Cuentos de junio: SWEDEN ROCK FESTIVAL 2018

Señor, abróchese el cinturón que vamos a despegar“. Las rutinarias palabras de la azafata resonaban indiferentes mientras miraba fijamente al bloc de notas de mi móvil. El aspersor de añoranzas regaba mi mente tras la reciente experiencia festivalera, y parecía el momento idóneo para que todas esas gotas inolvidables quedaran esparcidas en un imperecedero césped documental. Pero, aunque los detalles se agolpaban en mi cerebro ostensiblemente, mis neuronas eran incapaces de encajar las piezas de forma coherente. El cansancio, por las intensas jornadas vividas, hacía mella. Y al galimatías ininteligible que deambulaba en la memoria, solamente pude arrancarle un pueril encabezamiento que al menos cumplía con el cometido de guardar el texto vacío: “Polvo y el trono del metal: Sweden Rock 2018”.

La absorta mirada al titular aspiraba a encender la chispa capaz de dar fluidez a mis dedos, para que, con el simple golpeo de teclas, desatascara el bloqueo mental. Pero repentinamente me sentí como si estuviera en el borde del canalón de un tejado mirando al vacío, y a un solo paso de caerme. ¿Estoy soñando? No parecía real, y si no lo es, tú tienes el control. El mundo de los sueños es intransferible, y se imponen nuestras propias leyes. La hipnosis fue interrumpida por unas amables palabras: “me gusta tu sudadera, ¿vienes del festival Sweden Rock?”.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando constaté que quien expresó su curiosidad era el director de la promotora internacional Live Nation (ese anticristo que presuntamente amenaza la pureza de nuestro paraíso). Él había viajado a Norje para disfrutar del festival y comprobar sus evoluciones. Mis primeras palabras derivaron en una amable presentación: declaré ser un apasionado del rock, con el compromiso de divulgar al mundo sus valores, y que además tenía la misión de transmitir por este medio todo lo acontecido en el festival. A partir de ahí la animada conversación se dirigió a su interés por conocer mi veredicto.

El personaje me motivaba. Mientras charlábamos lo imaginaba en la junta de accionistas de la promotora, presentando las cuentas sobre nuestro festival con números irreprochables, y me seducía hacer de fantasma juzgador. Así que mi primera intención fue marcar territorio, exponiendo con dureza que una estrategia empresarial que a corto plazo hace rebosar las arcas, a medio y largo plazo, convive fatal con los sueños de quienes las llenan. La avaricia no tiene cabida en un festival que ha basado sus pilares en la construcción y mantenimiento de una familia donde prevalece la armonía. Así, la codicia se puede convertir en una larga y pesada cadena que la promotora vaya a arrastrar de por vida.

Auguré que el destino del evento sería devastador, pero aun así estaba a tiempo de rectificar. Y le avisé de tener una última oportunidad de transformación estratégica cuando, en las próximas horas, escuchara el espíritu en el tiempo de mis tres alegatos. Le adelanté que el del pasado le recordaría los fundamentos sobre los que se construyó este festival. El del presente le reprocharía que la mano que actualmente mece la cuna de la dirección tiene demasiados tentáculos, y que ha desplazado al limbo las señas de identidad de sus creadores. Y, finalmente, las predicciones del espíritu del futuro, que mostrarían su suerte final. Mi acompañante esbozó una burlona sonrisa y desafió la profecía.

Fantasma del pasado

Su sonrisa derivó en un rictus de interés al escuchar mis primeras palabras sobre el fantasma del pasado. “El elogio al pasado no solo representa la mera nostalgia” comencé, “también significa regresar a los contextos que nos dieron plenitud en nuestras vidas. En ese sentido, durante años, el Sweden Rock Festival nos hizo sentir que comprábamos una experiencia que superaba nuestras expectativas. Y, sobre todo, apreciábamos que la dignidad humana estaba por encima de la ganancia financiera. Desde su germinar, la esencia del festival siempre giró en torno a crear una cohesión social; enfatizar y contagiar de un estado emocional positivo y donde importara el civismo y la interacción. Tampoco podemos olvidar que el colectivo es quien genera la imagen de marca. Y es evidente que la comodidad, el comportamiento social, y, obviamente, la máxima calidad musical, son esenciales para que, quienes lo experimentan, lo transmitan en el boca a boca“.

