Una sola nota basta: JEFF BECK en Londres

Entre la realidad y la ficción, las gestas inventadas y las que de verdad ocurrieron pero fueron magnificándose con el tiempo, las leyendas se hacen más interesantes cuanto más elusivas son. Esas historias necesitan tiempo y olvido para que, con las líneas maestras casi borradas, se las dote de detalles imaginativos transmitidos en generaciones. Con las personas que son leyenda pasa exactamente lo mismo: hace falta una dosis razonablemente alta de oscuridad alrededor de su figura, una existencia lejana que incluso nos haga cuestionarnos su realidad, una muerte gloriosa o una vida tan alejada de la nuestra que parezca de otro mundo.

Desde un punto de vista objetivo, Jeff Beck no es más que un hombre que toca una guitarra, pero para cualquier fan de la música contemporánea, la dimensión de su figura alcanza a las de las leyendas. Incluso aunque no nos guste su obra. Escurridiza y en vías de extinción, la leyenda de Jeff Beck ha salpicado nuestro mundo desde que empezamos a escuchar música, ha estado siempre presente, más como idea lejana que como figura aprehensible.

Ver sobre el escenario a Jeff Beck en Londres, celebrando cincuenta años de carrera musical, se presentaba como la última de las muy pocas oportunidades de ver a una leyenda que, a pesar de su edad, no se ha quedado en el mero cascarón. Más bien al contrario, de Beck nunca puede afirmarse haberlo visto en su mejor época porque, haciendo bueno el cliché con el que tantas otras bandas nos mienten, el guitarrista británico siempre está en busca de un momento mejor que el anterior. Así que quizá no diremos que su show en Royal Hospital de Chelsea sea el mejor que ha dado hasta la fecha (¿quién nos lo iba a negar, de todas formas?), pero sí podemos asegurar que el concierto que vimos fue como ningún otro. Aunque sólo sea por haber tenido la suerte de ser parte de él.

La tarde empezó siendo rara. Lejos de ser un lugar perfecto para conciertos de rock, el Royal Hospital de Chelsea es un asilo para ancianos que hayan servido en el ejército británico. El edificio es de ladrillo feo, como casi todo en Londres, y sus muros rodean unos jardines donde instalan cada año el escenario, parcamente equipado. El show, aunque con entradas numeradas y precio elevado, parecía estar preparado para los internos, como si les hubiesen dejado las puertas abiertas para salir a admirar el concierto. Más que el de un concierto de rock, el ambiente era el de una fiesta para la tercera edad en la que poder comer y beber mientras se escucha de fondo a un guitarrista de su misma quinta. Con el público sentado, se extendía hasta el escenario un campo de calvas y canas aplaudiendo con moderación y sacando fotos movidas con móviles de última generación.

Imelda May abrió la velada (por llamar de alguna forma a ese cielo azul que apenas fue oscureciéndose) cuando todavía quedaban un montón de sillas vacías, esforzándose lo justo por transmitirnos el fuego de su música. May es una artista de sobrado talento que sabe elegir bien a sus músicos, lo suficientemente buenos como para sacar adelante las canciones, pero no tan grandes como para eclipsar a la estrella del show. Sin focos ni noche que dieran vistosidad al espectáculo, la cantante se pasea de un lado al otro del escenario, buscando con el público una complicidad que no terminaba de llegar. Al tocar “Black tears”, de su último disco, se nos enciende la esperanza de una aparición fugaz de Jeff Beck, que ya puso su magia en la versión de estudio. Pero no sucede. Comento con quien tengo al lado que es una pena que este cartel no contase también con Beth Hart, siguiendo la línea de vocalistas de altura con las que Jeff Beck ha compartido tablas. “Hart es mejor…pero Imelda vende mucho más”, me responde.

Aunque va de menos a más, May no es capaz de romper la pared de hielo que el público se ha construido. Éste, todavía buscando su asiento con un perrito caliente en la mano, pone la atención justa. Cuando suena “Leave me lonely”, en la segunda mitad del show, los oídos y ojos se tornan hacia el escenario, y reconocen la buena actuación de la irlandesa. En los momentos más fogosos, como en la inspirada “Should’ve been you”, consigue que algunas personas se pongan de pie a aplaudir, pero la atmósfera general sigue siendo la de total desconexión entre una artista entregada y un público demasiado casual. Me pregunto cómo tiene que ser verla a ella sola, en sala o en ese Royal Albert Hall que llenó meses atrás, con una audiencia que haya pagado por verla a ella.

