THE NIGHT FLIGHT ORCHESTRA y el secuestro de una época

Con sus casi dos metros de blanco impoluto y una boina roja que lo diferencia del resto de la tripulación, Björn Strid llega tarde pero sin prisas a la entrevista. Se disculpa brevemente por la espera, pero tampoco se esfuerza en inventarse una excusa, ni falta que le hace. En la mesa llevan un rato reunidos los demás miembros de la banda, picando algo y haciéndose bromas los unos a los otros antes de irse a firmar copias de Sometimes the world ain’t enough. Estamos en el museo de ABBA, y aquí ya está todo preparado para la fiesta de presentación del cuarto disco de The Night Flight Orchestra.

El evento se ha anunciado apenas unos días antes, y la invitación, casi un guiño a las historietas de ciencia ficción con reverso mágico, viene en forma de tarjeta de embarque de un solo trayecto. Que este vuelo nos lleve hasta el templo memorabilístico de la banda de pop más importante de todos los tiempos es tan adecuado que parece inventado para la ocasión. Por su irresistible gancho comercial y sus melodías, ABBA ha sido una banda proscrita durante décadas en el cerrado mundillo del rock. Pero The Night Flight Orchestra no pertenece a ese ni a ningún otro mundo.

Tarjeta de embarque para el vuelo hasta el ABBA Museum

El escenario está en la terraza del museo. Apostadas a la entrada están Anna y Anna, las dos coristas también conocidas como Airline Annas, que esperan tras un stand anunciando el nuevo cocktail de la banda. El Midnight Flyer. Con su sonrisa permanente y un saludo de muñeca mecánica, contribuyen al teatrillo intergaláctico, pero son mucho más que un mero adorno, como demostrarán un rato después sobre el escenario.

The Night Flight Orchestra se parece cada día más a una orquesta de verdad. Su formación ha alcanzado ya el octeto, y tampoco extrañaría ver nuevas incorporaciones en los próximos años. En el evento de esta tarde, sin embargo, la grandilocuencia de su música se rebaja hasta el semidesnudo. “Deberías ser capaz de tocar una buena canción en guitarra acústica o en piano. Como las canciones de The Beatles, dice el teclista, Richard Larsson, desde el otro lado de la mesa. Para la ocasión, además de las acústicas, un piano blanco a juego con el uniforme oficial.

Estamos de acuerdo en que esos instrumentos deberían bastar, aunque no deja de ser cierto que el atractivo de The Night Flight Orchestra reside, en buena parte, en todas esas deliciosas melodías escondidas en los pliegues. Ese plus de complicación que obliga a paladear cada corte y exprimirlo en tantas vueltas como sean necesarias es un pequeño laberinto con premio a la salida. “Intentamos mezclar las canciones simples con otras que son algo más complicadas, de forma que no te canses del disco. Si sólo tienes canciones simples, acaba por hacerse pesado. Así que intentamos meter tres o cuatro hits, breves y directos, y luego tener también canciones más elaboradas. Esas otras canciones son más que canciones, son ‘piezas’ en las que caben muchos cambios”.

Björn Strid, antes de la presentación acústica de Sometimes the world ain’t enough.

Hemos leído todo tipo de opiniones sobre el nuevo disco”, interviene Björn. “Hay quien piensa que es más directo que los anteriores, más pegadizo, otra gente cree que es más prog, y que lleva algo más de tiempo hacerse a él…no sé, creo que tiene un poco de todo en él”. Llegado a este punto, espero aquello de que éste es el mejor álbum que han grabado hasta la fecha, pero el vocalista no va con el piloto automático: escucha las preguntas y las responde tras meditarlo un rato.Cuando has estado detrás del proceso de creación, escribiendo y grabando las canciones, es difícil ser objetivo, pero creo que tenemos algo muy especial: un disco muy detallado, pero también muy directo. Así que sí, es posible que sea un disco más directo como dicen, pero también muy profundo, no es sólo un puñado de melodías, hay un montón de capas”.