Al ver que me escuchaba con atención, seguí con mi exposición: “los organizadores del Sweden rock siempre se aseguraron de que su público supiera donde estaban las emociones y qué es lo que hacía que su festival fuera tan especial. Y eso que, en el apartado de rentabilidad, sus comienzos no fueron precisamente un camino de rosas. Más bien lo contrario. Pero fueron conscientes de que no todo era gastarse el dinero en grandes formaciones que arrastraran a un público masivo“. Mi interlocutor afirmaba con la cabeza. “Siempre supieron que agotar el presupuesto en grandes nombres causaría un grave problema: ¿cómo mantener entretenidos a los asistentes durante el resto del evento? Y decidieron equilibrar las partidas, ofreciendo un menú musical ecléctico mezcla de talentos nacionales, bandas prometedoras, reuniones exclusivas y grandes clásicos internacionales de atractiva propuesta, que, en muchos de los casos, no pasaban por su mejor momento comercial“.

En conclusión“, dije, “nunca tuvieron prisa por llegar a la meta antes de salir, con el ideario de mejorar a cada edición aprendiendo de sus errores. A cada toma de decisiones, se hicieron sabias preguntas y obtuvieron sabias respuestas. Y la respuesta fundamental la encontraron en un planteamiento que siempre fue su seña de identidad: la visión que deseaban representar a su audiencia, determinaría el tipo de personas que asistirían. Y es que las personas que acuden a los festivales por las razones correctas dejarán una impresión profunda y duradera. Incluso la importancia del comportamiento social, e inclusivo hacia los debutantes, era esencial. En definitiva, una organización perfecta es aquella capaz de aunar la seguridad de haber calculado todo, y la emoción de la espontaneidad, en un ambiente de comodidad absoluta. Y los organizadores de Sweden rock hicieron de la búsqueda de la innovación y la perfección su patrimonio más preciado”.

Después de escuchar las referencias al pasado, su cara pasó de un interés despreocupado a otro más expectante. Mis próximas palabras juzgarían lo acontecido en esta recién finalizada edición y sorprendía su hermetismo. Ni una sola palabra salía de su boca. Era como si diera por sentado que lo expuesto era incontestable. Supuse que, como hombre de negocios, tenía capacidad para escuchar, pero también la inteligencia de permanecer al acecho para replicar cualquier contradicción, o cualquier matiz fundamental ignorado por mi parte. Así que, sumido en mi reflexión sobre su estrategia, abordé sin dilación el fantasma del presente.

Fantasma del presente

En los prolegómenos de la anterior edición conocimos la transacción, por la multinacional a la que representas, del 51% de los derechos del festival. Porcentaje que revelaba una adquisición con derecho de pernada. Aunque lo inminente de las fechas os dejaría sin margen de maniobra para resaltar vuestra impronta. Así que el peor de los presagios se reveló con las prematuras confirmaciones de los cabezas de cartel de la presente edición. El certificado mainstream de una de las formaciones acarreaba el consiguiente y previsible anuncio: la venta de 3000 tickets por encima del límite del aforo; del reducto de la interacción a la invisibilidad. Además, a cada anuncio del resto de cartel se concretaba algo que ya intuía todo amante de este festival, y es que el metal contemporáneo, de carácter común y de cita anual, reemplazaba a los géneros más clásicos de carácter exclusivo; del sello especial a la estampilla del ‘más de los mismo’“.