La frialdad fue norma hasta entonces, pero no hay indiferencia que Jeff Beck no pueda traspasar con el tono de su guitarra. Incluso frente a un estadio vacío, escuchar la Stratocaster doblándose y multiplicándose es capaz de erizar cualquier vello. Los jardines del Royal Hospital de Chelsea estaban llenos cuando la banda salió a interpretar la instrumental “Pull it” de su último disco junto a Bones, y los aplausos, como si los hubiesen estado guardando para este momento, empezaron a hacerse más recurrentes. Sin moverse demasiado ni acercarse al micro para decir “buenas noches”, Beck habla a través de su guitarra, con un vocabulario propio de académicos y de barriobajeros. Usando las yemas de los dedos en lugar de púa y la rueda de volumen en lugar de un pedal, el guitarrista es capaz de contar historias que acarician y que pellizcan, eligiendo siempre el camino menos transitado.

Puede que “el camino menos transitado” no sea lo que alguien le viene a la cabeza cuando piensa en una obra y repertorio formados mayoritariamente por versiones. Sin embargo, es en esas revisiones donde vemos, por medio de la comparación, hasta dónde llega la excelencia de Jeff Beck. En clásicos de sobra conocidos como “Little wing” o “I have to laugh”, el guitarrista saca a pasear una técnica siempre al servicio de la canción. Estas rendiciones a artistas desaparecidos son a la vez un homenaje y un púlpito desde el que Beck muestra su singularidad: disonancias controladas, bendings que nunca acaban, y una dosificación de notas por minuto que más que agotar, crean adicción.

La banda que lleva Beck cuenta con alguna vieja estrella y un elemento diferencial que nos hizo la noche todavía más gozosa. Vinnie Colaiuta, a la batería, oscila entre lo más sutil y lo abiertamente virtuoso para, en la mayoría de ocasiones, hacerse casi inaudible y ser el apoyo perfecto para el resto. La bajista Rhonda Smith, que llevó parte del peso de la banda del mejor Prince, hace lo propio acompañando a Beck, a veces robando incluso la atención, poniéndose delante del escenario y desplegando una técnica equiparable sólo a su buen gusto. Entre los dos, la máquina de groove que domina “Superstition” o “I’m going down” es consistente como un martillo, y dejan entrever que lo exhibido durante el concierto no es más que una pequeña muestra de sus capacidades. Cuando caen joyas como la delicada “Cause we ended as lovers”, la sutileza que dan al ambiente recuerda a la de un humeante combo de jazz.

El elemento diferencial en esta versión de la Jeff Beck Band es el de Vanessa Freebairn-Smith, una violonchelista que aporta colchones armónicos sobre los que el resto de la música flota. Aporta con su violonchelo, según necesidad, las veces de guitarra adicional, bajo o teclado, pero el sonido aterciopelado de ese instrumento de cuerda tiene también cualidades que resaltaron, sobre todo, en los temas más delicados. La pieza folklórica “Mná na h-Éireann” (también conocida como “Woman of Ireland”), ha pasado por muchas manos en el rock, pero probablemente nunca haya sonado tan celestial como en la guitarra de Jeff Beck y el acompañamiento de Freebairn-Smith.

Si hay algo que no encaja en ese combo casi perfecto es la pieza del vocalista. Jimmy Hall, que ya puso su voz al servicio del guitarrista en Flash (1985), es un cantante de talento pero no a la altura del resto de la formación. A pesar de su experiencia y su larga historia con Jeff Beck, parece estar en la banda como un sustituto temporal, sobrellevando sin bordar los clásicos que le son encomendados. Sus movimientos, que quieren y no pueden, y su ropaje casual, juegan en su contra. Así, “A change is gonna come” la hizo como pudo, “Superstition” chirrió a ratos, y agradecimos en “A day in the life” que el propio Beck asumiera con su guitarra las melodías principales. Lennon y McCartney no podrían habernos transmitido más ni mejor. Al fin y al cabo, es posible que el gran público necesite de cantantes para digerir una canción, pero cuando se trata de un músico de plato grande y porción pequeña como Jeff Beck, la convención está para romperse.

Al terminar la hora y media de concierto (qué no habríamos dado por media hora más), las sensaciones eran ambivalentes. Haber podido estar frente a Jeff Beck en carne y hueso le quita parte del aura legendaria que acompaña a los muertos y a los ausentes. Ahora podremos decir “yo lo vi en directo”, pero ya no podremos elucubrar sobre cómo habría sido de haber dejado pasar la oportunidad. Ya no podremos exagerar todas las posibilidades musicales de nuestra imaginación, porque ya habremos constatado que Jeff Beck no es más que otro hombre con una guitarra. Pero, a cambio de romper el encantamiento, constatamos que ninguna guitarra suena como la que pasa por sus dedos. Gracias a que no dejamos pasar la oportunidad de convertirlo en humano, Jeff Beck nos regaló una tarde de magia rara y difícil de descifrar, una exhibición musical que rechaza todas las etiquetas. Todas, salvo una: “irrepetible”.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Encuentros.

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