Ocultar para mostrar: A PERFECT CIRCLE en Londres

¿Es ésta la cola para entrar?”. Un tipo que espera entre los primeros me sonríe y afirma con la cabeza, como deseándome buena suerte por lo que viene detrás. La cola no llega hasta el horizonte, porque dobla la esquina al final del edificio, y ahí sigue un buen rato más, por donde merodean varios reventas. Con dos noches agotadas y una nueva fecha programada para finales de año, era de esperar algo de expectación, pero está claro que había subestimado el culto que envuelve e impulsa a A Perfect Circle.

La identificación con la banda empieza en la ropa y termina en la piel. El logo está impreso en camisetas y tatuado en brazos, cada persona va a lo suyo, pero todo el mundo es consciente de que va a ser parte de un evento especial, como el de una sociedad secreta cuyo fundamento no se espera que sea entendido por nadie fuera del círculo. Pegados en cada pared, los carteles que prohíben el uso de cualquier tipo de cámara durante el concierto acentúan la sensación de secretismo, que permanece incluso cuando el show acaba y nos vamos con aturdimiento a casa.

Hay una idea en la filosofía de A Perfect Circle que se asoma de forma recurrente. Ocultarse para mostrar. Igual que esos dos círculos perfectos que su logo oculta en aparentes medias lunas, lo evidente se muestra con más claridad cuando se saca de la penumbra y se observa con nueva luz. La puesta en escena se presenta en una neblina de colores fríos, con focos que iluminan poco y dejan a oscuras las zonas más importantes en un concierto de rock. De vez en cuando, la iluminación es lo suficientemente potente como para constatar que el O2 Academy de Brixton es tan bonito dentro como en su fachada: un anfiteatro con arquitectura art déco cubierto por una cúpula que da la sensación de tenernos en noche cerrada y al aire libre. La pista, levemente inclinada, hace que el escenario pueda verse con relativa facilidad desde cualquier punto.

Foto: Paul Harries

Claro que tampoco hay tanto para ver sobre el escenario, ni tan espectacular. Casi todos en la banda se pasan el concierto quietos, tocando en su metro cuadrado. Seguramente para no distraernos más de lo necesario. Sólo Billy Howerdel, motor incansable del grupo, va de un lado a otro agitando su guitarra, aunque es más un movimiento nacido de la necesidad que de la pretensión de actuar como una rockstar. En esta banda no hay estrellas, sólo un puñado de agujeros negros.

Maynard Keenan, siempre dispuesto a sacar petróleo entre los pliegues que se crean entre significantes y significados, invierte roles y pasa de ser el frontman a colocarse en la parte de atrás, envuelto en una oscuridad calculada entre la que apenas podemos distinguir su silueta. Saben que los ojos van a estar puestos sobre el cantante y, en lugar de dar al público lo que éste quiere (como haría cualquier banda de rock), niegan un placer para ofrecer otro: el de escuchar la música dejando las distracciones visuales en segundo plano. Es una transacción que no gustará a todo el mundo, pero que es perfectamente coherente con la misión de A Perfect Circle.

Cuando el concierto empieza y las primeras frases de “Eat the elephant” salen cristalinas por los altavoces, tenemos que creernos que quien canta está ahí, al otro lado de la cuarta pared, y que no es una grabación. Pensar lo contrario sería poco menos que un insulto a una banda que tiene mucho que mostrar, pero nada que demostrar. Entre el público predomina el silencio, aunque se ven muchas manos en el aire y muchos labios moviéndose a la par que las letras. “Pégale un bocado”, cantan. Para tareas titánicas como la de comerse un elefante, dice la sabiduría popular anglosajona, hay que ir bocado a bocado. El elefante que ha sacado a A Perfect Circle de un estancamiento de casi tres lustros se llama capitalismo, desconexión, individualismo y egoísmo. En el O2 de Brixton, la banda nos lo sirve en bocados de cinco y seis minutos. “Da el paso”, cantan. Y damos el paso.

Foto: Paul Harries

No puede decirse que éste sea un concierto temático pero, a medida que va desvelándose el repertorio, queda claro que no se ha dejado ni un segundo de música al azar. Piezas de Eat the elephant como “Disillusioned” o “The Contrarian” se entremezclan con un catálogo de clásicos que llevan un despertador en su interior. “The hollow”, “3 libras” o la reimaginada “People are people” de Depeche Mode nos señalan todas el mismo camino. La consigna es clara: no somos islas, sin espíritu crítico estamos perdidos, tenemos que volver a mirarnos a los ojos, librarnos de las drogas de la aceptación social y el yo digital. No se ve a nadie haciéndose un selfie. Me pregunto si el mensaje ha permeado en nuestro córtex cerebral, o si éste es un concierto de rock como otro cualquiera.

“TalkTalk” nos recuerda (o nos acusa) que hay además de hablar hay que actuar, y que no ser parte de la solución nos convierte en parte del problema, pero entre estos miles no parece haber demasiada gente que se dé por aludida. A pesar del innegable culto que rodea a la banda, el público también ríe las gracias, aplaude al oír “fuck”, se emborracha y empuja. Al fin y al cabo, hasta en la crítica social es posible pasarlo bien y olvidar durante un rato nuestra existencia. Una existencia que parece condensada en la pesadilla industrial de “Counting bodies like sheep to the rhythm of the war drums”. Por un momento, más que en un concierto parecemos estar en un matadero. Uno de los mejores momentos del concierto es también uno de los más terroríficos.

Llevando la congruencia al límite, el concierto se termina sin falsas despedidas ni mayores aspavientos. Justo antes de cerrar con “The package”, Maynard avisa de que van a tocar la última canción, y así termina siendo. Al salir a la calle, parece que nada ha cambiado. O a lo mejor sí. Quizá algo nos ha hecho click por dentro y nos ha cambiado la mirada. Igual es buen momento para empezar a mirar a los ojos de la gente anónima que se amontona en el metro en el camino de vuelta a casa. A Perfect Circle nos muestra el camino, el resto está sólo en nuestra mano.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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