Mi interlocutor no parecía estar de acuerdo con mis afirmaciones, pero me dejaba exponer mientras tomaba notas mentales. “A última hora también sorprendió el anuncio de unas modificaciones en el interior del recinto que fueron acogidas con escepticismo por los tradicionales asistentes. La puerta norte desaparecía y se ubicaba por la zona del Sweden Stage, y los tradicionales baños, cercanos a cuatro de los escenarios, se simplificaban en dos. En la teoría, y aunque eran previsibles las consecuencias, era de ley esperar a comprobar su funcionamiento. En la práctica, al encaminar a la totalidad de la masa por una única dirección, se sufrieron inquietantes tapones. El embudo generaba un atasco hasta la fecha desconocido. Además, la ubicación de la nueva puerta de entrada obligaba a traspasar entre el público que disfrutaba de los conciertos del Sweden Stage. Lo que retrasaba a quienes se dirigían a otra parte del recinto y molestaba a quienes tenían que ceder el paso. Por otra parte, las colas en los servicios eran fluidas, pero el recorrido de ida y vuelta, entre una marabunta de gente, implicaba perderte parte de algunas actuaciones. La negativa de los más intransigentes al proceso degeneraba en un espectáculo desagradable; espaldas alineadas contra los muros en pleno desahogo y la consiguiente mezcla de aromas infectos“, el hombre de negocios sentado a mi lado asentía sin decir nada.

Es verdad que, durante cuatro días, la catarsis emocional que produce el cebo musical idolatrado, evapora cualquier sentimiento de reprobación. Incluso persiste ese sentimiento familiar de siempre. Pero una vez que reposamos la mente, y tenemos la frialdad suficiente como para juzgar con espíritu crítico, ésta nos recuerda todas las irregularidades sufridas. La conclusión: que la máxima de volcarse con las personas ha sido reemplazada por los fríos números. A nadie se le escapa que, entre los asistentes, hubo todo tipo de conjeturas ante la subida de precios y otras tácticas. ¿Aumento de alquileres a los tenderetes del recinto? ¿Sería aventurado afirmar que las maniobras unidireccionales de salida tuvieran más fines comerciales que de razones de seguridad?“, estas preguntas abiertas le hicieron abrir la boca como para contestar y defenderse, pero optó por seguir escuchando.

Aunque también es justo admitir lo positivo“, concedí. “A la brillantez del sonido del Festival Stage hay que añadir lo eficaz de las barreras de seguridad en su auditorio. Aunque la reducción del tamaño y su diseño hayan restado grandeza visual frente al tradicional escenario. Por el contrario, la carpa Rockklassiker, además de reducir su capacidad, ha perdido en acústica, y su pobre sonido ha arruinado las ilusiones de casi todas las formaciones“.

Por otro lado, los carteles tradicionales de Sweden Rock reflejan unos gustos específicos. Aunque bien es cierto que en los últimos tiempos ha ofrecido mayor variedad de géneros. Tampoco tengo base para afirmar con rotundidad que las directrices marcadas por tus representados no sean capaces de generar nuevos adeptos y, con otros estilos y filosofía más manida, mantener a flote con suficiencia este barco. Pero cuesta asumir que una pequeña aldea sueca que ha resistido durante décadas los avatares del imperialismo fotocopia, y que todos idealizábamos como el centro de rebeldía europeo, se vaya a convertir en otro festival más. Al Sweden rock se acude por convicción y no por convención. Nunca este festival ha estado a los vaivenes de las modas y las nuevas tendencias, y por eso mismo no debería sufrir sus caprichos. Su carácter es genuino, y la mejor enciclopedia para cualquier interesado o iniciado en este maravilloso mundo llamado rock“.