A pesar de las limitaciones, esa profundidad sónica se hace patente en el acústico posterior. Con dos guitarras acústicas y un piano se pueden hacer maravillas. Lejos de limitarse a los acordes básicos de cada tema, reproducen de forma fiel el espíritu de las originales electrificadas. Caen algunos estrenos, como “Lovers in the rain”, que sabe a gloria, u otras ya establecidas “Midnight flyer”. Con un sonido tan cristalino y el apoyo de los coros, “1998” o “West Ruth Ave” suenan mejor que cuando los vi por primera vez, con electricidad, en 2013.

En aquel entonces la banda no había sacado más que un disco, que para Larsson fue más una demo que un disco propiamente dicho. Aunque, según Strid, ahí ya estaba todo lo que vendría después: “creo que es bueno que empezáramos con el proyecto como una forma de pasarlo bien. Pero nos dimos cuenta enseguida de que esto es algo más que un mero pasatiempo, de que es demasiado bueno para no compartirlo con la gente” explica. “No va a quedarse en un mero proyecto paralelo, es más que eso, y creo que ese pensamiento ya lo teníamos mientras grabábamos el primer disco. Ahí había algo…mágico”.

Esa magia se ha ido multiplicando con el tiempo, y en 2018, con dos discos de altísimo nivel en dos años consecutivos, el brote creativo parece incesante. “Somos una unidad muy creativa, que nunca deja el estudio de grabación. Nunca se da una situación en la que nos sentemos y digamos ‘vale, es momento de hacer un nuevo álbum’, es una cosa constante. Y cada vez más. También hemos tenido un parón en Soilwork de más de un año, así que ha habido mucho espacio para crear con esta banda, y era algo que de verdad necesitábamos. Todo está saliendo de una forma espontánea, y nos estamos divirtiendo mucho”.

La diversión, en su sentido más amplio, parece una constante en la propuesta de The Night Flight Orchestra. Mientras hablamos, se acerca a la mesa el batería Jonas Källsbäck con unas gafas de sol que reflejan como enormes espejos. Parece casi una broma interna, porque luego, sobre el escenario, prácticamente todos las llevan puestas, a cada cual un modelo más llamativo. Hay algo en el rollo que lleva la banda que resulta cómico, acercándose peligrosamente a lo paródico. “[El humor] está ahí de forma natural. Creo que hemos secuestrado una época y la hemos hecho nuestra, así que hay mucho amor y pasión detrás. Así que, aunque podamos sentarnos y ver todos los videoclips de Rick Springfield mientras echamos unas risas, lo cierto es que nos encantan”.

Rick Springfield, museo de ABBA. Si hubiésemos alargado la entrevista unos minutos más podrían haber salido Star Trek, David Hasselhoff o los Bee Gees en la conversación. Son referentes poco bienvenidos en el mundo del rock, pero a ninguno de los rockeros que llenan la terraza del museo parece importarles. Más bien al contrario. “Hemos escuchado muchas veces comentarios como ‘dios, este tipo de música normalmente no me gustaría, seguramente lo odiaría, pero…joder, ¡lo amo!’. Creo que puede deberse a que los fans del metal son muy selectivos, pueden saber si estás falseando o no. Y si ven que no es genuino, lo identifican enseguida”.

¿Cómo es, según Björn, esa música? “Música que se hace por las razones adecuadas, y no sólo por una idea o una teoría…o algún tipo de pastiche. Hay un montón de bandas sonando retro, pero muy a menudo eso se convierte en…’oh, eso es muy sabbathesco, aquello es muy zeppelinesco’. Al final, es muy difícil encontrar profundidad en esas propuestas. Es como tener a un grupo de músicos de primer nivel felicitándose los unos a los otros por lo bien que saben imitar un sonido. Y es música que me gusta, pero no es posible huir de esa idea, de pensar que bueno, no son más que unos tipos intentando imitar música de los setenta o los ochenta, con gimmicks. Y sí, nosotros tenemos los gimmicks, nos echamos unas risas, sí, pero hay mucho más que eso. Y por eso creo que es difícil de ignorarnos”.

