulírsele a una esfera completa, igual que a “Freebird” no le sobra ni le falta un solo segundo. Una cosa perfecta no admite mejora, y por eso sólo puede ser seguida de un fracaso, o por otra que la iguale en su perfección. Afortunadamente, The clear lake no es un fracaso, y viene a sustituir a Big medicine como la cosa más perfecta que Brother Hawk han publicado hasta la fecha.

De años de ensayos, carreteras, canciones abandonadas e ideas retrabajadas, Brother Hawk consiguieron publicar, dos años atrás, un debut tan robusto como prometedor. Un sonido propio pero arraigado en las bandas de tradición norteamericana a las que, más que copiar, venía a actualizar. Con la presión de dar continuidad a un álbum que rompía moldes, a la banda de Atlanta le faltaría tiempo para crear, con calma, otro puñado de temas a la altura de las expectativas. Por eso, en lugar de ahondar en las composiciones de estribillo potente y revestimiento instrumental preciosista de aquél, Brother Hawk ha optado esta vez por un sonido expansivo. Como la onda de una piedrecilla que se hunde en medio de un lago cristalino y lo perturba hasta sus orillas, The clear lake está construido sobre pequeñas ideas que se hacen grandes a través de sus pasajes instrumentales.

A veces esa idea es un lick de guitarra, otras una progresión de acordes o una frase repetida en un bello estribillo. Lo concreto en The clear lake es menos importante que lo difuso, y por eso aceptamos de buen grado perdernos entre sus capas de guitarras y teclados, sabiendo que al final de cada viaje sonoro se encuentra una resolución que nos eleva hasta el cielo.

Las canciones que conforman el nuevo disco de Brother Hawk apuntalan el sentido profundamente naturalista de su música, y lo hacen a través de sonidos que recalan en la sinestesia. Resulta que lo que entra por nuestros oídos provoca visiones, desprende fragancias, ofrece sabores y acaricia la piel. Sugestionado por una bellísima portada y por el propio nombre del grupo, es prácticamente imposible que el mundo musical de la banda de Atlanta no nos evoque paisajes calmados y salvajes, donde la bota sucia del hombre apenas ha pisado.

No es de extrañar que la mitad de los temas del disco nos hablen de un árbol, un mar, un perro, un lago o el oro que pudo quedarse entre sus arenas. Aunque esos títulos escondan en realidad historias de amor pasadas y venideras, la certeza de que éstas apuntan a algo más elevado e inabarcable es inexorable.

Y, si pudiéramos olvidarnos de lo poético para centrarnos en lo estrictamente musical, entonces habría que decir que la calidad instrumental de la banda de Atlanta ha sobrepasado ya a muchos de sus propios referentes. Sin necesidad de escoger entre contundencia y melodía, o entre técnica y sentimiento, cada canción de The clear lake se supera en cada una de sus facetas. Mientras que la guitarra de J.B. Brisendine es tan reconocible como la Lucille de B.B. o la Old Black de Neil, el teclado de Nick Johns-Cooper simplemente no admite comparación.

Cualquier momento en The clear lake es oportuno para advertir, inmediatamente, la grandeza sin pretensiones de esta banda. Los primeros segundos de “Quittin’ time”, con ese teclado que se abre paso como bruma entre árboles. La batería de Allan Carson, que se estrena en estudio, exhibe el particular talento de sonar más dramática cuanto más despacio golpea en “Good as gold”. El bajo de James Fedigan dibuja altibajos emocionales en “Force of will”, y roba la escena al resto de la banda. La inmediatamente reconocible voz de Brisendine duele siempre aun sin escuchar lo que canta, y únicamente sus solos son capaces de sacarnos del embobamiento para meternos en puro éxtasis.

En los mejores momentos, esos elementos se revuelven y llevan a las canciones hasta in crescendos de belleza insoportable, como la sección final de “Weight”, en la que los licks de guitarra y teclado se van intercalando hasta acabar en desgarradora comunión. Cuando al cuarteto se le une una armónica, entonces sólo nos queda emplear superlativos como “obra maestra”: el viejo Brisendine, que ya colaboró en Big medicine, vivió lo suficiente para aportar en “The black dog” un testamento musical irrepetible. Podríamos seguir así hasta abarcar los 58 minutos de un álbum que se hace eterno en el buen sentido.

Sólo alguien con demasiadas ganas de encontrar eslabones débiles podría considerar la desnuda “The white oak”, esa especie de prólogo acústico a “The clear lake”, un tema prescindible. Pero es precisamente gracias a ésta que constatamos que, aunque las buenas canciones pueden interpretarse con una simple guitarra sin por ello perder su esencia, el revestimiento instrumental puede elevar una composición hasta los cielos.

El disco termina, el vello permanece erizado, y el cuerpo queda exhausto, como si el viaje al que The clear lake nos arrastra fuese físico y no sólo musical. El miedo se disipa, tornándose en felicidad. Brother Hawk ha conseguido pulir las esquinas de una esfera perfecta. Ha completado lo que le faltaba a su particular “Freebird”. Ha publicado el disco atemporal al que toda banda debería aspirar: una obra de una belleza que no cabe en los surcos de un vinilo.


Lo mejor: constatar que el rock puede ser tanto un boceto de cómic como una Capilla Sixtina.
Lo peor: que no haya más bandas como Brother Hawk y más discos como The clear lake.


Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Juicios Injustos.

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