Tampoco me parece contradictorio afirmar que, a pesar de toda esta retahíla de protestas con buenas intenciones, se nos hayan ofrecido conciertos muy por encima de la media. Y eso en cualquiera de los géneros dominantes, e independientemente de las dispares trayectorias“. Entre tanta crítica, me decidí a contar mi veredicto sobre las bandas vistas y escuchadas, dejándole ver que mi interés por la música no era estacional ni se limitaba a los grandes nombres. “NEMIS es el pulmón que insufla oxígeno a las nuevas generaciones, y sólo nos queda seguir mostrando admiración por un trabajo soberbio y necesario. Pero, por el contrario, y aunque ese no sea su principal cometido, este año no nos ha descubierto precisamente formaciones capaces de creer en el futuro. Las adolescentes Hedda Hatar mostraron más nervios que aptitudes en su propuesta alternativo-independiente. Los también alternativos Nala se quedaron en zona de nadie con tanta oscuridad en sus postulados. Sus riffs eran como una densa niebla en la oscuridad que impedían ver el camino“.

La originalidad de vestuario de Spiral Skies, incluidas máscaras venecianas que ocultaban su rostro, casaba perfectamente con sonidos vocales operísticos y su heavy rock actualizado. Pero la riqueza estética se evaporaba ante la pobreza y manida propuesta musical. También era vistoso el uniforme de tirantes de todos los componentes de Gain Eleven. Pero, al contrario que sus predecesores, sus sonidos edulcorados a lo Green Day dejaron una inconfundible huella de talento. La frontwoman capitana de Frontback, ataviada con un sombrero militar, comandaba a sus tropas de la muerte mezclando sonidos clásicos de Maiden y Leppard con otros más glaciales de Foo Fighters; su solución final se quedó en una leve matanza de mosquitos. Conviene recordar que NEMIS es el cordón umbilical del festival” le advertí, “esas sustancias nutritivas que la madre organización intercambia con los hijos del futuro. Si tu promotora cortara esos ligamentos, la articulación del futuro quedaría inválida de por vida.

Si la reputación de este festival se construía sobre la exclusividad de su cartel, en esta edición se ha pronunciado visiblemente la contratación de bandas que nos castigan año tras año con su presencia. Insistir en Hardcore Superstar o The Quireboys reprime cualquier instinto de retorno“. Al hombre de negocios se le torció el gesto al mencionar a ambas bandas, como si fueran sus favoritas, así que intenté amortiguar el golpe. “Aunque luego, los primeros fueran un rodillo de implacable violencia sleazy y exquisita imagen, que no dieron respiro ni a los pies ni a las gargantas; y los segundos impresionaran ofreciendo un set de fin de semana que Spike probablemente todavía está en el bar festejando. El último apóstol de sombrero y bufanda, con voz afónica por consumo de alcohol de garrafón, junto a la combinación de las guitarras de Griffin y Guerin y el impecable piano de Keith Weir, generaban adición hasta a los más sordos“.

La británicas Girlschool, que no renuncian a su velocidad pero sí se permiten elaborar un discurso con narrativa menos transgresora, han comprimido sus píldoras de espíritu punk en una masa más hard aunque con toda la costra que se pega de ese estilo. Sus compatriotas Slade llevan reproduciendo el mismo set desde el siglo pasado, así que no hay sutil progresión pero sí groove nostálgico. Sus hits teñidos de rosa se manifiestan con un engrase perfecto sobre el escenario. Y para cerrar el trío de bandas de las islas, con certificado de empadronamiento en Sweden rock, no podemos ignorar el sopor que causó Nazareth. Aunque luego compense escuchar en directo una de las canciones de amor más perfectas del siglo XX, esa ‘Love hurts’ que pone a bailar la melancolía de no poder hacerlo con quien amas y a solas“.