No hay ni un ápice de pretenciosidad en las palabras del líder de esta orquesta. Lo cierto es que, aunque en su música podamos identificar las influencias de esta o aquella banda, su mezcla es propia de alquimistas. Con Sometimes the world ain’t enough, vuelven a dar en la tecla. Sin pasarse de retro ni de pop, canciones como “This time” o “The last of the independent romantics” son como huracanes que arrasan con todo género que pillan a su paso y los escupen en mil direcciones.

Líricamente, aunque haya cortes como “Barcelona” y “Back to Miami”, parece que la banda vuelve al espacio exterior en el que Amber Galactic tenía lugar, redundando en ese rollo sci-fi de serie B. “Muchas de las historias que escuchas en nuestra música se basan en experiencias personales, muchas de ellas han pasado mientras giraba con Soilwork. Así que capturamos todas esas historias e incidentes, y las volcamos en una escenario distinto, en este caso el espacio. David quiso llevar estas historias al espacio antes de Amber Galactic. Es un lector empedernido de novelas de ciencias ficción, se lee como cinco libros a la semana. Creo que es algo interesante de hacer porque, sí, tiene ese toque glamouroso, pero también son historias que hemos vivido en propias carnes”.

De alguna forma, la puesta en escena de este estrecho escenario acústico va en consonancia con lo que las letras sugieren. Tramas interplanetarias, cintas de vídeo, malos actores y bajo presupuesto. Durante el concierto, como el comandante de una nave, Strid va señalando a unos y a otros en su tripulación para que se exhiban como deben. Aplaude al ritmo de “Midnight flyer”, y todos en el público le siguen como si en esos cócteles de bienvenida que se han bebido hubiese alguna droga para despertar masas. Las azafatas, ahora en sus puestos de coristas, dan brillo a los coros, y salvan en más de una ocasión al líder de traje impoluto. Cuando llega el estribillo magnífico de “Sometimes the world ain’t enough”, los agudos de una de las Annas nos eriza los pelos y nos arranca más aplausos.

El resto de la banda, tan importante como su frontman, también vuela alto. En este contexto en el que los errores son más difíciles de disimular, todo suena con la claridad de un unplugged bien editado. Las guitarras toman las dosis justas de protagonismo, solapándose y jugando a armonías enriquecidas con ese elegante piano que mira desde atrás. Sólo falta el bajo de Sharlee D’Angelo, pero no se echa de menos porque Jonas Källsbäck lleva sin aparente esfuerzo el peso rítmico con su pequeño set de batería. Asombra ver lo bien que maneja las intensidades en unas canciones que son como montañas rusas.

Ocho temas. Y se acaba. Los pasajeros de esta nave imaginaria nos quedamos pidiendo más cuando, tras algo más de cuarenta minutos, aterrizamos aturdidos en Estocolmo. Afortunadamente, esto no ha sido más que un aperitivo, una degustación de lo que viene en otoño. Su próximo vuelo a España será en noviembre, con doble escala en Madrid y Barcelona. Si hay turbulencias, serán bienvenidas. Súbanse a la orquesta del vuelo nocturno.

Julen Figueras
Apasionado de la música, de la política, y todo lo que las atraviesa. Aunque el rock pueda con todo, disfruto tanto con el soul como con el blues, con el metal como con el pop. Abogado del diablo. Defensor de pleitos pobres. Todavía empeñado en encontrar esperanza en el rock y en la palabra como armas para la subversión.
Si no quema, no es arte.

También escribe sobre música y feminismo para Pikara Magazine.
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Entrada publicada en Encuentros.

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