Las decepciones son inevitables ejerciendo cualquier política, y así se lo hice ver a mi compañero de fila en el avión. “Las americanas Vixen no desataron ninguna histeria a pesar de su elegancia y mejor imagen. Su vagancia matinal degeneró en una música más de acompañamiento que verdaderamente relevante. Sus paisanos del sur, Doc Holliday, sonaron bastante efervescentes. Al fuerte salpicar del goteo de los primeros temas continuó un calmado estanque sonoro de confección pedestre. Y siguiendo en el país de barras y estrellas, los chicos de Steelheart solo sorprendieron por actuar en la suite nupcial del festival cinco estrellas. Mejor los hubieran instalado en la quinta planta subterránea de garajes. Al menos no nos hubieran llegado a los oídos los bombásticos aullidos del lobo Matijevic. Su pose de gigoló italiano llenaba los incomprensibles silencios entre los distintos pasajes de las canciones. Y aunque parecía imposible, los suecos Bullet rebasaron a los americanos en su reinado a la mediocridad. Su mejor definición es banda de despedida de soltero“, sentencié.

Suerte distinta para las bandas de última generación. Otro capítulo indispensable, santo y seña del tradicional modelo Sweden rock, que no podía dejar pasar. “Mientras los daneses Junkyard Drive se arrodillaban rezando con nula personalidad los padrenuestros de Guns ‘N’ Roses y Led Zeppelin, la pretenciosidad del vocalista Nathan James, de los británicos Inglorious, arrojaba a los infiernos todas sus impersonales oraciones de su Dios serpiente blanca. Sin embargo, los alemanes New Roses han dejado de alabar a sus ídolos ochenteros y se dedican a predicar con sabiduría los versículos de una reformista biblia sonora creada de su puño y letra. Y, por fin, llegó el ejército de salvación con los británicos Buckets Rebel Heart; ellos agitaron el escenario con latigazos de rock melódico, que ejemplificaban algunos sentimientos regenerativos hacia el estilo. Sus baladas hechiceras eran enseñanzas a acariciar el aire“.

 

En esta edición prácticamente se han enterrado las intervenciones de aquellas formaciones que, estando fuera de circulación, la organización clásica del festival resucitaba de forma exclusiva. Solamente hemos tenido constancia de Focus y Coven. Los holandeses sentaron cátedra con su rock progresivo fusionado con jazz rock. Thijs van Leer parecía un director de orquesta presidiendo un maltratado Hammond, que con su aspecto barbudo y vestuario del siglo XIX recordaba a algún personaje de Dickens. Sus onomatopeyas tirolesas y los sonidos de flauta, junto a los impresionantes y fluidos solos de su joven guitarrista, Menno Gootjes, forjaron el carácter de la formación más original y entrañable de toda la edición“.

El gesto de aprobación de mi interlocutor se paró cuando le conté mis impresiones de la otra banda rescatada del olvido. “La vocalista Jinx Dawson, de la banda americana Coven, salió de un ataúd en medio de sonidos satánicos y luces de ultratumba, bien protegida por los encapuchados guardianes del averno. Pero la poetisa embrujada, envuelta en esa atmósfera tan mágica, se desvaneció entre tinieblas musicales incomprensibles en cuanto sus gárgolas descubrieron sus cabezas. El reloj que se había parado en casi cincuenta años de descanso, no supo ponerse en marcha por sus oxidadas agujas“.

Los escasos músicos de leyenda, y otros clásicos contratados, quedaron relegados a obtener sus minutos de gloria en escenarios menores, al tiempo que las formaciones más mediáticas descargaban sus voluptuosos directos. Yo me quedé con los primeros. “El guitarrista Bernie Torme era como ese pastel de nata y fresa que subsana una insípida comida. Pero, aunque su música tenga el poder de Rory Gallagher o Pat Travers, sus melodías son de difícil digestión. El trío mostró una histeria incontrolada, resistiéndose a echar el freno pese a su patente melancolía blues. Apenas un centenar de privilegiados admiraron al guitarrista blues Mick Clarke. Su caminar acelerado o pausado marcaba la sintonía de sus ritmos lujuriosos“.

Este ha sido el año de la revolución de los abuelos. “Sky High es el título nobiliario de un ilustre jubilado que quebró alguna que otra columna vertebral a base de versiones inmortales del blues. Y no olvidemos al batería de Thin Lizzy, Bryan Downey; envidiable verlo aporrear los bombos con el groove de los grandes, en edad de apoyar los brazos en las vallas de obras. Y aunque sus Alive and Dangerous eran guiñoles que calcaban los temas, las blasfemias en suelo sagrado son inaceptables” dije de forma lapidaria.

Luego hay luces de estrellas que llevan brillando toda una eternidad y nunca se apagan; son las que iluminan el relieve interior del festival y lo hacen relevante. Y es que es un privilegio disfrutar de los británicos progresivos Yes. Su show mantuvo una interesante linealidad ascendente, desde su descarga inicial flotando sobre aguas moderadas, a un in crescendo en intensidad a medida que avanzaban los temas, como el que sabe nadar en todos los niveles. Los jeans y el forro de cuero forman parte del abecedario de los australianos Rose Tattoo. Un vestuario en consonancia al movimiento del cuello con su boogie rock. Pocas formaciones saben mejor que ellos cómo funciona su trabajo. El enano cabeza rapada, Angry Anderson, recitaba sus estrofas con el mejor lirismo de Bon Scott. Él diseñaba la dinamita y sus mineros barrenaban“. Por la sonrisa de quien me escuchaba, parecía que esta vez sí estábamos de acuerdo.

Fantasma del futuro

Es evidente que hay formaciones innovadoras, con escaso curriculum, que tienen que ser la punta de lanza del tan añorado futuro. Negarles el pan y la sal sería de necios. Aunque el idealismo por lo genuino sería deseable, tampoco es desdeñable quienes hacen de sus carreras un circo de vanidades. Todo cabe en la viña del señor siempre que capten nuevos soldados para la causa. Más tarde, esos mismos soldados sabrán cómo dirigir sus pasiones. Como pasiones levantan los noruegos Turbonegro que, junto a Ghost, parecen bandas destinadas a glorificar de forma masiva su ideario rock. Estos Village People del rock ofrecen un revival visual y musical de los 80’s, donde el soporte entretenimiento es la ambición de su verdad. Su vocalista Tony Sylvester destila pasión con su garganta cascada y voz de color pétreo, y la perfecta ejecución musical del resto de la formación no desmiente su falta de identidad. Sus canciones, compuestas de remiendos de Kiss, Def Leppard, The Who o AC/DC, encandilan a un mercado nostálgico pero también a los neófitos“.

Para revolucionarios los americanos Baroness, que hacen de las atmósferas y la intensidad una exhibición ilimitada. Gina Gleason y John Baizley intercambiaban riffs fluidos, mientras sus voces se fundían, y luchabas por apartar los ojos pero parecía imposible. Sus armonías dinámicas y retorcidas, y sus sofocantes voces, persuadían a la multitud hasta elevarlos al clímax de la exaltación. La misma exaltación que han producido en sus sectarios las dos formaciones británicas que, durante décadas, han luchado enconadamente por ser los reyes del metal: Iron Maiden y Judas Priest. ¿Cuál de las dos bandas mereció subir las escaleras alfombradas hacia el trono?“.

Llegados a esos nombres, la atención de este directivo se agudizó, quizá para saber si merecía la pena el desembolso económico por una banda grande de cara a futuras ediciones. “A nivel personal sus argumentos musicales siempre me han producido sentimientos enfrentados pero tampoco excluyentes“, empecé con cautela. “El contenido musical de la Dama de Hierro me transporta a las imágenes de una estepa, donde caballos salvajes cabalgan en busca de mejores pastos. Agotados por el esfuerzo, se detienen a saciar su sed en las bravas aguas de un río, traduciéndose en una estampa de paz y libertad. La intranquilidad por la proximidad de humanos les vuelve a agitar y con trote vigoroso abandonan su nerviosismo. Desgraciadamente uno de ellos queda privado de su libertad, pero no sin antes haber luchado noblemente. Los ritmos a golpe de bajo de Steve Harris desembocan en atmósferas sosegadas de misterio e inquietud. Los constantes cambios de ritmos son los fundamentos de su personalidad. Son los sonidos que evocan la sabiduría de la naturaleza y los cambios históricos“.

El contenido musical de los sacerdotes de Judas me transporta a una estampa bien distinta“, dije, “a un circuito de coches de la muerte, donde, en una hipotética carrera, solo puede quedar uno. Derrapes imposibles, choques mortales, ruedas y piezas que vuelan por los aires, público que enfervorizado por los destrozos vocifera como animales salvajes…todo un tratado criminal de una prueba clandestina. Las dobles guitarras de KK y Tipton, los alaridos sin tregua de Halford, la base rítmica poderosa de Hill y Travis, son como un rodillo asesino que todo lo destruye. Son los sonidos que inmortalizan los vicios del hombre y las máquinas. Las distintas sensibilidades de sus seguidores deberán decidir si prefieren sonidos evocadores a la sabia naturaleza, o por el contrario se inclinan por la dureza de la vida industrial.

Por otra parte, los grandes autores son espejos donde mirarse miles de discípulos. En ese sentido parece que Judas han influenciado, en mayor medida que Maiden, a cientos de formaciones. Y luego está su estado actual de forma en directo. Y en concreto las actuaciones que obtuvieron en un festival que, con su inclusión en el cartel, ha degenerado en la incomodidad para el visitante y se ha convertido en una de las razones fundamentales de nuestro debate. Pero hay que decir que ambas formaciones lucieron una espectacular puesta en escena, un set con muchos movimientos acertados no exentos de riesgo, y una ejecución instrumental nacida para matar“.

Le dije entonces que solamente hubo dos elementos en los Judas que inclinaron la balanza hacia los Maiden. “El primero es que el misticismo que destila una banda con sus miembros originales no puede ser el mismo que el escepticismo que inspira la sustitución de pilares fundamentales. El segundo, es que existen diferencias insalvables entre los dos frontmen. Dickinson está en su plenitud, tanto física como vocal. Halford tiene una sospechosa tendencia introvertida, con su mirada fija al suelo del escenario que produce cierto recelo. Los trucos son evidentes, las trampas son indemostrables. Pero aunque no parezca viable que su voz, de dos años a esta parte, haya dado un giro de ciento ochenta grados, respetaremos su leyenda porque jamás, ni siquiera en los 80’s, vi a unos Judas tan homicidas. Andy Sneap y Faulkner no tienen galones pero tienen hambre, y eso los hace peligrosos“.

En definitiva, dos actuaciones de vértigo. Con todo lo expuesto, que cada uno saque sus conclusiones y eleve al trono a su devoto. Lo realmente significativo es que siendo las actuaciones más brillantes que les recuerdo, parece contradictorio negarnos a disfrutarlos en futuros carteles. Pero es que la cuestión va mucho más allá, tal y como intenté explicárselo al tipo que aún me escuchaba. “En el Sweden Rock la celebración siempre fue de las personas, y no de los accionistas“.

Resultaba incomprensible que no hubiera confrontación a toda una exposición rebosante de sentencias condenatorias. Al menos podía haberme cerrado la boca por cansino, o replicar duramente cualquiera de mis contradicciones. Él era el hombre de negocios, y yo un simple apasionado que sentía que perdía su juguete favorito. Seguro que podía estamparme con el diccionario de mi egoísmo en las narices. Pero su rostro impertérrito esperaba la suerte final de su futuro. Era el momento de la verdad, y, habiendo llegado hasta allí, entendía necesario la severidad con la que abordaría ese último paso.

Las deformidades, que son un clamor para unos asistentes acostumbrados al confort, se deberían enmendar. Pero se percibe una estrategia distinta sólo encaminada a vender más tickets para amortizar cuanto antes la inversión de compra. Por otro lado, un único año de sequía ha degenerado en un incómodo suelo del recinto, donde el polvo ha sido el protagonista destacado. Si la idoneidad de la ubicación de un festival es una de las bazas fundamentales, no es difícil sospechar que con el paso de los años, y el desgaste que se produzca al terreno por el aumento de un público masivo, se convierta, dependiendo de los cambios del tiempo, en un auténtico desierto o un insufrible barrizal. Conocemos que las variables de los presupuestos frente a la alineación de grandes estrellas de cita anual, inciden directamente sobre la calidad de los servicios. El crecimiento de asistentes requiere de una logística con habilidades más allá de lo normal. Pero esto solamente se consolida con partidas de gasto que desequilibren los presupuestos. Y la evidente contratación de bandas mainstream traerá consecuencias imprevisibles“.

Seguí con mi sentencia, esperando a ser interrumpido. “Entenderás que si en todos los simposios se hablase del mismo tema, y en todos los conciertos se tocaran las mismas canciones, no tendría sentido organizar eventos. La idea de este festival siempre ha sido que sea una experiencia única e irrepetible. Y primaba contagiar a los asistentes de civismo e interacción. Rejuvenecer la asistencia es imprescindible, pero no a cualquier precio. No es positiva una mezcla de distintas sensibilidades. La contratación de grandes nombres no atraerá al público correcto. Ese público manipulable no tiene fidelidad. Es por ello que deberíais reflexionar si una dinámica de súper explotación es más rentable que mantener el modelo original y potenciarlo. Sweden Rock siempre ha sido ese reducto indestructible fuera de todo el concepto de las modas. Vuestra estrategia parece equipararlo a los demás. A medio y largo plazo eso significa el fin“.

La verdad es que las personas somos amadores del dinero más que amadores de actos que se perpetúen en el tiempo. Por eso no es de extrañar que los antiguos organizadores hayan vendido su alma a vuestro diablo. Ellos también son responsables directos de la pérdida de identidad, y hasta ahora no los había culpabilizado. Pero, al hilo de estas últimas afirmaciones, ¿Conoces la película ‘El último samurái’? Trata la occidentalización de Japón por las potencias extranjeras y sobre un reducto que se niega a perder su esencia como individuos y sus tradiciones. Hay una guerra civil entre los samuráis, defensores de sus costumbres y que luchan con armas tradicionales de siglos atrás, y los soldados del emperador, que combaten con las armas modernas que les ha vendido la potencia que busca su rentabilidad empresarial”. Al ver que me miraba con gesto de extrañeza, decidí abreviar. “El final de la batalla no tiene ningún interés, pero sí las reflexivas palabras que el emperador declara antes de firmar un tratado de cooperación con esa gran potencia: ‘he soñado con unificar Japón, una nación fuerte, independiente y moderna. Ahora tenemos ferrocarriles, cañones y ropas occidentales, pero no podemos olvidar quiénes somos y de dónde venimos. He decidido que su tratado no es lo que más beneficia a mi pueblo'”.

Cuando por fin iba a recibir la respuesta de ese directivo de Live Nation que tan bien me había escuchado, nos interrumpió una voz. “Señor, ¡despierte! Señor…¡hemos llegado a Bilbao!

Fotos: Joaquim Valls

 

Jesús Mujico
Catedrático en ignorancia pero con una inmensa capacidad para enmascararlo, nace con un tercer pulmón llamado Rock y la distorsión de unas notas de guitarra eléctrica son su oxígeno. Todo lo que rodea al negocio y la complacencia de sus seguidores son su anhídrido carbónico. Su deporte favorito: tiro a las conciencias. Dada su pasión y visceralidad pocas veces da en la diana, pero suele dejar daños colaterales.

Hasta su despedida en julio de 2016, se le ha podido escuchar en radio, en su programa Galaxia del Rock: Una modesta escuela de rockeros del mañana.
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Entrada publicada en Encuentros.

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